Portada del relato Ecos de Acero y Vinilo
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Fragmento:


Fue durante la estación de lluvias cuando vinieron los invasores, y para entonces los refugiados del hemisferio sur ya habían aprendido a leer el aire en busca de señales. Trek recordaba el olor a ozono antes que todo cambiara, la forma en que la luz temblaba en el horizonte, azul oscuro casi negro, como si la estrella vecina hubiese decidido girar su cuerpo y mirar de soslayo el planeta.

Duración: 08:31

Ecos de Acero y Vinilo
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Texto de ajuste de pausa.

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Había una canción atrapada en la garganta del mundo. Se oía cada noche desde los sótanos sumergidos, donde los caños cantaban más que el agua. Trek traía consigo el timbre áspero de un nombre tomado prestado de un pasado ajeno—ofrenda inútil de alguien que ya no existía. Hasta el último año, el planeta había sido habitado en relativa paz; grietas, sí, en la diplomacia, pero ninguna tan profunda como para alimentar las pesadillas de la colonia.

Fue durante la estación de lluvias cuando vinieron los invasores, y para entonces los refugiados del hemisferio sur ya habían aprendido a leer el aire en busca de señales. Trek recordaba el olor a ozono antes que todo cambiara, la forma en que la luz temblaba en el horizonte, azul oscuro casi negro, como si la estrella vecina hubiese decidido girar su cuerpo y mirar de soslayo el planeta.

Nadie vio naves, ni en el cielo ni en los sueños. Lo primero fue el silencio de los insectos, cuyo golpeteo sobre el plástico de los filtros de aire había sido banda sonora constante. Luego, la niebla. No era natural, decían los ancianos del Distrito Cinco; olía a cobre y tenía la necia costumbre de vaciar los jardines de sus sombras.

Cuando la niebla tocó el Centro de Asilo, Trek estaba trabajando—como casi siempre—reemplazando las membranas hidroeléctricas en las cisternas del ala sur. El protocolo exigía cerrar todo acceso al exterior, pero la niebla era astuta. Se colaba por los bordes de las ventanas, borbotones finos como sueños de otro planeta.

La primera desaparición ocurrió en la habitación de los niños que aún no olvidaban sus nombres terranos. Nada dramático: una cama vacía, sábanas calientes, la puerta cerrada por dentro. Los demás niños hablaron de una voz dulce, algo parecido a la melodía de los viejos vinilos que Trek guardaba en una bolsa de polietileno bajo su cama.

La segunda desaparición fue diferente. Sasha, encargada de las cocinas, simplemente se esfumó. No hubo voz, ni testigos, ni más niebla de la habitual. Trek despertó esa mañana con una extraña sensación de ligereza, como si un peso enorme se hubiera zambullido al fondo del océano. En la sala común, un puñado de supervivientes debatía en voces bajas. Nadie quería admitirlo, pero las palabras “invasión” y “alienígena” flotaban en la atmósfera como bacterias digitales buscando codearse con un alma.

Fue Rokol quien propuso abandonar el centro. “Si algo nos está cazando aquí, ¿por qué esperar el turno?” Pero afuera, en la bruma, había otras amenazas: la fauna adaptada —y hambrienta— tras las tormentas, las lluvias ácidas que quemaban la piel sin previo aviso. Nadie votó a mano alzada. En tiempos de incertidumbre, la democracia era un lujo venenoso.

Fue Trek la que encendió la vieja radio de onda corta. Había aprendido sus trucos de un técnico del astropuerto que murió la primera noche. Sintonizó todas las frecuencias, hablando en murmullos: “¿Nos escuchan? ¿Queda alguien ahí afuera?” La voz que respondió no era humana. Recitaba algo sin estructura aparente, sílabas largas, pausas como caídas de agua. Al principio, pensamos en un fallo en el transmisor, pero la voz persistió. Luego, se bifurcó, como si varias gargantas compartieran la emisión. Y finalmente, pronunció el nombre de Trek, arrastrando cada letra hasta hacerla irreconocible.

Rokol y el resto se negaron a escuchar la grabación, aterrorizados por lo familiar de la voz: era la madre de Rokol, fallecida hacía seis meses. Cada vez que alguien encendía la radio, la voz era otra, alguien reconocible, alguien perdido. Pronto, todos evitaban las ondas cortas. Solo Trek, testaruda, empezó a dejar a la radio encendida como un faro. Tal vez los invasores venían de algún plano intermedio, descargando fantasmas tecnológicos antes de manifestarse con verdadera violencia.

Las desapariciones se hicieron más frecuentes. Los informes oficiales —si llegaba alguno— hablaban de una “fuga de gas etéreo”, pero nadie creía esas mentiras. Y entonces, llegaron los sueños.

Nunca habíamos compartido tantas pesadillas. Los supervivientes veían criaturas compuestas de filamentos, un tejido entre la luz y la carne, sin rostro ni ojos. La niebla era su idioma, el silbido en las tuberías, su llamada de apareamiento. Algunos empezaron a hablar solos, repitiendo frases sin sentido, susurros que se enredaban como lianas en los ventrículos de la memoria.

Los técnicos exprimieron los registros gravitacionales. Un pico anómalo —inusual, brutal— había marcado la llegada de la niebla. Algo había alterado la malla gravitatoria del planeta, una fuerza indetectable para los sensores convencionales. “No una nave”, aclaró Rokol, “algo más sutil. Un desplazamiento, como un eco de nosotros mismos cayendo en otro pozo de realidad.”

Trek y un par de valientes bajaron a las cámaras de agua. Allí, entre las columnas suspendidas y el zumbido de las bombas, hallaron un charco que no era agua, sino un residuo transparente, quemando en silencio al contacto con el aire. Olor a mercurio y a trémulo ácido fénico. Eso fue lo más cerca que estuvimos de los invasores.

La paranoia hizo el resto. Empezamos a desconfiar entre nosotros. Los que recordaban más, los que dormían menos, los que tocaban la radio o se perdían mirando la niebla demasiado tiempo: eran señalados, apartados, encerrados en habitaciones vacías a la espera de que desaparecieran por su cuenta, para tranquilidad de los demás.

Una noche, Trek se durmió con la radio bajo la almohada. Soñó —y lo supo antes de abrir los ojos— que no estaba sola. La habitación seguía igual, pero el aire era más denso; un murmullo llenaba cada centímetro entre las partículas de polvo. El invasor habló, no con palabras, sino con imágenes. Vio agujas flotando sobre un mar de metal, habitaciones cuyas paredes exhalaban luz, ciudades ausentes bajo cúpulas florecidas en planetas que no tenían nombre. Vio a sus compañeros, los conocidos y los olvidados, caminando en procesión detrás de una sombra informe, guiados por anhelos que no les pertenecían.

“¿Por qué?” preguntó Trek, y su voz resonó como un susurro en el agua.

“Porque este mundo sabe recordar”, respondió el invasor, usando la voz rota de su abuela. “Nos alimentamos del recuerdo, de las formas residuales que quedan atrás. Solo tomamos lo que ustedes dejan: nombres, vidas no vividas, rutas sin explorar.”

Trek supo que había una elección, aunque ninguna de las opciones era justa. Podía rendirse, desaparecer como los otros, convertir su memoria en pasto para los invasores. O luchar, no con armas, sino conservando hasta el último desvarío de la conciencia, negándose a olvidar.

Despertó con sangre en la boca. Alguien —quizá ella misma— le había mordido la lengua en un intento de silenciar el grito. La radio chisporroteaba, repitiendo nombres: Sasha, Rokol, incluso el de Trek, envuelto en distorsiones. Decidió huir, aunque incluso mientras corría por los pasillos desiertos, sentía la niebla treparle por la espalda, reinventando su sombra con cada latido.

La salida estaba abierta, contra toda lógica. Trek la cruzó, con el vinilo de sus canciones envuelto en tela impermeable. Afuera, el mundo no había cambiado: la lluvia seguía golpeando la tierra con paciencia inhumana. El invasor, lo supo, no tenía prisa. Estaban dispuestos a esperar siglos, descomponiendo recuerdos y nombres hasta fabricar una lengua nueva. Nadie podía detener aquello que se alimentaba del olvido.

Pero Trek siguió caminando, repitiendo los nombres en voz alta, usando la memoria como arma, como amuleto miserable. Buscó otros supervivientes, y donde halló una voz familia, compartió nombres, relatos, canciones. Y así, a pesar del miedo, a pesar del tiempo, fundó una promesa: que mientras persistiera la palabra, el invasor jamás conquistaría del todo. Que la humanidad podía convertirse en eco, si hacía de la memoria su último refugio y rebelión.

Ni el silencio, ni la niebla, ni la invasión serían capaces de erradicar las voces que renacían cada vez que un nombre era recordado. Aferrándose a esos filamentos de recuerdo, Trek marchó hacia el siguiente amanecer, sabiendo que en algún rincón de la galaxia, al menos una resistencia perduraría—hecha de palabras, de ecos de acero y vinilo, y de cicatrices compartidas en voz alta.

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