Portada del relato Ciudades de Cristal en Seremis
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Fragmento:


—¿Muy diferente de la Tierra? —me preguntó mientras comprobaba los niveles de metano.

Duración: 08:21

Ciudades de Cristal en Seremis
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando desembarqué del transbordador y mis pies pisaron la suave grava gris de Seremis, pensé en todas las veces que había creído, en la Tierra, que ya no quedaban nuevos comienzos. Giovanni estaba a mi lado, con la mirada perdida en el horizonte, donde las cúpulas vibrantes de la colonia Axxon, como alveolos traslúcidos, parpadeaban bajo los soles múltiples. Detrás de nosotros, otros pasajeros no hacían preguntas: llevaban la resignación escrita en los ojos, y en algunos, casi podía adivinar, un último brillo de esperanza. Nos habíamos convertido en colonos —un término que había dejado de significar explorador y ahora significaba: no tienes otra opción.

La nave que nos trajo era un cascarón alquilado, sus compartimentos asignados por lotería burocrática en la Tierra. Cuando firmé el contrato, no pensé en el frío de la noche en Seremis, ni en cómo el aire tenía ese sabor a peróxido y minerales calientes. Pensé sólo en dejar atrás la violencia, el hambre, el griterío sordo de una civilización exprimida. En la promesa de “nuevo hogar”: dos palabras que, en la sala de procesamiento migratorio, sonaban mucho más sólidas de lo que realmente eran.

Las colonias de Seremis estaban construidas sobre un principio sencillo: la vida es posible solo bajo cristal. El planeta parecía una cantera infinita, con burbujas catedralicias repartidas por su cara luminosa. La altitud de Axxon era estratégica; la atmósfera, cargada de metano y cenizas, se asentaba en los valles, y allá, más abajo, se rumoraba de criaturas que hacían sus madrigueras en la roca líquida.

Por las primeras semanas, todas mis horas transcurrieron dentro de la cúpula D-41, asignada a los nuevos, con techos tan altos como la nave y muros de cristal reforzado. Afuera, los robots manipulaban la roca con precisión, abriendo surcos donde después germinarían las semillas genéticamente adaptadas. Hay belleza en los inicios, sí, pero en Seremis también hay una soledad hipertrofiada, tan limpia y seca como una herida cauterizada.

Al tercer día conocí a Lena. Llevaba el pelo rasurado al uno, los ojos afilados, y siempre parecía calcular el volumen de aire del recinto antes de responder cualquier pregunta. La encontré manipulando uno de los recicladores biológicos, ajustando el flujo molecular con una destreza nacida del miedo a estropearse: aquí, cualquier cosa que se rompa, puede sellar el destino de cientos.

—¿Muy diferente de la Tierra? —me preguntó mientras comprobaba los niveles de metano.

—Hay menos ruido. Pero más cosas de las que estar alerta.

Ella sonrió, y me di cuenta de que sabía de qué hablaba. Me contó que había estado en tres colonias, la primera de las cuales colapsó en un “incidente atmosférico” que, traducido, significaba motín y sabotaje. Había aprendido, del modo difícil, a no confiar en la estabilidad de ningún hogar nuevo.

Las jornadas se sucedían entre tareas técnicas, reuniones de integración y largas horas de clasificación de semillas. La llegada de una nave de suministros era día de fiesta. Bajábamos a la plaza principal de la cúpula, donde gigantescas flores traslúcidas —de un organismo parásito adaptado por los bioingenieros— actuaban de radiadores térmicos y purificadores del aire. Siempre me maravillaba ver cómo los humanos podían domesticar monstruos moleculares para transformarlos en vida.

El sexo, en Seremis, era un bálsamo y una negociación. La intimidad no era sólo un juego de placer: era un contrato tácito, un intercambio de calor, de contacto, de memorias. Lena y yo nos acostamos después de una tormenta propuesta como simulacro de evacuación. Sabíamos que la ausencia de pasado, en una cúpula presurizada a dos atmósferas y diez litros de agua diaria por persona, podía ser una libertad o una condena. Lo tomábamos, noche tras noche, como un desafío, mientras las sombras de las plantas en la cúpula trazaban mapas en nuestro sudor.

Pero ningún nuevo hogar resiste sin fisuras. Los primeros conflictos surgieron pronto, cuando uno de los tachos de reciclaje empezó a filtrar gas venenoso, y el supervisor jefe, Lydon, decretó el confinamiento de todo el sector oeste. Las molestias se convirtieron en peleas breves, después en desconfianza. Giovanni se volvió hosco, y yo comencé a notar los pequeños detalles que antes ignoraba: el modo en que Lena inspeccionaba las juntas del cristal antes de dormir; cómo algunos vecinos salían sólo en las horas establecidas, con la mirada pegada al suelo.

Supimos que una grieta profunda recorría no sólo a la cúpula, sino a nosotros mismos. Un hogar nuevo es una promesa de abundancia, pero también un escenario vacío donde debes representar la idea de lo humano.

Un día, Lena me guió hasta la esclusa este, donde el protocolo prohibía el paso a los no autorizados. Allí, camuflada en la rutina, una subcomunidad había clavado sus raíces. Eran los “bipedos”, descendientes de los primeros colonos, nacidos en Seremis, adultos sin pasado terrestre. Al principio los trataron como anomalías, pero ahora eran indispensables: conocían los trucos de la presión, los sistemas biológicos, los espacios ocultos del cristal. Nos invitaron a una de sus fiestas rituales —un círculo de música y sustancias adaptativas, al margen de la administración central— y supe que la verdadera integración es, siempre, un acto subversivo.

En esa fiesta, probé por primera vez una infusión de raíces fermentadas. El calor subió rápidamente, y sentí por una vez que la levedad del aire era hospitalaria. Lena bailó con los bipedos en una coreografía ancestral de aquí, de Seremis, no traída de la Tierra. Pensé en lo fácil que era confundir pertenencia con adaptación.

Pero tampoco el aislamiento era absoluto. En la jornada 112, detectamos una onda sísmica alarmante. La colonia ordenó evacuar a D-41: grietas microscópicas se propagaban peligrosamente. Los ingenieros trabajaron de forma frenética, sellando y recolocando placas, mientras los responsables hacían inventario del aire, el agua, la comida. Por primera vez sentí pánico, un miedo animal a perderlo todo de nuevo.

En medio del desastre, Lydon apareció con una proposición. Necesitaban un grupo de voluntarios para instalar una estación de monitoreo fuera del complejo. La misión era apenas menos suicida que quedarse en una cúpula a punto de colapsar, pero ofrecía aire fresco —contaminado, sí— y una oportunidad de hacer algo más que sobrevivir. Lena se ofreció enseguida, y yo, antes de que el buen juicio interviniera, la seguí.

En la superficie de Seremis comprendí la verdadera naturaleza del exilio. La tierra bajo mis pies no me pertenecía; solo me toleraba, como el leve parásito que soy. Instalamos la estación con dificultad: el viento podía arrancar la piel, y las piedras parecían denunciar nuestra presencia con cada crujido. Al mirar el domo alejarse, comprendí que el hogar es apenas un acuerdo transitorio con el miedo y la costumbre.

Regresamos con la estación lista, justo cuando la colonia reabría la mitad de los módulos y el peligro inmediato había pasado. Los sobrevivientes emergieron con rostros ajados, pero también con la sospecha —que luego sería certeza— de que ningún refugio es permanente. La vida continuó, con nuevas fugas, nacimientos, rituales, y adaptación perpetua.

En las noches siguientes buscamos consuelo bajo las luces distorsionadas. Lena me habló de las posibilidades de expansión; yo, de regreso, de los problemas ya familiares: limitaciones, accidentes, el eterno ciclo de reconstrucción. Pero era cierto: algo profundo, invisible, se había plantado en mí. No era optimismo, ni confianza, sino la lenta aceptación de que “hogar” no era un lugar donde quedarse, sino una serie de gestos repetidos, de negociaciones y renuncias, bajo cualquier cielo, tras cualquier cristal.

Así, en Seremis, aprendimos a amar lo que nunca podría pertenecer enteramente a nadie. En el nombre del exilio, celebramos cada rincón de nuestro refugio frágil. Y la Tierra, ese planeta ruidoso y extinto en nuestras memorias, fue lentamente reemplazado por la memoria de sobrevivir juntos, tras el cristal, bajo tres soles, en un hogar siempre provisional.

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