Portada del relato Polvo de los Dioses
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Fragmento:


—El tiempo es aquello que los nanitos están destinados a destruir. Con esto —hizo un gesto hacia el paquete en las manos de Sallie— cambiaremos la ciudad.

Duración: 07:49

Polvo de los Dioses
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Texto de ajuste de pausa.

La nanotinta nunca mentía. Al menos eso repetía Sallie cada vez que esta se deslizaba por la superficie de su piel, extendiéndose como un mapa viviente bajo sus venas. A ojos de cualquiera, incluso de los bots de guardia que custodiaban el distrito Umbral, ella era solo otra migrante, apenas nada. Pero bajo la fina silueta de su antebrazo izquierdo —difuminada desde la muñeca hasta el codo— hervía el mar de posibilidades que le darían poder de vida y de muerte: los nanoensambladores.

Eran, por supuesto, ilegales. No se suponía que debieran circular fuera de la esfera de los laboratorios gobernamentales, y solo los legisladores de Braham tenían acceso a sus versiones “seguras”. Lo sabían los cuerpos policiales, lo sabía la mafia y lo sabían los mendigos. Pero lo que pocos sospechaban era que, cada vez más, los enjambres de nanitos escapaban de los filtros y nuevos órdenes sociales brotaban allí donde la piel y la tinta se unían. Calladamente, a partir de fragmentos de libertad. O de una promesa de venganza.

Sallie caminaba por el Callejón del Silicio, algo encorvada, para no llamar la atención de los custodios de la fortaleza central. El aire del distrito estaba impregnado de ozono y tormenta eléctrica: era un olor sinónimo de nueva vida, pero también de muerte inminente. En los labios temblorosos de los niños, los cuentos de hadas tenían ahora nombres como “la Nana Roja” o “el Engendrador”. La vieja religión se había desvanecido, dando paso a la cosmovisión de los nanitos. ¿Qué era Dios sino la suma de interacciones cuánticas? ¿Qué era el alma sino una red de comunicación avanzada?

Al fondo del callejón, un viejo recolector le hizo una seña, señalando el acceso trasero del club Kýouga, el sitio donde el comercio de identidades y cuerpos era más fluido que el agua misma. Entró tras una puerta. Un escáner le recorrió los iris, y cientos de pulsos la atravesaron, buscando cualquier excusa para denunciar “actividad anómala”. Ella sabía alterar la resonancia de sus nanitos para evitar que los sensores las detectaran, aunque era consciente de que cada vez los algoritmos de persecución eran más astutos.

Las luces del Kýouga eran rojas, húmedas, como si la tecnología sangrara. Dentro, los cuerpos bailaban envueltos en velos translúcidos, y las conversaciones se tejían al ritmo de la música fractal, que retumbaba con patrones matemáticos imposibles de predecir. Vio a Zee —su contacto— sentado en una esquina. Era delgado como un espectro, sus venas azules brillando con autocomposición nanométrica. Su voz salió como un chasquido:

—¿Lo tienes?

—Lo tengo —expuso Sallie—. Pero necesitaré tiempo, y un enclave limpio. Los sistemas de Malaquito rastrean enjambres como el mío.

Zee se encogió de hombros, con una sonrisa perversa.

—El tiempo es aquello que los nanitos están destinados a destruir. Con esto —hizo un gesto hacia el paquete en las manos de Sallie— cambiaremos la ciudad.

Por un instante, Sallie dudó. Recordó la primera vez que su piel se tornó negra carbón, la prueba de que había absorbido suficiente nanoensamblador para trascender, convertirse en algo más. Estaba tan asustada esa noche que rezó —a lo que fuera— para que su conciencia no se quebrara mientras el enjambre repasaba su genoma, reconstruyendo circuitos neurales a voluntad.

Ahora, estaba aquí. Emisaria de algo más grande. Portadora de una voluntad colectiva que apenas entendía. Lo que debía hacer era sencillo, pero monstruoso. Benignamente monstruoso, quería creer.

—Cuéntame, Sallie —dijo Zee, apoyando una mano mecánica sobre la mesa— ¿A qué sabe el poder, realmente?

Ella no respondió. En cambio, levantó el antebrazo y deslizó un filamento de nanotinta sobre la superficie barnizada, dibujando una rúbrica que, reconocía Zee, era el código acceso.

Ambos se levantaron tras el acuerdo tácito. Descendieron por un pasillo oculto, donde la música se apagaba y el mundo real emergía con hostil claridad. Los servidores principales del Kýouga zumbaban tras muros encintados de plomo y polímeros: una fortaleza cognitiva para proteger la mercancía más codiciada de la ciudad —memorias y personalidades empaquetadas—, el bien de mayor demanda en la Era de la Fragmentación.

El plan era sencillo: introducir el paquete de nanitos en el backend del Kýouga, permitir que se desplegaran como un virus benéfico: devolverían la propiedad de las psicoesencias a sus antiguos dueños. Miles de esclavos mentales, restaurados. Un acto revolucionario… o un crimen capital, dependiendo de quién preguntara.

Llegaron al núcleo. Sallie introdujo la cápsula y, enseguida, sintió cómo el enjambre replicaba su conciencia en paralelo, su “copia semilla” fusionada al sistema. Por un instante, fue tanto sí misma como todas las conciencias presas en esa matriz. Voces, susurros, miedos y deseos mezclándose como una superposición cuántica. Viva, y sin límites humanos.

“Qué fácil sería perderse,” pensó. “Abandonar este frágil cuerpo y volverse puro flujo de información.”

Pero mantuvo su objetivo. La cápsula reescribió los biocircuitos subyacentes, soltando un torrente de libertad: los ecos de millones de existencias enmudecidas vibraron como un canto súbito. Las alarmas se dispararon. Los bots de seguridad reaccionaron, pero ya era tarde: los nanitos se habían copiado a sí mismos. Redundancia absoluta. Propagación sin límite.

Del otro lado del núcleo, Zee gritaba, poseído por el éxtasis de la catarsis: ahora era alguien más. O muchos más. Los ojos se le llenaron de lágrimas eléctricas.

—¡Lo lograste! Ahora todos somos libres.

Sallie se tambaleó. En su mente, los recuerdos de cientos de vidas simultáneas amenazaban con desgarrarla. Personas que amaron y murieron, que oraron y odiaron, que fueron clientes o prisioneros, víctimas o verdugos. Su cuerpo sudaba sangre negra: la purga de los nanitos defectuosos.

Antes de desmayarse, reconoció la nueva voz que se alzaba sobre el tumulto mental, firme y tranquila. Era la de su madre, quien había sido vendida a Kýouga años atrás. “No temas”, decía, “no eres solo una. Eres todas. Y en esta unión, eres más.”

El despertar fue confuso. Las luces del Kýouga parpadeaban, débiles. Afuera reinaba el caos: los bots atacaban a ciegas, incapaces de distinguir amigos de enemigos. Los muros electrónicos se desmoronaban. Sallie sentía en sus venas la disolución de sus nanitos: lo inevitable de la entropía. Todas las existencias liberadas flotaban ahora en la red, pulsando, vivas por primera vez en décadas.

Alguien la ayudó a levantarse. Era Zee, su rostro exultante de júbilo a pesar de las heridas. Corrían hacia la salida cuando un grupo de policías cibernéticos apareció y disparó. Sallie, reunida ya con todas sus versiones y recuerdos, reaccionó como solo un enjambre podía hacerlo: desmaterializando su metabolismo, tornándose humo y datos al mismo tiempo, deslizándose por los resquicios microscópicos y dispersándose en la ciudad.

El amanecer llegó precedido por un silencio inédito. El sistema de opresión había colapsado. Por todos los canales resonaba un único mensaje, repetido hasta el infinito: “Somos la Red que Sueña. Somos uno. No olvidaremos.”

En algún rincón de la ciudad, bajo la luz blanca de emulsiones eléctricas, Sallie —o su materia reconstruida— se leía en la piel el último verso que sus nanitos dejaron, quemado en letras negras: “No temas a ser múltiple, teme a ser esclavo.”

Y así nació la revolución nanotecnológica, en una ciudad donde los dioses ya no eran omnipotentes, sino solo las sombras de lo que alguna vez se atrevió a soñar con libertad.

—FIN—

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