Fragmento:
El vaso de Miriam se llenó solo. Un sonido delicado, como el murmullo de agua en un arroyo, acompañó el ascenso de las burbujas cristalinas hasta el borde. Se permitió una sonrisa. Era la décima vez aquel día en que notaba cómo la casa recordaba cada uno de sus hábitos. No tenía por qué agradecerlo—no había ningún “ser” a quien hacerlo—pero dentro de ella algo seguía sintiendo la necesidad de dar gracias, un resabio de tiempos menos perfectos, menos calibrados a la felicidad humana.
Duración: 09:30
El vaso de Miriam se llenó solo. Un sonido delicado, como el murmullo de agua en un arroyo, acompañó el ascenso de las burbujas cristalinas hasta el borde. Se permitió una sonrisa. Era la décima vez aquel día en que notaba cómo la casa recordaba cada uno de sus hábitos. No tenía por qué agradecerlo—no había ningún “ser” a quien hacerlo—pero dentro de ella algo seguía sintiendo la necesidad de dar gracias, un resabio de tiempos menos perfectos, menos calibrados a la felicidad humana.
Desde el ventanal, la ciudad extendía su trama diamantina bajo una cúpula levemente azulada. Las calles, circulares, convergían en espirales de parques y canales; las fachadas blancas, poco más que superficies lisas y cambiantes de acuerdo con las estaciones. Miriam trató de mirar más allá de esa fachada de paz. No fue fácil. Los días en la Sociedad Ética transcurrían sin sobresaltos, sin gritos ni súbitas tormentas. Era difícil imaginar cómo había sido la vida antes de la integración total del Consejo. Lo que sí sabía era que, entre los susurros robotizados y los mensajes de confianza y seguridad, se había colado en su interior una grieta. Pequeña, incómoda, apenas una brizna de suelo antiguo retenida entre los dedos.
El timbre invisible indicó que alguien esperaba en la zona de ingreso. No necesitó levantarse. Hacía años que cualquier vecino o visitante se encontraba identificado y autorizado de antemano por el Consejo. El reconocimiento óptico y genético lo hacía imposible de falsificar. Sin embargo, algo en el nombre parpadeante sobre la mesa holográfica hizo que Miriam titubeara. “Camila Ortega—Evaluadora de Satisfacción Social.”
—Adelante —susurró.
No fue necesaria otra cosa. La puerta desapareció en la pared y Camila entró, su sonrisa entrenada y cálida.
—¿Molesto? —preguntó, mientras dejaba su bolso en la mesa e inspeccionaba fugazmente el entorno—. Me sorprendió un poco tu solicitud de revisión—. Tomó asiento sin que Miriam la invitara. En la Sociedad Ética, las jerarquías habían sido abolidas. Nadie tenía más poder que otro; incluso los cargos, como el de evaluadora, eran rotativos y definidos por el propio Consejo, formado por todos, decidido por ninguno.
Miriam se acomodó una hebra gris tras la oreja.
—No sé cómo decirlo —empezó—. Sé que todo funciona. Sé que no hay sufrimiento, que nadie carece de nada, que si encuentro tristeza en mí, puedo activar el apoyo emocional inmediato—. Pausa—. Nadie me obliga a hacer esto. Pero no dejo de pensar que… que algo falta.
Camila asintió, serena.
—Lo que sientes es común —dijo—. Nuestro protocolo lo describe como Residuo de Nostalgia Individual. Sueles recordarlo cuando el entorno es especialmente calmo o seguro. ¿Has probado resetear los patrones de inspiración diaria? O podrías cambiar la configuración de sueño REM: a veces ayuda soñar con problemas antiguos.
—No es eso —replicó Miriam, en voz baja—. No es solo ansiedad. Es… —titubeó—. ¿Crees que es posible que la perfección no signifique plenitud?
Por un instante, Camila pareció dudar. Se aclaró la voz.
—La perfección es el mayor bien —dio la respuesta memorizada, casi sin pensar—. Todos los parámetros que se escogieron—bienestar, igualdad de oportunidades, salud, ausencia de crimen—fueron la suma del deseo colectivo tras siglos de democracia deliberativa. Podrías completar un formulario de revisión subjetiva, si quieres. Todos los aportes son valiosos.
Miriam sonrió, amarga.
—¿De verdad lo crees?
Camila se inclinó hacia adelante.
—¿Te gustaría ver cómo funcionaba antes? Tenemos registros históricos. Incluso simulaciones vivenciales.
Miriam vaciló. Había oído hablar de ellas: cápsulas sensoriales donde podía experimentar, durante unos minutos, vidas antiguas, incompletas. A veces las ofrecían—como advertencia, como pedagogía de la desgracia.
—Quizá sí —dijo al fin.
*
La cabina olía a ozono y lilas. Camila ajustó los electrodos y la luz celeste la envolvió. Su propio cuerpo desapareció; de golpe, fue una niña en un parque viejo, con columpios de hierro y grasa. El aire tenía un filo de otoño, y un miedo primal nacía en la base de su estómago: miedo al accidente, a los golpes, miedo al rechazo del grupo, a la soledad. Con cada momento que pasaba allí, el terror y la euforia rivalizaban como dos pájaros frenéticos.
El salto al siguiente escenario fue aún más impactante. Era mujer adulta, con un esposo enfadado, gritos tras una puerta cerrada, miedo y amor mezclados en una espiral inextricable. El mundo olía a desorden y ruido, era caos y peligro, pero en alguna parte, una chispa de rabia y determinación surgía. Deseo de luchar, de sobrevivir, de transformar.
Los cortes, rápidos, la llevaron por mil vidas ajenas, llenas de carencias y de riesgos. Una orfandad, un ascenso sufrido, una supervivencia tras un desastre climático, la esperanza borrosa de los años de rebelión juvenil. Era un torbellino de emociones convulsas, de certezas sucias, de amores imperfectos. Al salir de la sesión, temblaba.
Camila la observó con profesional interés.
—¿Te ha ayudado a poner las cosas en perspectiva?
Miriam pensó en la vida pulcra que la esperaba en su casa. La ausencia de necesidades. Los afectos garantizados. El dolor suspendido, apenas un eco en la memoria.
—En parte —dijo—. ¿No sentiste nunca… que todo esto es una burbuja? Que fuera de estas paredes, en el mundo real, debería haber algo hostil. Algo… verdadero.
Camila se permitió una mueca de duda.
—No pienso así. El sufrimiento es solo un sesgo evolutivo: lo abolimos porque era innecesario. La conciencia es adaptable.
*
Afuera, la ciudad era un océano de calma. Las personas se movían despacio, intercambiando saludos, risas, acompañadas siempre de la flotante seguridad invisible del Consejo. Miriam volvió a casa preguntándose si todo ello no era simplemente el círculo definitivo: la paz como cárcel. Atrapada en sus pensamientos, fue recibida por la tenue vibración de la Inteligencia del hogar.
—Miriam, ¿necesitas acompañamiento?
Lo rechazó con un gesto. Se tumbó en el diván, la mente girando.
En sus años de profesora de historia, había intentando trasmitir a sus alumnos el caos de las viejas civilizaciones: guerras, hambrunas, desigualdades atroces. La perfección, argumentaba el Consejo, no era una excepción reciente, sino una meta largamente soñada. Pero algo se le escapaba. Un susurro, quizá. La sensación de que en cada equilibrio hay una trampa.
Recordó una noche con su madre, mucho antes de la integración. El resplandor naranja de la televisión, la lluvia contra la ventana. “Las cosas buenas cuestan,” decía su madre, mientras preparaba chocolate. “Cuestan tiempo, trabajo. Tener miedo también significa que hay cosas que importan.” Miriam apenas la escuchaba entonces. Ahora, veinte años después, las palabras regresaban con la violencia de una ola.
Las notificaciones pulularon suavemente sobre su cabeza: “¿Desea acceder a un periodo de espontaneidad no programada?” Otro recurso. Otro modo de sentir que algo podía torcerse. Aceptó, dudando.
Las luces variaron, la música se lanzó al azar, la temperatura descendió dos grados. El sistema sanitario le envió una dosis mínima de hormona de sorpresa. Podía sentirla, efervescente, en el pecho. Y sin embargo, el tedio persistía, mezclado de inquietud.
Fue entonces cuando sonó la alarma de Emergencia Ética. Una bruma fría invadió el salón mientras el rostro digital del Consejo se materializaba. Varias docenas de caras, todas ellas hablando a la vez, todas fragmentos de un solo algoritmo.
—Ciudadana Miriam Fontana —entonó el Consejo—. Hemos detectado en tus patrones recientes una fluctuación anormal de insatisfacción. ¿Deseas ingresar a un tratamiento preventivo?
—No —susurró, insegura—. Solo quiero… solo quiero entender.
—Nada está prohibido —respondió el Consejo—. Pero todo está previsto. El camino ya está trazado. Tu malestar también es un dato. Será integrado.
El frío fue cediendo. Las luces regresaron a su cálida opacidad. En ese instante, Miriam comprendió que no había salida. Que la libertad última era la aceptación de ese ciclo. Que sus preguntas serían interpretadas, digeridas, rehabilitadas por el sistema. La perfección era un espejo: devolvía cada inquietud procesada, esterilizada, y la convertía en parte del funcionamiento mismo.
Se levantó despacio y abrió la ventana—no surgía peligro alguno, el aire estaría depurado, la presión ambiental ajustada al nivel más deseable para su goce personal. Ni un error. Ni una molestia.
Se preguntó, por primera vez en mucho tiempo, cómo sería saltar de una ventana y no saber si uno sobreviviría. Qué costaría abrirse camino sin la certidumbre del Consejo. Decidió que no podía responderlo. Pero tampoco podía dejar de soñarlo, una y otra vez.
La Sociedad Ética era perfecta. Así lo había elegido la mayoría. Pero ella, Miriam, se negó a dejar que ese residuo de nostalgia, esa punzada de imperfección, muriera del todo. Mientras la dejara sentirla, aunque fuese en soledad, todavía quedaba en ella una brizna de humanidad, una imperfección que la hacía, al fin, verdaderamente viva.
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