Portada del relato Sol en la superposición
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Fragmento:


Pero explicarle esto a los otros resultaba imposible. Volví adentro antes de que el frío me diera calambres. Pasé el resto de la noche escribiendo una lista: ¿Gabriel (yo) explora los límites del reconocimiento? ¿La anomalía existe cuando la miramos? ¿Quién explora a quién?

Duración: 09:15

Sol en la superposición
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Texto de ajuste de pausa.

No puedo dormir. Hace meses que no duermo realmente, pero lo he ocultado, igual que llevo ocultando mi libreta de apuntes bajo el falso fondo de mi maleta. Por las noches, cuando todo parece calmo y la base murmurada de sistemas desactivados me señala la frontera entre mi cuarto y lo que hay afuera, abro la libreta y escribo. El eco de nuestras exploraciones, los pequeños detalles que no caben en los informes técnicos ni en las transmisiones oficiales, se despliegan en el papel: el temblor de la luz azul al contacto con la piel, el primer olor ácido de la atmósfera alienígena, la mirada insistente de los visitantes.

Desde la llegada, no hubo invasión como la temíamos en la Tierra. No fue visible. Ninguna nave descendió cortando el cielo, ninguna onda de choque barrió la superficie. Ellos hicieron algo distinto: se materializaron donde sabían que miraríamos primero, cerca del radiotelescopio, en la planicie congelada de Astoria. No eran formas; más bien, reorganizaciones. Una niebla densísima, fractal, que reflejaba nuestros movimientos como si la observación fuera una llamada y una respuesta mediada siempre por preguntas sin sentido.

Pero todos hablaban de misión exploratoria, de tratar de mantener la distancia sagrada entre científicos y objeto de estudio. Sólo que el objeto de estudio nos observaba más pronto y con más intensidad. Era inevitable cruzar la línea.

Todo el equipo tiene una rutina, incluso bajo la amenaza de lo desconocido. Así ocurre incluso en la frontera: te aferras a lo que puedas, aunque la anomalía esté sobre nosotros todo el tiempo. Morgan dirige la ronda de observación matinal, Layla procesa espectros de la neblina alienígena, Samuel y yo ajustamos los sensores en el exterior. La anomalía —como preferimos llamarlos en los informes— parece crecer y decrecer al ritmo de nuestras actividades, como una marea que intuye la respiración humana. Morgan se enorgullece de no tener supersticiones; yo las tengo todas, y me esfuerzo en mantener las mismas tres capas de ropa, no por el frío sino por el sentimiento de protección que me da.

La primera vez que noté algo claramente fuera de la rutina fue hace 12 días, en la tercera noche del último ciclo atmosférico. Salí porque Samuel había dicho que los sensores estaban emitiendo datos incoherentes. La luz azul de la anomalía había desaparecido de la ventana de observación, o al menos se había desplazado. Afuera, el aire olía a electricidad derramada y la nieve había cambiado de textura. Había una leve vibración en el suelo que se incrementó al acercarme al perímetro sudeste. Fue ahí, cuando mis botas rompieron la capa de hielo, que sentí —más allá de la vista y el oído— el primer contacto directo.

Una parte mía lo esperaba. En mis apuntes había descartado ya la idea de telepatía, pero tampoco era justo describirlo como comunicación en el sentido humano. Era una emoción abstracta, insistente, un arrastre de recuerdos y expectativas. Me vi a mí mismo, en la memoria, bajando pasos en mi infancia, sintiendo miedo y una extraña promesa de descubrimiento. Comprendí: lo que teníamos en frente no era una vida venida de otro mundo a estudiarnos o destruirnos, sino algo que sólo podía existir en presencia de nuestra curiosidad. Era recursividad: nuestro interés les permitía existir.

Pero explicarle esto a los otros resultaba imposible. Volví adentro antes de que el frío me diera calambres. Pasé el resto de la noche escribiendo una lista: ¿Gabriel (yo) explora los límites del reconocimiento? ¿La anomalía existe cuando la miramos? ¿Quién explora a quién?

Después de registrar mis observaciones de la noche, incluí detalles sobre lo que llamé la "onda de reflejo": justo cuando sentía aflorar deseos o dudas, la anomalía se tornaba más turbia, como si absorbiera las fluctuaciones de mis pensamientos. El fenómeno no era sólo exterior, sino una mezcla abrumadora de percepción y respuesta. No tomé ninguna decisión trascendente esa noche, pero juré redoblar mis intentos por entender, a pesar de las advertencias del equipo.

En el comedor, la mañana siguiente, las conversaciones iban y venían sobre lo que habíamos recolectado científicamente: composición química de la atmósfera alterada, patrones en la dispersión lumínica, rarezas en el magnetismo del suelo. El avance real —el que yo consideraba más profundo— nadie lo mencionaba.

Unos días después, Layla pareció notar también algo en la interacción. Me atrapó en el pasillo y me susurró:

—¿No crees que se mueven de un modo que se anticipa a nosotros? A veces pienso que sólo aparecen en donde esperamos verlos, como si evitaran desilusionarnos.

Sonreí y asentí, pero no respondí inmediatamente. No quería compartir todavía mi convicción. Le pregunté, para ganar tiempo:

—¿Te han hecho sentir algo? Digo, cuando te acercas.

Layla frunció el ceño. Miró sobre su hombro como si temiera ser vigilada.

—Más bien me falta algo mío después, como si al salir del perímetro quedara incompleta. Lo trato de racionalizar, pero…

Se detuvo antes de decir algo que no supiéramos traducir a metodología científica. Se fue, y yo anoté: “La exploración nos fragmenta. ¿Somos ya parte de la anomalía?”

La siguiente semana trajo un cambio tangible. La anomalía expandió su presencia, o tal vez nuestras preguntas fueron más agudas. Los reportes a control central en la Tierra se volvieron cada vez menos útiles: ¿cómo explicas que la otredad pulsa en consonancia con tu propio deseo de saber? Morgan insistía en experimentos de separación: dejábamos grabadoras encendidas y salíamos del cuarto. Pero sólo cuando alguien miraba con intención —cuando alguna pregunta movilizaba el encuentro— la anomalía cruzaba límites, como si presintiera la posibilidad de ser interpretada.

Samuel propuso exponer muestras biológicas. Propuso también exponer a uno de nosotros. No hubo acuerdo, pero hubo un consenso tácito en que la exploración debía seguir, aunque no supiéramos en qué dirección.

Una tarde nos reunimos en el laboratorio después de varios días de no hablar del fenómeno. Layla trajo la última medición de densidad óptica de la anomalía.

—La curva tiene este máximo repetido —dijo, señalando el gráfico— y coincide exactamente con las horas en las que alguien está escribiendo notas privadas.

Nos miramos, y sentí un estremecimiento. El riesgo se volvía más evidente: si la anomalía existe sólo en función de nuestro deseo de explorar, ¿qué ocurre si nos rehusamos a observar? ¿Desaparecería para siempre, o invadiría los intersticios de nuestra conciencia?

Quisimos probar la hipótesis. Durante un día completo, evitamos la observación directa. Nadie miró los datos en los monitores ni se acercó al perímetro donde la anomalía era más visible. Fue entonces cuando el fenómeno cambió radicalmente: la vibración cesó, el aire retornó a su olor habitual, la nieve pareció derretirse siquiera perceptiblemente. Pero —y esto fue aún más inquietante— todos sentimos una inquietud en los sueños, una presión desconocida, como si nos empujaran hacia el perímetro con una promesa de revelación inminente.

Me tocó a mí ceder primero. A media noche, salí y me situé frente al límite exterior. Esta vez la anomalía no me reflejó imágenes de mi infancia ni emociones vagas: sentí un tirón intelectual, la premura por completar un patrón mental. “Completa esto,” parecía decir-me-sentir. Y en ese momento comprendí lo que a nadie había dicho: la exploración no es unidireccional. No hay sujetos puros ni objetos absolutos. Nosotros, por decidir explorar, habíamos ofrecido la mitad de un puente, y la anomalía devenía en la otra mitad como respuesta.

Me quedé allí largo rato, permitiendo que la mezcla de miedo y deseo trazara conexiones involuntarias. Al regresar al laboratorio, supe que había cambiado. Al día siguiente, Layla y Samuel también admitieron haber cedido y mirado.

El ciclo se repitió varias veces. Cada vez que tratábamos de ignorar la anomalía, surgía una presión insomne. Cada vez que cedíamos, la frontera entre lo conocido y lo desconocido se diluía más. Al final, Morgan aceptó lo que todos ya sentíamos: la exploración había dejado de ser una elección; era un proceso bidireccional. La anomalía tomaba prestadas nuestras intenciones y las devolvía transformadas, como si fuéramos espejos en un corredor infinito.

Nuestro último informe a la Tierra fue ambiguo. No reportamos una invasión, sino algo peor y mejor: un entrelazamiento irreversible. El entorno, nuestra rutina, nuestras propias emociones mutaron. La base se convirtió en una estación liminar, más cerca de ser un equivalente mental de la anomalía que una instalación científica tradicional.

Ahora, cuando escribo, ya no entiendo del todo si estas palabras son mi propio testigo o un eco transmitido por la anomalía misma. Anoto lo que puedo antes de dormir —si es que eso existe aún— sabiendo que la verdadera exploración no tiene fin, porque, quizá, explorar es el mecanismo que el universo encontró para replicarse en múltiples lugares a la vez, bajo máscaras de invasores, de científicos, de soledades. Y esa es la longitud de nuestra escucha, la señal triangular entre ellos, nosotros y lo innombrable que ambos generamos al buscarnos mutuamente.

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