Portada del relato Las Horas Derramadas
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Fragmento:


Observó, con el cuidado de un sacerdote ante el cáliz, al niño dormido en la cama de cuerina. El pequeño Jonas roncaba apenas, los puños cerrados sobre la manta. Criatura frágil aún, previo a la noche en que su madre salió a comprar cigarrillos y jamás regresó. El adulto se preguntó: ¿Y si la detuviera? ¿Y si interrumpiera el ciclo?

Duración: 07:14

Las Horas Derramadas
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Texto de ajuste de pausa.

El sonido era idéntico al zumbido de un insecto atrapado entre dos cristales. Eso lo notó Jonas Breckinridge la primera vez que activó el Cronón. Pasos meticulosamente estudiados, las advertencias de la comisión ética retumbando en su mente —pero la curiosidad, como siempre, era una grieta por donde la razón se desviaba hacia abismos más profundos. Una madrugada, ignorando a la hija que dormía y al pasado que lo perseguía, presionó la placa de ónice templado —y el tiempo, literalmente, se abrió.

El laboratorio era un santuario opaco de paredes absorbentes; las luces frías apenas tocaban el brillo siniestro del Cronón, ese reloj orgánico cuya aguja flotaba sin aferrarse a ningún engranaje. El zumbido devino en rugido y entonces desapareció el techo del laboratorio, disueltos los muros, y finalmente el suelo se descascaró bajo sus pies, tragándose el presente.

Siempre creyó que viajar por el tiempo sería como flotar o desvanecerse o, al menos, caer; pero lo que sintió no fue movimiento sino la ausencia brutal de tiempo. Quedó suspendido en un limbo donde su respiración era plomo y sus nervios electricidad líquida. Se preguntó, durante esa eternidad suspendida, cuánto soporta la mente humana antes de gritar. Por fortuna, en el instante antes del grito, el viaje terminó.

El aire era húmedo, cargado de feromonas. La habitación, vieja solo en los matices, se perfilaba idéntica a la de su niñez —la lámpara de cobre con la tulipa fracturada, las persianas combadas. Jonas supo, antes de mirar su reflejo en el ventanuco, que había acertado: quizá ocho años antes, quizá menos. Ahora era testigo intruso en su propia vida.

Los manuales de la Comisión eran claros: observar siempre, intervenir jamás. Pero allí, en ese culmen de recuerdos —el reloj detenido, el gato de la abuela fosilizado en el sofá, la marca de humedad que señalaba los inviernos rotos—, la nostalgia se volvía un cuchillo afilado. Jonas buscaba respuestas, sí, pero secretamente quería una redención. Tal vez, sólo tal vez, cambiaría el Gran Error.

Observó, con el cuidado de un sacerdote ante el cáliz, al niño dormido en la cama de cuerina. El pequeño Jonas roncaba apenas, los puños cerrados sobre la manta. Criatura frágil aún, previo a la noche en que su madre salió a comprar cigarrillos y jamás regresó. El adulto se preguntó: ¿Y si la detuviera? ¿Y si interrumpiera el ciclo?

Deslizó la mano hacia la puerta, dubitativo. El Cronón latía pegado a su muñeca, su calor subiendo como fiebre. La decisión, lo supo entonces, era irreversible. No sería el primer viajero que cayera en la tentación; ellos llamaban “tragedias infantiles” a las causas de las paradojas. El Cronón, sensible como toda máquina hecha de pulsos biológicos, vibró con advertencias en su piel.

Media docena de veces repitió la visita, cada vez frustrándose; su madre, figura esquiva, desaparecía de formas inverosímiles, como si la causalidad misma se burlara de sus esfuerzos. Una vez vio su silueta fusionarse con el resplandor de la calle antes de que pudiera llamarla. Otra vez, la encontró irreconocible tras la puerta, pasando junto a él sin verlo, rumbo a un destino que ni siquiera el tiempo se atrevía a cuestionar.

En las noches entre viajes, Jonas retornaba a su laboratorio, acumulando recuerdos incoherentes sobre realidades alteradas: una postal incompleta aquí, una cicatriz ausente allá, una hija que solía llamarlo padre pero ahora insistía en recitarle el nombre de un hombre al que no conocía. Todo colapsaba en un mosaico de presente en ruinas.

En la cuarta incursión, algo cambió. El Cronón palpitó ansioso. Jonas se sintió observado. En la penumbra del salón de su niñez, distinguió una figura. No era él, ni su madre, ni ninguna proyección de la memoria. Era otro viajero, un hombre de ojos grises, ataviado con un uniforme sin época y una sonrisa de broma cruel.

—No todos los errores pueden corregirse, Jonas —dijo el extraño, su voz resonando como un eco distorsionado—. ¿Sabes cuántos han caminado esta cuesta antes que tú? ¿Cuántas veces esa mujer ha salido al umbral y el universo ha sangrado por una rendija nueva?

—¿Quién eres? —preguntó Jonas, sintiendo cómo el Cronón tensaba su carne, como si quisiera arrancarse.

—Un custodio. O un saqueador. O, más honestamente, una víctima de la compasión selectiva. Soy la suma de todos los viajantes que creen que salvarán a alguien y sólo siembran desolación. Llamémoslo “Policía del Tiempo”. Sé lo que vas a intentar y no puedo detenerte. Pero sí puedo advertirte: el precio por cambiar algo tan pequeño es perderlo todo.

El extraño se desvaneció como un mal sueño. Jonas se quedó solo con su desesperación. ¿Era acaso su hija el precio en esta balanza cósmica? ¿Sería la madre salvada, pero la hija no nacida? Entre dientes, masculló una promesa inútil: “Cuidaré ambos, madre e hija, por encima de la física, el caos o el diablo”.

La última noche. Jonas encontró a su madre al borde de la partida, suspendida en el umbral. Parecía, milagrosamente, capaz de discernir la presencia de algo fuera de lugar. “¿Jonas?” susurró horrorizada, y en ese instante sus ojos lo vieron, adulto, distinto, desbordando culpa. Él avanzó, presionando el Cronón para pausar el tiempo —una función no documentada, nacida quizá del deseo o de la desesperación—. La realidad se congeló; sólo ellos dos respiraban en el intersticio de las horas.

—No te vayas, mamá —imploró.

—No puedo quedarme —respondió, su silueta hendida por la luz congelada—. Hay cosas que una madre debe hacer.

Y una verdad despiadada se filtró en su pecho: ella sabía. Todo el tiempo lo había sabido, a través de todas las iteraciones y los tiempos partidos, porque el destino no es una única línea, sino una telaraña de intenciones y dolores. Jonas retrocedió. El Cronón vibró con un zumbido terminal. Dejó caer el mango de la máquina y, por una última vez, la infancia terminó ante sus ojos.

Volvió al laboratorio. Todo era diferente, pero en detalles nimios: nuevos retratos colgando de las paredes, el aire levemente distinto, la fecha del correo electrónico un día desplazada. Caminó por la casa hasta hallar a su hija— sólo que no era exactamente su hija. Era alguien con su mismo nombre, su misma sonrisa, pero las palabras en su boca eran ajenas, la memoria que compartían era trenzada con hilos extraños. El universo, caprichoso, le había dejado una hija, pero no la suya.

Jonas comprendió entonces por qué las reglas de la Comisión eran tan claras. No existen finales perfectos. El tiempo no regala segundas oportunidades sin llevarse a cambio una promesa rota. El Cronón, agotado y marchito en su muñeca, dejó escapar un último zumbido.

Nunca volvió a viajar. Pasó el resto de sus días observando relojes, preguntándose en qué instante se perdió del todo. Y en el umbral, cada noche, jura ver la silueta de su madre, congelada entre dos tiempos, susurrando que el amor —como el tiempo— siempre cobra su precio.

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