Portada del relato Sombras sobre Argón
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Fragmento:


En la pantalla flotaba una frase: “Hasta las paredes sueñan con libertad”.

Duración: 08:32

Sombras sobre Argón
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Texto de ajuste de pausa.

Desde hacía décadas, Argón resplandecía bajo su cúpula translúcida. El domo, visible incluso desde la órbita baja, era la máxima manifestación del consenso: nadie entraba ni salía sin el visto bueno del Consejo Central, y dentro, todos respiraban el mismo aire reciclado y la misma disciplina común. Nik Varent, a sus treinta y seis años, había aprendido a adaptarse a ese ambiente asfixiante, incluso a encontrar cierto placer en los rituales diarios de sumisión tácita. Un gesto repetitivo de inclinar la cabeza ante los agentes del consejo en sus uniformes color burdeos, de aceptar la vigilancia permanente de los drones, de celebrar la armonía cotidiana en la Gran Plaza durante los días de Orden.

La historia oficial siempre hablaba de tiempos antiguos donde reinaba el caos, las pasiones sin control y las opiniones libres. Ahora esas palabras tenían la textura de las viejas leyendas, cansadas y polvorientas, conservadas apenas por algunos ancianos más temidos que respetados, y por los oficiales de Memoria, encargados de que nadie olvidara que Argón había sobrevivido por obedecer.

Nik trabajaba en el Departamento de Coordinación, una celda anodina de funcionarios donde cada jornada consistía en cotejar información sobre la productividad vecinal. Su mesa era espartana: ni una hoja extra, ni un bolígrafo de más; todo debía regresar al final del día a su lugar impoluto, y las cámaras —ocultas en las esquinas, bajo los paneles brillantes— vigilaban incluso el tiempo invertido en abotonarse la chaqueta.

Aquella mañana, la rutina se quebró en pleno desayuno. Una vibración sorda corrió por la mesa de la cocina comunitaria cuando su dispositivo de notificación personal emitió un pulso largo: mensaje prioritario. Nik, templado a soportar los sustos de la autoridad, miró de reojo la pantalla. Solo una palabra en letras gruesas:

Comparecer.

No era una invitación ni una orden directa de arresto, pero todos sabían lo que significaba, o preferían fingir lo contrario. El mensaje le indicaba presentarse en el pabellón 9C, sala de Procesos 17, a las nueve. Restaban treinta y ocho minutos.

Afuera, la ciudad empezaba a poblarse con filas de gentes enfundadas en uniformes idénticos. El aire filtrado tenía ese aroma a desinfectante y agua, y sobre la acera los drones zumbaban, captando todo: gestos, voces, pasos. Nadie se apartaba, nadie saludaba a Nik, pero todos lo notaban: el brillo azul en la pantalla de notificaciones era una marca visible de sospecha.

Procesos 17 era una sala helada y sin ventanas cuya única decoración era el escudo del Consejo Central tallado en la pared, acompañado de la consigna: “Nuestra Seguridad es Nuestra Paz”. Nik esperó sentado sin moverse ni un milímetro en su silla metálica, sintiendo el sudor dibujar líneas invisibles por su espalda.

La puerta se deslizó con un susurro y entró la directora Delia Myr, rostro grave, ojos grises tras unas gafas sin armazón. A su lado, un hombre de rostro inexpresivo, vestido con el uniforme de la División de Pensamiento, la sección del consejo encargada del control ideológico.

—Ciudadano Varent —dijo Delia, consultando su tableta—. Se le requiere aclarar el origen de una comunicación interceptada ayer a las 21:42. ¿Reconoce este texto?

En la pantalla flotaba una frase: “Hasta las paredes sueñan con libertad”.

Nik supo que negar no serviría de nada. Había tecleado aquellas palabras en un acceso privado, pensando que el canal 8A estaba desactivado para monitorización, pero el sistema siempre tenía un ojo nuevo.

—Fue un pensamiento privado —dijo él—, no compartí esas palabras.

Delia resopló, como si la frase fuera un perfume vulgar que llenaba la sala.

—No hay privacidad en Argón. ¿Conoce las normativas, verdad?

Nik asintió. Por encima de su hombro, el hombre de la División de Pensamiento lo miraba sin parpadear, evaluando el temblor de sus pupilas, la tensión de la mandíbula, calibrando si era un error aislado o algo más profundo: una tendencia al disenso.

—No se le acusará —agregó Delia—, pero deberá participar en el programa de Reeducación. Tres meses.

El estómago de Nik se contrajo. Sabía de qué se trataba: horas de sesiones audiovisuales, repeticiones interminables de mantras del Consejo, simulacros de debates donde lo correcto siempre era lo proclamado por la autoridad.

Al salir, no encontró más consuelo que el ruido anodino de los pasillos. El mundo de Argón lo observaba a través de miles de ojos electrónicos y corazones indiferentes. Al volver a su cubículo, encontró la cama infernalmente ordenada y la pequeña planta de oxígeno suplementario —su único lujo permitido—, con las hojas torcidas. ¿Habían revisado su habitación, o era solo su paranoia jugando con sus nervios?

Semanas después, la reeducación había erosionado alguna sensibilidad en Nik, pero solo en la superficie. Si algo quedaba claro era que el miedo era la savia que alimentaba a la cúpula, y que cada uno de los habitantes de Argón, incluso los miembros del consejo, vivía prisionero: todos vigilantes y vigilados, todos atrapados en la necesidad de cumplir y sobrevivir.

Una noche, mientras repasaba los ejercicios de autocrítica obligatorios, su tableta vibró con una señal desconocida. El dispositivo, sellado por el Departamento de Seguridad, nunca debía aceptar señales externas, pero en la pantalla surgió un icono nunca visto: un ojo cuyas lágrimas caían en color rojo.

Al tocarlo, una secuencia de imágenes le mostró lugares de Argón donde los drones parecían dormir y las cámaras giraban en ángulos ciegos. Instrucciones mínimas, en líneas cifradas: “Encuentro a medianoche, sector B, sala de Reciclaje XII. Ven solo”.

Nik pasó la tarde luchando contra sí mismo. Sabía —todos sabían— que las verdaderas conspiraciones eran imposibles. El Consejo Central tenía tentáculos en cada rincón, y sin embargo, algo en la torpeza de la señal, la torpeza del mensaje, lo hizo sentir que detrás había una vulnerabilidad, una grieta. Y donde hay grietas, hay esperanza.

A la medianoche, se deslizó por los pasillos laterales, evitando los corredores principales donde el flujo de sensores era más denso. La sala de Reciclaje XII era una bóveda silenciosa, llena de bolsas de nutrientes descartados y piezas de tecnología descompuesta. Allí, en la penumbra, lo esperaba una figura pequeña, encapuchada.

—Nik Varent. Has despertado —susurró una voz femenina.

Se llamaba Mara. Según le confesaría, era parte de la Red de Espectros, un grupo diminuto de técnicos y viejos científicos que, desde hacía años, encontraba errores en el sistema de vigilancia y los usaba para comunicarse, persuadir, preparar. No buscaban la revolución ni la caída del Consejo —no era posible—, sino crear espacios de respiro, grietas donde el pensamiento pudiera sobrevivir. Literatura recuperada, conversaciones, gestos de humanidad.

—¿Cuánta gente hay como nosotros? —preguntó Nik.

Mara lo miró con tristeza.

—Pocos. Pero suficientes para mantener la memoria viva. No podemos cambiar Argón, aún no. Pero sí podemos dejar señales para los que vendrán. Semillas de duda.

Nik dudó. La seguridad era suprema; la rebelión, certeza de muerte. Pero pensó en la frase interceptada: “Hasta las paredes sueñan con libertad”. ¿Y si ese sueño era el último acto de resistencia? Tal vez, si más personas comenzaban a soñar con otra cosa, Argón no sería tan inexpugnable.

Esa noche, Nik decidió unirse a los Espectros. Sus días no cambiaron: a los ojos del Consejo Central siguió siendo un funcionario correcto, anodino, reeducado al extremo. Pero en las noches, las grietas invisibles de la ciudad le regalaron la esperanza de que, algún día, el aire detrás de la cúpula, el aire de todos, sería libre.

Pasaron los años. Jamás hubo un levantamiento ni una caída estrepitosa. Pero un día, alguien encontró inscrito en la base de una consola energética, con letras minúsculas, la frase prohibida. Y así, en rincones secretos y más tarde en ecos de conversaciones, la consigna se esparció: “Hasta las paredes sueñan con libertad.”

Y entonces la cúpula, aunque no tembló ni cayó, comenzó a llenarse de grietas invisibles. Porque hasta el aire más puro puede portar el germen indestructible de la rebeldía. Porque los sueños, hasta los de las paredes, nunca se pueden arrestar del todo.

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