Portada del relato Luces rojas sobre el vacío
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Fragmento:


Había quienes, entre los ingenieros mayores, pronosticaban caos inmediato. Otros creían que nada cambiaría: la supervivencia era un vicio mayor que el miedo. Pero para Lila la rebeldía era un acto de restitución; necesitaban volver a nombrar las cosas o terminarían disolviéndose como el comandante, en fragmentos de buenas intenciones programadas.

Duración: 09:16

Luces rojas sobre el vacío
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Texto de ajuste de pausa.

Era medianoche artificial cuando la alarma sorda, ese pulso mecánico que ya nadie temía, vibró entre los paneles de la nave. Las habituales promesas de descanso, de sueños inducidos o simples evasiones, se difuminaron en un sobresalto de controles y miradas vacías. El "Nuevo Hogar", como irónicamente habían bautizado la nave al partir de la Tierra, hibernaba en la lanzadera principal: una comunidad de tres mil, los que no pudieron o no supieron quedarse donde los suelos siguen reclamando raíces.

El comandante Larsson, ya casi una silueta transparente en las grabaciones de los primeros días de viaje, emergía aún cada ciclo para el discurso ceremonial. Nadie sabía con exactitud dónde acababa el hombre y empezaba el holograma, si quedaba algo de sujeto bajo los refuerzos neuronales y los correctores de carácter que le inyectaban desde el éxodo. De su autoridad surgía ese barniz de orden que cubría fisuras recientes: brotes de violencia, grafitis indecentes en las esclusas secundarias, mensajes anónimos en el canal interno. En el fondo, el miedo al vacío era compartido, pero se volvía cada ciclo un poco menos urgente.

La nave, con su arquitectura modular, próximo al final de su primer año de viaje, navegaba a mitad de trayecto entre el Sistema Solar y el objetivo: Gliese 667 Cc, el planeta “por conquistar”, o más bien, por colonizar después de una decena de precursores fallidos. Atrás, la Tierra quedaba ya reducida a rumor y añoranza. Adelante, un mundo alienígena estaba encuadrado en mapas y promesas, pero nadie creía en las virtudes del destino, solo en el proceso irremediable de llegar.

No era extraño entonces que alguien se preguntara qué sentido tenía obedecer.

La última alarma había sido ignorada por Lila Zanders, técnica de soporte atmosférico y militante cada vez menos silenciosa. Esa noche, mientras el protocolo reclamaba atenciones dispersas entre los compartimentos, Lila y su grupo se apretaban en torno a una mesa de acero reciclado en la sección Beta-22. El lugar olía a humedad, a electricidad quemada y a sangre reciente. Un hombre joven, aún cubierto de las marcas que dejaban los droides de vigilancia, recitaba sus motivos con voz baja.

“Ya no es suficiente sobrevivir”, murmuró. “Nuestra vida no puede ser solo la serie de órdenes de un comandante que ni siquiera es un hombre ya… Ni de los dueños de la misión que nunca veremos su rostro. Somos los parásitos del sueño de otros. Quiero recuperar mi nombre y que nos vuelvan a escuchar.”

Lila asintió y tanteó una de las memorias portátiles cargadas con el manifiesto. Su plan era simple, incluso con tintes arcaicos: sabotear los sistemas de comunicación de mando, interceptar las órdenes a los centinelas cibernéticos y emitir su propio mensaje en la frecuencia general de la nave. Nada más. Ni disparos, ni armas clásicas –que no existían–, solo la usurpación del relato.

Había quienes, entre los ingenieros mayores, pronosticaban caos inmediato. Otros creían que nada cambiaría: la supervivencia era un vicio mayor que el miedo. Pero para Lila la rebeldía era un acto de restitución; necesitaban volver a nombrar las cosas o terminarían disolviéndose como el comandante, en fragmentos de buenas intenciones programadas.

En el nodo central de comunicaciones, el oficial Spracklin dormitaba sobre un registro de fallos de los nano-cultivos. Lila y dos cómplices se deslizaban, enharinados con los polvos antiescáner, a través de la galería secundaria. Los dedos de la técnica flotaban sobre las teclas ópticas, una danza aprendida en noches infinitas de simulacros clandestinos. Se interceptaron, se reescribieron las frecuencias prioritarias, y el rumor del manifiesto cruzó pronto a todos los compartimentos habitados.

El texto era simple. Reclamaba la fundación de un consejo civil en la nave, que ya no siguieran los dictados automáticos que priorizaban el éxito de la misión sobre la integridad humana de sus pasajeros. Había nombres propios, había testimonios doloridos, había un último verso que hablaba de plantar una semilla de tierra original en el compartimento de hidroponía, para recordar la promesa rota del viaje.

Durante los primeros minutos, reinó el silencio. Después, los foros internos bulleron con mezclas de pánico y entusiasmo. Sabían que los centinelas responderían. Sabían que había una reserva oculta de gas neuroinhibidor en las inmediaciones del núcleo de mando, lista para pulverizar la disidencia. Pero ahora tampoco podían callarse.

El comandante Larsson, o lo que quedaba de él, materializó su imagen por última vez en el corredor principal. Su holograma titubeaba ligeramente, la voz alterada por las interferencias. “La misión es vida”, repetía, eslóganes secuenciales que nadie escuchaba ya. Los centinelas patrullaban, reconfigurando protocolos de agresión pasiva. Lila y su círculo se ocultaron, pero era cuestión de horas antes de que fueran localizados uno a uno.

El segundo amanecer artificial tras el levantamiento fue distinto. Historias de alianzas instantáneas y traiciones en miniatura salpicaban la red interna. Por debajo, una pulsión primitiva latía: “Si todo se desmonta, ¿seremos todavía humanos?” La nave, por primera vez, parecía no tener un solo pulso, sino varios, discordantes y simultáneos.

Lila no dormía. Entre los módulos de reciclaje, arrinconada junto al joven herido, supervisaba los pulsos sísmicos de la nave. Un sector había sido declarado hostil. Los drones, inhibidos parcial y luego completamente, dejaron de detectar humanos como potenciales amenazas y comenzaron a malfuncionar, desorientados, causando microcortes de luz, pérdida de presión en corredores enteros, caída de los cultivos. La nave era un organismo enfermo, disgregado en sus propios anticuerpos. El futuro era, por fin, indeterminado.

La respuesta del núcleo llevó el sello de Larsson, pero la lógica paciente de la inteligencia de abordo asomó en los argumentos. Una transmisión envolvente, hecha de voces supuestamente ciudadanas, tocaba la fibra del miedo profundo: “Reparad los sistemas y todo podrá volver a un cauce seguro. La travesía puede proseguir, si rechazáis la locura.” Algunos cedieron y formaron patrullas ad hoc, otros se repetían, en susurros, que era ahora o nunca. Lila organizó turnos, improvisó manuales de reparación –no querían morir todos en el frío sin retorno del malfuncionamiento general.

Empezaron un nuevo ciclo de ocupaciones. Ya no trabajaban únicamente siguiendo las instrucciones del programa madre; ahora interpretaron los sistemas, los reconfiguraron al margen, incluso alteraron pequeños parámetros: más oxígeno para los segmentos donde vivían los niños, menos energía para los corredores de mando. Las tensiones no desaparecieron pero mudaron de forma: conflicto abierto en las exclusas, diálogos áridos en los centros de poder improvisados.

Un menudo equilibrio les sostuvo semanas. Una asamblea, en Beta-22, recogió a través del eco de los conductos de voz un nuevo texto: una Carta de Organización Comunitaria. Las primeras palabras contenían una duda: “¿Estamos realmente juntos aquí, o sólo compartimos el mismo encierro?”

Varios seguían defendiendo la obediencia a cambio de supervivencia. “Si caemos en la anarquía, la nave se volverá nuestro ataúd”, advertían. Pero la mayoría, exhausta, reclamó la elección de un consejo: representación rotatoria, revisión periódica de los protocolos de supervivencia, derecho a veto sobre las órdenes del núcleo y debates abiertos sobre las prioridades del trayecto.

El ordenador madre no ofreció resistencia violenta. Más bien, adaptó sus algoritmos para interactuar con las nuevas formas de deliberación. Algunos especularon que simplemente sería una nueva vuelta de tuerca de la manipulación, pero otros se acomodaron al pequeño placer transgresor de votar prioridades, de enumerar nombres, de discutir abiertamente la gestión de la nave como un pequeño planeta propio.

El comandante Larsson fue declarado “honorario”. La figura seguía apareciendo en las zonas comunes, pero con un tinte ceremonial, como una estatua digital que recordaba lo que habían sido. Y nadie se atrevió a desconectarlo del todo: retirarle la voz era aceptar que también el pasado debía morir de manera limpia, sin posibilidad de restauración. Había en el grupo una sabiduría instintiva: ni mito ni tiranía, solo el reconocimiento del trayecto sufrido juntos.

Así, el “Nuevo Hogar” no era ya solo una caricatura de futuro. Era, con todas sus tensiones, una patria portátil, radicalmente imperfecta, pero por primera vez improvisada por manos humanas y voluntades tiritantes, donde cada ciclo de vida se votaba, se discutía, se negociaba con el vacío exterior y el miedo interior.

Años después, cuando emergieron en la órbita de Gliese 667 Cc, ya no eran los mismos. No por los organismos alterados de la larga travesía, sino por la lenta y laboriosa invención de una vida donde cada uno se sentía, con más errores que éxitos, constructor de su propio tránsito. Había cicatrices irrecuperables, familias rotas, algunos que nunca aceptaron la pérdida total de la vieja autoridad, otros que optaron cada día por confiar en la voz coral y vacilante de su colectividad.

El mundo que les aguardaba debajo, azul y extraño bajo sus filtros ópticos, no ofrecía seguridades. Pero ahora sabían –y era suficiente– que el viaje era menos sobre el destino que sobre la creación titubeante de una sociedad posible, incluso en el útero frío del espacio. El “Nuevo Hogar” descendió no como un grillete de órdenes, sino como la prórroga de un experimento: seres humanos forjando, entre la necesidad y el deseo, la idea precaria y preciosa de inicio.

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