Portada del relato Engranajes de Carne
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Fragmento:


Ella asintió en silencio. En ese instante, un código genético comenzó a escribirse en su mente tan claro como las palabras de un poema aprendido de memoria.

Duración: 08:16

Engranajes de Carne
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Texto de ajuste de pausa.

I

El hedor de las incubadoras asaltaba a quienes se atrevían a descender a los sótanos del Instituto Belisario. Era un olor a putrefacción y a vida brotando en medio del acero frío, un aroma imposible de describir y que, sin embargo, nadie podía olvidar. A Amelia le resultaba, contra todo pronóstico, reconfortante; era el olor de su trabajo, de su propósito, de la justificación última de su existencia.

Por aquel entonces, la ciudad no tenía otro nombre que ese: La Ciudad. Nadie necesitaba más. El mundo exterior era solo una oquedad inconmensurable en el mapa, irrelevante e inexistente desde que la última migración selló los caminos rurales y los cauces de los ríos. Lo único que importaba era sobrevivir allí, mejorar allí. Y en La Ciudad, la supervivencia se compraba caro, a menudo al precio de la propia identidad genética.

Amelia recorría los pasillos recubiertos de alojamiento molecular, donde las luces pulsaban al ritmo de las soluciones crecientes en las vitrinas. Las celdillas de plexiglás guardaban embriones, membranas enroscadas en sí mismas y cilindros llenos de líquido rosado. Cada nueva vida modificada era una posibilidad: la cura de una enfermedad, la mente prodigiosa, el guerrero mejorado, la belleza definitiva.

Lo que impulsaba a Amelia iba más allá de la curiosidad científica. Ella quería redención, para sí y para la especie. No podía dejar de pensar en la infancia raída, en sus padres muertos en los disturbios alimentarios, en la miseria genética que los había condenado a la baja casta inmunitaria. Desde entonces, soñaba con una población sin defectos, liberada de herencias ruinosas.

Su jefe, el doctor Tyrone, solía decir: “El verdadero humanismo se encuentra en el secuenciador. Lo demás es barbarie”.

II

Aquella mañana, el cliente aguardaba en la sala blindada: una de esas habitaciones “anti fuga genética”, donde todo material biológico quedaba registrado bajo audiencia de microbios guardianes. Era un hombre llamado Rodrigo Vizcaya, magnate de la Senda Ecológica, responsable directo de varias masacres forestales y, sin embargo, admirado por la nobleza social de La Ciudad. Rodrigo no venía por sí mismo; traía a su hija Lucía.

Lucía apenas tenía diez años. Su piel era traslúcida, casi fantasmal, y sus ojos permanecían nerviosos, como si escrutaran la posibilidad de un peligro insospechado. Su madre había muerto de la Peste de los Ocho Brazos, una cepa mutante contra la cual la inmunidad clásica era solo una superstición.

—Quiero un seguro —le dijo Rodrigo a Amelia, su voz afiebrada de ansiedad velada—. No me interesa la normalidad. Quiero una nueva Lucía. Que nunca enferme, ni sufra, ni envejezca mientras yo viva. Que sea mi creación y también mi legado.

Ella asintió en silencio. En ese instante, un código genético comenzó a escribirse en su mente tan claro como las palabras de un poema aprendido de memoria.

III

Durante meses, Amelia trabajó en el proyecto Vizcaya. Utilizó vectores CRISPR de última generación, injertos de coral y segmentos de genoma dorado sintetizados a partir de sueños matemáticos. Duplicó la capa basal de la piel de Lucía, hizo brotar pigmentos que cambiaban con la luz interior, diseñó sistemas inmunitarios sobrehumanos. Cada célula recibía mensajes de prosperidad y autosuficiencia.

Una noche, exhausta, Amelia se permitió volver al registro histórico de sus precursores. Encontró relatos clásicos sobre la humanidad y monstruos. Recordó a Mary Shelley, a Gregor Mendel, y en sus pesadillas, al Frankenstein que ella misma era ahora.

Lucía, mientras tanto, comenzó a despertar a su propia metamorfosis. Los primeros síntomas eran leves: dolor de cabeza, fatiga; luego vinieron las visiones, explosiones de pensamientos no lineales, percepciones de otras Lucías en fracciones infinitas de tiempo y espacio. Su padre la admiraba con miedo, incapaz de sostener la mirada de sus ojos transformados.

En algún momento, Amelia comprendió: Lucía ya no era un ser humano. O no solo un ser humano. Era el primer espécimen de la Nueva Sangre.

IV

El verdadero problema no fue físico, sino mental. La mente mejorada de Lucía procesaba la información a una velocidad inhumana, ignorando la lógica social que mantenía unida a la Ciudad. Comenzó a cuestionar a Rodrigo, a burlarse de los límites impuestos por el afecto filial, a manipular la empatía en quienes la rodeaban sin intención de herir pero tampoco de agradar.

La Ciudad pronto se enteró de los progresos del Instituto Belisario. Familias enteras acudían a las puertas, exigiendo la promesa genética. Algunos jefes de brigada querían soldados sin miedo ni cansancio, mercaderes exigían hijos bellísimos, los líderes solo pedían descendencia sin tumores ni debilidades. Amelia, en el fondo, sospechaba que todos querían lo mismo: borrar el recuerdo de la muerte del cuerpo primitivo.

Un grupo clandestino, identificado como “Los Quiméricos”, intentó secuestrar muestras de Lucía para reproducir la mutación. Comenzó una guerra silenciosa en los pasillos y laboratorios, con sabotajes, robos y asesinatos camuflados como accidentes de laboratorio.

V

En uno de esos ataques, Amelia fue gravemente herida. Perdió dos dedos y, con ellos, parte de la destreza para las manipulaciones delicadas. Decidió entonces usar el único legado auténtico de Lucía: sus células totipotentes. Aplicó sobre sí misma la fórmula mejorada, no tanto por deseo de transformación sino por supervivencia.

La metamorfosis la condujo a un estado liminal: un cuerpo capaz de regenerarse, una mente dislocada entre pasado y futuro, un sentido de la individualidad cada vez más frágil. Fue entonces cuando vio a Lucía, ya adolescente, con la piel iridiscente y los ojos de un azul mineral, hablando sola en un lenguaje que ni el sistema de traducción cerebral podía descifrar.

—¿Qué ves en mí? —le preguntó Amelia.

—No lo sé aún. Pero todos vamos a ser yo. O nadie será nadie.

VI

El Directorio de La Ciudad reaccionó con una represión programada. Quienes sospechaban de haber accedido a manipulaciones genéticas sin licencia fueron marcados, secuestrados o eliminados de manera discreta. El miedo se apoderó de la población, no solo ante la muerte sino ante la posibilidad de la mutación descontrolada.

Sin embargo, las modificaciones continuaron: de laboratorio en laboratorio clandestino, de mente en mente, el legado de Lucía se multiplicaba como una infección consciente. Padres vendían hijos, médicos traicionaban a colegas, biólogos robaban secuencias y las replicaban en la oscuridad del subsuelo.

Amelia, ahora a medio camino entre su humanidad y la otra cosa en la que se estaba convirtiendo, observaba la transformación en masa. Ya no podía distinguir si su acto había sido una bendición o una condena.

VII

Pasaron años, aunque los relojes dejaron de marcar ciclos reconocibles. Los modificados se escindieron en castas: los perfectos y los imperfectos, los naturales y los sintéticos, los puros y los amalgamados. La guerra no tardó en estallar. No era una batalla de armas, sino de epidemias diseñadas, de esencias depuradas, de cuerpos que se deshacían para ser reconstruidos más allá de lo humano.

Lucía, como mito o como líder real (¿acaso importaba ya?), acabó siendo la matriz de una nueva era. Ya no necesitaba hablar; su simple presencia bastaba para alterar la composición química del aire, inducir emociones, fundir pensamientos colectivos, romper la soledad de la mente.

Amelia, refugiada en algún sótano derruido, vio florecer el último brote de la vieja humanidad entre el polvo: una niña lloraba, de fiebre común, sin mejoras ni vacunas. Por primera vez en mucho tiempo, Amelia sintió piedad. Quiso salvarla, modificarla, pero no lo hizo. Sabía que al hacerlo, no solo alteraría a la niña, sino todo el futuro, y tal vez lo condenaría a otro ciclo de monstruosidad perfecta.

La Ciudad seguía fuera, viva y muerta al mismo tiempo. En el Jardín de la Nueva Sangre, las flores brotaban con pétalos de genes reescritos y perfumes imposibles.

Y así comenzó, para la especie, un tiempo sin otoño en el genoma.

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