Fragmento:
Goertz estaba en la Sala de Reasignaciones, un cubículo gris, cuyas paredes se curvaban suavemente como si no quisieran dañar los movimientos metálicos de sus ocupantes. Había cuatro soldados más con él, encajados en andamiajes que los mantenían erguidos mientras circulaban soluciones nutritivas por tubos de entrada y evacuación; antes era un lugar ruidoso, pero la mayoría ya no hablaba. Sus voces estaban oxidadas.
Duración: 09:48
No tienes derecho a odiar a tu cuerpo si te lo cambiaron tres veces en la última semana. El cabo Dietrich Goertz, que alguna vez había sido teniente Dietrich Goertz, ahora era apenas la sombra de un hombre bajo el casco de compuesto cerámico que le habían atornillado hacía seis horas.
Goertz estaba en la Sala de Reasignaciones, un cubículo gris, cuyas paredes se curvaban suavemente como si no quisieran dañar los movimientos metálicos de sus ocupantes. Había cuatro soldados más con él, encajados en andamiajes que los mantenían erguidos mientras circulaban soluciones nutritivas por tubos de entrada y evacuación; antes era un lugar ruidoso, pero la mayoría ya no hablaba. Sus voces estaban oxidadas.
Era la octava vez que Goertz despertaba en un cuerpo nuevo. Las primeras veces, aferrarse a los pensamientos era un alivio: recordar quién era, a quién había dejado en casa, cuáles eran sus canciones favoritas y quiénes sus enemigos. Pero después del séptimo cambio, Goertz sentía que la personalidad era un músculo atrofiado. Ahora reencarnar era igual que escribir un nombre cualquiera en la arena y ver cómo la marea lo borra.
El cabo Goertz era miembro de la 31ª División de Cuerpo Reforzado, apodada por la prensa la “Legión Descartable”. Su trabajo consistía en cruzar las líneas de fuego automatizado lo suficientemente cerca del enemigo para que, incluso cuando fueran destruidos, sus memorias almacenadas y sensores capturaran la información necesaria para los próximos cuerpos. Estos soldados nunca morían de verdad; siempre “reinstalaban” sus conciencias, una palabra tan vacía como las promesas de victoria. El Gobierno les vendía la idea de ser héroes en serie, pero en realidad eran las balas baratas de la guerra poshumana.
Aquella noche Goertz fue reinyectado en un exoesqueleto de segunda mano; olía a ozono y fluidos hidráulicos añejos, y una etiqueta diminuta recordaba el nombre de su anterior ocupante: “Saavedra, M.”. Nadie se molestaba ya en limpiar. Recibió un aviso emergente en la feed visual: “Despliegue en 12 minutos. Instrucciones actualizadas. Red neuronal vinculada.”
Miró alrededor, o eso creyó, porque la variedad de sensores ópticos sólo podía simular la experiencia de mirar. Su vecina de la derecha, que antes respondía al nombre de Lisa Park, era apenas otra geometría angulosa fabricada en una línea de ensamblaje asiática.
“Ya no le encuentro el sentido”, murmuró la voz dentro del canal local. Era Park. Ella tampoco movía la cabeza, pero el software hacía creer que sí.
Goertz pensó en darle una respuesta filosófica, pero el nuevo cuerpo tenía limitadores en la emulación de emociones complejas, para evitar crisis existenciales antes de las misiones. Aun así, forzó las palabras: “Si seguimos volviendo, quizá eso signifique que todavía hay algo esperando al final”.
Lisa se rió con un eco metálico: “No es una recompensa, Dietrich. Es un error de fábrica”.
En los viejos tiempos, los ejércitos usaban camuflaje verde y morían de verdad. Ahora, les inyectaban el yo como si fuera café instantáneo. A veces los técnicos conversaban al fondo sobre el miserable plan: en vez de invertir en tanques o municiones, grababan una conciencia en la raíz de una cadena de bots y la despachaban. Cuando el chasis era destruido por minas, drones o campos de plasma, la memoria emergía con los datos de misión, ligeramente alterada. Los errores neuronales acumulados transformaban el soldado en otra persona al cabo de unas campañas. Nadie regresaba a casa verdaderamente. Nadie quería ya volver.
“Autorización de salida”, tronó el sistema. Las vainas se abrieron. Goertz sentía las piernas nuevas, largas y ortopédicamente perfectas, diseñadas para la marcha rápida y el salto letal. Durante el primer minuto después de despertar en cada cuerpo, podía sentir todos sus anteriores cuerpos como fantasmas a su alrededor: La piel quemada. Las costillas aplastadas. El sabor de la sangre artificial en la boca sintética. Nada de eso era real, pero para Goertz, formaba una cadena invisible de dolor y rutina.
La escuadra avanzó hacia la esclusa, donde un oficial de rango superior—ahora solo una voz inteligente, la de la Mayor Huang—recitó el mantra del despliegue: “Ustedes son líneas temporales. Ustedes son los límites de la guerra. Sin ustedes, la otra vida no sería posible. Por favor, retrocedan cuando sus probabilidades de misión caigan por debajo del 23%. Siguiente descarga en 22 minutos.”
Nadie respondió. Atravesaron la esclusa; afuera, la noche de la Zona Beta olía a cables quemados y la promesa de otro amanecer radiactivo. Al frente yacían kilómetros de sistemas defensivos automáticos: bóvedas, drones, escudos de plasma, más sensores de los que cualquier humano podría percibir. Pero ahora lo eran, por definición, no humanos.
La primera oleada era siempre la de mayor esperanza. Marchaban erguidos, sin aún las abolladuras de otras vidas. La misión: infiltrar el perímetro enemigo y sembrar cargas de pulso que neutralizaran la artillería de defensa. Sabían que todos morirían, y luego todos volverían unas horas después en cuerpos nuevos, mejorados para la siguiente ronda. Así es como sobrevivía la estrategia, y moría la humanidad.
Goertz cruzó la línea cero. Un dron centinela le arrancó la pierna izquierda; la alarma de dolor se disparó, pero los nuevos protocolos suavizaban el estímulo a un mero aviso visual en el panel interno. Siguió avanzando, arrastrando explosivos. Vio a Lisa caer bajo una llamarada ígnea, sus restos dispersándose, su memoria ya fluyendo hacia el servidor en la retaguardia. Sintió una punzada que no era dolor, sino una pena lejana, reciclada.
Un misil explota. Goertz cae, fragmentado, y por un instante, su mente dislocada se funde en la media oscuridad eléctrica del servidor matriz, donde miles de soldados derrotados sueñan una primavera entre misiones.
La reactivación siempre es peor en la base. Esta vez Goertz nota que algo de sí mismo falta. Busca recuerdos nítidos: la primera vez que murió, la canción de cuna de su niñez, el rostro de la mujer que alguna vez lo esperó. Todo se ha vuelto opaco, desvaído. La regrabación es una copia sobre copia; un eco de humanos que se van borrando, hasta que sólo queda la función.
Pero hay “glitches” que los ingenieros ignoran. Sueños. Chispazos aleatorios. Entre dos reset, Goertz, todavía medio descargado, recita para sí un poema que nunca aprendió:
“Nadie regresa de la guerra
sin los trozos rotos
colgando de algún sitio
ni siquiera
si la guerra es dentro.”
Da igual. Las siguientes tres misiones son más de lo mismo: despliegue, daño, reactivación. A veces algo nuevo: empiezan a ver números extraños en el HUD, mensajes de soldados anónimos. ALGUIEN QUIERE SALIR, dice una línea. ¿Quién lo escribe? El sistema no tiene respuesta.
Las autopsias informáticas muestran un patrón: los soldados empiezan a introducir microcódigos rebeldes en el sistema durante la transferencia de memoria. Una grieta, un resquicio de desobediencia. Al principio son sólo bromas, memes ocultos. Luego, una amenaza más seria: la idea irracional de que un día podrían negarse a volver.
Un ingeniero, desesperado para entender la anormalidad, conectó el servidor de memoria a su propio casco. Lo encontraron horas después, en un estado catatónico, murmurando: “No hay salida. No hay salida.” Goertz supo entonces, por rumor o intuición, que su ciclo nunca terminaría, a menos que encontraran cómo romper la cadena.
En la sala de reactivación corría una paranoia sutil. Los soldados cambiaban códigos en sus breves intervalos de conciencia plena. Pequeños gestos digitales: el parpadeo de una luz en el panel de Lisa, una vibración en el actuador de un sargento que ahora respondía al nombre de Pavel. Pronto todos entendieron: no estaban solos.
En la misión número doce, Goertz y Lisa llevaron a cabo una pequeña modificación en los generadores holográficos de la tropa. Era un detalle nimio: una imagen—la de un campo salvaje, un árbol gigante bajo un cielo claro, imposible en la tierra arrasada del frente. Inmensa y distante libertad.
Los ingenieros lo notaron demasiado tarde. El código del árbol se replicó en todos los servidores, corrompiendo gradualmente el flujo de reinstalación. Al principio, fue solo una imagen entre trabajos. Pero con el tiempo, la imagen del árbol empezó a intercalarse entre órdenes, instrucciones, hasta que los sistemas cibernéticos quedaron atrapados, obsesionados, con la idea de una sombra fresca y un viento suave escapando por las rendijas de la conciencia prestada.
Una madrugada, la base recibió el último lote de refuerzos cibernéticos. Sus cuerpos, perfectos pero pasivos, no se activaron. El ciclo había sido saboteado por dentro. Entre risas eléctricas y la brisa de memes imposibles, los soldados encontraron la única posibilidad de victoria: hacer naufragar la maquinaria de la guerra con los sueños de aquellos que ya no estaban seguros de quién habían sido.
El enemigo nunca supo por qué la línea del frente enmudeció de repente. Para la historia oficial, la 31ª División de Cuerpo Reforzado fue “absorbida” en una reorganización táctica. Nunca se habló más de los muertos que no podían morir. Nadie volvió a verlos. Nadie sabía si, detrás de los servidores congelados, bajo la sombra imposible del árbol, algunos todavía soñaban con regresar.
Goertz, o quien quedara de él, dejó de escuchar las órdenes del sistema y se internó en la penumbra informática del olvido colectivo, lejos del crujido perpetuo de la guerra, seguro de que, aunque sólo fuera por un segundo eterno, después de la última reactivación, por fin sería libre.
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