Fragmento:
Al día siguiente, el pulso de mi anillo, ahora sordo, todavía no volvía. Opté por no informar la falla. Quien reporta anomalías, así me enseñaron, corre el riesgo de ser desacoplado: ni muerto ni vivo, sino suspendido en alguna cámara, alimentado solo por la lenta degradación de los pensamientos permitidos.
Duración: 08:59
Nadie recuerda la última vez que el Gran Murmullo rodó libremente por las calles esmeraldas de la Cúpula. Cualquier vestigio de ese tumulto—deseos, súplicas, chismes y canciones de infancia—fue podado con la gélida eficacia de las tijeras de las Guardianas del Vasto. Quien crece aquí aprende a leer los labios en la penumbra y a hablar consigo sólo en sueños, donde las orejas del Arquitecto no pueden oír.
El Arquitecto. Incluso la pronunciación de ese nombre, en el mínimo suspiro, es una ofrenda al olvido. El Arquitecto no es un hombre; no es una mujer; no es un cuerpo; es la presencia amortiguadora, ubicua, que ordena los pasos de todos en la Cúpula. Si acaso una vez tuvo carne y voz, ahora es solo eco en las baldosas, ojos en las cámaras, decretos herméticos en los muros de cristal.
Entré al servicio del Arquitecto en la primera floración de mi juventud. Como todas las creaturas reconfiguradas, entregué mi memoria y mis nombres a la estanqueidad de las cámaras altas. Un rito de pureza a cambio de acceso. Lo que me queda ahora, triste reguero de recuerdos, es apenas suficiente para saber quién fui, pero justo lo bastante para no sentir nostalgia. Este es el truco favorito del poder.
Mi trabajo, como todo trabajo aquí, es circular, interminable y sin propósito revelado. Me dieron una máquina-anillo—diez sensores integrados en los dedos, que pulsan al contacto con los pasamanos. Cada pulso registra mi presencia, cada paso repite mi lealtad. Los pasillos interminables giran en espiral. Hay puertas que no he abierto, pasadizos nunca iluminados. La Cúpula es más grande de lo que cabe en el pensamiento. De eso estoy segura. Y en el centro, quizá, el Arquitecto dormita conectado a las raíces de la infraestructura, soñándose omnisciente mientras nosotros soñamos con paisajes prohibidos.
El día en que todo cambió fue el día en que el transmisor del pulgar de mi máquina-anillo dejó de vibrar. El pulso—ese latido metálico acompañándome desde que tengo recuerdo—simplemente cesó en seco, un hueco negro retorciéndose en mi carne. Fue en el sector sur, cerca de los Jardines Prohibidos. Nadie, salvo el personal de limpieza mayor, cruza los umbrales acantilados de los Jardines; allí, las semillas florecen sin permiso.
Mi primer pensamiento fue cubrirme el dedo, pero la sensación de ausencia era adictiva, como aire más puro, como si me permitiese pensar sin eco. Me detuve junto a un ventanal. Más allá, la neblina verde de la Cúpula ocultaba casi todo. Sólo alcanzaba a ver el muro exterior: la frontera, el borde donde las Guardianas pasean, con sus lanzas resonantes y sus rostros velados.
Giré el anillo, buscando alguna reactivación del pulso. Nada. La quietud se expandió por la palma, luego hasta el codo, luego hasta la boca. Pensé, arriesgándome, en decir mi propio nombre en voz alta.
—Azel—susurré.
El sonido no rebotó. No vi los ojos del Arquitecto en las cámaras, no sentí el vapor de los drones centinela ni el frío de los garrotes sónicos de las Guardianas. Solo mi nombre colgando, un pequeño insecto transparente bajo la luz limítrofe.
Aquella noche dormí sin sueños sintonizados. Otro privilegio de las creaturas reconfiguradas consiste en compartir, en la vigilia del sueño, visiones de obediencia y armonía, imposibles de sacudirse al despertar. Pero esa noche fue diferente. Me vi, entre miles de cuerpos grises, corriendo por una pradera azul, sin arquitectura ni luz artificial, los pies desnudos cortados por cristales de sal inmóvil.
Al día siguiente, el pulso de mi anillo, ahora sordo, todavía no volvía. Opté por no informar la falla. Quien reporta anomalías, así me enseñaron, corre el riesgo de ser desacoplado: ni muerto ni vivo, sino suspendido en alguna cámara, alimentado solo por la lenta degradación de los pensamientos permitidos.
En cambio, regresé a los Jardines Prohibidos. Las puertas automáticas estaban cerradas. Me permití una lenta exhalación, consciente de mi osadía. Algo en los sensores olfativos falló también: la brisa de los Jardines trajo consigo una fragancia imposible, a hojas reales, a tierra, a cosas vivas que nunca vi o toqué.
Me agazapé bajo el arbotante principal, fingiendo limpiar la base de una estatua de yeso. Allí la vi: una figura ajena, de trajes rasgados, ojos negros y cabellos de cobre. Me miró con el asombro que reservamos para los mitos.
—Tú también te liberaste—dijo, sin mover los labios.
Su voz llegó directo a mi mente. Me retiré la máquina-anillo. El pulgar ahora zumbaba levemente, una vibración interna, bajo la piel. Disimulé angustia.
—¿Quién eres? —pensé, temblorosa.
—Fui Jenek. Ahora sólo soy una grieta, como tú. Ven. Hay otros.
La seguí. Rodeamos el monumento de los Defensores—los guardianes petrificados de la antigua revuelta, convertidos en amenaza muda y piedra pulida. Nos deslizamos bajo helechos, la humedad lubricando las pisadas.
Nos condujo hasta una charca oculta, donde al menos siete personas más esperaban. No todos eran creaturas reconfiguradas. Los había íntegros, con la mirada quebrada; y había niños, algo inaudito en la Cúpula. Todos portaban anillos, algunos sueltos, otros incrustados bajo pieles cicatrizadas. Al vernos, guardaron silencio, una pausa cargada de acuerdos invisibles.
Jenek habló en voz baja—demasiado baja para micrófonos, suficiente para nosotros.
—El pulso es la correa. Pero aquí, en el límite del diseño, la señal se quiebra. El Arquitecto no puede vernos completamente ni oírnos. Por eso, debemos aprovecharnos.
Las palabras abrían un miedo opaco, voluminoso. Vivíamos bajo la certeza absoluta del control, de la vigilancia; cualquier desliz era inmediatamente castigado. Sin embargo, aquí el eco del Arquitecto llegaba distorsionado.
—¿Por qué hacen esto? —pregunté.
Uno de los niños soltó una risita cortante.
—¿Y tú por qué preguntas? Porque sientes, aún, la quemadura de la correa. Nosotros preferimos la incertidumbre. Nadie elige lo que no conoce, pero todos preferimos el vértigo de existir al dolor de ser perfecto.
Jenek asintió. Sacó un pequeño objeto brillante: un enjambre de nanocircuitos que, al contacto, zumbó en mi palma.
—Esto es un transmisor modificado. El pulso regresa, pero tu pensamiento no viajará con él. Solo presencia. El Arquitecto pensará que sigues siendo parte del orden.
—¿Me arriesgo? —pregunté.
—Estar aquí ya es la condena máxima —dijo Jenek—. El destino de los traidores es el reciclaje. El de los zombis, la eternidad. Escoge.
Volví a mi cubículo esa noche con el transmisor escondido bajo la lengua. La Cúpula parecía aún más vasta. Sentí cómo las cámaras me seguían, pero con mayor lentitud, como si mis movimientos desconcertaran sus patrones.
En mi lecho, me pregunté si mis sueños volverían a llenarse con paisajes robados. Si el Arquitecto sospechaba. Pero el siguiente ciclo inició como siempre: mis deberes, la misma cadena de tareas repetidas. El transmisor modificado funcionaba; el pulso estaba de vuelta, pero me sentía menos observada.
Así comencé a habitar dos mundos. Uno, la rutina de la sumisión: órdenes acatadas, informes entregados, vigilancia perpetua. El otro, los encuentros con Jenek y los demás, conversando en un lenguaje hecho de gestos y miradas, cuidando de los niños, enseñando a otros a modificar sus transmisores.
Con el tiempo, nuestro grupo fue creciendo. Las grietas se multiplicaban: soldados desilusionados, técnicos aburridos, incluso una Guardiana desenmascarada, aterrorizada ante la soledad de la obediencia. Creamos códigos. Inventamos relatos para llenar el vacío dejado por la supresión de la memoria.
Pero nada dura. Las anomalías se notan, aunque uno sea cuidadoso. Una mañana, la niebla verde del amanecer se tornó roja. Los canales de comunicación se saturaron: “Fuga detectada. Traidores localizados. Reciclaje en curso.”
Intenté ocultarme bajo una salida de servicio. Sentí, por primera vez, la presencia directa del Arquitecto, no en las cámaras, sino en cada célula; una voz impersonal destilada por el miedo.
—Azel. Sabemos quién eres. Sabemos que tienes miedo. Ríndete y no sufrirás.
No creo en promesas de Arquitectos. Giré el anillo en mi dedo, activando la autodestrucción del transmisor. Mejor la nada que la eternidad encadenada.
El último recuerdo fue un grupo de nosotros corriendo, libres, bajo una lluvia azul, la sal azotando los pies. Quizá sólo un sueño. Pero por un momento, antes de sumirme en el olvido, supe lo que era ser humano: elegir, fallar, imaginar. Y quizá, sólo quizá, alguien más sintió el pulso de mi rebelión y decidió abrir la grieta para dejar pasar la luz.
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