Portada del relato El susurro de la fisura
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Fragmento:


Aunty Ezenwa pulsó una runa de su bastón y los datos danzaron ante sus ojos, calor y frío retorciéndose en pulsos de color, tenues fractales de la malla espacio-temporal. Como tantas noches, Ezenwa pensó en advertir al consejo sobre la inminencia de un desgarro mayor, pero las advertencias ya no causaban impresión ni miedo. Nadie se aparta del río cuando por fin ha aprendido a nadar. Los humanos no estaban hechos para dejar de explorar, ni siquiera cuando las aguas negras hervían bajo sus pies.

Duración: 09:37

El susurro de la fisura
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Texto de ajuste de pausa.

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La multitud murmuraba como una marea, pero en la cúspide de la plataforma de obsidiana, Aunty Ezenwa permanecía inmóvil, sólo los mechones color índigo trenzados en lo alto de su cabeza bailaban con el viento. Los monitores a ras del suelo, incrustados en la piel rugosa del satélite, mostraban fluctuaciones en las sinapsis del agujero de gusano. Un abismo de oscuridad, a la vez atrayente y castigador, sacudía el horizonte artificial de Ulo–la estación especular de Lagos florecida en la mitad de ninguna parte.

Desde que los divergentes del Instituto de Fantaciencia revelaron la inestabilidad del “capullo negro” –el nombre popular del gusano–, el tiempo había empezado a trastabillar. En un segundo podías oír el eco perdido de tu voz de niña, y en el siguiente, la risa amortiguada de tu tataranieto. Puede que no hubiese sido así de caótico si no fuese por la curiosidad cada vez más venenosa del ser humano.

La comisión de Fantaciencia asignó a Ezenwa para observar los efectos de la fisura pero, como siempre, su misión era doble: vigilar y buscar las nuevas narrativas que emergían del agujero. Absolutamente nadie, excepto los delirantes del Mercado Gris, consideraba seguro relatar cuanto se vivía en torno al capullo, pero los sabios de la Vieja Ciudad sabían que el relato es el puente de regreso para los exploradores de fuera del tiempo.

La plataforma chirrió por debajo cuando apareció Ife, esbelta, ojos entintados con polvo oscilante. Ella era aprendiz de narradora, aunque aún no había cruzado la frontera de la adultez, y todo en su cuerpo era una amalgama de ansiedad y deseo. Estaba allí para escuchar; Aunty Ezenwa no toleraba otra compañía.

–¿Se está rajando otra vez? –preguntó Ife. Su voz temblaba como un hilo de luz.

–El agujero siempre se está rajando, Ife –respondió Ezenwa, con ese tono mordaz que usaba para ocultar la ternura–. Ahora calla. Escucha.

Y así, las dos se quedaron, la mayor y la aspirante, absorbiendo la melodía extraña que salía del capullo negro. Era un sonido sordo, múltiple, como un millar de lenguas soñando a la vez. Para muchos, producía vértigo o locura, pero para aquellas dos, era como estar al borde de la creación.

Aunty Ezenwa pulsó una runa de su bastón y los datos danzaron ante sus ojos, calor y frío retorciéndose en pulsos de color, tenues fractales de la malla espacio-temporal. Como tantas noches, Ezenwa pensó en advertir al consejo sobre la inminencia de un desgarro mayor, pero las advertencias ya no causaban impresión ni miedo. Nadie se aparta del río cuando por fin ha aprendido a nadar. Los humanos no estaban hechos para dejar de explorar, ni siquiera cuando las aguas negras hervían bajo sus pies.

–Ven, Ife, hoy tocaremos la frontera –anunció Ezenwa.

Ambas descendieron por la rampa donde la luz se doblaba y la realidad titilaba irregular. Los demás guardaban respetuosa distancia; sabían que ni los más preparados podían sobrevivir al capullo sin perder porciones de su tiempo personal. Pero el relato necesitaba testigos y las narradoras no eran como los otros espectros de la estación.

El contorno del agujero de gusano era una piel fractal, irisada y cambiante. Quienes la tocaban por accidente a veces volvían ciegos de recuerdos ajenos, o con heridas minúsculas que en cuestión de horas florecían en monstruosos rizomas de carne y tiempo. Ezenwa y su aprendiz llevaban amuletos bañados en polvo del Mercado y la memoria de siete generaciones encapsulada en tatuajes vivos. Pero ninguna protección era garantizada.

Se situaron a menos de dos metros del borde. La visión de la frontera siempre era diferente: a veces, era un jardín de marañas azules, otras una fisura brillando como vidrio fundido. Esta noche, parecía un camino en espiral hacia un palacio de sangre.

Ife comenzó a recitar uno de los viejos relatos, el de la mujer que tragó una estrella y devoró su propia infancia, esperando que la cadencia anclara el momento. Ezenwa, por su parte, extendió las manos sobre el abismo. Las partículas arremolinadas respondieron, formando rostros, escenas, vórtices de pura posibilidad.

Entonces, una voz surgió del agujero. Nunca era la misma, aunque la frecuencia del mensaje era familiar.

–Ezenwaaaa...– ululó la grieta, en una lengua compuesta de gozo y terror.

La narradora mayor no retrocedió. Era la quinta vez que la fisura pronunciaba su nombre; cada llamada era una invitación y una amenaza.

El aire alrededor de ambas mujeres cambió. De pronto, Ife sintió su columna pesar como una torre derretida, las piernas se disolvieron en una especie de neblina color ámbar. El tiempo, dentro de ella, se desplegó: instantes futuros que vislumbró como destellos; recuerdos que no sabía que tenía, abriéndose como flores nocturnas.

–¿Aunty...?– susurró, pero Ezenwa no la vio. Su visión estaba inundada por el parpadeo del otro lado: un lugar donde ella no era, donde Ife era anciana y la plataforma ya no existía.

Un lazo de pura memoria los envolvía. El agujero no sólo era fisura en el espacio, sino también en el relato. Si alguien se atrevía a mirar lo suficiente, ahí podía capturarse a sí mismo en todas las formas posibles: monstruo, hada, traidora, mártir. Era casi imposible salir intacto.

Ezenwa respiró hondo, enfocó su mente en una sola imagen: su abuela tallando historias en la corteza de un baobab, transmitiendo saber mediante la ficción que cura y reinventa.

Con ese ancla mental, Ezenwa se lanzó a la frontera; el relato crecía a su alrededor, raíces hincándose en mundos donde la física era sólo un rumor. Ife sintió el tirón y, sin querer, cayó también. El agujero de gusano las absorbió con una dulzura punzante, como el beso breve de un veneno delicioso.

***

Cuando abrieron los ojos, ya no estaban en la estación. Estaban juntas en una sala imposible: la base de un gran árbol cuyas ramas tejían constelaciones y cuyos frutos eran relojes descompuestos. Había miles de ventanas colgando de las hojas, cada una mostrando una vida alternativa.

En una de ellas, Ife les vio morir por enfermedades extrañas. En otra, Ezenwa era una niña que nacía en Marte, y domaba dragones de plasma. En un ventanal aún mayor, la vieja narradora y su aprendiz pactaban con alguna criatura tentacular para obtener relatos nuevos a cambio de la memoria de su primera mentira.

–El capullo está mostrándonos los relatos que nunca contamos–murmuró Ezenwa.

–¿Nos quedaremos aquí para siempre?–susurró Ife, incapaz de dejar de mirar la danza de posibilidades.

–Sólo si olvidamos quiénes somos. Y por qué entramos.

Ese “por qué” era, siempre, lo que separaba a los narradores de los cautivos. Aunty Ezenwa sabía que debía reunir la mayor cantidad de historias, no para el poder o el control, sino para sobrevivir. El relato era la cuerda tendida sobre el abismo; era la botánica del regreso.

–Escoge uno, Ife. Pero escógelo bien. Cada historia es una semilla, pero algunas enraizan hacia lugares donde no hay retorno.

No era un consejo trivial. Ife, paralizada ante la infinitud, recordó sus primeras historias, el modo en que describía los lagos cuando era apenas una niña y los monstruos de agua salían a cantar junto a las ranas. El relato de la mujer que tragó una estrella se refugió en su lengua y, sin pensarlo, lo transformó: “Había una vez una joven que cruzó el umbral y regresó con los huesos de las mentiras y el corazón de la verdad, latiendo al ritmo de su futuro...”

Mientras pronunciaba estas palabras, parte de la sala fractal se desplomó. Ventanas y espejos ardieron y luego desaparecieron, como si fueran cuentos olvidados. El árbol tembló y dejó caer sobre ellas un fruto. Ezenwa lo recogió: era duro, con el pulso de un reloj antiguo latiendo en su centro.

–Muy bien, hija. Debemos traer la semilla al otro lado. Ésa es la tarea. Si los relatos se consumen aquí, nuestra historia se acaba.

El árbol gimió y, por un instante, oyeron la voz del capullo: “Un relato verdadero es una llave; una mentira es una trampa sin puerta”.

La sala de ramas y ventanas comenzó a llenarse de grietas. Las narradoras se abrazaron del fruto y, recordando juntas la melodía de la casa vieja y el pulso del Mercado Gris, pronunciaron en unísono el nombre secreto de su linaje.

El vértigo del viaje fue puro azul, con el rugido de todas las historias posibles arremolinándose en un funil de fuego y agua.

***

Regresaron a la plataforma, de rodillas, temblando. A su alrededor, nada había cambiado; las luces de la estación seguían parpadeando, el agujero vibraba en la distancia. El tiempo, sin embargo, ya no era igual para ellas. En la palma arrugada de Ezenwa, la semilla latía suavemente.

Ife lloraba, pero sus lágrimas caían al suelo y se evaporaban entre los patrones del relato recuperado.

Ambas sabían lo que habían traído: un relato nuevo, nacido del capullo y de la fisura, tejido con la desesperación y la esperanza de todas las versiones de sí mismas que nunca serían.

Ahora tocaba contarlo. No para salvarse ellas, sino para que la estación, el consejo, los habitantes de Ulo y los hijos de Lagos supieran que el abismo existe, que somos parte de su trama y que sólo mediante el cuento compartido podemos cruzar sin desaparecer.

Ezenwa levantó la voz. Ife la acompañó.

“Había una vez una fisura que cantaba con mil voces, pero sólo respondía a quienes traían consigo el corazón de un relato verdadero...”

Y el agujero de gusano, por primera vez en una generación, pareció escucharlas.

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