Fragmento:
En uno de esos recuerdos, el neón parpadeaba azul sobre paredes de concreto manchado, el apartamento olía a algas y óxido, y afuera, bajo la lluvia ácida, la ciudad gemía entre grúas y acantilados. En otro, la luz era roja; veía desde su ventana un canal flanqueado de sauces blancos y el aire olía a humo de menta. A veces ambas imágenes cohabitaban el mismo segundo, una presión insoportable detrás de los ojos, hasta que lograba enfocar: hoy era jueves, o era miércoles, y él trabajaba limpiando memorias, o era un politólogo clandestino, o era…
Duración: 07:59
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El zumbido de las luces de neón era diferente en cada universo. Cayetano aprendió a notarlo la mañana en que despertó sintiendo las astillas del tiempo perforándole la sien. No era solo el dolor: era la certeza ensordecedora de que existía en más de un lugar, de que arrastraba costras de memoria de versiones suyas que se resistían a ser silenciadas. Se sentó al borde de la cama, esperando que las imágenes se desintegraran como los sueños, pero los recuerdos se apilaron, palpitaban, peleaban por imponerse.
En uno de esos recuerdos, el neón parpadeaba azul sobre paredes de concreto manchado, el apartamento olía a algas y óxido, y afuera, bajo la lluvia ácida, la ciudad gemía entre grúas y acantilados. En otro, la luz era roja; veía desde su ventana un canal flanqueado de sauces blancos y el aire olía a humo de menta. A veces ambas imágenes cohabitaban el mismo segundo, una presión insoportable detrás de los ojos, hasta que lograba enfocar: hoy era jueves, o era miércoles, y él trabajaba limpiando memorias, o era un politólogo clandestino, o era…
No había transición entre un mundo y otro. Cada vez que cruzaba un umbral —el baño, el pasillo, la tienda de comida rápida abajo, los túneles del tranvía— los recuerdos se derramaban, y Cayetano temía dejar atrás un fragmento esencial de sí mismo, algo irreemplazable.
Cuando su teléfono vibró, reconoció la advertencia: las agencias temporales estaban en modo reseteo. El icono, un círculo dividido en segmentos color carmesí, era universal. Quitarse del medio significaba elegir un refugio: no serían benignos si lo encontraban “fuera de la línea asignada”.
Pero Cayetano, a diferencia de la mayoría, ya había dejado de distinguir cuál era su línea verdadera. ¿Había alguna? Recordó la advertencia de Juana, su maestra en la trastienda del mercado flotante: si sentía que se deshilachaba, debía encontrar un Ancla.
Juana. En la mayoría de los recuerdos, ella era sólo un destello, la sonrisa de una mujer de cabello plateado, la voz grave que repetía hoy es todos los días, Cayetano, y también ninguno. En otros, Juana era algo más: soldado, programadora, monja secular, amante. Buscarla era su brújula.
Abrió la puerta y eligió el túnel menos familiar; las luces allí eran violetas y temblorosas. Bajó las escaleras, conteniendo las náuseas, y pensó en la única constante: el eco del propio miedo. Presentía la vigilancia sobre su nuca. Cualquier agente, aunque disfrazado de camarero, mendigo o monja ambulante, reconocería los ojos de quien carecía de línea firme.
El túnel olía a ozono; al fondo, tres figuras se recortaban bajo un mural pintado con sangres de grafito. Una era Lucía—o quizás sólo la recordaba así. Tenía la mandíbula apretada y la piel marcada por la fatiga temporal, como si envejeciera y rejuveneciera con cada parpadeo. Lo miró con asombro y convencimiento, como quien halla en la calle un doble esperado.
—¿Viniste? —susurró, pero no se movió—. Juana dijo que solo llegarías aquí si… bueno, sí.
Cayetano odió la ambigüedad de los supervivientes de línea. Pero se acercó—tenía la sensación de que en este universo, Lucía era aliada. Tal vez más.
Los otros, un adolescente calvo con ojos de insecto, y una mujer alta que parecía trenzada de sombras, cerraron paso. Lucía se apartó apenas.
—No hay tiempo —dijo la mujer sombra—. Los reseteos comienzan de afuera hacia adentro. O tienes el Ancla o mueres en transición.
La voz de Juana. O quizá solo la retumbaba en la mente.
—¿Dónde está Juana? —preguntó Cayetano, y el dolor en la sien se expandió, como si cada versión en cada línea gritara a la vez.
Lucía tocó su frente. Era un gesto íntimo; en otra línea, Cayetano recordaba haberse inclinado para besarla cuando hacía eso. Aquí era solo urgencia.
—Juana cayó en el último cruce —contestó—. Pero dejó instrucciones. El Ancla está en el nodo central, la vieja torre de antenas. Solo tú puedes acceder; está codificado en tus memorias errantes.
El adolescente estudió a Cayetano con una mueca de desprecio.
—Si sobrevives, restableces la línea matriz. Si fallas, todos caeremos al Olvido.
El Olvido: una palabra que todos conocían, rara vez pronunciada. En ciertas líneas —demasiado tenebrosas para enfrentar—, Cayetano había visto a gente olvidada: sus rostros distorsionados, sus recuerdos agujereados, los ojos vacíos como la pantalla más oscura.
Nadie bromeaba con el Olvido.
—Tienes que apurarte, Cayetano —la voz de Lucía, una grieta en la desesperación—. El tiempo ya se está desfibrando. Mira.
Alzó la mano. Como un telón traspasado de arañazos, el aire se rajaba, mostrando fugazmente otras versiones superpuestas: el mismo túnel, inundado; paredes de madera en vez de cemento; nada en absoluto, solo vacío.
No había lugar para dudar. Cayetano corrió por las galerías, guiado más por el instinto de quien ya ha recorrido cada sendero en mil existencias, que por la razón. Subía, bajaba, recordaba—en otra línea, había sido técnico de antenas y conocía la estructura por dentro. En otra, un ladrón de reliquias lo había ocultado aquí tras robarlo.
Por momentos, los recuerdos lo atrapaban: los resguardaba, los leía, los temía. Debía sostenerlos, comprenderlos, integrarlos. A cada paso sentía el riesgo: perderse, dejar de ser singular, vaciarse en la marea incesante de posibilidades.
Fue al alcanzar la sala central de la torre, una cúpula de metales y cristales rotos, cuando el tiempo se colapsó a su alrededor. Las paredes vibraban, mostraban infinitos Cayetanos convergiendo: uno armado, uno herido, uno temblando, uno cantando una melodía desconocida. De uno en uno, cruzaban la puerta y luego desaparecían: un error, un fracaso, una línea extinta.
Frente al panel de control, la Ancla ―un cilindro polícromo del que parecían brotar luces y truenos— reconoció su presencia. La tentación de huir, de rendirse al remolino de probabilidades, era enorme. Podía quedarse en cualquier paraíso temporal: en uno, Juana vivía y era su esposa; en otro, Lucía y él dirigían una célula revolucionaria. Pero cada opción era a costa de miles de otras versiones.
—Eres tú, solo en un equilibrio de recuerdos verdaderos —la voz de Juana, en la memoria—. Debes recordarte, aceptar todas las líneas, todas las pérdidas.
El Ancla pulsó. En ese instante supremo, Cayetano no fue solo uno, sino todos. Recordó las infancias que no tuvo; los amores cruzados, los errores, los días eternos y los perdidos; las veces que fue cobarde, héroe, asesino, mártir. Aceptó la suma de los miedos y las culpas, la diversidad de sus propios yos. Sintió cómo el presente se solidificaba —no eliminado los otros Cayetanos, sino incorporándolos. Era una línea ahora gruesa, tensa, saturada; tenía que soportar el peso de infinitas bifurcaciones.
La Ancla sonó como una campanada invertida. Todo brilló blanco.
Despertó en una habitación que reconoció y no. El neón azul titilaba inocuo sobre concreto. El olor era neutro. Por primera vez, no sentía dolor en la sien; solo un vacío extraño, el silencio donde habían estado los ecos.
Llamaron a la puerta. Cayetano se incorporó, caminó lentamente. Detrás de la madera, Lucía y Juana lo miraban, vestidas de negro, los rostros serenos.
—¿Recuerdas? —preguntó Juana.
—Sí —respondió Cayetano—. Ahora sí.
No era seguro, ni el final, ni un principio. Pero en el brillo de los ojos de sus anclas, supo que la línea—su línea—era real. Al menos, por ahora. Al menos, hasta el próximo cruce.
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