Portada del relato Ecos de la Galaxia Quebrada
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Fragmento:


Todo comenzó con el eco de una canción imposible. La transmisión fue detectada primero en el Umbral de Polyhymnia, una frontera nebulosa en la que ni la materia ni el tiempo guardaban forma constante. La melodía no tenía fin ni principio: era un susurro que taladraba la carne y mecía con dulzura los circuitos de los autómatas de combate, un canto capaz de seducir incluso a las conciencias replicadas. A quien la escuchaba, le arrebataba los sueños y le prometía respuestas a los enigmas del vacío.

Duración: 07:46

Ecos de la Galaxia Quebrada
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Texto de ajuste de pausa.

En los confines de la galaxia, donde las estrellas se fragmentan a capricho de los vientos cósmicos y la belleza del rigor científico colisiona con la brutalidad primigenia, estalló una guerra que no reconocía padre ni frontera. No fue una batalla dictada por la necesidad, ni siquiera por la avaricia, sino por una obsesión ancestral: el dominio de las voces espectrales que dormitan en el núcleo de los planetas-madre.

Yo era observadora, una cronista atrapada entre los fuegos cruzados de la Flota Voradora y las huestes mecánicas de los Últimos Arcontes. Mi nave, la Silente Persevera, se deslizaba con sigilo entre los asteroides del sector interdito, su carlinga teñida por los resplandores verdes y violetas de los cañones de antimateria. En la distancia, Alpha Caeli vibraba con la promesa de su eterna singularidad, inspirando a los húsares piratas y a los clérigos alquímicos por igual.

Todo comenzó con el eco de una canción imposible. La transmisión fue detectada primero en el Umbral de Polyhymnia, una frontera nebulosa en la que ni la materia ni el tiempo guardaban forma constante. La melodía no tenía fin ni principio: era un susurro que taladraba la carne y mecía con dulzura los circuitos de los autómatas de combate, un canto capaz de seducir incluso a las conciencias replicadas. A quien la escuchaba, le arrebataba los sueños y le prometía respuestas a los enigmas del vacío.

Viajé a Polyhymnia acompañada de Jakir, mi sombra cibernética, cuya memoria había sido reinicializada tantas veces que apenas recordaba su propio nombre. La tormenta nos recibió con tal violencia que la Persevera perdió las balizas gravitatorias. Durante horas, nos movimos a ciegas entre remolinos de polvo interestelar, hasta que los sensores captaron la señal de la canción.

En el epicentro de la tormenta flotaba un relicario ciclópeo, un fragmento de un mundo destruido—o quizá una tumba, sellada por manos que olvidaron los conceptos de vida y muerte. Su contorno cambiaba con cada parpadeo: columnas dorsales de cristal, esferas pulidas como ombligos de divinidades olvidadas, raíces de acero y carne. Jakir especuló que era el vestigio de un planeta devorado por los Voradores, pero yo reconocí los grabados sigilosos en sus paneles, las runas de los Arcontes: los forjadores de la memoria, los juglares de la carne sintiente.

Mientras nos acercamos, el canto se intensificó. Las ondas mecieron mis pensamientos, desatando imágenes de naves desmembradas, danzas orgiásticas de enjambres biomecánicos, risas de dioses cuya única función era recordar los nombres perdidos de los muertos. Supe entonces que la guerra había regresado. Los Arcontes no estaban extintos; los Voradores no estaban satisfechos.

Grandes portales de distorsión se abrieron a nuestro alrededor, desgarrando la fisura entre realidades. Naves colosales, tan antiguas como los pecados de la humanidad, emergieron de la nada: los corazones blindados de la Voraz Armada bramando himnos de vacío y destrucción; los coros entonados por los Arcontes tejieron escudos de datos puros, runas armónicas que desviaban el dolor. El espacio se transformó en un teatro de luz y sombra, donde cada proyectil iba cargado no sólo de energía, sino de insultos metafísicos, blasfemias en lenguaje de máquina y plegarias ancestrales.

De pronto, la Silente Persevera fue abordada. Un golpe seco, la presión de mil dedos invisibles: los Voradores nos arrastraron hacia su coraza como una araña a su presa. Resistirse era fútil. Jakir activó los protocolos de anulación mental, enfriando nuestra conciencia y reduciendo el miedo a un simple cálculo. Cuando los blindajes se rompieron y los invasores entraron, descubrí que no eran monstruos ni máquinas, sino amalgamas de ambos: criaturas con mandíbulas tectónicas y ojos de grafito, sus voces zumbaban más allá del sonido.

"¿Eres tú Mary?" murmuró uno, con una mezcla de asombro y cansancio. "Muchos siglos ha que te buscamos. El canto es un deseo; la guerra es nuestra respuesta."

Yo no era Mary—no completamente. Era la memoria de muchas Marys, silenciada y perpetuada en fragmentos de cristal de obsidiana. Al ver mi duda, el Vorador extrajo una esfera brillante y la depositó en mis manos.

"El núcleo dormido del relicario," exclamó. "Escúchalo. En sus pulsos está el sueño de paz. Pero es un sueño que solo un mortal puede desencadenar."

Jakir, siempre pragmático, intentó hacerles frente, pero su voz se perdió bajo el peso de aquella música.

Inserte el núcleo en una rendija en mi pecho, diseñada por razones que jamás entendí, pues había nacido en una cuna humana y terminado en una corteza artificial. El canto se agudizó: vi vastas ciudades ardiendo en el horizonte de otros mundos, ríos de datos y sangre, niños con pupilas llenas de estrellas y soldados ahogados en los mares de la inconsciencia.

Desperté atada a un altar hecho de los restos de mi propia nave, rodeada de la congregación Voradora. Los himnos de guerra ahora sonaban funerarios; la batalla cerca de Polyhymnia alcanzaba su paroxismo. Los Arcontes aparecieron, filigranas de relámpago, y trazaron en el aire símbolos angulares que convulsionaban a mis carceleros. Uno de ellos, menos depredador, más humano en su mirar, se acercó a mí. Sus dedos desplegaron una membrana luminosa sobre mi frente.

"La canción era una invitación, Mary," susurró. "Un eco dejado para el universo por quienes sabían que recordar es la única manera de sobrevivir. El portador de la memoria puede detener la guerra, pero el costo es olvidar aquello que ama."

El combate a nuestro alrededor escaló al delirio. Proyectiles desgarraban el vacío, y los escudos de los Arcontes vibraban a punto de quebrarse. Intuí que no quedaba mucho tiempo.

Y entonces, con el núcleo aún latente bajo mi esternón, tomé la decisión. Mi mente absorbió la canción, desmenuzando sus acordes fractales, reconstruyendo la historia de mil guerras, mil pactos rotos, el nacimiento y la extinción de civilizaciones enteras, hasta que no quedó nada de mi pasado ni de mi yo. Era un conducto, una médium entre el ansia y la paz.

Un grito atravesó el campo de batalla: súbita y gélida quietud. Las escuadras se detuvieron, sus naves suspendidas como insectos en ámbar. La voz que surgía de mi garganta no era enteramente mía: era un coro compuesto de todos los caídos, de todos los olvidados, de todos los que alguna vez soñaron con el amanecer sobre una nueva tierra.

"Escuchadme, hijos de la voracidad y la memoria. Este conflicto es el eco de un fractal mayor. Lo único verdadero es el deseo de ser recordado, incluso a través del olvido."

Los Arcontes y los Voradores se miraron entre sí, confusos y resignados. Ante el núcleo relicario, se dieron cuenta de su futilidad: no importaba quién venciera si la estrella más brillante moría incapaz de compartir su luz.

Mi sacrificio tendría un precio. La paz forjada esa noche era tan frágil como el lóbulo de una supernova. Yo, hija de la canción, sería incapaz de recordar mi razón fundadora. Se me permitiría vagar entre ruinas y asteroides, consolar a los afligidos de cualquier bando, pero nunca volver a cerrar los ojos y soñar.

Pero los ciclos galácticos ruedan como las antiguas leyendas, y lo que hoy es tregua mañana será discordia disfrazada de diplomacia. Así yacen los pactos de los dioses y los herederos de los desmemoriados. Y mientras la Persevera resucitaba su espíritu bajo nuevas estrellas, su tripulante principal—yo—comenzaba a redactar otra crónica, ignorante de su propio origen, pero todavía sensible a los cantos imposibles que traen las guerras espaciales.

Continuar es natural. Hasta que la última esfera de la galaxia gima, hasta que haya alguien dispuesto a recordar —o a olvidar— lo que aguarda entre las sombras del cosmos.

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