Portada del relato El Paseo de los Relojeros
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Fragmento:


—El miedo es el único pasaporte. Los turistas, Saskia, no pueden permitírselo.

Duración: 06:51

El Paseo de los Relojeros
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Texto de ajuste de pausa.

El zumbido de los cilindros temporales a medianoche llenaba el taller de Saskia con un malestar animal, como el respirar de una bestia atrapada en cristales rotos. Había trece máquinas en la habitación, y cada una era una evolución humillante de la anterior. Ninguna funcionaba como debía, ni siquiera la decimotercera, que a pesar de ejecutar el salto, arrastraba fragmentos de su creadora con cada viaje—uñas arrancadas, polvo de dientes, la piel de su talón desgarrada por el borde de tungsteno.

Era tarde, la luna colgaba fuera de la ventana estrecha de su sótano como una moneda que se negaba a caer. Saskia mordía el lápiz mientras revisaba el plano de la máquina, sus ojos ardiendo en la penumbra. El vino carmesí que bebía de una copa barata le daba valor para ignorar la punzada en el estómago, el miedo que se alzaba cada vez que planteaba la pregunta: ¿Por qué ninguno de sus viajes le devolvía la felicidad pérdida?

El primer salto fue accidental. Saskia trabajaba en la Universidad de Barents, orientando experimentos de estudiantes ricos y brillantes que jamás comprenderían la frustración del fracaso voluntario. Como ejercicio, presentó su prototipo de desplazador temporal, “impulsor de recursividad cronológica”, esperando risas o al menos una mueca de respeto hipócrita. Nadie lo tocó; ni siquiera la decana, que prefería las ideas sin consecuencias reales.

La noche antes del desmantelamiento obligatorio, Saskia programó el autómata de bronce para iniciar el ciclo bajo su propia supervisión. El cosquilleo fue sorprendente; una sensación de hormigas etéreas que intentaban hilar sus músculos. Pero el paisaje cambió solo sutilmente: la radio de válvulas tarareó un tango en vez de ópera, y su reflejo en el espejo estaba un poco más cansado. Quizás solo un año en el pasado, o en el futuro—el aparato era impreciso.

Allí, la encontró “él”. El viajero. De pie, con una sonrisa torcida, vestido con un abrigo de cuero anticuado y ojos que jamás pestañearían ante una aberración del tiempo. Su nombre era Karsten, y la reconoció de inmediato.

—¿Lo has sentido? —preguntó él, tomando la esfera con sus dedos deformes, huesudos. La esfera: la quintaesencia del salto.

—Solo el miedo.

Karsten se rió, la clase de carcajada que queda atrapada entre los dientes, rencorosa y hambrienta.

—El miedo es el único pasaporte. Los turistas, Saskia, no pueden permitírselo.

Tras ese encuentro, Saskia cayó en el abismo del salto. Tormentas de futuro, lluvias ácidas en la ciudad blanca, delirios de palabras no pronunciadas, amantes en habitaciones nunca visitadas. Cambiaba pequeños detalles: la dirección de una carta, el vaso que se rompía en la cocina, el sexo de su hermano menor. Nada le satisfacía. La felicidad era un horizonte que retrocedía con cada zancada anacrónica.

Los sueños le traían visiones del taller, pero los detalles nunca coincidían. A veces encontraba una nota en el bolsillo de su bata, en letra caligráfica, con una advertencia: “No confíes en Karsten.” Otra vez, una púa de acero en la oreja, goteando sangre negruzca, indicaba que había perdido más que tiempo.

Un salto la llevó a una versión del mundo donde la Guerra Fría no terminó, sino que se enfrió tanto que ambas superpotencias se durmieron en una siesta nuclear. El cielo estaba manchado de cenizas y las calles infestadas de ratas de dos cabezas. Fue allí que Karsten apareció de nuevo.

—¿Buscas un punto de origen, o simplemente evitas uno final? —inquirió él, su voz rebotando en los muros huecos.

Era imposible decirlo. El motivo original—salvar a su madre de un cáncer lento, irreversible—se había convertido en un pretexto, luego en una superstición. Saskia había intentado mil variantes: advertir a la madre, robar medicación, manipular muestras—siempre con el mismo final dictado por las cartas astrales de la causalidad cruel: nada cambiaba.

Cada salto dejaba marcas. Algunas físicas: cicatrices mal curadas, una quemadura en la muñeca donde el condensador la rozó. Otras mentales: lapsus de memoria, frase repetidas de boca de extraños, la sensación de haber tenido sexo con alguien que nunca había conocido.

Fue cuando la leyenda del “Rey de los Horologistas” se cruzó en su radar que todo cambió. Envuelta en un submundo de conspiradores temporales, descubrió que Karsten no era el único viajero: existía una corte entera, acorazada en torres de cordones y espirales, donde el tiempo era moneda y los recuerdos, impuestos.

En uno de los saltos, fue convocada ante el Rey, majestuoso y abyecto, una mujer con lanza de luz y piel traslúcida, cubierta de tatuajes de relojes rotos. Saskia de rodillas, se atrevió a preguntar:

—¿Para qué sirve un maestro del tiempo?

La dama la estudió, ojos multiplicados en lentes de aumento.

—Para enseñarte a perderlo.

Allí supo que no había salvación posible, solo el arte amargo de renunciar. Los horologistas nunca intervenían; observaban, catalogaban, pero jamás corregían. Y, a veces, se alimentaban de los que intentaban cambiar demasiado.

Tras el juicio, Karsten la llevó a la sala de los desechos: una cámara de ecos donde reposaban mil versiones truncas de ella misma. Algunos cuerpos estaban resecos y vacíos; otros, cubiertos de instrumentación, mitad humanos, mitad relojes. Entre los cadáveres, Saskia vio uno que aún respiraba, olía a futuro quemado y champú barato.

—La única constante es la pérdida —le dijo Karsten.

En su último salto, Saskia eligió no desear nada. Saltó a ciegas, sin plan, ni esperanza, atenta a lo que sobreviviría en ella bajo el peso inmenso de la futilidad. Despertó en su infancia, una tarde cualquiera, con el sol oblicuo acariciando la cocina. Su madre lavaba platos, cantando una canción olvidada. Saskia supo que no tenía derecho a intervenir, solo observar.

Allí lloró por primera vez desde que se convirtió en relojeras del tiempo. Lloró, porque la vida era irreparable, pero aún llenaba los huecos con momentos luminosos, absurdamente pequeños. Dejó la esfera de salto bajo el sillón. Comprendió que la felicidad no es un punto fijo en la línea del tiempo sino una decisión sembrada, marchita o floreciente, en cada instante robado al futuro.

Cuando salió de la cocina, una niña—su yo de seis años—solo le sonrió. “¿Eres un hada?” preguntó,

“No—" contestó Saskia, acariciándose el cabello enredado, —"solo un reloj sin cuerda.”

En el rincón más oscuro del taller, la decimotercera máquina esperó largo tiempo, apagada, luego oxidada, y, finalmente, olvidada. Porque el mayor milagro de la máquina del tiempo, pensó Saskia, es que sigue siendo tuya solo cuando decides nunca volver a usarla.

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