Portada del relato La Convergencia de las Medianoches
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Fragmento:


“Portador de tiempo, portador de carne, ¿has venido para ofrecer primero o para jurar último?”

Duración: 08:32

La Convergencia de las Medianoches
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Texto de ajuste de pausa.

Habrá quien diga que no quedan secretos en el mundo, pero los que han vivido tanto como yo saben que, si buscas en las grietas correctas, siempre encuentras algo que rehúye la luz. Cuando era niño, pasaba las noches en los campos prohibidos más allá del puente caído, mucho después de la hora en la que los adultos decían que las pesadillas podían cruzar sus manos por la hierba húmeda para tocarte los tobillos. Hoy, siendo un hombre curtido y algo quebrado, las pesadillas ya no me asustan. Son los milagros lo que me hace temblar.

El día en que vi a los Damhray por primera vez, fue en la prolongada medianoche de la quinta luna de Aelith. Lo sabíamos por el cielo del oeste, encendido en un azul fúnebre que no correspondía con ningún ciclo celeste conocido. Yo había acumulado tantas deudas con los espíritus del bosque como monedas perdidas y mi única riqueza eran los recuerdos de las historias que prometí a mis propios hijos nunca revelarles. Pero ante esos seres, tan distintos a los escritos en los legajos de la Orden Venerable, me convertí otra vez en un niño escondido tras los musgos, con el corazón alzándose fuera del pecho.

Los Damhray no caminan, ni flotan, ni reptan. En vez de cuerpós reconocibles, son filamentos visibles sólo cuando el aliento contiene un brillo específico, imposible de mantener más de unos segundos sin ahogarse. Aparecieron como chispazos en los umbrales de la antigua torre de huesos, la que se alza donde el valle se retuerce en niebla y los sabios se suicidan o enloquecen tratando de descifrar sus runas. Mi primera reacción fue correr, por supuesto, pero los relatos enseñan a algunos necios a elegir los peores refugios. Yo, a cambio, elegí acercarme.

A mi alrededor, la tierra susurraba sus eternos lamentos y la Luna menor se escondía detrás de la silueta aserrada del torreón. Sentí, con la punzada de las adivinaciones malditas, que esta noche todo cambiaría, y que yo no sería el héroe de ningún cuento. El aire se volvió denso, casi masticable; levanté la linterna verde de aceite lunar y avancé, temeroso, hacia la silueta fluctuante de los Damhray.

Cuando estuve a escasos pasos, una voz surgió en mi cabeza, en una lengua que no era ni la de los hombres ni la de los antiguos ocupantes de la torre. Una sensación mitad música, mitad fétido rastro de recuerdos prohibitivos. Los Damhray, en su multiplicidad, me hablaron así:

“Portador de tiempo, portador de carne, ¿has venido para ofrecer primero o para jurar último?”

No entendí la pregunta, pero sentí que lo correcto era responder. “No tengo ofrenda ni juramento”, contesté. “Vengo solo con mi miedo y mi asombro.”

La neblina se agitó. Percibí imágenes —fuegos bajo aguas oscuras, la lengua hendida de un dios muerto, piedras desgarrando la voz de la tierra— y algo parecido a risa, si la risa pudiera sonar como el crepitar de insectos tras la grieta de una tumba.

“Entonces ofrece miedo y asombro. Los recogeremos con la debida ceremonia”, dijeron. “Acércate, portador. Queremos conocer lo que crees imposible.”

Entonces todo mi cuerpo fue consumido por una ráfaga de frío ácido y, por un instante, vi el mundo con ojos que no eran míos: vi batallas en la frontera húmeda entre la realidad y los sueños, vislumbré garras construyendo reinos sobre huesos de lenguajes perdidos, sentí mares que caían hacia arriba y árboles que paseaban confundidos por la arena de un desierto de hielo.

Golpeado por la visión, caí de rodillas. “¿Qué quieren de nosotros?”, logré preguntar. “¿Por qué ahora?”

El coro de los Damhray se expandió. “El ciclo colapsa. Cada eón, el tejido entre los hilos se afloja, y entonces cruzamos. Los vuestros han dejado huellas: sangre en símbolo y palabra errante. Buscamos pacto, no conquista. Pero un pacto requiere contacto, y el contacto, dolor.”

Jamás pensé que un primer contacto sería tan… orgánico. Tan crudo. No eran máquinas ni reveladores de secretos científicos, como enseñan los libros sagrados; eran hambre y necesidad, igual que nosotros, pero en otro plano.

“¿Por qué yo?”, pregunté.

“Los elegidos son azar y causalidad. Estabas allí. Eso basta.”

No sé cuánto tiempo pasó desde entonces. Medía las horas por el retorcijón en las tripas y el marchitar de la linterna. Las formas filamentosas rodearon el torreón y, a medida que cada uno parecía fundirse con los símbolos arcanos grabados en los huesos, una vibración sorda convertía la piedra en carne de gallina bajo mis pies.

Entonces, uno de ellos se despegó haciendo lo que podría llamar una reverencia si los Damhray tuvieran nuca o rodillas. Su tono fue más cálido, casi docente: “La primera ofrenda no es sacrificio. Es intercambio. Habéis encerrado a los vuestros en la torre y olvidado la llave. Nosotros traemos otra puerta.”

Una grieta se abrió en la base de la torre, como una boca impaciente. De su interior emergió una criatura humana, o que en algún momento lo había sido. Las marcas en su piel eran los mismos símbolos que coronaban las piedras superiores. Tenía ojos, sí, pero vacíos de toda memoria, como si el espejo de su alma hubiera sido raspado hasta dejar solo la plata informe.

“Él fue el primer embajador. Os lo devolvemos”, dijeron los Damhray.

Me recliné, tembloroso. Al reconocer el rostro —el erudito Master Vahl, desaparecido hacía una década—, sentí una náusea abisal. Vahl se acercó con pasos arrítmicos y murmuró palabras rotas: “La puerta… cerradla… no hay regreso.”

“Habéis visto nuestro método”, dijo el Damhray que hablaba en nombre de la multitud. “Ahora debéis escoger: ¿la puerta permanece abierta y los mundos aprenden uno del otro, o la selláis, y el ciclo espera otros mil años? No hay paz sin riesgo. Tampoco hay un sí sin sangre.”

Pensé en la arrogancia de las viejas cofradías humanas, siempre creyendo que el primer contacto sería limpio, ordenado, con un manual de protocolos y sellos. Estos seres no traían una oferta de tecnología o sabiduría. Traían la posibilidad brutal de una mezcla, de fundirse al precio de abandonar la integridad que nos definía.

Miré a Vahl —si ese era aún su nombre— y se me quebró el corazón como en los viejos cuentos que mi abuela prohibía contar. Sabía que, de todos modos, la opción no iba a ser mía: el poder de decidir nunca está donde uno cree, pero fingí que el peso de todos los sueños humanos estaba en mis manos.

“Si dejamos la puerta abierta, ¿qué ocurre con nosotros? ¿Qué obtendremos y qué perderemos?”, pregunté, sin esperar sinceridad.

“Seréis otros. Ganaréis lo que siempre han temido, perderéis lo que nunca supieron defender. Os haréis leyenda en otros ecos. Como se hizo con Vahl.”

Y Vahl, con la voz deformada de quien ya no es humano, suplicó: “La forma… el tiempo… yo ya no…”

Me incliné junto a la boca viviente, sintiéndome tentado por la promesa de ser más que humano, de expandir los límites, de permitir a mi especie crear una simbiosis desde el horror. El terror al estancamiento pesaba tanto como el miedo a la aniquilación.

“¿Acaso hay un tercer camino? ¿Uno en que la puerta quede entornada, para que sólo algunos crucen, sólo algunos vuelvan?”, pregunté, desesperado.

“La puerta responde al deseo colectivo. Si teméis, se cierra. Si ansiáis, se abre. Tu temor y asombro, por esta noche, bastan para sostenerla en equilibrio. Pero el ciclo volverá a buscarte.”

Y entonces, la última elección fue mía. Con la linterna temblando, saqué de mi bolsillo el pequeño relicario de mi madre, el único objeto que aún olía a miedo y amor primigenio, los únicos elementos que jamás deben mezclarse. Lo lancé a la grieta de la torre. La boca se cerró con un chasquido.

Hubo un silencio espeso, interrumpido sólo por el susurro ahogado de Master Vahl, que se disipó poco a poco bajo el resplandor menguante de los Damhray. Entendí que había tomado la decisión equivocada, o quizá la única posible; la puerta no se cerraba para siempre, pero esa noche permanecería en equilibrio.

Los Damhray se encogieron, volviendo a ser filamentos, casi polvo en el aire. Antes de disiparse, dejaron en el umbral de la torre un eco, una melodía imposible, que durante años ha atormentado mis sueños y los de mis hijos.

De las aventuras que siguieron, no puedo hablar. Esta noche sólo importa recordar que el primer contacto no es nunca un monumento a la gloria ni una hecatombe de muerte inmediata. A veces es la mezcla dulce y amarga de miedo y asombro. Y después de las pesadillas, lo único que aprendido es que son los milagros, y no los monstruos, lo que debería hacernos temblar.

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