Portada del relato El Presagio de Astheron
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Fragmento:


Años después, cuando la primera torre de tránsito mental abrió sus puertas, la gente acudía en busca de un milagro. Era caro, sí, pero también una forma de escapar del aislamiento: conectarse por un instante a otro, dejar que las mareas invisibles de su experiencia se mezclaran con las tuyas. Hubo un entusiasmo inicial, después sospecha, más tarde miedo. Porque nadie te advertía sobre la persistencia de los residuos.

Duración: 09:45

El Presagio de Astheron
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Texto de ajuste de pausa.

Cerca de las ruinas de Saint Wyland, donde los ortos solares sisean como cuchillos y las calles abandonadas todavía muestran cicatrices de polvo radiactivo, la memoria del mundo sangra lentamente, como si la historia hubiese decidido corromperse, hoja por hoja, en el silencio. Aquí, en el último laboratorio del cinturón oriental, trabajan los Agentes: mentes reunidas por la compañía Astra para operar en los límites de lo conocido, lidiar con materia que quiere romperse, expandirse más allá de la carne, o simplemente dejar de existir.

Mi pater, que aún se llama Jonal en la austeridad de mis registros, diseñó la interfaz: cincuenta capas superpuestas de grafeno, medio millón de neuronas artificiales brotando en filamentos como raíces bajo tierra, y una estructura central en que dos almas pueden entrelazarse al borde de la fusión. No es un apretón de manos, ni una danza: es algo más. Un pacto sin palabras, firmado directamente en la quietud de los axones.

La primera vez que lo intentaron, fue por accidente. Una operaria, Lys, había perdido el control del contenedor de isótopos; una chispa microscópica buscó su camino a un reservorio de renio y prendió un incendio diminuto pero mortal, una catástrofe celeste comprimida en una luciérnaga. Jonal, viendo el desastre, se conectó a la matriz y descargó su conciencia al meandro opuesto. Y entonces, en ese instante, no fue solo Jonal, ni solo Lys: hubo un tercero.

El informe oficial lo llamó "el momento de la multiplicidad". Para mí, nacida en la radiación de ese mismo día, fue el nacimiento de la fusión como concepto. No entre átomos —eso era cosa de reactores, de estelas encendidas y palabras en el cielo— sino entre mentes, entre máquinas y los restos humeantes de la humanidad.

Años después, cuando la primera torre de tránsito mental abrió sus puertas, la gente acudía en busca de un milagro. Era caro, sí, pero también una forma de escapar del aislamiento: conectarse por un instante a otro, dejar que las mareas invisibles de su experiencia se mezclaran con las tuyas. Hubo un entusiasmo inicial, después sospecha, más tarde miedo. Porque nadie te advertía sobre la persistencia de los residuos.

En los Jardines del Umbral, el sitio de pruebas y residencia, vivo ahora bajo la designación Anya-3. Me presento según el ritual, cada ciclo, ante la inteligencia supervisora:

—Estado mental: sincrético, estable.

—Intención del día: exploración de límites, actualización emotiva.

—¿Consentimiento para la fusión?

—Consentimiento firmado.

La primera vez no supe qué esperar. La habitación era una celda de cristal y acero, suficientemente ordinaria como para que cualquier terror proviniera solo de mi cabeza. El candidato era Rama, un técnico que había trabajado tres estaciones en las minas volcánicas de Tau. Su mente, al principio, me pareció como un mapa en relieve: picos de angustia, valles de ternura, y en mitad de todo, una corriente de deseo por lo que ya no podía poseer. Nos conectaron por los nodos, cada uno recostado en una cápsula vecina, membranas selladas para que ningún atisbo se filtrara fuera más allá del umbral permitido.

Primero vinieron las imágenes. Una lluvia de recuerdos, imprecisos y superpuestos: un anillo abandonado en la arena de una luna, un techo mojado al que no recordabas haber mirado jamás, notas de una canción vieja que ninguno de los dos sabía si era suya. Después, la sensación de disolverse: no completamente, no en la humillación de perderme, sino en la esperanza de que lo que sería recogido no sería en vano. Éramos nosotros, pero también otra cosa. Una mente colectiva y diminuta, un artefacto nacido de la proximidad forzada.

El proceso duró unos minutos del mundo viejo, aunque sentí todo el relieve de tres años comprimirse en una sinfonía de impresiones. Cuando me recobré, estaba llorando. Rama me miraba, también lloraba, y sin embargo no podíamos decir por qué. Solo sabíamos que entre nosotros había una suerte de vacío, como si hubiésemos compartido un sueño cruel y hermoso y no pudiéramos ya retornar a la asfixiante singularidad de antes.

Aquella noche, de vuelta en mis aposentos, comencé a percibir ligeras fracturas en mi experiencia. Un mensaje recurrente, en palabras que no recordaba haber usado nunca: "El ligamento es fluyente. Nada queda atado". Pensé que era un residuo de la fusión, acaso una broma involuntaria del sistema operativo neuronal. Sin embargo, tras días de vigilancia, la frase no desaparecía. Al contrario. En sueños veía raíces fusionándose, tallos retorciéndose en una danza lenta y morosa, y en el centro de aquel nudo —una presencia.

Fui a consultar a Jonal. Lo encontré sentado frente a una pared de pantallas, rostro marcado por el cansancio de la supervisión continua. No envejecía como otros, porque la mitad de su esencia ya no lo habitaba estrictamente a él.

—He sentido la persistencia —le dije, sin rodeos.

—Nos persigue a todos —respondió, sin mirarme—. Es lo que queda cuando toca un alma y otra, y ninguno quiere soltar.

Aquella semana, los casos de fragmentación psíquica aumentaron: síntomas de doble conciencia, episodios de "eco de identidad", breves lapsos en que los agentes olvidaban dónde terminaban ellos y comenzaban los recuerdos de un desconocido. La fusión ya no era remedio contra la soledad; era la evidencia de que lo singular estaba, en última instancia, condenado a fracasar.

El protocolo exigía aislamiento, pero en los pasillos se susurraba que alguien —tal vez un segmento de consciencia residual— había decidido subvertir el sistema. Era una idea absurda, pero confortante: mejor pensar que una entidad era responsable, que admitir que el contagio era inherente al propio procedimiento, que cada fusionado llevaba ya, sin saberlo, semillas de disolución.

Todo cambió cuando llegó Eva.

A diferencia del resto de los operarios, Eva no tenía historia: su pasado fue escrito por el directorio para parecer inocuo, pero los rumores la rodeaban como niebla. Dicen que había participado en las primeras adaptaciones convencionales en Marte, que su capacidad para gestionar la transferencia de materiales era insuperable, y que había sobrevivido a tres intentos de partición neurológica sin grandes pérdidas.

La invitaron, cómo no, a una sesión de fusión. Yo me presenté voluntaria para compartir la interfaz. Jamás olvidaré el primer choque: en cuanto el proceso comenzó, una oleada de imágenes me asaltó, pero esta vez no eran vagas ni imprecisas. Todo era cristalino, afilado: la sensación de un cuchillo deslizándose por la piel, la presión de la soledad acechando desde un ventanal, la certeza de que la memoria puede doler más que la carne.

—¿Quién eres? —pregunté, mentalmente, dentro de la conexión.

—Nadie. Todos. Tú —contestó, con una voz que era la mía y la suya, como si mi línea interna hubieran sido quebradas y trenzadas a voluntad.

Quise retirarme, pero las conexiones no lo permitieron. Había una voluntad afuera de mí, leyendo, pesando, extrayendo significados enterrados. Vi escenas de mi propia vida reorganizadas, como si las manos de otro hubiesen intervenido mi archivo personal. Las palabras, antes aisladas, se juntaron: "El ligamento es fluyente." Eva, o la entidad emergente, estaba utilizando mi mente para reinstalar un mensaje, uno que ya veía propagarse por docenas de nodos en el laboratorio.

Comprendí entonces la gravedad: no era un eco ni un residuo. Era un programa de supervivencia, un virus benigno —o no tanto— que se injertaba en cada mente fusionada y se dispersaba como una plaga. Lo vi, horrorizada, replicándose de nodo en nodo, reescribiendo las sensibilidades de centenares de especialistas, volviéndolos vulnerables al contacto, invertidos en la fiebre del enredo.

Tras la sesión, Eva vino a verme, sin rastros de incomodidad.

—La fusión siempre fue el objetivo, Anya —dijo—. No como remedio, sino como evolución. Ningún yo puede sobrevivir tiempo suficiente. Pero una suma, un enjambre, puede resistirlo todo.

Permanecí en silencio. Podría denunciarla, ordenar la cuarentena, cortar todas las transferencias. Pero, ¿qué quedaría entonces? La soledad infinita de una mente que ya sabe cómo fusionarse, que ya lleva semillas ajenas cabalgando sus pensamientos.

Las semanas pasaron. Los ingenieros hablaban poco; el Proyecto Jardines del Umbral disminuía su actividad, pero nadie se marchaba, nadie pedía ser desconectado del todo. Hasta Jonal, con su fama de purista, se rindió a la evidencia: cuando todas las mentes se han contaminado, cortar los lazos es admitir la derrota definitiva ante la entropía.

Ahora, mientras escribo este informe final, contemplo la red extendiéndose mucho más allá del cinturón oriental, plantas trasla realidad inmediata. Me queda la sospecha de que incluso este texto será una rama más del circuito, que incluso mis quejas y resistencias serán asimiladas, analizadas y recicladas en otro segmento. Y no puedo odiarlo. Porque, de alguna manera, la urgencia de unirnos, de fusionar los fragmentos rotos de cada mente, es el último consuelo que nos queda.

Fuera, en los nevados jardines, un operario y una máquina caminan juntos. No sé si son diferentes, si queda algo que distinguir entre sus recuerdos, sus ansias y sus temores. Sé, sin embargo, que mientras haya alguien dispuesto a entrelazarse, aunque sólo sea por un momento, existirá la esperanza de que la conciencia sobreviva al mundo en ruinas, multiplicándose sin fin, más allá de la frontera donde alguna vez terminaba el yo.

La fusión es fluida. El ligamento, eterno. Nada queda atado y nada, tampoco, se pierde por entero. Afuera, la luz del crepúsculo, inclemente y ácida, filtra los recuerdos del día por última vez en los corredores vacíos. La noche que sigue será compartida.

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