Portada del relato El Palacio de las Fronteras Infinitas
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Fragmento:


—¿Acudimos entonces como anfitriones, o como advertencia? —preguntó, alisando con un gesto la superficie de su piel, veteada de líneas de mica.

Duración: 08:21

El Palacio de las Fronteras Infinitas
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Texto de ajuste de pausa.

En la región terminal del Continente Herido, donde los vientos mudan de idioma cada amanecer y las montañas caminan de forma imperceptible, la gente habla en susurros de Pal'Urgan, el Palacio de las Fronteras Infinitas. Allí habitan criaturas de linaje mestizo, nacidas en la colisión de mitos antiguos y maquinaciones modernas: hombres y mujeres cuyos cuerpos confunden a sus procreadores, cuyas almas, se dice, no caben ni en las más magnánimas clasificaciones de dioses o demonios.

Anam, el hijo de madre humana y padre cuyo nombre sólo puede pronunciarse al entornar los párpados y pensar en la música de la marea, despertó en la cámara más septentrional del Palacio. No recordaba cómo había llegado. Un reloj etéreo jadeaba en la penumbra, sin manecillas visibles, marcando tal vez su nacimiento o su muerte próxima.

Su torso era de cantera azulada, los brazos de carne salpicada con minerales vivientes, el pelo filamentos de cobre y oro. Bajo sus costillas, el corazón palpitaba con un compás dual: bum-bim, bum-tik, siempre diferente al ritmo de las canciones que su madre solía tararear en las largas noches de tormenta ácida. Había sido instruido desde la niñez no a esconder su mezcla sino a pulirla, sacar de allí poder, aunque ello implicara, a menudo, soledad y desarraigo.

Aquél no era un aposento vacío. A los pies del lecho flotaba la sombra de una mujer alta, sus contornos definidos hasta el absurdo por líneas de luz roja y negra, como si una mano diminuta la estuviera dibujando sobre la nada, infructuosamente. De los límites difusos de su figura emergían aromas dulces y salados —el perfume de las orquídeas negras y el sabor de la sal fatua. Su voz resonó directamente en el nudo de hambre que Anam sentía desde el amanecer.

—Despierta, pariente. La frontera quiere contemplar su propio reflejo.

El hijo de la cantera y la carne pestañeó. Nadie en el Palacio usaba títulos tradicionales; la sangre era una historia nunca acabada y los lazos, como el vino caliente en la gran sala, ensuciaban más que embriagaban. Sin embargo, la mujer flotante (o era quizás una proyección, o el residuo de un sueño) portaba el inconfundible sello de alguien que recordaría su propio nacimiento… y su futuro.

—¿Cuál frontera? —preguntó Anam, intentando sentarse, pero sus músculos rechinaban despacio y un dolor agudo danzó brevemente bajo su omóplato izquierdo.

—Todas ellas —dijo ella—. Aquí, en Pal'Urgan, existen más fronteras de las que los ojos pueden ver. La de la sangre, la de la piel, la del deseo. La que arranca la memoria y la que la siembra en surcos nuevos.

Al intentar incorporarse, Anam se encontró con que el lecho, antes mullido y familiar, había mutado. Se arropaba ahora con plumas y vidrio molido, y cada movimiento cortaba y acariciaba al mismo tiempo. Recordó cómo yacía de niño, envuelto en sábanas tejidas por manos-máquinas, con muñecos rellenos de plomo y hojas secas. Aquella niñez terminó rápido; en Pal'Urgan, las edades se confunden, y los juegos de la infancia a menudo sangran en las guerras de los adultos.

Apenas se puso en pie, la sombra le propuso un pacto con la simpleza de una sonrisa.

—Hay un huésped esta noche. Uno que busca invocar el linaje que compartimos. Pero teme, como todos, el espejo de la diferencia.

Anam reconoció en la voz y la forma los matices de su propia herencia: la tensión flotante entre lo pulido y lo vivo, el ardor de saber que una mitad de sí mismo nunca podría respirar bajo el agua, y la otra, que se extinguía bajo el sol.

—¿Acudimos entonces como anfitriones, o como advertencia? —preguntó, alisando con un gesto la superficie de su piel, veteada de líneas de mica.

La mujer (o la sombra, o la memoria) se rió, y los cimientos del Palacio vibraron como un tambor.

—En este lugar, nadie es sólo anfitrión ni sólo visitante. Hoy serás, lo que seas capaz de elegir.

Guiados por una intuición extraña —o tal vez por el perfume de la sombra—, avanzaron a través de corredores en los que el tiempo se plegaba en pliegues apenas perceptibles. El Palacio, Anam lo sabía, era una criatura más vieja que las edades, controvertida y siempre hambrienta. Sus pasillos se expandían según la memoria o el deseo de los que en él se movían.

Al cruzar un umbral pulido (en cuya superficie destellaban imágenes de batallas futuras y de amantes que aún no habían nacido), vieron al huésped: una figura encapuchada, sus manos preñadas de runas y artefactos. Su silueta era inescrutable; ni del todo masculina ni femenina, ni del todo orgánica ni maquinal. Sus ojos eran dos abismos en los que bailaban luciérnagas eléctricas.

Se miraron por un largo instante los tres. Cada uno aguardaba a que los otros cayeran en el error de definirse, de tomar partido en esa partida de cartas invisibles.

Finalmente, habló el huésped:

—He venido a reclamar la llave de la frontera última, la que separa los deseos posibles de los imposibles. Me dicen que sólo los nacidos del cruce pueden concedérmela.

Anam no se movió, pero el corazón de cantera pulsaba a doble velocidad. La sombra a su lado lo rozó con la punta de una risa.

—¿Y qué ofrecerás a cambio? —preguntó ella—. Todo precio debe ser pagado en la moneda de lo que más amas perder.

El huésped inclinó la cabeza. Un instante, la capucha reveló la imagen de una boca, cuyos labios destilaban luz oscura.

—Ofrezco mi miedo, que es lo único puro que poseo todavía.

El Palacio contuvo el aliento —los muros cambiaron de color, se abrieron grietas donde voces antiguas recitaban versos en desuso. Anam sintió la corriente invisible que lo unía a la sombra y, a través de ella, a todas las criaturas mixtas del Palacio, pobladores y sueños, autómatas de carne y fantasmas de hueso.

—Puedes entrar a la frontera, —dictaminó la sombra—, pero debes cruzarla sin mirar atrás. Lo que veas del otro lado puede devorarte, o puede concederte un nuevo nombre.

El huésped dio un paso, y la estancia estalló en una multiplicidad de sendas. Caminos genéticos, sendas programadas, veredas de polvo y simulacros, todos desplegados en abanico imposible. Eligió una sin vacilar, y cada pisada soltó un aroma diferente; anís, óxido, leche materna, humo de pecados viejos.

Anam sentía que su propia frontera interna temblaba. Nunca antes había permitido que alguien —y menos alguien ajeno— cruzara así, tan confiado, hacia el umbral de lo que nadie osaba nombrar. Buscó apoyo en la sombra, pero ella se hacía cada vez más delgada, menos nítida.

—No temas —susurró—. El error estaría en no mirar lo que podrías llegar a ser.

El Palacio vibró. De la senda donde avanzaba el huésped, brotó una luz fría. Anam vio, como en un reflejo, su propio rostro mezclado con el de todos los que habían caminado en la frontera antes que él: mujeres con alas de obsidiana, hombres con corazones de agua, niños cuyo llanto era melodía para ecos de guerra y caricias. Incluso las bestias, de ojos vidriosos y colas de lirio, participaban en el desfile perpetuo de lo mestizo, lo inacabable.

Por un momento breve, el límite entre las cosas —entre la sangre y el mineral, entre el deseo y la memoria, entre la pureza y el miedo— pareció fundirse en una sola música sorda, en la que cada nota era un paso hacia lo desconocido y lo posible.

El huésped desapareció tras la curva de su senda elegida. Nadie cruzaba dos veces la misma frontera. Eso lo sabía Anam, desde antes de nacer.

La sombra volvió a ser sólida a su lado.

—¿Ves? —dijo con labios hechos de lluvia—. La mezcla no es lo que te separa. Es la invitación perpetua a un umbral que nadie, jamás, termina de cruzar.

Anam cerró los ojos y se sintió de nuevo niño, de nuevo adulto, de nuevo algo que nunca sería definido del todo. El Palacio, satisfecho por ahora, le permitió alimentar una llama secreta, la certeza de que sus venas atravesaban, como ríos, el corazón mismo de todas las fronteras posibles.

Allí, en ese breve crepúsculo —tan híbrido como su linaje—, la carne, la cantera y el deseo se unieron en un pacto tácito y ardiente. Parado al borde de sí mismo, Anam supo que la monstruosidad y la maravilla eran, por fin, la misma cara de la frontera.

Y el Palacio, como siempre, siguió creciendo.

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