Fragmento:
Tiempo. Un recurso más escaso que el helio-3 en los núcleos fracturados de las cúpulas. El enemigo arremetía en oleadas traslúcidas, con enjambres de drones y proyectiles magnéticos rasgando el vacío. Los escudos exteriores de la Doralice crujieron bajo el impacto, mientras llovían fragmentos por toda la cubierta 5. De fondo sonó el ulular de las sirenas de emergencia y, algo más silencioso todavía, el crepitar distante del casco bajo presión.
Duración: 08:27
El crujido de las compuertas al sellarse reverberó a través del corredor como una campana condenatoria. En las profundidades elásticas del crucero SSV Doralice, el capitán Elara Mains se pasó la mano por la frente, despejando el sudor que los sistemas de reciclaje no lograban disipar. Sobre el monitor HUD danzaban en rojo los símbolos de las naves de asalto Veldari, pulsando alrededor de Gamma Prime, su propio mundo natal.
Más allá, la vasta negrura yacía salpicada de restos: fragmentos incandescentes de cazas, naves médicas despanzurradas, cuerpos girando entre caparazones de escombros. La batalla parecía interminable, pero en realidad no llevaba más de treinta minutos. De la flota terrestre quedaban tres acorazados intactos y un puñado de naves de combate. Los Veldari, con sus cruceros acorazados y lanzas gravitacionales, estaban a punto de romper la línea defensiva sobre la órbita baja.
Mains dio una última mirada a la fotografía pegada junto a su panel de mando: dos niños – Ari y Sal – jugando en el parque de su cúpula. Todavía no sabía si quedaba parque alguno en Gamma Prime. Desde la invasión, no había recibido un solo pulso de datos de la superficie. Ni siquiera los ingenieros orbitales sabían cuánto tiempo más resistía la red de blindaje planetario.
—Prioridad máxima: cañones laterales – ladró Elara en el canal seguro. —Concentren fuego en la fragata Veldari más cercana, la que está alineando su lanzador.
El segundo oficial, un androide neural de piel pálida y ojos de cobre, transmitió la orden. El sonido agudo de los condensadores energéticos resonó. Por la ventanilla, como una tempestad de relámpagos azules, explotaron los misiles nucleares defensivos, martillando el escudo de la fragata enemiga. Pero los Veldari aprendían rápido. Elara supo enseguida que eso no sería suficiente.
El enemigo escapó del fuego dirigido con una maniobra elegante, girando su masa con precisión letal. Se abrió en abanico, ramificando sistemas como tentáculos. De las compuertas surgieron cápsulas de abordaje. Sondas automáticas detectaron el calor de los motores de la Doralice y ajustaron la trayectoria: iban directo hacia ellos.
—Central de comando —gruñó Elara—, preparen contramedidas cinéticas. Nadie aborde esta nave si quieren volver a casa.
La batalla en el puente era casi ritual. El almirante Lewis, en la otra punta del canal, sonaba agónico.
—¿Doralice, me escuchas?, —se filtró entre estática—. Necesitamos tiempo. Concentrad el fuego, roten la posición.
Tiempo. Un recurso más escaso que el helio-3 en los núcleos fracturados de las cúpulas. El enemigo arremetía en oleadas traslúcidas, con enjambres de drones y proyectiles magnéticos rasgando el vacío. Los escudos exteriores de la Doralice crujieron bajo el impacto, mientras llovían fragmentos por toda la cubierta 5. De fondo sonó el ulular de las sirenas de emergencia y, algo más silencioso todavía, el crepitar distante del casco bajo presión.
Elara sujetó el comunicador más fuerte.
—Equipo de abordaje, a sus puestos. Si entran, no necesitamos prisioneros. Códigos rojos en toda la nave.
Las cápsulas impactaron como martillazos divinos. Sonó un chillido metálico seguido del ulular distorsionado de la alerta de integridad: “Módulo 7 comprometido. Sello de emergencia activado. Defensas automáticas listas”.
El primer grupo Veldari apareció en los pasillos, macizos en sus armaduras negras como obsidiana, armas de pulso listos para encender la pesadilla. Elara observó por el monitor, mientras sus propios marines – cavernícolas con cañones de plasma y escudos repolarizados — intentaban frenar el avance. El fuego cruzado iluminó la compuerta, sombra y luz intercalando danza mortífera por segundos que se sentían como años.
Pero los Veldari no estaban ahí solo para matar. Avanzaban hacia las cubiertas de mando, ignorando a los caídos, rumbo directo al núcleo principal de navegación. Lo sabían todo. Habían cruzado galaxias, aprendido todos los patrones humanos; hasta sabían, maldita sea, dónde Elara escondía su whisky.
El incursor Veldari al frente, marcado con códigos talares en la armadura, levantó su visor, fijando la cámara de seguridad. Idioma y tono neutros, pero la amenaza era universal:
—Ríndase, capitán. Su resistencia sólo destruirá lo que intenta proteger. Su gente será preservada como datos. Nosotros nos encargaremos de su memoria.
Elara sintió un escalofrío. Rescataron la orden del almirantazgo: “Priorizar la información antes que sobrevivientes”. ¿Eso hacían? ¿Borrarían la historia humana, rehaciéndola a su imagen?
No podía permitirlo.
Agarró la pistola de pulsos. Era una reliquia cargada de promesas. Mientras los marines retrocedían, él atravesó un conducto de emergencia sellado, corriendo con el corazón retumbando al unísono que los disparos. Debía llegar a la cápsula de datos. Si no impedía que los Veldari la tomaran, todo habría acabado: mapas, secretos técnicos, memoria genética. Todo el legado de su raza, reducido a ondas electromagnéticas y ganado por los vencedores.
La nave tembló cuando los sistemas de anclaje cedieron. Los cazas Veldari atravesaban el campo de escombros, acercándose para acabar con las naves restantes. El almirante Lewis seguía gritando órdenes; apenas una chispa en la cacofonía del combate orbital.
Elara alcanzó la sala de mando secundaria. Dos marines yacían muertos, los rostros congelados en una expresión de incredulidad. Del otro lado del panel, el núcleo de datos palpitaba, minúsculo sol artificial entre blindajes de grafeno.
—Control, necesito tiempo para purgar el núcleo —musitó, mientras accedía a la consola. —Sobre mi cadáver tomarán esto.
Escuchó los sonidos de disparos acercándose. Un destello blanco; la compuerta salió volando. El incursor Veldari, acompañado de dos soldados, irrumpió. Elara disparó sin pensar. El primer disparo reventó el blindaje lateral de uno; el segundo, directo al pecho del líder. Pero la armadura Veldari era demasiado gruesa: tan solo cayó de rodillas.
Elara rugió en rabia y desesperación. Se lanzó sobre la consola y pulsó el protocolo de autodestrucción. El núcleo rugió. Sellos reforzados descendieron, la habitación se tiñó de rojo.
—No nos llevaremos nada —escupió Elara—. Nuestra memoria es nuestra. Prefiero el olvido a la esclavitud.
El incursor la miró con algo que parecía respeto. Alcanzó su comunicador y transmitió algo en su idioma natal. Resonó al fondo un alarido, traducido a través del sistema de IA de la nave:
—Humana, morirás, pero recordarás el motivo. Tus hijos serán lo primero que borrarán de la historia.
A Elara le temblaron las piernas. Su mente viajó unos años atrás: Ari y Sal, corriendo y gritando en el parque, trepando la cúpula acristalada entre flores violetas. No eran solo datos, eran amor. Eran todo lo que el enemigo nunca comprendería.
Las sirenas de autodestrucción retumbaron. El incursor avanzó, disparando una última vez. Elara sintió la quemadura desgarradora surcando su costado, antes de desplomarse junto al terminal.
Por el intercom, una nueva voz: Lewis.
—Doralice, reporte… Doralice…
Elara apretó los dientes.
—Núcleo comprometido. Autodestrucción en 60 segundos. No lo tendrán, Lewis.
Un silencio, y luego la respuesta cansada:
—Buen trabajo, capitán. Todos sabremos qué hizo por nosotros.
La última imagen de Elara antes que todo se incendiara fue una proyección del planeta azul verdoso en la lejanía, con jirones de nubes intactas aún sobre el continente occidental. Detrás, el sol gamma asomaba, tan cálido como un recuerdo de infancia. Pensó en la resistencia, pensó en Ari y Sal. Si los Veldari borraban cada fragmento de la memoria humana, siempre quedaría algo más profundo: la voluntad de no ser conquistados.
En el instante final, la Doralice explotó en un fulgor de luz y fragmentos, desintegrándose en miles de partículas radiantes que quedaron flotando entre titilantes campos de escombros. Pero lejos, en otro rincón del sector, pequeñas cápsulas de escape atravesaban la negrura, llevando consigo no solo registros, sino historias, pesares y esperanzas.
La guerra seguiría. Las estrellas seguían guardando, a pesar de todo, la memoria de los que se negaron a olvidar.
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