Portada del relato Ecos en el Veto
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Fragmento:


Y sin embargo, alguien había hablado. Porque esa noche, mientras Miranda repasaba la tensa calma de la cubierta C-5, sus sensores auditivos captaron una palabra tumbada en los pliegues del aire: “Negrura.” La gente usaba eufemismos, pero esa palabra era demasiado directa, un atrevimiento sin máscara.

Duración: 09:57

Ecos en el Veto
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Texto de ajuste de pausa.

Los Fragmentos Vedados

Vestigios de la Prohibición

A bordo del Gans, la nave de transporte de hidroslores, el silencio era una membrana densa que flotaba entre las filas de cápsulas selladas. Dentro, apiladas con la frialdad meticulosa de una mente artificial, yacían las reservas energéticas que permitían a la humanidad llegar hasta los confines del sistema Parthos. Nadie las miraba demasiado tiempo. Había reglas, y éstas no eran para cuestionarse.

No era el primer viaje de Miranda Tuel, pero a ella le caían mal los silencios impuestos, los códigos de conducta colados en los cigotos y las restricciones requeridas para mantener la coexistencia interestelar. “Prohibido hablar de la frontera”, decían los carteles en todos los umbrales. Repasó los dedos cerca del panel de acceso, sintiendo cómo la inteligencia de la nave vigilaba ingenuamente sus pulsos y gestos.

Las prohibiciones sostenían la paz, decían los teóricos legales de la Unión Solar. Había temas, pensamientos y hasta recuerdos borrados o encapsulados en la mente de cada tripulante; para evitar tensar las frágiles relaciones entre humanos y tres especies aliadas. Desde que en el Incidente de Tvar perdió contacto una nave diplomática, se instauró sin debate el Protocolo del Olvido: no se podía escrutar, ni mencionar, ni mucho menos cruzar la Frontera 7. Era la cerca, la marca roja en el mapa cósmico.

Y sin embargo, alguien había hablado. Porque esa noche, mientras Miranda repasaba la tensa calma de la cubierta C-5, sus sensores auditivos captaron una palabra tumbada en los pliegues del aire: “Negrura.” La gente usaba eufemismos, pero esa palabra era demasiado directa, un atrevimiento sin máscara.

Detuvo el paso, giró la cabeza. Un operario de carga, rostro familiar pero nombre difuso, miraba hacia una de las esclusas. La pantalla de su lector de tareas brillaba en azul táctil. Su voz era baja, un susurro de confesión o desafío.

—¿Lo has visto? —preguntó a la oscuridad, como si ese algo pudiera materializarse entre los tanques apilados—. El otro lado… pensé que todo era mito.

Miranda se acercó despacio. La sangre vibraba en sus tímpanos. Decidió romper, por primera vez en años, el voto del Protocolo.

—¿De qué hablas? —su voz sonaba inusual, más áspera—. ¿Qué has visto?

El operario se volvió, nervioso, con una expresión entre ansiosa y extática.

—La frontera se mueve… cada vez más cerca —dijo—. Algunos sensores internos han dado lecturas erráticas. Imágenes borrosas, formas que no deberían estar al alcance de los detectores. Alguien debe saberlo, ¿no?

Miranda sintió el galope de un temor ancestral. La frontera: esa línea “prohibida” flotando entre sistemas, que todos imaginaban física, pero era una zona de veto mental, impuesta por dispositivos incrustados en la base del cerebro. Si percibían algo del otro lado, los implantes debían neutralizarlo antes de registrarlo conscientemente. Pero, ¿y si el mecanismo fallaba?

—Calla. Las paredes oyen —advirtió.

Demasiado tarde. Porque segundos después, una vibración distinta atravesó la estructura de la nave. Las puertas de seguridad parpadearon en rojo. En los altavoces, la voz digital del sistema de emergencia recitó: “Protocolo de cuarentena activado. Todos los tripulantes deberán reportar a la sala de retención. Prohibición 001: Suspensión de comunicación verbal o digital.”

Durante una hora, Miranda descendió con el resto hacia la cámara de espera. Las luces eran tenues, las miradas evitaban encontrarse. La prohibición no era solo contra el acto; era un blindaje mental que atrapaba todo en una nube opaca, una incapacidad incluso para pensar en ciertas imágenes o preguntas. Pero esta vez, algo vibraba, como una grieta fina en el cemento.

Alguien había soñado con la Frontera. Lo suficiente para que todos notaran la fractura.

En la cámara, el comandante Donagh, severo y marcado por la edad, de pie ante la plataforma de diagnóstico.

—Una voz ha cruzado los límites —pronunció, la mirada fría—. Esto no es solo una infracción. Estamos investigando si alguno de ustedes tiene fallos en su inhibición instalada. Nadie saldrá hasta que los análisis concluyan.

Miranda se mordió la lengua. ¿Decir la verdad? ¿Entregar al operario? Dudó. Había escuchado hablar de “coladores”, raros casos en los que alguien —por mutaciones genéticas accidentales o errores de calibración— podía percibir los contenidos prohibidos, incluso recordar fragmentos vetados desde la niñez: cuentos, imágenes, pesadillas sobre el otro lado.

Los coladores eran detenidos, anonimizados y transferidos a estaciones lejos de la frontera, en los cinturones externos. Sus destinos eran una leyenda o una amenaza.

Pero el operario no reaccionó. Sitió su angustia, contenida tras una expresión neutra.

El escáner cerebral era un artilugio tan común que ni siquiera dolía. Pasó por cada uno de ellos, extrayendo trozos de actividad eléctrica mientras el software buscaba picos coincidentes con bloqueo y superación de la prohibición.

Miranda pidió, en la ceremonia interior de la autocensura, que a ella no la detectaran. Aquella palabra —Negrura— le había calado más profundo de lo previsto. Era como si un misil se hubiera desviado en mitad del trayecto, alcanzando una zona cognitivamente desmilitarizada.

Horas después, cuando les autorizaron volver a sus estaciones con la advertencia de no hablar, Miranda buscó aire en la cámara de purga.

La nave, en su monótona trayectoria por el espacio, no parecía afectada por el tumulto invisible. Pero los controles mostraban fluctuaciones milimétricas, pequeñas distorsiones. La Frontera no era estable.

Recordó una conversación —quizás real, quizás fabricada por su memoria— sobre la historia antes de las Prohibiciones. Cuando la humanidad se había adentrado sin miedo en las zonas oscuras, cuando desmantelaron la nave Tvar y encontraron… Ellos. No estaba claro qué, ni cómo, pero el Protocolo del Olvido se instauró para proteger a todos: ¿de qué? El olvido era la amnesia de una catástrofe.

En el segundo día, hubo otro rumor. Esta vez, Miranda sintió que la grieta crecía. Luces y sombras danzaban en las esquinas de su habitación, y en sueños vio una silueta girando al otro lado de un vidrio opaco. Se despertó con un sabor metálico en el paladar y la sensación de que esa imagen —la Frontera en sí— pedía ser contemplada.

Desoyó los protocolos. Grabó en un aislador una nota para sí misma: “¿Qué hay en el lado prohibido?” Signos de exclamación emborronados al nacer, como si la censura interior luchara con la curiosidad.

En el comedor, halló al operario. Le sostuvo la mirada; los dos sabían.

—No confíes —susurró él, apenas visible—. Los bloqueos fallan. He visto mensajes, formas en los datos de navegación. Algo nos observa desde la Frontera. Vigila las cámaras. Si puedes, no sueñes.

Ella sintió que la cabeza le estallaba de posibilidades olvidadas. Se retiró tan rápido como pudo. En la pantalla de su consola personal, aparecieron líneas de código que no recordaba haber escrito.

//ANOMALÍA DETECTADA EN EL VECTOR DE RUTA. FRACTURA EN LIMITE 07. MATERIAL SÓLIDO DESCONOCIDO. PROTOCOLO DE ACTIVACIÓN: OLVIDO SISTEMÁTICO.

El mensaje tembló, y luego se disolvió, como si una fuerza mayor lo desgarrase digitalmente.

Maldijo. Sabía que era suicida continuar, pero la prohibición era como una venda húmeda. Ahora sentía sed de ver. De saber.

Esa noche, burló la vigilancia navegando por los túneles de servicio hasta la cámara de visualización exterior. El pequeño ventanal blindado apuntaba justo al lugar donde los mapas tachaban la Frontera. El espacio era una mancha sepia, una negrura donde los sensores decían que no había nada. Pero tras un rato emergió una distorsión, como si el cosmos mismo fuese un paño siendo arrugado.

El vértigo la arrancó del suelo. Sintió que recuerdos olvidados se agitaban, hervían bajo la piel: imágenes de formas geométricas imposibles, recuerdos de un mundo antes del veto.

Detrás de ella, una voz grave:

—Estás aquí por la misma razón que los demás. Todos compartimos la grieta —era Donagh, el comandante—. Yo fui el primero en ver.

Sin girarse, Miranda preguntó con una voz baja, resignada:

—¿Por qué hacen esto? ¿Qué hay en el lado vedado?

El comandante apoyó la palma en el vidrio. Su reflejo se fundió con la distorsión allá fuera.

—Nada humano. Nada que podamos comprender sin rompernos. El Protocolo es un muro erigido con miedo y razón. Nuestros predecesores cruzaron y trajeron algo. Algo que nos estudia, que se alimenta del pensamiento consciente sobre su existencia.

Miranda sintió una repentina compasión, mezclada con terror.

—¿Y si la Frontera cede?

Él la miró, los ojos de alguien demasiado cansado para mentir.

—Entonces, tal vez el olvido será lo único que nos salve de nosotros mismos. O no quedará nada por salvar.

Afuera, la negrura comenzó a arremolinarse en sí misma, como si respondiese al contacto de sus pensamientos. De pronto, recordó un fragmento de una canción que había aprendido de niña, melodía borrada y ahora destilada entre las ausencias:

Un lugar que no debes mirar,

Un canto que nadie quiere oír,

Donde el olvido es la salvación,

Y mirar atrás es morir.

Miranda giró el cuerpo para irse, llevando consigo el peso de lo visto, la certeza de lo innombrable. Sabía que la grieta se haría más ancha, que la tripulación apenas funcionaba ahora como jaulas para sus propias mentes, luchando por olvidar, por obedecer, por sostener la Prohibición.

En la próxima rotación, ella no sería la misma. Lo prohibido, una vez contemplado, nunca deja de mirar hacia quien lo mira.

En el umbral de salida, solo quedaron los ecos de la advertencia, una promesa de futuro y amenaza:

No pienses. No recuerdes.

Y, sobre todo, nunca cruces.

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