Si alguien, en el futuro, hubiese preguntado a los habitantes de Ankh-Morpork (o, en realidad, de cualquiera de los lugares más o menos propensos al caos en el Mundodisco) cómo esperaban que acabara el mundo, muy pocos habrían apostado por sombreros voladores y una invasión de bibliotecarios celestes. Después de todo, la tradición local dictaba que el fin llegaría envuelto en humo, gritos y la ocasional rapaz alada escupiendo fuego sobre los puestos de salchichas. Pero nadie contaba con Glorp ni sus temibles bibliófagos interestelares.
Ahora bien, el hecho de que la invasión comenzara en la sección de Filosofía de la Biblioteca Invisible quizá debería haber alertado a los magos presentes de que las cosas serían inusuales incluso para sus estándares. Pero, como suele suceder con las grandes catástrofes interdimensionales, la mayoría estaba demasiado ocupada discutiendo sobre la naturaleza del queso metafísico ("si existe un queso, debe haber un antiqueso", aseguraba el Decano, "lo cual explicaría el queso rancio") para notar el repentino murmullo en el aire. Fue el Bibliotecario quien primero olió el peligro, con ese sexto (y, sospechaban algunos, séptimo) sentido tan suyo para los desastres en ciernes y las bananas maduras.
La Biblioteca Invisible opera bajo sus propias reglas. Las realidades se pliegan sobre sí mismas en sus pasillos, catalogando libros que todavía no han sido escritos y ocasionalmente devorando a algún despistado estudiante. Por eso, nadie se sorprendió demasiado al descubrir que las paredes parecían temblar como gelatina cada vez que se pronunciaba la palabra "hermenéutica". Sin embargo, el repentino brillo violáceo y la aparición de una hendija, como una sonrisa tensa en el aire, sí llamaron la atención—específicamente, la atención del Bibliotecario.
El Bibliotecario era, para todos los propósitos prácticos, un orangután, y para todos los propósitos mágicos, la mayor autoridad viva (y posiblemente muerta) en gestión de bibliotecas. Cuando la fisura se abrió, olisqueó el aire, cerrando su bata estival más fuerte sobre su pelaje. De la rendija emergió un tentáculo multicolor, en cuyo extremo pendía, con inquietante dignidad, un paraguas.
Los magos observaron en silencio cómo la criatura, que recordaba a una especie de pulpo carente de autocrítica, se arrastraba fuera de la fisura flotando suavemente a medio metro del suelo. Iba seguida por cuatro más, cada una con paraguas de color diferente y una sed palpable por algo más serio que la curiosidad.
"Interesante", musitó Ridcully, el Archicanciller, encendiendo su pipa y escudriñando la escena como si se tratara de un pato particularmente desafiante flotando en el río Ankh.
Los alienígenas, sin embargo, no parecían interesados ni en Ridcully ni en los otros magos. En su lugar, avanzaron sobre las estanterías, entrechocando sus tentáculos y produciendo, de algún modo, el sonido de una página arrancada con dolor. Pronto quedó claro lo que buscaban: libros. No para leerlos, claro, sino para devorarlos en una vorágine virtuosa de babas y papel desintegrado.
"¡Mis libros!" gritó el Bibliotecario, lanzándose contra una de las criaturas. El alienígena no se inmutó. Simplemente desplegó su paraguas, el cual resultó ser un sofisticado disco de absorción literaria, y absorbió de un solo golpe la Colección Completa de Tratados Imposibles del venerable Grimble Parchementus.
El Decano, tras una pausa dramática, se puso de pie. "¡Esto es intolerable! ¡Interponeos entre el hombre y sus libros y veréis el verdadero rostro de la magia!" Dicho lo cual, agitó su varita en la dirección menos adecuada y transformó, por accidente, la silla del Bibliotecario en una copia encuadernada en piel de El Principito. La criatura más cercana engulló la silla sin detenerse.
El caos acababa de empezar.
***
Las noticias de la invasión se extendieron por la Universidad Invisible y más allá, como un rumor sobre el precio de la cerveza o la receta secreta de la señora Palm. Rápidamente, la situación evolucionó: los alienígenas no sólo devoraban libros en la Biblioteca, sino también en la ciudad entera. Papeleros, impresores, poetas y hasta notarios temblaron. Nadie, ni siquiera Lord Vetinari, estaba a salvo.
El Patricio fue notificado por Drumknott mientras firmaba un decreto sobre la longitud reglamentaria de los bigotes en la Guardia de la Ciudad. Tras escuchar un resumen de la situación —“Invasores. Mucho apéndice. Se comen los libros.”—, Vetinari, típico de él, solo alzó una ceja.
“¿Han comido la sección de matemáticas?” preguntó.
“No, mi señor. Por lo que informan, la sección de matemáticas permanece intacta. De hecho, la criatura más próxima se alejó emitiendo un sonido parecido a ‘pfah’ cuando llegó a los libros de álgebra.”
“Sabios invasores, pues.”
Mientras tanto, el Bibliotecario combatía como sólo puede hacerlo alguien que ha desarrollado, a lo largo de millares de horas de custodia bibliográfica, una tolerancia cero a los lectores que doblan las esquinas de las páginas. Armado con una escoba y la furia ancestral de los archiveros, se abalanzó sobre uno de los bibliófagos, balanceándose desde una lámpara de araña mientras lanzaba chillidos escalofriantes. El alienígena pareció disfrutar del cambio de dieta y absorbió con parsimonia tres diccionarios y un mapa del Tesoro del puerto.
El Decano, sin embargo, tenía un plan. No era, por lo general, algo que tranquilizara a nadie.
“Si las criaturas buscan conocimiento, ¿por qué no les damos todo el que puedan soportar?”, sugirió.
“¿Recomienda usted la tortura literaria?” preguntó el Archicanciller.
“¡No! Bueno, sí, pero sin poner la palabra tortura en comunicaciones oficiales. Me refiero a… a los manuales de burocracia. Los informes redactados por nuestra estimada señora Wahoonie. ¡Papeles interminables y terriblemente densos!”.
El Bibliotecario, todavía colgado de la lámpara pero asintiendo frenéticamente, añadió: “Oook! Oook!”
Y así, se preparó la trampa.
***
La plaza de Sator Square era conocida por sus palomas (ilegales, claro, todo lo es en Ankh-Morpork dependiendo del ángulo de enfoque legal), pero ese día estaba llena de mesas, archivos, extensos listados de impuestos, manuales para el ensamble de muebles con instrucciones en idioma sumamente tonto, y las casi míticas Actas del Consejo de Pesos y Medidas. Pronto, las criaturas —atraídas como abejas a una flor de papel mojado— acudieron en tropel. Se lanzó sobre la primera el tratado "Sobre la revisión de la revisión de las excepciones normativas en lo referente a la nomenclatura del grano". La criatura vibró, titiló y se avecindó a un estado existencial de letargo, como si de pronto se hubiera topado con el sentido último de la indiferencia cósmica.
Una tras otra, las criaturas comenzaron a ralentizarse. Una de ellas, la de paraguas chartreuse, se desmayó elegantemente sobre un índice alfabético.
Ridcully se volvió hacia el Decano. “Funciona. ¿Pero durante cuánto tiempo?”
El Decano se encogió de hombros. “Hasta que lean el apéndice C. Allí se menciona el reglamento para la redacción de sub-apéndices.”
Vetinari apareció con una discreción escalofriante. Observó la escena, con una expresión neutra.
“Señores, si estas criaturas absorben cada palabra escrita, lo harán hasta que no quede nada. ¿Y si van más allá?”
Los magos miraron al Bibliotecario, quien se expresaba ahora mediante una serie de sonidos guturales poco aptos para los oídos de las damas.
"Y si," continuó Vetinari, "su hambre traspasa las hojas de papel y se dirige luego a los registros orales, los recuerdos, las ideas... la mismísima Narrativa..."
Ridcully palideció de forma profesional.
“¡No puede ser! ¡Ankh-Morpork está literalmente cosida con historias! ¡Son lo único que mantiene en pie muchos de sus barrios!”
“Y los míos”, añadió la Señora Palm, quien había aparecido sin invitación, sorbiendo té.
En ese instante, uno de los alienígenas, acuciado por una curiosidad o desesperación propia de los académicos ante la fecha de entrega, extendió su paraguas sobre la Comedia de la Tragedia, ese volumen apócrifo que consiste en una sola broma mal contada.
La criatura titiló, giró sobre sí misma y se desintegró en partículas luminosas. El resto pareció alarmada y comenzó a parpadear con rapidez creciente.
“¿Y si...?” propuso el Decano. “¿Y si la Narrativa es, de alguna manera, indigerible para estas criaturas? ¿Y si su prosa es tan... improbable, tan contradictoria, que las confunde hasta el punto de la expulsión interdimensional?"
***
No muy lejos de allí, un grupo de bardos se reunía apresuradamente, recitando los versos más inverosímiles disponibles, tales como "Un troll, un pato y un sacerdote de Offler entran a una taberna...". Las criaturas, invadidas por una ráfaga incoherente de historias, chistes mediocres, odas incompletas y leyendas urbanas, comenzaron a perder la forma, como una acuarela bajo la lluvia.
En un último esfuerzo, el Bibliotecario trepó sobre la pila de manuales y balbuceó, despeinado y glorioso, el cuento de la Banana Dorada y el Monstruo del Pie Fúngico. El aire se torció sobre sí mismo, y de la rendija interdimensional —cada vez más inestable— brotaron los bibliófagos uno a uno, hasta volver al absurdo del que procedían.
El silencio cayó sobre la plaza. El aire olía a tinta, sudor y miedo. Los pocos libros que quedaban vibraban, como si hubieran sobrevivido a una invasión vikinga y a unas rebajas de la Semana Literaria, todo en un solo día.
Ridcully, con la dignidad recuperada, ayudó a levantar al Bibliotecario. “Buen trabajo, muchacho. ¿Quieres una manzana?”
“Oook”, asintió el bibliotecario, abrazando el tomo de gramática avanzada como si temiese que en cualquier momento pudiera esfumarse.
Por la rendija residual de la grieta se oyó, lejanamente, un "Glorp". Por un segundo, todos miraron atemorizados, pero nada más sucedió.
***
Tiempo después, mientras la vida retornaba a la (relativa) normalidad, Vetinari hizo aprobar un decreto prohibiendo la tenencia de paraguas por criaturas con más de quince tentáculos y menos de una nacionalidad reconocida. Los magos volvieron a enfrascase en discusiones filosóficas irrelevantes y la Biblioteca Invisible cambió el sistema de clasificación: ahora, el estante de Provisiones para Emergencias incluía también cuentos especialmente malos, listas infinitas de reglas e instrucciones para fabricar muebles, por si una nueva invasión requería un menú de emergencia.
Ankh-Morpork, como siempre, sobrevivió. Al fin y al cabo, en una ciudad construida sobre historias imposibles, la victoria siempre acaba en manos de quienes saben contar el final.
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