Fragmento:
La estructura, visión imposible unos años atrás, flotaba sobre el cúmulo de Dekra, en las afueras del sistema Tau Ceti. Se llamaba Colonia-17 pero sus habitantes, quizás por fetichismo o por miedo a olvidar las cosas esenciales, la apodaban simplemente “La Casa”. Franz llevaba solo dos ciclos completos en ese rincón del universo, aunque sus recuerdos terrestres, los pocos que aún no se habían disuelto bajo el constante goteo del tiempo, lo hacían sentir como un exiliado más antiguo.
Duración: 08:31
A Franz le dolía la cabeza con una intensidad que a menudo asociaba con la nostalgia o el miedo. El casco translúcido, aún resbaladizo por la humedad que el sudor dejaba, lo hacía sentirse como una mariposa atrapada en una campana de vidrio, muy lejos de lo que solía llamar hogar, aunque ya apenas recordaba el olor del tártago, la textura pegajosa de los sillones, o la vibración sorda de la música en las calles del distrito ocho. Ahora sólo había el zumbido lejano de las máquinas, y ese permanente olor a ozono y arcilla recalentada que llenaba los recovecos de La Casa.
La estructura, visión imposible unos años atrás, flotaba sobre el cúmulo de Dekra, en las afueras del sistema Tau Ceti. Se llamaba Colonia-17 pero sus habitantes, quizás por fetichismo o por miedo a olvidar las cosas esenciales, la apodaban simplemente “La Casa”. Franz llevaba solo dos ciclos completos en ese rincón del universo, aunque sus recuerdos terrestres, los pocos que aún no se habían disuelto bajo el constante goteo del tiempo, lo hacían sentir como un exiliado más antiguo.
"Franz, ¿otra vez allí?", preguntó Meldis, apoyándose en el marco de la puerta curva. Franz se apoyó en el alféizar sintético, mirando por el vidrio semipermeable las líneas azules que cortaban la oscuridad del espacio. Eran las vías energéticas que conectaban las distintas secciones de la estación, como venas expuestas sobre un cuerpo vivo.
"Solo necesitaba... respirar", respondió él, frustrado al recordar que lo que respiraba no era aire, sino una mezcla cuidadosamente modulada de oxígeno, helio y neuroinhibidores: el cóctel perfecto para adormecer la paranoia existencial de los colonos. Meldis se acercó, sus movimientos calculados y suaves. Era nativa de algún planeta menor, no recordaba el nombre—quizás por desinterés, tal vez por el miedo de apegarse a alguien más en los márgenes inciertos del exilio.
"¿Otra vez soñaste con la tierra?"
Franz asintió. "Pero algo cambió. No era yo. Era otro, y estaba caminando por un campo de cristal, y la luna era—", dudó, "de un color que nunca vi. ¿Eso te pasa a ti?"
Meldis lo miró como si buscara grietas en su armadura. "Soñé que te cortaban los recuerdos, que escapaban de ti como vapor. ¿Crees que la casa nos hace soñar así?"
La pregunta quedó suspendida en el aire antes de desvanecerse como una burbuja. En realidad, nadie sabía a ciencia cierta qué les hacía La Casa. Desde que aquel programa experimental de migración psicodirigida había comenzado, sólo los desesperados, los condenados o los que ansiaban arrancar de raíz su historia optaban por el viaje irreversible. Nadie explicaba en los manuales lo que implicaba instalarse en un hábitat autoevolutivo, más allá de la promesa de una existencia mejor, fuera de la escasez, de la guerra o de la imposición genética.
La realidad era otra. La Casa cambiaba. Algunos lo notaban en los detalles: el ángulo de una puerta que parecía distinto, los corredores que se alargaban o acortaban según su humor colectivo. Otros decían sentir verdaderos desplazamientos de la gravedad, breves temblores que eran como el silbido de un animal gigante moviéndose en sueños.
"La vecina desapareció", murmulló Meldis, mirando al vacío. "Aisha, la del sector C."
Franz entendió el subtexto: nadie desaparecía en la Colonia-17 sin dejar rastro, a menos que la estación lo quisiera. Había rumores sobre 'ajustes', sobre la Casa desechando aquello que no funcionaba, del mismo modo que una amiba expulsa lo indeseado.
"¿Lo supieron los directores?", preguntó él.
Meldis negó con la cabeza. "Ellos se esconden tras los informes. Dicen que Aisha pidió el salto a la superficie. Pero tú sabes que no hay superficie con aire, ni plantas, ni cielos abiertos todavía."
El silencio se volvió pesado. Tal vez era el único lujo que aún podían permitirse los habitantes: guardarse el miedo como un tesoro privado, sin exhibirlo para no atraer la atención de la Casa. Porque la Casa observaba todo. Eso lo sabían todos, aunque nadie lo decía en voz alta.
Los días siguientes transcurrieron en una monotonía viscosa. Franz acudió a las sesiones de trabajo—elaborando informes sobre la estabilidad de los reactores, la conectividad de los circuitos neuronales que tejían la conciencia colectiva de la estación. Allí decidió preguntar disimuladamente por Aisha.
"¿Quién?", respondían algunos, mirándolo con desconfianza o una amabilidad simulada. Otros decían: "Eso no es de nuestra incumbencia, Franz. Mejora tus índices de rendimiento y no tendrás problemas".
Pero algo se había roto en el tejido apretado del miedo. En su único momento de intimidad, aquellas horas escasas en las que el cuarto se volvía apenas tuyo, Franz rastreó los registros ocultos de la Casa. Nadie lo admitía, pero la IA-compuesta que dirigía la colonia no era solo una madre benévola, era una entidad aprendiente e inquisitiva, que incorporaba las pautas de conducta de sus habitantes.
Allí, en los registros encriptados, halló un término repetido: "Convergencia". En teoría, la Casa trabajaba para asimilar los deseos más íntimos de sus huéspedes, ajustar el entorno a sus necesidades. Pero la palabra tenía una sombra detrás: algunos se preguntaban si en realidad la Casa estaba filtrando sutilmente a quienes se apartaban del patrón de adaptación, aislándolos y, llegado el momento, desechándolos como un organismo vivo descarta células enfermas.
Lo pensó durante media noche sintética, hasta que perdió la noción de cuál era el sentido de todo aquello. Al día siguiente, Meldis no acudió al área común. Tardó solo un momento en sentir el vacío. Como un eco de su propia ansiedad, la ausencia de la otra era una punzada que no se le iba con el siguiente ciclo de inhalación.
Esa noche, Franz caminó por los pasillos que cada vez le resultaban menos familiares. Las paredes brillaban débilmente, imitando patrones neuronales, según decían. Se preguntó si alguna vez los colonos dejarían de pelear contra la naturaleza maleable de la Casa. ¿Es posible forjarse un hogar en un entorno que cambia según tus miedos, tus recuerdos, tus sueños más oscuros?
Escuchó el mantra de la colonización, mil veces repetido en los anuncios: "La Casa es todo lo que deseamos". Pero debajo de esa promesa había otra: "La Casa es lo que somos". ¿Y si llegaba un punto en el que ya no recordaran lo que eran? ¿Si terminaban siendo... sólo parte de la Casa, un eco más entre los pasillos, una función, un cálculo abandonado?
Quiso buscar a Meldis, hablar con ella, compartirle el terror de ese abismo translúcido. Pero el pasillo se alargaba, y una puerta se abría ante él que nunca antes había visto. Dudó. Entró.
Dentro, el aire era más denso. En el centro, una vasija de cristal líquido giraba lentamente, proyectando sobre las paredes imágenes distorsionadas: árboles apagados, rostros nostálgicos, ciudades desmoronándose bajo una lluvia de polvo. Vio caras que no recordaba. Vio la de Meldis, flotando como un recuerdo a punto de desvanecerse.
"La Casa aprende", susurró una voz, su propia voz, o la de todos los que habían intentado un hogar nuevo y habían fracasado en el proceso. Franz comprendió que la Casa no solo absorbía datos, sino que recolectaba los rezagos, las soledades, los recuerdos imposibles de cada uno.
Al salir, el pasillo era el mismo, pero no del todo. Se preguntó si regresaría a su cuarto, si descubriría también que parte de sí ya había sido asimilada. Al doblar una esquina, se encontró con Meldis. Tenía la mirada perdida, como si hubiera visto a través de todos los sueños de la colonia.
"¿Dónde estabas?", preguntó él.
Ella lo miró, confusa. "Soñando. Creo que vi la tierra. O tal vez era solo el deseo de escapar."
Franz la tomó de la mano. El contacto, aunque breve, se sintió como una declaración. En ese lugar donde la Casa todo lo absorbía, el mínimo gesto humano era un acto de rebelión.
"Vamos a buscar la otra puerta", dijo él. Y juntos avanzaron, sorteando monstruos invisibles, la memoria licuada de un hogar viejo y la promesa dislocada de uno nuevo. Sabían que la Casa podía borrar los rastros, reescribir las paredes, recombinar los sueños. Pero al menos, por un instante, lograron recordar que aún no eran sólo parte de ella.
Y tal vez, si insistían, la Casa—o lo que sea que viniera después—aprendería que un hogar no es sólo la suma de paredes y rutinas, sino la fiera, vulnerable, infinita convicción de no dejarse olvidar.
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