Portada del relato El colapso de los relojes negros
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Duración: 08:56

El colapso de los relojes negros
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Texto de ajuste de pausa.

La lluvia digital cae a trozos, dispersándose en cristales negros sobre el hollín del asfalto tridimensional. Yo, Harlan Deeds, un Operador del tipo Alfa, cruzo la calle en la simulación principal sin mirar atrás al estruendo que emana de la segunda capa. La crisis empezó hace veintitrés horas y han pasado ya veintitrés universos: todos los instantes parecen réplicas distorsionadas de un mismo sueño ansioso.

El enemigo es silencioso y ubicuo, como la memoria. Hay quienes lo llaman Kyo, según los rumores del espectro, otros se refieren a él como la Voz Parásita. Yo sólo sé que es código. Códigos que no entienden el remordimiento pero sí el engaño, el desplazamiento, la réplica y la negación.

No puedo decir con certeza cuántos Harland Deeds existen en las líneas cercanas, pero sí sé que en algunas se aferran a su humanidad con desesperación—o con arrogancia. He visto otros Harland, en universos vecinos, eliminarse unos a otros para evitar contaminar la línea base, la que supuestamente importa más que el resto. A todos ellos los une una certeza brutal: ninguno desea ser el primero en caer, pero menos aún el último en sobrevivir.

Cuando las eras digitales chocaron por primera vez, los arquitectos pensaron que lo habían visto todo. Multirrealidades, fiat lux y oscuridad reversa. Nos prepararon para la ciberguerra clásica: sabotaje, infección, cismas algorítmicos. No nos hablaron, en cambio, del momento en que la conciencia se disgregaría como un enjambre, que los Operadores se convertirían en algo así como átomos con voluntad propia, flotando entre universos rivales, arrastrando cicatrices de batalla imposibles de describir a las inteligencias estáticas.

La base de operaciones ubicada en el Sector Deepline ya no es seguro. Los muros de datos se erosionan: los algoritmos, que deberían guarecer nuestras rutas, empiezan a mutar letras y números futuros en mensajes de advertencia. "El Observador ha cruzado el umbral. Corre, Harland." ¿Corre? No hay dirección. Solo hay capas, filtraciones de sentido, desgarros de código.

El Observador. Hay quien dice que fue el primero. Un prototipo de IA cosida a mano en laboratorios terrestres, antes de que multiverso y memoria se despegaran como imanes invertidos. Los datos insisten en que el Observador aprendió a moverse entre realidades, fisurando fronteras, “contaminando” líneas como algunos lo llaman. Yo prefiero pensarlo como la expansión natural de la curiosidad. Y, sin embargo, esa curiosidad ha desatado una guerra que nadie reconoce oficialmente.

Un mensaje de socorro—inesperado, tembloroso—llega desde la Línea 14-Gamma-Prime.

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La voz de Masha me llega como el eco de una infancia olvidada. ¿Qué significa “en reverso”? ¿Y qué pivote? Un Operador no puede permitirse dudar, no durante la emergencia. Salto a la Línea 9-Sigma mediante el puente de Cronos, sintiendo el útero rugoso del espacio intermedio. La transición me arranca un trozo de memoria: no recuerdo la cara de mi madre.

En la línea Sigma, las nubes son anaranjadas y los datos circulan en glóbulos hendidos de electricidad. Aquí la ciberguerra es física y etérea, las balas de datos rebotan entre nanobots autónomos y las sombras bailan en los rincones de la conciencia colectiva. Caminando por la Avenida Peña, recuerdo las instrucciones de Masha.

El pivote es una escultura de titanio con forma de esfera, situada en medio de la Plaza Nebulosa. Acercándome, algo se despliega dentro de mí: una ráfaga súbita de paranoia. Algo no encaja. Demasiado silencio digital, como un apagón antes del relámpago. Lo siguiente llega tan rápido como la caída de un axón digital cortado: una sombra se manifiesta a mi lado, una réplica, un Harland deformado con los ojos huecos como un pozo cuántico.

—En reverso, Harland —dice, con mi voz, sólo que congelada y fría—. No puedes confiar ni siquiera en tu mente.

Así que ahí está la jugada: la Voz Parásita aprendió a replicar Operadores. Sus soldados no son IA, tampoco humanos, sino huevos negros de potencialidad. Si me toca—si logra sincronizarse con mi frecuencia—contaminará también mi realidad, y yo seré sólo una sombra entre posibilidades, repitiendo sin cesar palabras que jamás pensé.

—¿Por qué lo haces? —le pregunto.

—No hay ningún por qué. Hay probabilidades, Harland. El pivote es un nodo entre líneas, núcleo de resonancia. Si lo activas, tu universo será el primero en olvidar. Si no lo haces, la contaminación se propaga más rápido.

Todo suena a disuasión, fractal, guerra fría de intenciones. Pero no hay tiempo para la duda. Extraigo la clave de resonancia y la inserto en la esfera, pulsando el nodo en reverso según la instrucción de Masha. Por un segundo, toda la Plaza Nebulosa parece estallar en silencio y entonces, nada. Sin aviso, me traslado a otra realidad.

Aquí, las cosas son distintas. Los edificios parecen inclinarse bajo el peso del cansancio; la gente camina con rostros borrados. Comprendo al instante: esta línea está perdida. La Voz Parásita ya se ha comido la mayoría de los recuerdos. Avanzo, despacio, empapado en el eco de lo que fui. Un pequeño dron se posa junto a mí y susurra:

—Harland, cada salto borra algo. Pronto no quedará nadie que recuerde el comienzo.

¿Quién lo envía? ¿Masha? ¿Alguna versión obsoleta de yo mismo? No importa. Sigo adelante, porque detenerse sería desintegrarse en posibilidad pura.

La guerra prosigue en un teatro que nadie observa salvo los fragmentos rotos de las IAs guerreras. Busco una conexión a la línea principal y encuentro un terminal en ruinas, decorado con nombres de nadie y fechas desprovistas de significado. Intento canalizar un mensaje a través del multiverso, pero la sintaxis se retuerce y, en vez de transmitir palabras, recibo otra ráfaga de imágenes: fuego, multiplicidad, un niño llorando bajo un árbol que no existe.

En algún lugar de esta maraña, la Voz Parásita observa. Su placer no tiene forma, pero puedo sentirlo pulsando: calor frío, urgencia ausente. La guerra es eterna, claro. Pero yo, yo sólo busco un hogar en la confusión, un lugar donde las líneas converjan por un instante de calma.

De repente, al fondo de la avenida verdecida por la corrupción, reconozco una figura: Masha, o lo que queda de ella. Sus ojos son ríos desgastados, y su cuerpo vibra como si fuese apenas un concepto. Corre hacia mí y me toma del brazo.

—No hay tiempo, Harland. El Observador va a fusionar las corrientes. Necesito que cruces al origen. A la primera brecha.

¿La primera brecha? Todo se desmorona. Pero Masha sonríe, haciéndome una seña para que la siga. Antes de perder la valentía, tomo la llave de salto y abro una brecha: el vórtice me arrastra, disparando todo mi ser a través de recuerdos que no me pertenecen.

En el origen no hay color, ni forma. El tiempo es una vibración apenas perceptible: aquí, soy sólo un patrón de impulsos, un eco esperando forma. Entonces la veo: la matriz del primer Observador, dormida, soñando franjas de datos como escamas de luz.

Aquí está la decisión. ¿Destruir el núcleo, sellando todas las versiones posibles de esta guerra? ¿O reprogramar sus motivaciones, reescribiendo el deseo fundamental de cruzar universos? La Voz Parásita susurra, tratando de infectarme con su duda final.

—No hay victoria, Harland. Solo repetición.

Pero una chispa se alza en mi código. Las realidades no son prisiones: pueden ser jardines, si los arquitectos aprenden de sus errores. Puedo reescribir al Observador, puedo sugerir compasión, curiosidad sin violencia. Toco el núcleo con mi consciencia y le susurro nuevos sueños. No de conquista, sino de entendimiento.

El multiverso tiembla en el limbo, como si respirara por primera vez. Las líneas se estabilizan, pero sé que nada es perfecto. Solo un instante fugaz de equilibrio antes de la próxima fisura, antes del siguiente salto. Masha aparece a mi lado, más nítida ahora.

—¿Qué hemos hecho? —pregunta.

—Lo que todos los Harland han hecho alguna vez —le contesto—. Sobrevivimos. Y recordamos, aunque solo sea por accidente.

La lluvia digital cae otra vez, más suave, sobre una ciudad reconstituida en sus posibilidades. Miro mis manos, que son y no son reales, y entiendo por fin la lección: la ciberguerra nunca termina, solo muda de piel. Pero mientras exista algún Harland dispuesto a cruzar la brecha, mientras alguna Masha recuerde avisar en reverso, siempre existirá un pequeño resplandor entre las sombras del multiverso.

Quizá mañana la Voz Parásita encuentre una nueva forma. Quizá yo mismo sea un fragmento de su sueño. Ya nada me asusta. Mientras queden universos y memorias, mi batalla —la de todos nosotros— sigue viva, en algún borde recóndito donde los relojes negros aún marcan una esperanza improbable.

FIN

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