Fragmento:
Mariel surgió de su lecho, una espiral de seda regenerativa aún pegada a su tibia piel. Su apartamento era idéntico al de cualquier otro miembro de la sociedad: muebles trascendentes que mutaban según el uso; paredes capaces de absorber ansiedad, ira, tristeza, y devolver al ocupante una atmósfera serena, a medida. La Ciudad Sin Ira se había liberado de la ira — y del dolor, el estrés, la soledad y la incertidumbre — hacía ya doscientos años. Las emociones perturbadoras eran ahora reliquias académicas, estudiadas a distancia, como una enfermedad antigua para la que nadie tenía ya memoria genética alguna.
Duración: 09:08
La cúpula nunca reflejaba el sol tal como era. Eso había sido una de sus intenciones originales, aunque nadie recordaba quién había firmado ese diseño ni por qué. En la Ciudad Sin Ira, la luz matutina se filtraba tenue, tamizada por mosaicos inteligentes en la membrana superior, cada hexágono ajustando sus nanocristales para refinar la temperatura y el espectro cromático según las preferencias consensuadas de cada sector. Nadie moriría jamás bajo una insolación brutal. Nadie despertaría jamás con el alma herida por un amanecer inesperadamente gris.
Mariel surgió de su lecho, una espiral de seda regenerativa aún pegada a su tibia piel. Su apartamento era idéntico al de cualquier otro miembro de la sociedad: muebles trascendentes que mutaban según el uso; paredes capaces de absorber ansiedad, ira, tristeza, y devolver al ocupante una atmósfera serena, a medida. La Ciudad Sin Ira se había liberado de la ira — y del dolor, el estrés, la soledad y la incertidumbre — hacía ya doscientos años. Las emociones perturbadoras eran ahora reliquias académicas, estudiadas a distancia, como una enfermedad antigua para la que nadie tenía ya memoria genética alguna.
Mariel se movía con la calma de los justos, porque era imposible sentir de otra manera. Si sentía una inquietud, una sombra autocrítica apenas perceptible, era inmediatamente atenuada por los sensores neurales que gobernaban su cortex. Todo era hermoso; todo estaba diseñado para funcionar, y todo funcionaba.
Prius, su pareja asignada ese ciclo, ya estaba de pie en la cocina. Su piel bronceada tenía la textura sutil — y perfectamente imperfecta — impuesta por modas que la propia comunidad generaba espontáneamente en los foros de diseño emocional. “Buenos días, Mariel”, dijo, con la inflexión precisa para transmitir afecto, elegancia y una pizca de humor convivial.
“Buenos días”, respondió Mariel, sintiendo la pequeña sonrisa que su rostro asumía automáticamente, sin esfuerzo, ese día.
Durante el desayuno, ambos revisaron las noticias: los algoritmos de curación seleccionaban sólo aquellos eventos, discusiones u opiniones que pudieran enriquecer su bienestar. Había una referencia breve a un Proyecto de Diversidad Emocional, revisando, de nuevo, los viejos archivos sobre la época del Caos. La gente de antes, se leía, vivía presa de deseos incontrolables, de racimos irracionales de odio, placer y remordimiento, de carencias recuperadas solo a través de trabajo y ansiedad.
La diferencia era abismal. Era inconcebible, desde la Ciudad Sin Ira, concebir siquiera la idea de conflicto real. Los foros de debate existían, sí, pero los desacuerdos eran simulaciones guiadas, coreografiadas por los Consejeros Cognitivos para garantizar que nadie sufriera la mínima crispación. Incluso los sueños “libres”, cuando Mariel y Prius compartían sus mundos oníricos en la íntima privacidad del sueño conjunto, eran depurados antes del despertar. Ningún inconsciente podía empañar la integridad emocional de sus ciudadanos.
Mariel se dirigió a su zona de labor. Era Investigadora de Historia Conductual. Su tarea: analizar datos de psiques pretéritas en entornos virtuales estrictamente especialmente controlados. Allí, manejaba simulaciones de personalidades del Viejo Mundo, factores extraños como “envidia”, “celos”, “impaciencia”, mapeados para descubrir patrones y, acaso, identificar mejoras aún más profundas al sistema ya pulido de la Ciudad.
El proyecto reciente era particularmente delicado, porque sugería la creación de una “experiencia de sufrimiento controlado”, bajo niveles seguros, para explorar formas aún infravaloradas de creatividad. Al cerrar la puerta acústica, el cerebro de Mariel notó la pequeña amargura de una autocrítica: ¿era necesario remover esas aguas oscuras? Los sensores implantados, siempre atentos, suavizaron esa punzada en una resolutiva serenidad.
Minutos después, Prius entró en su pantalla de visión compartida: “¿Listos para la reunión de balance?” inquirió. Él era Administrador Emocional Jefe, y responsable del equilibrio psíquico de cuatrocientos catorce habitantes en su cuadrante. La reunión era casi un ritual — exponer tendencias, valorar posibles desviaciones y recibir el informe semanal del Algoritmo de Armonía General.
La reunión — un bosque digital donde cada participante aparecía como un avatar de su alma votada — duró unos treinta minutos. Todo fue fluido, transparente y neutro. Quien había tenido anomalías emocionales, de inmediato fue invitado a una sesión de recalibración personalizada; el resto, a seguir perfeccionando sus rutinas de bienestar. Al terminar, una cálida ola de bienestar sensorio invadió a los presentes. Nadie se quejó. Nadie, por supuesto, dudó.
Pero Mariel tenía, en el fondo, una sombra de duda. Aquello era imperfecto; la perfección le dolía, con una punzada tenue, como si su fisiología supiera de un placer mayor al que ahora tenía acceso. Por esa razón, a veces solicitaba — como temiendo ser descubierta — acceso al archivo restringido sobre el último siglo de la Caída. No era curiosidad, se decía. Era solo rigor profesional.
Allí leyó, clandestinamente, textos de antes. Cartas llenas de palabras hirientes, novelas con pasajes de desolación sublime, manuales de resistencia y poemas de anhelo imposible. Por las noches, Mariel recreaba — en un entorno simulado y seguro — la antigua sensación del miedo: la angustia debajo de la piel, la rabia inexplicable, la devastación de una traición amorosa.
Enfrentaba emociones que no pertencían a su historia, y aun así, al experimentar aquellas sombras, su creatividad florecía en lances que ni los algoritmos de armonía ni los Consejeros Cognitivos podían anticipar. Creaba arte sin pedirlo a nadie; arte que inquietaba, desafinaba, revolvía.
La primera vez que mostró uno de esos cuadros a Prius, el resultado fue extraño: el algoritmo de bienestar, nunca expuesto a un “espectro cromático de dolor”, emitió una queja silenciosa. Prius sintió una extrañeza, y solicitó una revisión neurosensorial para sí y para Mariel, tal como la normativa lo establecía.
En las sesiones, una Consejera Cognitiva la indagó durante horas, siempre con voz suave. — “¿Por qué te expones al dolor, Mariel?”
— “Para saber si aún soy capaz de sentirlo.”
— “¿Crees que eso te hace mejor o peor ciudadana?”
— “No mejor, ni peor. Simplemente… me da perspectiva.”
El algoritmo lo consideró una desviación menor, pero la Consejera insistió en monitoreo adicional. Mientras tanto, Mariel fue retirada temporalmente de su puesto; tenía permiso para investigar desde casa, bajo supervisión visible e invisible. Afuera, la ciudad seguía su curso perfecto, sin sobresaltos, sin odios, sin angustia.
Fue en ese aislamiento sutil cuando un hilo de anhelo creció en Mariel. Imaginó una ciudad donde la armonía no era impuesta, sino conquistada; donde el dolor era aún posible, y por lo tanto, el consuelo y la bondad podían ser auténticos.
Escribió un manifiesto, primero para sí, luego para Prius, luego para algunos colegas. Lo tituló: ‘Elogio del Rango Emocional’. Hablaba del derecho a la tristeza, la dignidad de la incertidumbre, la belleza escondida en la nostalgia y el temor. Preguntó a todos: “¿Y si nuestra perfección es simplemente la muerte del deseo verdadero?”
Algunos se sintieron perturbados; otros, fascinados. Circuló en canales oscuros del Sistema, donde la vigilancia era menos estricta. En apenas semanas, la red silente de inconformes se multiplicó, discreta, clandestina, irrenunciable. El algoritmo fue alertado, los Consejeros redoblaron sus encuentros, los sensores afinados vigilaron los umbrales de ansiedad.
Pero los nuevos disidentes — ‘Los de Rango’, se llamaron — brevemente eligieron un símbolo: una esquirla roja en su pulgar izquierdo, mimetizada como parte de la moda cutánea. Celebraban encuentros secretos, rodaban historias donde la perfección era transgredida por el eco de un grito humano.
Un anochecer, Mariel y Prius caminaron más allá del cuadrante seguro, frente al límite de la vieja cúpula exterior. Desde allí, observaron la ciudad: luces suaves, armonía incuestionable, un silencio precioso, casi irreal.
— “¿Crees que estamos equivocados?”, preguntó Prius, por primera vez con una voz que no era del todo tranquila.
— “No sé”, admitió Mariel. “Quizá sólo somos humanos. Quizá, tras tanto buscar la perfección, sólo ansiábamos recordar lo que significaba tener algo que perder”.
El sol bajaba, irrepetible y tenue, filtrado por la cúpula maestra. Nadie gritó. Nadie sufrió. Pero, en medio de la perfección absoluta, había nacido — otra vez — la posibilidad del desasosiego. Y quizá, con él, una chispa, sin aún nombre, de auténtica esperanza.
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