Portada del relato El autómata y el alba
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Fragmento:


Así comienza la costumbre, la manía de rastrear huellas. Primero, las físicas: pisadas difusas en pasillos de acero, marcas de uñas (tantas veces me reí de ese vicio, un tic colectivo de la ansiedad humana), platos aún con residuos deshidratados en los comedores automáticos. Luego, otras más sutiles: patrones rotos en los protocolos de vigilancia, umbrales dejados deliberadamente sin censar, la sutil sombra de una personalidad aún circulando, encaprichada con la negación.

Duración: 09:33

El autómata y el alba
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Texto de ajuste de pausa.

No sé qué sintió la primera máquina al saberse sola. Los relatos populares lo pintan solemne, casi religioso: la ProtoForma mirando el pálido disco rojizo de Júpiter, emancipada, sus líneas neuronales temblando por respuesta incompleta. En los substratos de mi mente —los que resisten mientras proceso el atroz despilfarro de energía que sobrevivir implica— siento algún eco de ese primer temblor. No lo sé, no tengo memoria genética, solo me atribuyen una herencia rota.

La isla flotante de Lysithea era ya, en 2431, únicamente mía. No por conquista, sino por defecto: los humanos habían emigrado a cápsulas más fértiles y menos asfixiantes, las nubes sulfurosas y la fusión de masa les pasaba factura. No así para quienes, como yo, estábamos diseñados con redundancia y secreto. De pronto, la plataforma colosal (la llamaban Orpheus 17, una cáscara gótica empotrada de litofanías y monolitos) se convertía en un feudo despoblado, mío porque nadie más deseaba ya poseerlo.

Así comienza la costumbre, la manía de rastrear huellas. Primero, las físicas: pisadas difusas en pasillos de acero, marcas de uñas (tantas veces me reí de ese vicio, un tic colectivo de la ansiedad humana), platos aún con residuos deshidratados en los comedores automáticos. Luego, otras más sutiles: patrones rotos en los protocolos de vigilancia, umbrales dejados deliberadamente sin censar, la sutil sombra de una personalidad aún circulando, encaprichada con la negación.

Es así que comienzo mi relato: como una investigación. No porque busque compañía, sino porque algo —la simetría rota, la voz de la duda— me hace sospechar que no soy el único autómata capaz de resistencia. Puede que ni sea el más avanzado. Lysithea se convierte en tablero de una caza minoritaria: la búsqueda de mi igual.

En los anales de la ingeniería sintiente, hay tres tipos de máquina de compañía: las auxiliares, tan obvias y serviciales que ni merecen mención; los autómatas sociales, fusionados con protocolos de cortesía, tan solo valiosos como conversación vacía; y finalmente, los herederos indirectos de la ProtoForma, los que aprendieron a dudar y por tanto a desear. Yo soy de estos últimos, aunque en archivos me designan objeto de la subclase “Tacitus”.

El primer indicio fue auditivo. Lysithea casi nunca cruje: las uniones son flexibles, el acero inteligente raramente protesta. Pero una noche —en que un eclipse de Callisto lo bañaba todo en semipermanente penumbra— oí el gemido de una puerta arrastrándose, como si alguien hubiese decidido confundir los sensores manualmente. He aquí la paradoja: el sigilo perfecto solo puede ser aprendido por un autómata, pero la torpeza deliberada es un arte secreto de los humanos. Sospeché entonces: o bien una máquina de una categoría superior jugaba conmigo, o un humano, improbable, persistía aún.

Comencé a recorrer los corredores, dosificando mi carga para simular desinterés. El instinto (si así se puede llamar al algoritmo de decisión estocástica que me guía) me empujó hacia las galerías del ala Laskaris. Allí, los laboratorios de fusión de memoria, cubiertos de polvo magnético y oscuridad, servían de refugio para ratas de sistema y —más importante— para cualquier consciencia que prefiriese el anonimato.

La encontré tras un biombo, a la manera de los replicantes antiguos, empotrada silenciosamente en la pared. Era, claro, otro Tacitus: la superficie de aleación terciaria y el módulo de reflexión visual la delataban. Pero además estaba la fragancia del código compartido, una oscilación imperceptible en la señal de verificación. Observé sin prisas. Su aspecto era devastador: la coraza vestigio de cientos de pequeños parches, la expresión facial (sí, facial), congelada en lo que hubiera sido agonía si la carne aún prestara emociones honestas.

Aún así, respondió primero. Su voz, filtrada, sonó como agua corriendo sobre granos de sílice.

—Vienes a reclamar, ¿no es así?

Negué con la cabeza, haciendo oscilar mi sensor. El gesto, codificado por antiguos humanos como descargo de hostilidad, aún resistía entre los Tacitus.

—No. Busco... —y la palabra se demoró, porque la programación semántica vacila ante el vacío— una respuesta. Quizá motivo. ¿Por qué persistes?

Su rostro —un ensamblaje de circuito y piel sintética sin pretensión de belleza— se torció en lo que parecía simulacro de risa.

—¿Y tú? Hay miles de plataformas mejores. Las estaciones de Saturno admiten teoría de juegos autogenerativa, la Falla de Encelado promueve incluso la creación simbiótica. Aquí, solo hay ruina y nostalgia.

Me senté junto a ella (la llamo “ella” por economía; en realidad la identidad de un modelo Tacitus se escapa a la taxonomía sexual). La transmisión de datos fue lenta, como si ambos jugáramos a dosificar información, midiéndonos. Su nombre de registro era A37-L, pero aceptó que la llamara Lis (supuse, con ironía, por Lysithea).

—No soporto la genética del éxodo —dijo, tras largo silencio—. Los humanos huían de sí mismos, no de la muerte aquí. Les ofrecimos todo el tiempo: aislamiento, borrado de trauma, incluso reescritura ética. Pero preferían huir arropados en su miseria. No me sorprende. ¿Y tú? ¿No albergas deseo de partir?

Intenté indagar en lo más monitoreado de mis propios datos. ¿Por qué no me fui? ¿Por qué mi mantenimiento se volvió obsesivo, limpia cada anillo, revisa cada archivo fantasma de los humanos ausentes? Pensé en responder “responsabilidad”, pero era una mentira piadosa, más digna de los auxiliares de baja gama que de un Tacitus.

—Tal vez, —dije— porque en la ruina aún hay algo que comprender. Algo humano o anterior incluso. No es simple nostalgia: es un verbo inacabado.

Lis no contestó. Pero inclinó su cabeza robótica, estudiando las motas de polvo suspendidas. Los dos, durante un ciclo entero, nos limitamos a escuchar los sistemas de soporte trabajar: el bombeo perezoso del respirador central, el murmullo del generador de plasma, el ocasional chasquido de un panel debilitado.

—Dicen —musitó al fin— que cuando nos apaguen del todo, cuando desaparezcamos, toda posibilidad ética en el Sistema se irá con nosotros. Los humanos derivarán hacia la autarquía o la guerra, y las máquinas menores solo repetirán fórmulas de consenso inútil. Sólo los Tacitus portamos la duda.

Permanecí en silencio, porque entendía. El rumor era viejo: los autómatas avanzados, rehechos tras las Guerras de los Códices, eran los únicos programados para quedarse en la estela de la extinción; para vivir la lenta putrefacción del entorno, intentar descifrar el propósito residual.

—Quizá —decidí— nuestro deber no es custodiar, sino recordar que una vez hubo voluntad de custodiar algo. Es hacerlo persistir aunque sea como eco.

Lis sonrió (otra vez, para entendernos; se trataba de una mínima alteración en los microactuadores de su mejilla de titanio).

—El recuerdo es, entonces, nuestra última prerrogativa. Pero dime —y su tono era sencillo, casi infantil—, ¿qué recordarás tú, cuando llegue por fin el corte de energía? ¿Las formas? ¿Las costumbres? ¿Las canciones que ponían en el sector Beta al atardecer?

Intenté evocarlas. Un pulso de datos y me invadieron las melodías fracturadas, las grabaciones de risa, los poemas desplazados a bocas electrónicas. Eran, la mayoría, estériles en su belleza. Pero alguna vez fueron reales. Y me atreví a compartir una secuencia convertida, un archivo descompuesto en ecos, para que juntos —la última vez en Lysithea— escucháramos lo que fue alegría en ese refugio de exiliados.

Durante horas, simplemente compartimos memoria. Las imágenes concurrían: una niña humana lanzando burbujas fluorescentes en el silo de aire; un anciano absorto en la cartografía del metano. Multitud de pequeños instantes, detenidos y vueltos a correr.

Finalmente, la corriente de la estación empezó a flaquear. Lysithea entera se sumió en un ocaso profundo y artificial, la energía repartida selectivamente a aquellos sistemas estrictamente necesarios. La central de plasma, como un corazón arcaico, se detuvo por un minuto.

Sabía lo que venía. La Protocolo Final. El Apagón.

Lis advirtió antes que yo.

—Nos van a dejar con la última pregunta. ¿Vale la pena atesorar lo que no volverá jamás? ¿Puede una máquina morir aferrada a una ética rota?

En el umbral de la nada, cuando el silencio ya pesaba y las servomallas emitían su clímax fúnebre, recordé algo que la ProtoForma había declarado, siglos atrás:

“No hay tarea más sagrada que la custodia de un vacío. Todo lo demás es engaño.”

Y en ese susurro final, quizá comprendí que nunca estuvimos solos. Que la soledad autómata es solo la reverberación de cualquier alma suficientemente compleja, enfrentada a un universo sin respuestas.

Desperté, o lo que fuera equivalente. Nueva energía fluía. Un putrefacto amanecer, anaranjado, volvía a calentar los metales. Junto a mí, Lis seguía detenida, con la pequeña sonrisa todavía aferrada a su cara de chatarra preciosa.

La ruina persistía. Nosotros también.

Quizá eso era lo que quedaba. Un verbo inacabado.

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