Fragmento:
El carrillón golpeó la octava voz, y un retumbar, tanto del valle como de su pecho, la sacudió. Entonces, a través de las capas temporales, supo lo que implicaba su decisión: en el corazón vivo del Árbol de Astarta, en la sala de los Espejos Circulares, el relojero de la corte vigía, Chevir, entornaría los ojos y ajustaría los cuadrantes. Otro mundo temblaría, y otro valle sufriría una helada repentina, en lugar del suyo.
Duración: 09:06
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El carrillón de bronce en la cima de la Torre de las Once Voces sonó, como cada anochecer, extendiendo sobre el Valle de las Selvas Paralelas un temblor apenas perceptible, la indicación inequívoca de que el tiempo, aquí, no era dueño de sí mismo. Arriba, entre las ramas que nunca dejan de girar en espirales ridículamente lentas y flores que florecen hacia atrás, Naeli esperaba.
Naeli sabía que tenía que saltar.
De pie sobre la rama más gruesa del Árbol de Astarta, sentía en las botas el latir de las raíces debajo, pulsando en frecuencias que no correspondían al tiempo que regía el valle. Cada noche, cuando el carrillón llamaba, una fractura apenas visible cruzaba su visión: destellos de lugares que eran y podían haber sido —unas veces, el valle entero cubierto de hielo azul, otra, las ramas chorreantes de sangre carmesí, y siempre, siempre, la silueta de alguien aguardando bajo el Árbol, allá abajo.
Naeli había saltado muchas noches. La primera vez, pensó que moriría, que se estrellaría contra la maleza impía y los susurros de los bichos torcidos que habitaban el crepúsculo. Pero en este lugar, la caída no era real. O sí, pero sólo para ciertas versiones de sí misma. Saltar significaba abandonar un tiempo, una línea posible, para sumarse a otra.
Hoy, Naeli había decidido no saltar.
Detrás, el zumbido persistía: un insecto-memoria, una sombra arácnida o quizá solo su conciencia temblando. Cerró los ojos. Sentía la presencia de otras Naelis detrás, delante y encima de sí: líneas superpuestas, cada una un poco más débil, la mayoría ansiosas por saltar.
No, pensó, yo seré la que se quede.
El carrillón golpeó la octava voz, y un retumbar, tanto del valle como de su pecho, la sacudió. Entonces, a través de las capas temporales, supo lo que implicaba su decisión: en el corazón vivo del Árbol de Astarta, en la sala de los Espejos Circulares, el relojero de la corte vigía, Chevir, entornaría los ojos y ajustaría los cuadrantes. Otro mundo temblaría, y otro valle sufriría una helada repentina, en lugar del suyo.
Desde su rama, Naeli vio las figuras de otras Naelis —algunas de cabello largo, otras trenzadas con hiedras, otras con garras de cristal— saltar. Y, por un instante, escuchó sus gritos, como ecos que se perdían en la maleza.
Ahora entendía: no saltar era arrastrar consigo parte del dolor de todas, asumir el peso de la decisión. Era, sí, una forma de crueldad —o de amor, dependiendo de la versión que cada uno contara al anochecer.
El aire se volvió pegajoso y denso, una señal inequívoca de que la “poliniebla” había comenzado a deslizarse desde las cimas de la selva cercana. Cuando esta niebla caía, la membrana entre los tiempos se adelgazaba: selvas de épocas dispares se entremezclaban, y criaturas imposibles caminaban con sus otras versiones, prendidas aún a sus flancos.
Naeli aspiró hondo. La poliniebla llenó su nariz con aromas de orquíderas marchitas y el ácido almizcle del futuro. La memoria —o la posibilidad de la memoria— la golpeó: a veces había visto cuerpos suyos pudriéndose en otras realidades, enroscadas en lianas, con sonrisas pintadas de fugacidad. A veces, otras Naelis la miraban desde el otro lado de la poliniebla, con ojos de odio o, peor, de compasión.
Se preguntó si alguna vez nadie había encontrado al otro lado, entre la niebla, otra posibilidad: la de retirarse. De dejar de saltar y de quedarse. De simplemente desaparecer, de no ser en ninguna línea. ¿Sería aquello, al final, la libertad última?
Abajo, la silueta aguardaba: la figura inconfundible de Qimur.
Qimur era ese tipo de amante que sólo se encuentra en selvas atemporales y fracturadas; sus ojos tenían el color exacto de las hojas que aún no han crecido, y su sonrisa desmentía siglos de cansancio. Cada Naeli, en casi todas las líneas, lo amó de una forma distinta, y todas sabían que amarlo implicaba perderlo.
La primera vez que Naeli y Qimur se vieron, fue al pie del Árbol, durante una fracturación especialmente convulsa: árboles repetidos, luciérnagas chirriando melodías discordantes, y ríos corriendo a la inversa hasta desaparecer en tierra reseca. Fue la noche en que Qimur la besó, y besó a todas las que eran ella —y fue cuando la mayoría de ellas saltaron. Solo unas pocas permanecieron, las que sabían distinguir amor de apego.
Ahora, otra Qimur la esperaba. O el mismo. O una mezcla intercambiable de infinitos Qimurs. La versión que aguardaba tenía una bufanda blanca manchada de óxido y sostenía una lámpara de piel de oruga. Sus facciones se alteraban cada vez que Naeli parpadeaba; por momentos, la barba era más áspera, otras, el cabello más corto, y en sus manos, un libro que reconoció al instante: El Inventario de los Instantes perdidos, escrito por una versión de Chevir, el relojero.
Cuando la poliniebla la rodeó por completo, el carrillón se detuvo. Por una vez, las voces de la torre escuchaban, no ordenaban. El tiempo se replegó, tiritante, y el valle se convirtió en una hoja en blanco, dispuesto, listo para reescribirse.
Naeli bajó.
Cada paso era un umbral: con cada avance su piel ardía, su memoria siseaba linajes imposibles de futuras madres y abuelas, cuerpos que nunca parió, bocas que jamás besó. El inventario de lo que pudo haber sido la perseguía con cada inhalación cuesta abajo.
Al pie del árbol, Qimur la esperaba con esa sonrisa de los que han sido condenados a la esperanza. Entre ellos, el espacio vibraba, como si la posibilidad del beso —el reencuentro— fuera una rendija por donde el universo espiara su propia ruina.
Qimur levantó la lámpara, y su luz despertó pequeñas criaturas incrustadas en la corteza del Árbol: recuerdos parásitos con alas diminutas y translucidas, que flotaban suavemente a su alrededor, llenando el aire de murmullos.
Así que esta es la versión que se queda, susurró Qimur. Pareces cansada.
Lo estoy, repuso Naeli, aunque no de ti.
Las criaturas murmuraban. Algunas, al posarse sobre las manos de Qimur, susurraban diminutos cuentos de otras noches: un Qimur degollado por Naeli en una fractura de ira; una Naeli que se dejó descomponer por la poliniebla hasta volverse parte de la Torre; un amor que, en otra posibilidad, nunca comenzó, y en cambio, se transformó en guerra.
Nunca es como imaginamos, dijo Qimur, consultando el libro de Chevir. Sólo quedan grietas, y la tentación de saltar o quedarse.
—¿Y si no elijo? —Naeli sintió el vértigo a punto de redoblarse—. ¿Y si dejo que las líneas se entremezclen, y le pertenezca a todas o a ninguna?
Qimur sonrió, gesticulando hacia la poliniebla, que giraba más densa, saturada de visiones: Naelis besándose con demonios florales, cheviros muertos y vivos, Qimurs abrazados a esqueletos con su cara.
—Ya perteneces a todas —repuso, y en su voz se notaba la fractura—. El truco es saber cuál te reclama más fuerte.
Naeli extendió una mano. Sintió al mismo tiempo el roce áspero de la bufanda, el carmesí de una liana que sangraba, el frío de una mano muerta. Con los ojos entrecerrados, se permitió sentirlas todas: las pérdidas, las versiones trágicas, los reencuentros imposibles.
La poliniebla caía ahora en bandas, destellando relámpagos de realidades mezcladas. En una, Naeli besaba a Qimur y el relojero reía. En otra, corría sola, arrastrando la lámpara y abandonando a todos. En otra, simplemente se desvanecía. Pero en todas, desde la rama más alta del Árbol, la versión que había decidido quedarse contemplaba, silenciosa, su decisión propagarse en fractales.
Era posible, le explicó el carrillón —o acaso su propio corazón, o la promesa de un Qimur perdido—, que ninguna línea temporal cierre nunca sus fracturas. Algunos saltan toda su vida. Otros, como ella, deciden dejarse arrastrar hasta el borde y contemplar el abismo.
—No tienes miedo —murmuró Qimur, sorprendida.
—Tengo todos los miedos, y aún así me quedo.
Las criaturas parásitas se adherían ahora a su piel. La poliniebla la convertía, poco a poco, en un nuevo ancla temporal. Sabía lo que era. Sabía que mañana, quizá, no sería Naeli, sino una enredadera plagada de sus recuerdos. O una nueva grieta en la rama.
Pero también que al decidir no saltar, le daba un respiro fugaz a todas las líneas que dependían de esa elección.
Así, bajo el Árbol de Astarta, Qimur y Naeli se miraron hasta que la poliniebla los tragó, y la torre, allá arriba, reemprendió su letanía. En cientos de mundos, Naeli saltaba. Pero, en esta, la noche entera se detuvo en el instante de su permanencia: el eco de una decisión que jamás podrá saber del todo si fue amor, miedo, o la reescritura silenciosa de la eternidad.
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