Portada del relato El jardín de la carne
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Ariadna sonrió, un gesto milimétrico aprendido en los entrenamientos para microexpresiones. Hablaban poco de ese tema. No era tabú, simplemente era peligroso. El derecho a la reproducción estaba estrictamente regulado desde la Tercera Ola de Mejoras. Había historias de niños creados fuera de laboratorio, a la vieja usanza, que desarrollaban mutaciones caóticas, o nacían con defectos no optimizados y eran enviados a las granjas de modificación. Pero también había otra corriente, subterránea, que decía que los mejores avances se habían logrado rompiendo las reglas, forzando la biología más allá de lo permitido.

Duración: 09:04

El jardín de la carne
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El zumbido constante de la ciudad apenas llegaba al decimocuarto nivel de la Torre Elysium. Los pocos privilegiados que la habitaban habían olvidado el roce de la brisa contaminada en la planta baja. Lámparas tenues a semejanza de luz solar natural bañaban la sala; el cristal blindado filtraba cualquier cosa que pudiera perturbar la perfección ansiada tras siglos de progreso y fracasos. Solo los seleccionados merecían morar allí.

Ariadna sostenía en su palma el vaso helado: aquel trago era apenas translúcido, pero con cada sorbo un frío nuevo le rozaba la garganta. Había tenido miedo, una vez, de los cambios internos que no podía controlar. Ahora era el miedo de no cambiar lo suficiente lo que la mantenía en vela. Su reflejo en la superficie pulida de la mesa le devolvía la imagen que la empresa le prometía cada vez que asistía a citas con su editor genético: piel tersa, iris color esmeralda con motas iridiscentes, pómulos marcados por hilos de biopolímero, cabello plateado como una promesa tecnológica.

No estaba sola. Valerio, sentado dos taburetes a su izquierda, le dedicaba una sonrisa enigmática mientras revisaba las líneas de código genético que flotaban en una lenta danza sobre su palma, proyectadas por la microinterfaz implantada en su retina. Él había optado por cambios menos notorios –mayor masa ósea, recopilar mutaciones de longevidad de otras especies, reemplazar parte de su intestino por nanotubos que sintetizaban nutrientes– pero él y ella compartían una misma inquietud: ¿Hasta dónde podían llegar antes de dejar de ser quienes eran?

La fiesta era privada y exclusiva. Biomejorados, hacks, recombinados. Un par de modos insólitos, como el artista que lucía vetas azules en la piel y aseguraba haber injertado fragmentos funcionales de ADN vegetal para hacer fotosíntesis. A las once, como cada viernes, pasaron los camareros: hermosos hasta el exceso, nada más que vehículos para la nueva carne, tratados con respeto distante porque cada uno era obra maestra de un laboratorio.

Ariadna se levantó y cruzó la sala hasta el ventanal. La ciudad brillaba descompuesta: abajo, la oscuridad era profunda, y las luces de neón formaban venas luminosas que recorrían el concreto. Arriba, la calima solo dejaba ver dos o tres astros: la luna, y dos satélites de telecomunicaciones, como ojos que observaban desde un cielo moribundo.

“¿Te gustaría tener hijos?”, preguntó Valerio a su espalda, sin mirarla.

Ariadna sonrió, un gesto milimétrico aprendido en los entrenamientos para microexpresiones. Hablaban poco de ese tema. No era tabú, simplemente era peligroso. El derecho a la reproducción estaba estrictamente regulado desde la Tercera Ola de Mejoras. Había historias de niños creados fuera de laboratorio, a la vieja usanza, que desarrollaban mutaciones caóticas, o nacían con defectos no optimizados y eran enviados a las granjas de modificación. Pero también había otra corriente, subterránea, que decía que los mejores avances se habían logrado rompiendo las reglas, forzando la biología más allá de lo permitido.

“No lo sé”, dijo ella. “¿Qué sentido tendría? La perfección es un punto móvil, y cada nueva generación redefine el límite.”

Valerio la observó, midiendo cada palabra. “¿Y si no quisiéramos perfección? Solo rareza. Nuestra rareza. Una línea nueva sólo nuestra, impura y vibrante.”

El murmullo de otros biomejorados se apaciguó a su alrededor cuando una mujer subió a la plataforma central. Era la doctora Kimura: reconocida por haber diseñado, años atrás, la piel bidireccional, capaz de cambiar la densidad para evitar cortes y quemaduras. Su rostro era de una belleza perturbadora, casi geométrica, y el cabello flotaba alrededor de su cabeza como si las leyes físicas no aplicaran.

“Queridos visionarios y poseedores de un cuerpo por encima del común”, dijo, “quiero anunciar el inicio del ‘Proyecto Quimera’. Esta es nuestra última frontera: crearemos algo no solo bello, sino también impredecible. Somos la élite, pero hace mucho nos anquilosamos en los mismos moldes. Me ofrezco a modificarme en público, a fundir mi ADN con el de cualquier miembro aquí presente, sin filtros ni simulaciones, y dejar que el azar natural elija el resultado. Este será el primer paso de nuestra nueva evolución.”

Hubo un silencio denso. Algunos aplaudieron; otros bufaron. Ariadna sintió ese vértigo antiguo, como la primera vez que le insertaron los genes de colibrí para el metabolismo acelerado: una mezcla de asco y ansiedad, un vacío eléctrico recorriéndole los huesos.

Esa noche, cuando las luces se atenuaron y el flujo de cócteles disminuyó, Ariadna y Valerio conversaron hasta la madrugada. Hablaban del cuerpo como obra, del cuerpo como prisión, del cuerpo como campo de batalla. Todo en Elysium era posible, hasta lo impensable. Cuando a las cinco de la mañana Ariadna decidió marcharse, Valerio tomó su mano más firme que nunca.

“Si alguna vez decides unirte al Proyecto Quimera, quiero ser parte de tu rareza”, susurró él.

Durante días la idea la devoró. Ariadna buscaba historias en foros clandestinos: relatos de empalmes genéticos sin filtro, cuerpos que mutaban de formas imprevistas, personas que habían dejado de reconocerse en el espejo, otras que hallaban belleza en la monstruosidad. El mundo exterior no comprendía esos impulsos; allí, cada alteración era regulada, aprobada, inocua. Pero los que vivían en las alturas querían algo más que longevidad y atractivo superficial.

El edicto del Consejo Regulador llegó pronto. Prohibían el Proyecto Quimera. Nadie podría alterar su ADN más allá de especificaciones sociales: cualquier intento sería rastreado y sancionado. Kimura fue arrestada y su laboratorio confiscado. Pero la semilla ya estaba plantada.

Una semana después, Valerio contactó a Ariadna. Tenía acceso a uno de los laboratorios subterráneos, un espacio escasamente iluminado por tubos fluorescentes verdes, lleno de tanques y frío metálico. “El Consejo no sabe que esto existe. Puedo modificarme aquí. Podemos hacerlo juntos.”

Ariadna lo siguió una noche, oculta bajo una capa negra y sensores inhibidos. Cruzaron callejones donde los cuerpos menos perfectos deambulaban, los desechos de una sociedad obsesionada con la belleza. El laboratorio olía a ozono y desinfectante. Ante ellos, la máquina de edición: brazos robóticos, inyectores, cápsulas para el reencauche celular.

Vestidos con batas que apenas les cubrían la piel alterada, Ariadna se sentó bajo la luz clínica. Su miedo era el de recrear algo monstruoso, pero también el de no crear nada digno de recordar. Valerio le sonrió. “¿Qué deseas cambiar?”

“No lo sé”, respondió. “Quiero que el azar hable por nosotros. Ningún algoritmo. Nada de controles.”

Activaron la secuencia: sus perfiles genéticos flotaban suspendidos, entrelazándose, cortándose, pegándose de nuevo. El sistema detectó mutaciones con nombres olvidados: secuencias de reptiles, impulsos químicos de invertebrados marinos, repeticiones caóticas.

Las horas se borraron. En sueños vio ríos de lava y selvas húmedas, criaturas imposibles, aleaciones sensoriales. Cuando despertó, Valerio estaba junto a ella, observando la superficie translúcida de la cápsula. Ariadna sintió la piel nueva: no era solo tacto, era visión, gusto, memoria. Su carne relucía bajo la luz, y el color era una mezcla de lo humano y lo desconocido. Valerio extendió la mano, ahora cubierta por un suave vello que centelleaba con el pulso de la sangre.

“Somos quimeras”, dijo él. “Somos la prueba de que la evolución real es indómita.”

Pasaron semanas escondidos, adaptándose a sus cuerpos extraños. Algunas noches Ariadna notaba que bajo la piel una corriente extra le respondía, como si una conciencia primitiva se hubiera adueñado de sus sentidos. La comida humana le resultaba insípida; buscaba otros nutrientes, otras texturas, deseaba la luz de luna en vez de la solar. La comunicación entre ellos cambió: palabras y olores, gestos y movimientos. Su piel podía leer el aire y los latidos ajenos.

El Consejo había declarado su caza, pero eran difíciles de rastrear. Cambiaban perfiles físicos en horas, borraban sus rastros con trucos aprendidos en foros de rebeldía genética. Ariadna, al volver al ventanal de la Torre, ya no sentía nostalgia por el mundo que había dejado. El suyo era mutable, impredecible, más auténtico.

Una noche, abrazada al cuerpo mutante de Valerio, pensó en la descendencia. No serían perfectos. No tendrían garantías. Pero llevarían una posibilidad distinta, incontrolada.

El jardín de la carne había florecido sobre el caos, y Ariadna supo, aunque el miedo era constante, que nada regresaría a su estado anterior. Ahora, en los márgenes de lo permitido, se gestaba un futuro en el que la belleza ya no sería un patrón estático, sino un catalizador de todas las formas posibles. Y allí, en lo imprevisible, Ariadna encontró por fin el sentido de estar viva.

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.