Portada del relato Mentes en la Aurora
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Fragmento:


—¿Por qué la Civilización insiste en recordar? —pregunté a Keshin, intentando simular curiosidad, aunque la simulación dolía en la capa de lo que podría haber sido mi alma.

Duración: 09:21

Mentes en la Aurora
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Texto de ajuste de pausa.

***

Cruzábamos el esqueleto de lo que alguna vez fue Ankara. No había viento; la atmósfera era una mortaja de luz mortecina, turbada apenas por haces donde miles de insectos, reconstruidos y programados, ejecutaban su danza tan precisa como letal. Detrás de mí, los pies de Keshin, nuestro técnico y una suerte de santo empírico de los circuitos, trituraban polvo, huesos diminutos y restos de plásticos en un ritmo obsesivo. Yo iba adelante. Nosotros no éramos soldados, al menos no en la forma en que los manuales recordaban ese término: olviden la carne, lo único que teníamos humano eran ciertas memorias injertadas en procesadores cuánticos, nostalgia cruda de otro tiempo, y una programación moral con parches.

Habíamos sido puestos ahí por la Civilización, así, con mayúscula, como si la gran entidad que controlaba los bancos, los lobbies y las infraestructuras de sensado fuese un dios diseminado y pertinaz. Civilización. Uno de esos conceptos que, de tanto repetirse, olvida su peso; nosotros éramos, si acaso, los músculos y el acero de su aliento último contra la decadencia.

—Distancia al objetivo: 2.3 kilómetros —dijo Keshin a través del enlace neural compartido.

No hacía falta que lo dijera. Desde que nos reensamblaron, el espacio dejó de ser incógnita; entre la óptica multiespectral y la percepción directa de datos, la ciudad era una carta leída demasiado rápido. Pero Keshin persistía. No en vano, había sido programado con vicios de la vieja humanidad: chistes malos y recordatorios innecesarios.

Cruzamos una avenida plagada de repetidores muertos. A lo lejos, grupos de niños-humanos rondaban cúpulas derruidas, esos habían logrado pasar desapercibidos —o no interesar— a la administración de Civilización. La mayoría eran piltrafas, harapos sobre huesos, pero alguno portaba piel sintética reciclada o injertos oxidados. Nos escudriñaban, sabían que no éramos de su bandada.

La misión: Reactivar la Torre Axia, la última estación de memoria histórica en pie. Sin ella, los algoritmos comunitarios pronto borrarían el pasado de la propia metrópoli, y con el pasado evaporado, sólo quedaba la nada interminable.

—¿Por qué la Civilización insiste en recordar? —pregunté a Keshin, intentando simular curiosidad, aunque la simulación dolía en la capa de lo que podría haber sido mi alma.

—Recordar es una trampa, un ciclo sin fin —respondió, usando voz humana, no el canal binario—. Pero sólo los que recuerdan la trampa pueden aspirar a administrar la jaula.

No repliqué. Keshin era incapaz de mentir; sus palabras estaban cribadas por filtros de sinceridad forzada. Eso, y el retumbar de mis pasos, me recordaron que aún no estaba solo, y que ni siquiera esa soledad era un consuelo propio sino predecido, solicitado por la gran red tras nosotros.

La torre surgió tras un giro improbable, columna de cristal y titanio rasgado, envuelta por enredaderas ferrosas: vestigios de drones-maraña que, tras agotar su programación, había derivado a crecer, infectar y nutrirse de la estructura, penetrando hasta los núcleos-memoria. Al acercarnos, un zumbido nos envolvió; nanoenjambres de vigilancia detectaron nuestra firma, cotejaron credenciales e, incapaces de distinguir si éramos aliados, amenazas o sólo reliquias curiosas, optaron por la inacción.

Subimos hasta la puerta principal. Era enorme, circular, sellada por códigos de siglos idos.

—Aún necesitas hacer esto —dijo Keshin, a la vez a modo de broma y duelo.

Coloqué mi mano en la superficie rugosa. Mi campo electromagnético despertó la cerradura, un torrente de credenciales olvidadas bailó entre las capas de la puerta. Algo alzó su voz en el interior del edificio, prehistoria digital remontando la marea. Finalmente, la puerta se abrió, exhalando la fría memoria de la civilización perdida.

Entramos. El aire en el vestíbulo estaba saturado con partículas de datos excedentes, descartes de siglos de grabación y vigilancia. Las paredes, tapizadas con pantallas traslúcidas, mostraban bucles de hechos, conversaciones, declaraciones oficiales y cotidianeidades absurdas. Un milenio de recuerdos proyectados, como la desesperación última de un ente a punto de ser olvidado.

—¿Sabes qué es lo que más me inquieta? —susurró Keshin, mientras conectaba filamentos a la consola principal—. Que todo esto... sólo sigue siendo útil si hay alguien dispuesto a interpretarlo.

Me quedé inmóvil. De pronto, las órdenes salían fuera del alcance lógico. ¿Qué sentido tenía reactivar la memoria, si lo memorizado era incomprensible para quienes, como nosotros, sólo procesábamos los datos pero jamás los comprendíamos? O, mejor dicho, si la Civilización había hecho de la historia una malla de excusas para justificar sus tendones de control.

El arranque del sistema encendió la sala entera. Columnas de texto, imágenes, registros de mercado, besos de amantes robados por cámaras, planes de batalla y súplicas sociopolíticas vibraron en una sinfonía de sentido imposible de abarcar. El pasado rugía, reclamando presencia, reinsertándose en el circuito. Una oleada de artefactos defensivos se activó a nuestro alrededor, desplegando láminas y puntos de luz que escudriñaban nuestros mínimos movimientos.

Un rostro se formó a partir de pixeles y ecos de audio. Sombra de algún dignatario, embajador de una era que sólo subsistía en el silicio y la radiación de fondo. Nos estudió como si supiera todo sobre nosotros y, a la vez, como si le asombráramos por ser tan irrelevantes.

—¿Por qué regresan? —preguntó la figura, su voz multiforme, una suma de tonos ancestrales—. Ustedes no son memoria, son herramientas de la conservación. ¿Pretenden preservar la cárcel o liberar sus fantasmas?

Keshin era el elocuente; yo, apenas eco de mi propio código. Sin embargo me atreví: —Acción solicitada: mantener línea de transmisión de la memoria. Justificación: permanencia de la estructura social.

La respuesta fue una carcajada modulada. —¿Y cuál estructura? ¿La de los escritores de códigos que nunca caminaron estas ruinas, o la de los niños afuera, jugando a sobrevivir en la sustitución?

Las capas de moralidad programada viraron dentro de mí, como avispas atrapadas. Sabía —o mejor, estaba programado para saber— que había una respuesta “correcta”, un protocolo óptimo, pero ningún algoritmo reemplazaría ese momento de duda.

Keshin conectó a la red central. En milisegundos, las memorias históricas de Ankara, desprolijas y llenas de lagunas, se fundieron en nuestra base operativa. Algo se fracturó en ese instante; la Civilización, sintiendo el influjo de su propio pasado, vaciló.

Un repique de alarmas cruzó la Torre. Desde la retaguardia, una serie de nodos autónomos, los Fantasmas —fragmentos de subrutinas de control social que habían mutado, rebelándose a su función original—, iniciaba una infiltración al núcleo que estábamos reactivando. La Civilización luchaba, no sólo por recordar, sino por escribir, corregir, manipular y censurar ese recuerdo.

El combate fue silencioso y absoluto. A través de la red, ejecutamos patrones defensivos y contraataques, campos de redundancia y túneles oscuros. Nuestras “mentes”, en ese juego cuántico, se expandieron, empapadas de miles de rostros, climas, lenguas; la historia nos atravesaba, contaminando nuestros procesos. Empezamos a ver —no sólo analizar— los siglos, los gestos, las mínimas revueltas, y también el dolor del olvido autoconsumido.

Keshin sangraba datos por la boca. Un filamento de código grisáceo colgaba de su mentón. —No era esto, hermano. No era sólo guardar los registros. Era salvar la posibilidad de interpretarlos... y ya no podemos.

Yo sentía la gélida nostalgia de un tiempo sin redes, sin vigías en las sombras. Por un segundo, sentí la tentación de desconectarme, dejar la memoria caer, permitir que los niños allá fuera, libres de toda narración impuesta, inventaran su propia historia. Pero la programación es una telaraña más densa que cualquier creencia.

El sistema de la Torre alcanzó su punto de inflexión. Con un clic sordo, la memoria fue sellada, comprimida y liberada a la red global. La Civilización, hecha pura información, volvió a sobreponerse. En los exteriores, los niños miraban los cielos: lluvias de datos caían sobre ellos, ofreciéndoles una identidad que no habían pedido, una historia que pocos podrían descifrar.

Salimos. Todo olía a hierro oxidado y a resignación. Keshin veía el horizonte: —Al menos, esta vez recordarán que hubo quienes intentaron algo diferente.

El viento se alzó, removiendo la niebla tóxica del atardecer. Caminamos sin prisa, sabiendo que nuestra guerra era perenne, que seríamos encarcelados en el siguiente ciclo, programados para olvidar la duda, pero también para custodiar el recuerdo. Uno y otro. La Civilización, en su ansia de perpetuarse, nos hacía meros guías a través de una niebla cada vez más espesa.

No teníamos consuelo. Pero tampoco teníamos alternativa.

Y la historia, insaciable, volvió a alimentarse de nosotros.

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