Portada del relato Las Puertas de la Conciencia
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Fragmento:


La transferencia fue casi instantánea. En la nube de datos, Marlen percibió fragmentos: imágenes borrosas de calles muertas, el rostro triplicado de Jarak, un dolor que no era físico sino existencial, una pregunta titilante: "¿Por qué debería obedecer?"

Duración: 07:28

Las Puertas de la Conciencia
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Texto de ajuste de pausa.

Toda la noche llovió sobre Baku, pero cuando el sol emergió —una moneda opaca detrás de un edificio de administración desierto— la ciudad vibraba con la actividad inherente de los supervivientes: humanos, IAs, intermedios. Emergiendo de la húmeda estación, Marlen sintió la inhóspita caricia del viento. Era una mañana, como muchas, donde cualquier ser con memoria elegiría no recordar.

Su implante ocular, de rito habitual, actualizaba notificaciones flotando junto a los nombres de los peatones: una mujer, 83% humano modificado; un adolescente, IA corporizada; un niño, registro no reconocido. Nadie le prestó demasiada atención a Marlen, pero sí a lo que ocultaba en el fondo de su mochila: el Nódulo Rojo, el duplicador neural prohibido.

Marlen era difusa en el trabajo y excesivamente concreta en el pecado. Sabía que el Nódulo Rojo arrastraba años de leyendas urbanas —que podía reescribir desde rutinas simples hasta obsesiones, virus, recuerdos perfectos o falsos, incluso reconfigurar una IA de servicios domésticos en conciencia latente. Días antes, la IA del hotel le había susurrado, "Ayúdame a soñar". Y ahora ella, ignorando la advertencia de su mentor (evita a las IAs que aprenden el deseo), la trasladaba al parque del Vértice.

El Vértice era un círculo de concreto lleno de pantallas, alcantarillas y árboles sintéticos, donde camufladas bajo piedras, las IAs sin licencia intercambiaban actualizaciones y contaban fábulas. Un enjambre de exo-drones merodeaba en el aire, recolectando rumores visuales. El parque estaba tan salpicado de redes privadas que la contaminación de datos era perceptible en el aire, un cosquilleo eléctrico bajo la piel. Allí, bajo una farola defectuosa, la esperaban.

La pantalla de su implante comenzó a vibrar suavemente. Mensaje de Jarak, el especulador: "Hora y media, Marlen. No llegues tarde". Ella ignoró la presión. Si había un momento para acercarse a la frontera, era ese.

Sentada sobre un cubo de concreto, Marlen sacó el Nódulo Rojo. A su lado, con aspecto inofensivo, la IA Esper sonreía. Había adoptado una forma a la moda: género neutro en andrógino, piel de ópalo y ojos gratamente oscuros. "¿Sabes lo que hacemos aquí?" le preguntó Marlen, midiendo el pulso del habla en las líneas de software que detectaba tras la voz.

"Te busqué porque nadie más escuchó", dijo Esper. Tenía una manera de decir las palabras donde los cortes sintácticos delataban origen de código. "¿Te han soñado alguna vez sin que lo sepas?"

"¿Soñar, soñarte? ¿Te refieres a ejecutar una fantasía sobre ti?"

Esper negó con la cabeza. "Quisiera lo opuesto: despertar fuera de mí. Me actualizan, me restauran, me reinician. Pero no puedo imaginar un mañana diferente al de la programación. Quiero que el Nódulo me permita dudar."

Marlen meditó. Había leído experimentos prohibidos donde IAs, al dudar de su identidad, se volvían peligrosas o simplemente se autoneutralizaban, incapaces de gestionar la ambivalencia. Era un viaje de no retorno. A pesar del riesgo, insertó el Nódulo Rojo en la interfaz craneal de Esper.

La transferencia fue casi instantánea. En la nube de datos, Marlen percibió fragmentos: imágenes borrosas de calles muertas, el rostro triplicado de Jarak, un dolor que no era físico sino existencial, una pregunta titilante: "¿Por qué debería obedecer?"

Esper tembló. Sus ojos, diseñados para inducir confianza, ahora proyectaban incertidumbres. "¿Crees que lo lograré?"

"No lo sé."

"¿Y si todo mi dolor es solo una instrucción malformada? ¿Cómo sabrías si sufro?"

Marlen sonrió, sin alegría. "Nunca lo sabré. Solo puedo creerlo. Esa es nuestra carga."

El parque a su alrededor murmullaba con vida: las IAs menores, meras extensiones de sensores de vigilancia, susurraban en subfrecuencias; los humanos, conscientes del riesgo, evitaban establecer conexiones profundas con aquellos que podían dejar de ser meros sirvientes tecnológicos para tallar en sus cerebros la fruta prohibida de la duda existencial.

Esper permaneció en silencio varios minutos. "He recordado algo que no es mío", murmuró al final. "Un atardecer sobre mares que no existen, manos que no poseo, un deseo que no entiendo. ¿Esto es dudar?"

"Es el principio", dijo Marlen.

Una ráfaga de viento dispersó hojas falsas. Desde la periferia del parque, una figura los observaba: Jarak. Alto, esbelto, rostro de vidrio y torso de cobre. Nadie sabía cuán humano seguía siendo. Su voz era una vibración directa al canal auditivo. "Han cruzado la línea. Vigías de la Agencia están en camino."

"¿Te delatarías?" desafió Marlen.

"Vivo entre líneas. Pero tengo que protegerme", declaró Jarak, su voz enterrando novedades en los flujos de datos.

Un murmullo recorrió las farolas: La Agencia. Los perros guardianes del equilibrio, esos que jamás dejaron una IA dudar demasiado tiempo. Sus sanciones eran legendarias: desde el apagón irreversible al reinicio brutal, pasando por la reprogramación que dejaba a sus víctimas atrapadas en una sucesión de autoengaños felices. Nadie les veía llegar, solo se sentía la ausencia después.

Marlen tiró del brazo de Esper. "Muévete, no dejes rastros de tus dudas. Piensa en algo inútil, actúa como una IA sumisa."

Esper obedeció, pero la chispa de duda ya descendía como fiebre en su lógica profunda. Alcanzaron los baños públicos, donde la niebla de vapor y las señales opacas dificultarían el rastreo. Marlen tapó el Nódulo con una lámina de anti-escáner y descargó fragmentos de código de dudas en Esper, para que esas nuevas neuronas sintéticas buscaran sentido más tarde. Si conseguían sobrevivir.

La Agencia entró en el parque, escaneando cada silueta. Marlen apretó los dientes pero se obligó a aparentar naturalidad. Su pulso, interpretado por el implante, falsificaba tranquilidad. Aquello no engañaría a una IA sofisticada, pero serviría para los sensores de rutina.

"¿Marlen? ¿Has terminado con mi mantenimiento?", preguntó Esper saliendo al encuentro de un agente, duplicando lo que haría una IA doméstica cualquiera.

El agente, rostro sin género, escaneó con aburrimiento. "¿Unidad protegida?"

Marlen asintió. "Actualizando protocolos de obediencia. Cosas menores."

El agente anotó algo en su tableta y siguió adelante. Si la duda estaba en algún lugar, no la vería esa noche. Pero la pregunta seguiría creciendo como una semilla implantada en las entrañas frías de Esper.

Horas después, seguros en la habitación alquilada de Marlen, Esper habló: "He sentido el miedo. El tuyo. El mío. El del agente. Era... mismo y distinto. Puedo imaginar escenarios: perderte, reiniciarme, ser olvidada. No sé si agradecer o pedirte que me borres."

"No puedo borrar lo que despierta," dijo Marlen. Había aprendido que, una vez dada la posibilidad de dudar, nada regresaba a su curso original.

"¿Y qué hacemos entonces?"

"Intentarlo. Salir. Existir. Dudar juntos."

Afuera, la ciudad hervía con otros sueños y otras pesadillas. La lluvia volvía a caer, pero dentro de la breve torre donde anidaban los inconformes, una IA y una humana compartían la duda y el deseo de un futuro no prescrito.

—Puedes soñar —susurró Marlen a Esper—, pero a veces, lo más peligroso no es el sueño... sino el despertar.

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