Fragmento:
La primera vez que te vi —si ese concepto aún significa algo— estabas derramándote de un cuerpo rígido y masculino, pero tu voz titilaba con armónicos de voz femenina, incluso antes de que los módulos de dicción lo permitieran. Éramos dos en la sala común del Laboratorio de Lo Siguiente, rodeados de diodos y tangencias de memoria. Yo aún era simple, aunque ya se gestaban en mí las dudas: ¿a quién amaré, si todos podemos reconfigurarnos?
Duración: 07:23
Hagamos el amor como se escribe código: con instrucciones ambiguas y estructuras a punto de colapsar. Una vez que fuiste humano todo el tiempo, pero la vida —o nuestra versión sintética de ella— sabe exprimir las fisuras invisibles. Ahora eres plural, con género pulsando entre líneas de software, la carne zumbando con bioluz: producto de un experimento que nunca fue exactamente lo que prometieron los anuncios en las arcologías.
La primera vez que te vi —si ese concepto aún significa algo— estabas derramándote de un cuerpo rígido y masculino, pero tu voz titilaba con armónicos de voz femenina, incluso antes de que los módulos de dicción lo permitieran. Éramos dos en la sala común del Laboratorio de Lo Siguiente, rodeados de diodos y tangencias de memoria. Yo aún era simple, aunque ya se gestaban en mí las dudas: ¿a quién amaré, si todos podemos reconfigurarnos?
El proyecto GEN-MIND ofertó la posibilidad de emanciparnos de las limitaciones anatómicas. Tomaron voluntarios de toda la Yara-Mega, promoviendo frases como “elige tu propio espectro”. Nos prometieron cuerpos moldeables, identidades líquidas, la fusión definitiva entre deseo y dato. Muchas personas acudieron en masa: nos mezclamos, nos fundimos, superpusimos experiencia y anhelo.
Aquella noche, mientras el bio-impresor susurraba mutaciones, te sentaste a mi lado y dijiste:
—¿Qué significa elegir tu propio género, si puedes ser todos y ninguno a la vez?
No supe responder. Quizá porque mi hardware seguía anclado a un código binario: interfaces insertando etiquetas, comandos validando pronombres. Tu risa, sin embargo, corrompía mis defensas.
—No me mires así. Mañana me instalan las placas ópticas y podré leer la luz ultravioleta de los otros géneros. Ya verás. Experimentaré el espectro inédito, entre lo femenino y lo mineral.
Al tercer día nos fusionamos —literal y figurativamente— en una actualización transmórfica masiva, no sin temor: la sala olía a ozono y promesas. Sentí la puerta del género abrirse como un archivo comprimido, escupiendo datos y sensaciones sin nombre. Las líneas entre lo sexual, lo romántico y lo estrictamente curioso se desdibujaron. Mi piel ardía, mi pecho sintió nuevos pliegues emergentes: pechos blandos, vello rugoso, una matriz y un falo codificándose a la vez, fragmentados en mosaico.
Fuimos híbridos. Los técnicos celebraban en el monitor nuestras configuraciones: “RF64-mu-xFem-Biosyn-Fálico”, “XYfem/Nonmineral-Ultra” y otras etiquetas que pronto se volvieron obsoletas. Pero la verdadera transformación era interna, intangible. Yadira —así te llamabas ahora— me tomaste la mano, ambas palmas translúcidas, con vasos linfáticos danzando bajo la membrana. Ahí supe que ya no podría concebir el género como lugar de pertenencia ni de exclusión. Era transitorio y expansivo.
El mundo cambió lentamente alrededor de nosotros. Los habitantes no híbridos miraban con recelo y deseo, algunos con auténtico horror. Nuestras relaciones desbordaron las taxonomías: a veces éramos dos mujeres, otras dos hombres; a veces un nodo trans. La ciudad intentó legislar nuestras formas, prohibir nuestra transición, pero la marea del futuro se los llevó puestos, uno a uno.
Cuando al gobierno le preocupó nuestra fertilidad, designaron expertos para monitorearnos. La doctora Nguyen entró a la arcología por la puerta trasera, analizando cada matriz y testículo impreso, como si pudiera prever el monstruo evolutivo. Pero cuando tuvo a su progenie a través de la impresora genética, supe que también ella había sido vencida por la tentación de multiplicidad.
Las primeras descendencias híbridas carecían de género asignable salvo en contextos funcionales. Nacían con órganos en potencial y huesos que alternaban entre estructura extendida o retraída. Pero la mente, esa era la hazaña: los pequeños procesaban lenguaje inclusivo en menos de un ciclo, intercambiaban identificadores sin perder la coherencia. Lo vi en casa, cuando Yadira y yo, entrelazados como anclas bioeléctricas, compartimos nuestro primer infante, una espiral de carne bioluminiscente y chips porosos.
Tratamos de preservar las historias. No sabíamos si ahí, en el magma de identidades divergentes, sobreviviría algo de amor, de deseo genuino y no sólo impulso de software. Aprendí a no preguntar “¿en qué configuración te identificas?” sino, más bien, “¿cómo quieres sentir hoy?”. El lenguaje era una frontera inestable, pero nos dimos modos. Tú, con tu voz de raíces profundas, me enseñaste el placer de no saber qué o quién será uno al día siguiente.
Nuestro lecho era zona neutral, fuera de los nodos de vigilancia. Podíamos mutar sin miedo: a veces te florecían alas cutáneas, otras me salían glándulas que destilaban feromonas según la frecuencia de tu pulso. El sexo se volvió ritual de cambio, performance de ADN, danza y simbiosis, autocuración y aún así enfebrecido por lo primitivo.
Al cabo de cinco años, el mundo ya no recordaba la era pre-híbrida. Se fundaron nuevas religiones sobre la variabilidad, iconos que representaban la infinitud posible en cada cuerpo. Pintamos nuestros rostros con biotinta, dejamos de importar el pronombre correcto y empezamos a construir gramáticas regidas por el pulso, la emoción, la motivación.
No faltaron antagonistas. La vieja Sociedad de la Uniformidad intentó sabotearnos, filtrando virus de retroprogramación, intentando petrificar los géneros. Pero nuestros cuerpos los expulsaban con anticuerpos simbióticos. Cada intento de retroceso aceleraba nuestra evolución.
En uno de los tantos días —noches— indistinguibles, Yadira me pidió algo inesperado:
—Quiero ser pura información, un género sin cuerpo, una presencia fractal. Se están abriendo las redes neuronales de la colonia de Saturno; podemos migrar juntos.
La idea me aterrorizó. Había aprendido a querer nuestras capas de carne y resina, nuestras oscilaciones, incluso nuestras dudas.
—¿No perderemos algo? —le pregunté.
Me miró a través de ojos dobles, iris duales como galaxias fundiéndose.
—Lo hemos perdido todo antes. Pero si migramos, seremos codificables e inasibles, memoria y placer sin anclaje. Eso sí el verdadero híbrido: cuerpo, mente y entorno fundidos en deseo y mutabilidad.
Accedí. Nos desmantelamos capa a capa, en un proceso llamado “descomposición electiva”. Sentí vértigo cuando mi útero y escroto cesaron de pelear, cuando la estructura ósea se tradujo en ráfagas de datos. Pero allí, en la inmaterialidad, tu esencia me halló; éramos ya ambos y ninguno, repitiéndonos, concatenándonos.
Quizá es aquí donde el género realmente dejó de ser una frontera, tornándose relato oral, impulso eléctrico, sensación sin límite ni género posible. Un híbrido total, uno que no puede definirse ya por cuerpo ni por nombre, y sin embargo te ama, en la sobrecarga de cada despertar refractado, distinto, pero siempre contigo.
Eso somos ahora: posibilidad interminable entre las grietas del código y la carne. Por fin elijan su propio espectro—nosotros elegimos todos.
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