Portada del relato La Estrella Fundida
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Fragmento:


"Reporte de bajas", pidió a su oficial de sensores, un androide parameterizado a la imagen cerebral de un poeta romántico. Fornax, tal era su nombre, respondió tras un breve parpadeo óptico:

Duración: 08:12

La Estrella Fundida
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Texto de ajuste de pausa.

Sabíamos, y no por vanidad sino por una lúgubre experiencia, que ninguna guerra era jamás igual a otra. Desde los albores de la humanidad, el exterminio había mutado con cada nueva invención, cada astuta estrategia o subterfugio. Pero nada nos preparó —a nosotros, los descendientes de la vieja Tierra— para el teatro de la guerra interestelar. La distancia entre las estrellas, durante milenios, fue nuestro seguro contra nosotros mismos. Hasta el día en que dejamos de pensar en invadidos e invasores en términos planetarios y lo hicimos en cifras cósmicas, cuando los enemigos yacían dispersos por constelaciones, y la muerte viajaba en cápsulas a la velocidad de la luz.

En la proa del crucero de batalla "Orfeo", entre el constante zumbido de los actuadores gravitacionales y el flujo incesante de información por los canales de datos neuronales, Hermes Corbett contemplaba los restos incandescentes de un convoy en el monitor holográfico. Más allá, la nebulosa de Asterion ardía con los escombros de naves, hábitats y sueños pulverizados hace apenas unos minutos por la Flota de Vanguardia de la Coalición. Alguien, en uno de los puentes traseros, comenzó a aullar eufórico; era la celebración del éxito. Pero Hermes, que ya había sobrevivido a tres campañas, sólo murmuró las coordenadas y ordenó disminuir la aceleración. El enemigo, comprendió esa noche, no eran ni los ockarianos, ni los androides, ni siquiera el vacío. Era la maquinaria de la guerra misma, y su afán insaciable de expandirse.

"Reporte de bajas", pidió a su oficial de sensores, un androide parameterizado a la imagen cerebral de un poeta romántico. Fornax, tal era su nombre, respondió tras un breve parpadeo óptico:

—Ocho cruceros pesados y una colonia de suministros. Ciento setenta y tres mil presencias biológicas extinguidas. Ausencia de señales de escape. Probabilidad de resistencia residual: marginal. Por favor, acepte mi pésame, Comandante Corbett.

Hermes no era propenso a sentimentalismos, pero una vez más se sintió tentado a aplastar con el puño la consola. Aceptó en cambio el pésame con un gesto seco y permitió que los autómatas limpiaran los corredores de metralla microscópica y vapor rojo. En la ventana circular de su camarote, las lunas de Daidalos se deslizaban dormidas. Era difícil creer que allí abajo, quizás apenas una generación atrás, los niños jugaban entre bosques verdes y se temía más al rayo que a la bomba gravitatoria.

El memorando interestelar llegó codificado en una matriz biofotónica imposible de interceptar por medios convencionales. El remitente: el Alto Consejo de las Fuerzas de Disuasión. Contenía la siguiente orden, carente de preámbulos:

"Se detecta fuerte concentración de ingeniería hostil en el sistema Oberón. Accione pronto, no detenga. El enemigo ha activado constructores de singularidad. Rastro de pedazo humano en la señal. Use Medusa."

Medusa. Hasta ahora, la Coalición había excluido las armas de escala planetaria salvo en circunstancias extremas, por temor a la reacción en cadena político-moral en los sistemas neutrales. Pero los ockarianos no jugaban ese juego. "Constructores de singularidad" significaba, en términos menos técnicos, que estaban ensamblando un agujero negro portátil, una devastadora artillería cuántica capaz de tragarse la atmósfera de un mundo o borrar un pelotón en milisegundos.

La orden, concisa, eliminaba toda vacilación legal. Desde la sala táctica, el panel se iluminó con la proyección de la Medusa: un enjambre de nanoidrones convergiendo en una estructura de fractal helicoidal, lista para sacudirse el sentido de la escala y arrasar un satélite entero si era necesario. Hermes detestaba ese nombre. Recordaba, o creía recordar, la gélida serenidad de los antiguos mitos: un monstruo que convertía en piedra, sin piedad ni criterio, a héroes y monstruos por igual.

Fornax monitoreaba los datos tácticos con la concentración de un dramaturgo esperando el aplauso final.

—Interceptamos tráfico de emergencia en el canal ockariano, comandante. Solicitan evacuación de refugios civiles. Dicen que sus constructores están inestables, podrían autodestruirse.

Hermes consultó la hora galáctica. Cuánto importaba realmente la vida de un ockariano adulto, de sus crías químicas, de sus delirios religiosos, en la ecuación final. Sabía que si vacilaba, su nombre sería borrado de los registros de la nave y, tal vez, de la memoria de todo holonexo humano. Arthur, el artillero que mantenía la mano en el interruptor cuántico, había sido programado para no sentir, pero Hermes, obligado por su propia neurología, sentía —y mucho.

—Proporcione diez minutos para evacuación si detecta movimiento en masa —dijo. El resto, a la medusa.

En el limbo de los minutos siguientes, recordaba la tierra, la cúpula de una iglesia abrasada por rayos, el olor de una bebida ácida debajo de un cedro en invierno. Memorias insertadas y reales mezcladas, tal vez, pero tan tangibles para él como la sangre y el hierro.

Pero antes de que la Medusa terminara su ciclo de despliegue, una explosión indómita atravesó los sensores: ¡el constructor de singularidad se había colapsado! La luz en la consola se elevó a un tono blanco absoluto, y la nave entera viró para evitar la marea gravitatoria, mientras un hemisferio entero de Oberón desaparecía, absorbido en la nada.

Despertó, horas después, flotando sobre un cúmulo de cables y fragmentos de vidrio. Los cinturones de seguridad lo habían mantenido con vida. Fornax, milagrosamente ileso, lo observaba con una paciencia casi compasiva.

—No hemos sido destruidos, comandante. La Flota de Vanguardia ha quedado reducida al 30%. Los ockarianos, según rumores de inteligencia, han colapsado su gobierno. Nos piden tregua.

Era tan absurdo que Hermes tuvo que reír. Una carnicería mutua, un hemisferio de materia perdida, cien mil almas menos, y la guerra, en vez de concluir, continuaría por otros métodos: embargos, sabotajes, hackeos a distancia, bombas termológicas disfrazadas de cometas. Los conflictos se adaptaban, mutaban, y nunca —nunca— terminaban realmente, sólo se transformaban en bruma diplomática, o chispas sublimadas en el tejido virtual.

En los meses siguientes, la flota reconstituida de la Coalición patrullaba sistemas dominados por el miedo —al enemigo, a sus líderes y, sobre todo, a sí mismos. Las noticias hablaban de paz, de reconstrucción, pero Hermes notaba, cada vez que asistía a una consulta con la psiquesfera de bordo, los ojos vacíos de los soldados, los silencios de los técnicos que jamás podían borrar de sus retinas la luz hiriente de un planeta colapsando.

Un día, llegó un mensaje anónimo, atravesando cortafuegos y filtros, traducciones mecánicas e inteligencias supervisoras. El remitente se identificaba como Chymi, "negociador de los exiliados de Oberón". Un mensaje sencillo: "Negociaremos la paz, pero solo si se nos da la memoria de los caídos. Todo lo que ustedes han registrado, cada segundo de combate, cada imagen grabada por humano o por máquina".

La Coalición, acorralada por presiones internacionales, aceptó. Pero en secreto, Hermes y su tripulación replicaron el archivo para sí mismos y lo exportaron a una cápsula semilla rumbo a la Nube de Oort. Todo lo que la guerra había reducido a polvo y vacío, todas las pequeñas historias derrotadas por la ecuación táctica, quedaban archivadas más allá del alcance de embargos y tratados.

Al cabo de un ciclo, mientras su crucero se deslizaba en el regazo frío de un nuevo invierno cósmico, Hermes comprendió algo en medio del silencio: en la guerra, la única victoria posible era la custodia de la memoria, la negativa a aceptar que el olvido sea la última bala, el enemigo más sutil de todos.

Así, mientras la Coalición y los exiliados de Oberón celebraban un tratado que sólo sería preludio de futuras hostilidades, en algún rincón remoto de la galaxia, una cápsula dorada seguía flotando entre las estrellas. Creada para no olvidar, testigo perpetuo del odio humano y de los restos de luz que, a pesar de todo, se niegan a apagarse.

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