Portada del relato El día sin permiso
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Fragmento:


El día había amanecido gris en Ciudad Plexus, y como siempre, las nubes opacas filtraban la luz, atenuando los colores, como si la realidad estuviera bajo una manta de polvo. Lo último que Katy esperaba esa mañana era caer en la tentación; sus pensamientos estaban ordenados, sus rutinas más o menos felices. Al fin y al cabo, desde la promulgación del Decreto 56-B—un cambio que había convertido la vida cotidiana en un rosario de prohibiciones continuas—, la mayoría de los habitantes había aceptado que la libertad era una quimera nacida del pasado.

Duración: 08:36

El día sin permiso
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Texto de ajuste de pausa.

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El día había amanecido gris en Ciudad Plexus, y como siempre, las nubes opacas filtraban la luz, atenuando los colores, como si la realidad estuviera bajo una manta de polvo. Lo último que Katy esperaba esa mañana era caer en la tentación; sus pensamientos estaban ordenados, sus rutinas más o menos felices. Al fin y al cabo, desde la promulgación del Decreto 56-B—un cambio que había convertido la vida cotidiana en un rosario de prohibiciones continuas—, la mayoría de los habitantes había aceptado que la libertad era una quimera nacida del pasado.

El Decreto era claro: placer voluntario, placer sin función procreativa ni utilitaria, estaba prohibido y penado. Eso implicaba un espectro completo, desde los libros hasta la música sensual, desde las comidas ricamente especiadas hasta el acto sexual fuera de las fechas establecidas por el calendario gubernamental. El Comité de Regulación Placentera, con su funesta sigla CRP, lo vigilaba todo: cuerpos, mentes y corazones.

No fue por un deseo rebelde que Katy terminó en el rincón más oscuro de la biblioteca subterránea; fue por nostalgia. Al ojear un catálogo digital de textos censurados, su pulgar rozó por accidente el código de un archivo en desuso: "El Cuerpo Ríe", una novela infame que, según decían, no solo descri­bía el placer sino que convertía su lectura en acto prohibido de por sí. El archivo no se abrió de inmediato. Un escáner biométrico solicitó una prueba de identidad. El corazón de Katy resonó, fuerte, valiente, o tal vez simplemente tonto. Deslizó la yema de su dedo con el pulso tembloroso.

La sala era pequeña, sin cámaras evidentes, y en ese instante sintió la presencia de la amenaza invisible: los sensores de placer, aquellos microdispositivos internos implantados al nacer que detectaban cualquier reacción fisiológica sospechosa. "Todo por tu bien", canturreaba la propaganda, "para que tu cuerpo y tu mente nunca se desvíen de la meta social suprema".

Pero ahí estaba el archivo, desplegándose ante sus ojos; líneas de texto fluyendo como un río negro en la pantalla gris. La prosa era antigua, barroca, cargada de comparaciones anatómicas, de ansias y susurros. Katy se sintió estremecer, primero de culpa, después de deseo. Junto con el rubor llegó un leve zumbido en la base del cráneo. El sensor había detectado la anomalía.

Intentó razonar consigo misma. "No he hecho nada. Solo leo. ¿No es acaso el conocimiento el principal motor de nuestra sociedad?" Pero la noción de conocimiento, desde el Decreto, había sido reducida, diluida, convertida en un líquido flaco y sin nutrientes. Conocimientos útiles, práctica, ingeniería, matemática aplicada. Nada de poesía, nada de historias que pudieran excitar imaginación o sentidos.

La puerta se deslizó a su espalda. Entró un hombre de mediana edad, ataviado con el uniforme gris del Comité; la insignia del CRP resplandecía en su solapa. Tenía un rostro cansado, bello en una forma estéril. "Señorita Lamar", pronunció con voz parsimoniosa, "su sensor ha registrado actividad placentera. ¿Puedo saber el motivo?"

Las palabras escocieron. Era el tipo de pregunta cuyo propósito real era la confesión, la sumisión. "Estoy revisando viejos textos en desuso, auditor Jurek. No he realizado nada indebido", mintió. Pero ambos sabían cómo funcionaba el sistema.

El auditor sonrió, y el gesto fue casi humano. "Debo recordarle, señorita Lamar, las consecuencias del desliz intencional. La exposición involuntaria suele resolverse con una recalibración del implante, pero la búsqueda deliberada... es otro asunto." El hombre miró hacia la pantalla. "Este texto, por ejemplo..."

"Solo estudiaba historia aplicada", protestó Katy, aunque ya era inútil.

Jurek corrió el archivo con la vista y activó el protocolo: el proyector holográfico lanzó una imagen legal, precedida del tono gélido de la advertencia oficial. "Se le autoriza a elegir: recalibración involuntaria con bloqueo de lecturas futuras, o revisión sensorial asistida." La recalibración equivalía a perder para siempre la capacidad de sentir placer en cualquier forma—un futuro espantoso, monótono; la revisión sensorial era un psicoanálisis tortuoso en presencia de miembros del Comité, donde debías revivir las sensaciones bajo estricta vigilancia, entre sillas de polimetal y monitores activados.

Katy se sintió desfallecer. Un tercer camino, rebelde, comenzó a tomar forma en la base de su esófago: la pregunta fundamental, la única que importaba. ¿Cuánto vale el placer voluntario? ¿Cuánto el derecho a sentir?

El auditor bajó la voz. "Hay otros caminos. Extraoficiales. Caros." En sus ojos brilló algo diferente: deseo, o compasión, o soledad. "La resistencia mantiene una red de transmisores que pueden, temporalmente, anular los sensores. Solo durante unas horas, en extremo riesgo. ¿Está interesada, señorita Lamar?"

Ahí estaba la tentación. No la del cuerpo—aunque la novela prohibida calentara sus entrañas como café fuerte—sino la de la comunión: saber que no eras el único, que quizás, en algún rincón, otros como tú ansiaban una caricia, una borrachera de música, una conversación cargada de insinuaciones o risas.

Katy asintió con lentitud. "¿Qué garantía tengo de que no terminaré desvinculada? ¿O muerta?"

Jurek retiró un chip translúcido de su bolsillo. "Ninguna. Pero la red existe. Yo la he usado; aún tengo alma." Había lágrimas secas en sus mejillas. "Nos vemos aquí a medianoche. Venga sola."

El día transcurrió en agonía. Katy notaba las miradas de los compañeros de trabajo, uniformemente distantes, grises dentro del gris. Nadie hablaba más allá de lo funcional: los miedos prohibían la confianza. El antiguo dicho de "el placer es subversivo" había cobrado un nuevo, aterrador significado.

La noche arrastró su sombra sobre Ciudad Plexus. A las once cuarenta y cinco, Katy atravesó los pasos subterráneos hasta la biblioteca. Jurek la esperaba, sin uniforme, solo una chaqueta oscura y la misma expresión de cansancio.

"La red está encendida", murmuró. "Ya no hay sensores activos."

La sensación fue inmediata: como si una venda invisible le fuera retirada de la piel. El aire olía distinto. Recordó el frescor de la lluvia, las risas de la infancia, algo como un hormigueo expansivo entre los muslos. Quiso llorar, quiso reír, quiso gritar.

"La ventana se cierra al amanecer", advirtió Jurek. "Hay una sala. Están los otros."

Cruzaron una puerta oculta tras estantes polvorientos. La sala vibraba con una música que jamás había escuchado, de origen africano, según explicó uno de los presentes. Hombres y mujeres se tocaban, se acercaban en círculos preliminares, mientras palabras susurradas evocaban los aromas y sabores que nunca habían experimentado: chocolate, flores exóticas, sexo.

El ambiente era sofocante, cargado de anhelos reprimidos. El intercambio era tímido al principio, luego glorioso: manos que rozaban hombros, labios que buscaban el vértice de un cuello, gemidos sutiles que ascendían por encima del bajo eléctrico. Ninguno era hermoso en el sentido normativo del Comité; pero todos relucían con la belleza auténtica de los que sienten sin permiso.

Katy se abandonó; el miedo fue apenas un murmullo. Alguien cantó su nombre al oído; una lengua, desconocida y cálida, exploró el borde de su clavícula. Rió, y en ese chispazo volvió a ser humana. Sabía que a partir de ese instante estaría marcada, que quizás sería desenmascarada, amputada en su deseo por el Comité. Pero, por fin, agradeció haber caído en la tentación.

El amanecer llegó sin aviso, solo un centelleo en las luces dicroicas del techo bajo. Los otros se disolvieron en la penumbra; Jurek la guió fuera, con acto de ternura torpe. Los sensores se reactivaron, trayendo el frío habitual al cuerpo y al alma.

"Uno recuerda," susurró él, "aunque sancionen la memoria."

El presente, con todo su odio institucional al placer voluntario, se mantenía. Pero en Katy algo había cambiado para siempre. Cuando volvía a la superficie, a su vida de grises y prohibiciones, llevó consigo una semilla. No era solo la experiencia del gozo, sino la convicción de que, bajo cada regla, la humanidad insistía en rebelarse una y otra vez, golpeando la puerta de lo prohibido—por el puro, adulto, insoslayable deseo de vivir.

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