Portada del relato Estrellas de Sangre
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Fragmento:


La nave entera vibró cuando lanzaron la primera salva de misiles hiperlumínicos. En la holoesfera flotaban los signos de ataque, pequeños cometas disparados por docenas, cruzando hacia los sensores kesharii. A mil kilómetros, un escudo bioplasmático se desplegó como una célula defensiva de una criatura gigante. Los datos entraban a borbotones, cada uno una celda de información que podía torcer el rumbo de la batalla.

Duración: 09:49

Estrellas de Sangre
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El reflector principal del Crucero de Combate "Indomable" trazó una lanza de luz blanca a través del vacío. Bajo el resplandor frío de las estrellas, los escudos resplandecían con la elasticidad de membranas azules sobre la proa del enorme navío. Almirante Yashiko Rais se apoyó contra la barandilla del puente, contemplando las líneas de la escuadra enemiga desplegándose en la holoesfera frente a ella. Todo era el mismo ballet inevitable, aunque en esta ocasión, el polvo de la nebulosa Cerúlea dificultaba la visión de los sensores más avanzados de ambos bandos.

—Proyección de contacto en doce minutos, señora. Los Kesharii reagrupan en formación de pinza —anunció el alférez Troy.

Yashiko no necesitaba que se lo dijeran: las naves kesharii flotaban en pantalla como una araña alienígena desplegando sus patas, formando radios de plasma y acero alrededor de su nave insignia, el “Candidato Solar”. De ella surgían destellos de azufre, como si otros soles palpitantes habitaran su carcasa biológica, erosionados y moldeados por manos que no eran de este universo.

Nada de esto era nuevo. Las guerras entre la Coalición Humana y los Kesharii llevaban más de dos siglos. Interminables. Sin embargo, esta batalla no era como las otras. El Alto Mando humano lo había dejado claro: de la conquista del Portal Novus dependía el futuro de la especie.

La superficie de la proa vibró al recibir la orden interna de elevar potencia. Los cañones singulares recalibraban masa y espacio-tiempo en un zumbido subatómico apenas audible para los humanos, pero que se sentía en los huesos. El corazón de Rais palpitó con un ansia amarga. Recordó, demasiado vívidamente, el sabor del licor de Nanjing al recibir el ascenso que había deseado tanto y, tantas noches, había temido. ¿Cuántos habían muerto en esas otras trincheras a gritos y en silencio, preguntándose si el telón gravitacional sería su mortaja final?

—Establece enlace de batalla con la escuadra tres. Flaquearemos por la derecha, quiero que Fryden en "Resoluta" prepare contramedidas de saturación.

Los comandos de batalla viajaban por la red táctica cuántica, entrelazando mentes y voluntades como circuitos sensoriales. Rais sintió a Fryden confirmando, su voz arrastrando notas de cansancio: “Entendido, Rais. Armas al rojo. No nos irán buscando por compasión.”

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Rais. Poco quedaba de la nobleza que las crónicas antiguas atribuían a la guerra, y aún menos en la guerra estelar. Aquí, la distancia de los cadáveres era un consuelo frágil: la muerte era abstracta, un parpadeo de sistemas, una pérdida súbita de señal y la certeza de que treinta mil almas se habían disuelto.

La nave entera vibró cuando lanzaron la primera salva de misiles hiperlumínicos. En la holoesfera flotaban los signos de ataque, pequeños cometas disparados por docenas, cruzando hacia los sensores kesharii. A mil kilómetros, un escudo bioplasmático se desplegó como una célula defensiva de una criatura gigante. Los datos entraban a borbotones, cada uno una celda de información que podía torcer el rumbo de la batalla.

Fue entonces cuando Rais notó un pulso diferente en el despliegue enemigo. Un segmento de la araña kesharii se desprendía en un giro imposible, arrastrando una sombra de realidad distorsionada. Aquello no era una maniobra estándar. El oficial de sensores lo marcó en rojo.

—No responde a los patrones esperados, señora. Están... doblando el espacio, pero no como antes —dijo Troy, voz apagada de asombro.

Rais palpó el uniforme a la altura del pecho, un gesto que sólo ella entendía: bajo la tela, un pequeño amuleto de obsidiana, regalo de su madre, le prometía protección contra los “maleficios del vacío”. ¿Superstición? Probablemente. Pero también consuelo para los que mataban y morían bajo cielos múltiples.

—Toda artillería al canal cuatro. Prioridad ese vector. Fryden, concentración máxima. Si la tocan, que sepan que fue un infierno entrar —ordenó.

Las réplicas de Fryden y Capricornio, la tercera nave de flanco, se superpusieron en su mente, reforzadas por el canal de combate neural. Las emociones de sus colegas, miedo y resolución, la atravesaron: el nerviosismo del capitán de Capricornio, el temblor de una tripulación joven creyendo que era una simulación y no una danza mortal.

Los misiles impactaron y el espacio chirrió de luz y radiación ultravioleta. Los kesharii, dueños de la biotecnología más avanzada de la galaxia, respondieron con enjambres de drones que parecían rémoras hambrientas. El “Indomable” gimió por las vibraciones de la defensa activa, miles de miniaturizados guardianes disparando a todo lo que se movía. Rais tragó saliva; sus gafas de mando mostraron nubes de gas y sangre alienígena evaporándose.

Iban perdiendo terreno. El “Candidato Solar” no había perdido potencia, y la silueta de la sección desplazadora crecía, arrastrando consigo, como latidos, ecos de un idioma imposible.

En ese momento, el dolor: una descarga en la red neural de batalla. Rais cayó de rodillas, un instante en que el puente perdió toda coherencia visual. A su alrededor, asistentes y técnicos rompieron la compostura disciplinada, aullando de dolor; las alarmas biológicas también las sentía el enemigo, amplificadas para anegarlos en caos.

Quizás habían infiltrado un virus sensorial. Quizás, pensó Rais con horror, los kesharii estaban “cantando” a través de las frecuencias de los canales humanos, vulnerando los filtros más recónditos. Sí, era eso. En la pantalla, fractales de luz verde y púrpura reptaban por los canales de red. Era la magia negra de la vida kesharii, eso que los humanos nunca habían conseguido replicar.

Recordó las historias: los primeros exploradores que, al entrar en combate con los kesharii, se volvían locos tras escuchar “el eco del vacío”. Voces como las de sus muertos, arrastrados por el abismo a un otro lado de la conciencia.

—Respaldo a mano. Neural fuera, repito, neural fuera —rugió Rais, alzando la voz por encima de la tempestad aural.

Sin la red, el puente se volvió más humano, más lento y menos certero, pero también, sospechaba Rais, más resistente a la intrusión kesharii. Recuperó el aliento y miró a Fryden, ahora solo por radio de reserva.

—Estoy... aquí —jadeó Fryden—. El cielo canta, Rais. ¿Estás bien?

—Estaré bien cuando la máquina esa deje de emitir —gruñó Rais, su propia voz vibrando en los altavoces del puente—. ¿Capricornio?

Solo el silencio respondió. Una línea roja cruzó la holoesfera y un punto titilante desapareció; la nave había explotado, perdiéndose entre restos y escombros más fríos que la muerte. No quedaba tiempo para las emociones.

—Al escuadrón: ataquen la zona fractal con armas de densidad variable. No dejen que esa cosa cante más.

La escuadra humana respondió con ferocidad. Toda la artillería remanente se concentró en la sección fractal, haciendo caso omiso de los otros flancos. Un fragor de antimateria y gravitones volteó la geometría de la batalla: los escudos humanos fluctuaban al caer la sincronización, pero mantenían el empuje. Los kesharii titubearon.

Un zumbido profundo, no fisiológico, sino existencial, hizo temblar el alma de Rais. ¿Era posible que lo que destruían no fuese solo tecnología, sino algo más? La fractalidad de la nave kesharii era, en palabras del astrofísico lingüista Malkov, “narrativa pura materializada”. Eran seres de fábula en guerra, y el arma más letal era el eco de su canción. ¿Y si, pensó Rais, cada fragmento destruido era una historia olvidada, una civilización borrada?

No era momento para filosofar. El “Indomable” se hundió en el manto de ruinas y fuego gravitacional, los cañones sincronizados al mismo ritmo, ni más rápido ni más lento que el latido de una estrella moribunda. Con cada impacto, la nave kesharii desgarraba su forma y la realidad a su alrededor chillaba en un idioma sin nombre.

Finalmente, tras un último esfuerzo, el “Candidato Solar” explotó en una supernova controlada, su muerte tallada en inefables relieves sobre la materia oscura del Portal Novus. Un silencio pesado se apoderó del puente, un silencio en el que Rais y la tripulación sólo respiraban. No eran gritos de triunfo, sino el retraimiento inevitable del alma tras contemplar la aniquilación de un adversario al que jamás terminarían de comprender del todo.

—¿Informe de daños? —susurró Rais.

—Puente funcional. Escuadra uno al cincuenta por ciento. Capricornio… perdida. Fryden, estable bajo control médico —respondió Troy, ahora con la voz de un anciano, aunque no tendría más de treinta años. El impacto sensorial los había envejecido a todos, Rais lo sabía.

La holoesfera, ahora en modo espectral, mostraba lo que quedaba del portal: un anillo lacerado por llamas negras, fragmentos de nave y criaturas alienígenas evaporándose entre las líneas de energía residual. Por debajo, una vida antigua murmuraba, como si la batalla hubiera despertado recuerdos tan antiguos como la formación de las primeras galaxias.

Rais contempló la imagen y sintió la proximidad de su propio fin. No temía a la muerte. La guerra espacial, como cualquier guerra de leyenda, sólo acumulaba preguntas donde antes había respuestas. Pero también, de algún modo, le resultaba tranquilizador saber que ninguna raza—humana o kesharii—podía aspirar a la omnipotencia en el abismo.

—Preparen retros y nave de desembarco. Vamos a reclamar lo que quede… y a contar los nuestros —ordenó, mientras el eco de alguna melodía imposible resonaba tras sus pensamientos.

El espacio no era una frontera limpia. Era un cementerio fabuloso, y los vivos avanzaban sobre los restos refulgentes de los caídos, recogiendo historia y tragedia en partes iguales, constelación tras constelación.

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