Portada del relato Heridas de Silicio
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Fragmento:


El núcleo sináptico. La razón real por la que están aquí, defendiendo un hangar perdido entre montañas ennegrecidas por la guerra. Un artefacto diseñado para almacenar conciencias humanas en pura información digital, la última apuesta de la humanidad frente a su autodestrucción inminente.

Duración: 07:44

Heridas de Silicio
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Texto de ajuste de pausa.

El sonido del impacto reverbera a través del cristal blindado, recordándole a Elías la realidad que espera afuera: fuego, metralla, y gritos ahogados de órdenes lanzadas a través de la red neuronal compartida. Se pregunta si algún día dejará de sentir miedo. Se responde a sí mismo, no con palabras, sino con la actualización constante de sus propias estadísticas tácticas: pulso 87, niveles de adrenalina elevados, estrés mental moderado. Los algoritmos que gobiernan sus implantes mantienen su cuerpo dentro de márgenes de combate óptimos. No está seguro de si eso le reconforta o lo asusta más.

Las luces de emergencia parpadean rojas y azules, desfigurando los rostros de los soldados a su lado, dotándolos de un aspecto espectral. Uno de ellos —una mujer alta con líneas de cromo salpicando su cráneo rapado— se vuelve hacia él. “Elías, tu lente izquierda está dañada”, le dice sin mover los labios, transmitiendo la frase a través del canal privado de la escuadra. Elías parpadea y la interfaz confirma la alerta: rotura parcial en la óptica, que empieza a mostrar líneas verdes cruzando la visión. “Puedo arreglarlo luego”, responde mentalmente. “Si tenemos un luego”.

Las puertas al hangar tiemblan con una nueva explosión. El sistema identifica la fuente: granada de plasma, modelo AOX12, potencia suficiente para fundir el acero común. Pero no para la compuerta reforzada donde se refugian. Elías hace un escaneo rápido de los efectivos: cinco soldados, tres con implantes cibernéticos nivel Delta, los otros dos, como él, del modelo Épsilon, menos costosos pero lo bastante letales en las manos adecuadas. Todos exhaustos. Todos preparados para morir.

La transmisión del comandante de pelotón crepita en sus oídos—o, mejor dicho, directamente en el córtex auditivo. “Águila Uno al grupo Delta. El enemigo ha rodeado la base. Prepárense para la extracción o destrucción de datos. Prioridad máxima: el núcleo sináptico.”

El núcleo sináptico. La razón real por la que están aquí, defendiendo un hangar perdido entre montañas ennegrecidas por la guerra. Un artefacto diseñado para almacenar conciencias humanas en pura información digital, la última apuesta de la humanidad frente a su autodestrucción inminente.

Elías siente el sudor correrle por la mejilla y se pregunta, fugazmente, si es real, o si es una reacción simulada por sus cambiadas glándulas sudoríparas. Los ingenieros que diseñaron los ciber-implantes dijeron que la experiencia debía seguir “sintiéndose humana”. A veces cree que preferiría no sentir nada en absoluto.

Retumba otra explosión. Esta vez más cercana. El enemigo está usando equipos de corte térmico para penetrar la compuerta. Elías se gira, apunta a la consola lateral y conecta un cable de sus dedos índice y pulgar directamente al panel. El software de defensa se despliega ante él en un mosaico de códigos fluorescentes. Supervisa la descarga manual de los datos clave: patrones de engramas, archivos de personalidad encriptados, listas de acceso. Si van a caer, no dejarán nada útil para quienes vengan después.

El grupo adopta sus posiciones. Cuerpos entrelazados de acero y carne, armados con rifles inteligentes y lanzadores que pueden rastrear firmas térmicas. Todos los soldados son cibernéticos hasta cierto punto: algunos apenas visibles bajo la piel, otros monstruos acorazados con ojos de xenón y brazos hidráulicos. La mayoría, marcados por la guerra incessante y la promesa de una vida diferente —gratis, fragmentada, dolorosa— tras cada “mejora”.

Elías compara los rostros, buscando algo de humanidad detrás de los ojos resplandecientes. Encuentra poca. En Julieta, la mujer de las líneas de cromo, hay una sombra de ternura cuando le sonríe. En los otros solo fatiga, apenas menos visible que la corrosión en sus placas de titanio.

Por el canal general, el comandante vuelve a intervenir. “Tienen dos minutos.”

Las puertas empiezan a doblarse hacia adentro, y cuando aparece el brillo blanco de los cortadores, Elías activa el modo de supresión sensorial. El mundo se achica: líneas de visión, trayectorias balísticas, niveles energéticos de armamento enemigo. El infierno se desata apenas las compuertas caen.

Los enemigos entran en tropel: soldados humanos, pero equipados con ingeniería inversa—menos precisos, menos estables, pero igual de letales. Los disparos se cruzan en rayos azules y carmesí. Elías siente cada vibración, cada impacto en su armadura interna, como una descarga eléctrica directa al alma. El combate es corto, salvaje. Julieta pierde un brazo en los primeros segundos, y uno de los soldados Épsilon cae sin cabeza, su procesador de pensamiento triturado.

Elías avanza hacia el objetivo central: un núcleo suspendido en un campo magnético, resplandeciendo con pulsaciones ámbar. El enemigo lo ha visto. Una granada estalla junto a sus pies, arranca parte de su pantorrilla, pero el software inunda las terminaciones nerviosas con un cóctel analgésico. “Sigue. Sigue. Sigue.” La voz de comando no es humana; no cree que jamás lo haya sido.

Consigue llegar al núcleo mientras Julieta y el resto retrasan a los atacantes. El código de inhibición relampaguea frente a sus ojos. Introducirlo es fácil; lo difícil es resistirse a la tentación de activar la transferencia de mente, convertir su fría existencia en datos, desaparecer en las interminables redes de información. “No lo hagas”, envía Julieta, detectando su vacilación.

“¿Y si estuviera mejor allá?”

“No estarías. Nadie vuelve igual.”

Pulsa la secuencia final. El núcleo comienza a sobrecargarse. El enemigo lo sabe y redobla el asalto. Uno cae, dos retroceden, los disparos son cada vez más erráticos. Elías siente la energía del núcleo vibrar en su dentadura. Julieta, amputada y al borde de la inconsciencia, lo mira con esa media sonrisa fatigada.

No hay escape. El núcleo libera una onda de pulso electromagnético que tuerce metales, apaga sistemas y convierte la conciencia almacenada en información irretrievable.

La realidad colapsa en una oscuridad absoluta.

Regresa a la conciencia desorientado. Flotando. Es aire, es código. Por un segundo, no sabe si es humano o algoritmo. Ve fragmentos de recuerdo: una infancia muy lejana; una mano cubierta de sangre —la suya, quizás—; Julieta sonriéndole, esta vez bajo una luz cálida, sin heridas, sin miedo.

Hay voces, muchas, una multitud digital. "¿Elías, me recibes?"

"No sé quién soy", responde.

"Somos nosotros ahora", dicen las voces, y en el fondo, entre la amalgama de recuerdos, siente una chispa de aceptación.

La guerra por el núcleo, entiende, sucedió muchas veces antes. Y sucederá de nuevo, en nuevas formas, nuevos cuerpos. El ciclo no termina, porque la necesidad—la promesa de trascender, de sobrevivir a la carne y al dolor—sigue viva.

Quizá esa sea la humanidad verdadera: la obstinación de no desaparecer, de buscar otra oportunidad aunque sea hecha de silicio, metal y errores de programación.

Ecos distantes. Elías, o lo que queda de él, se pregunta si crecerá algo en las ruinas del hangar. Si la próxima vez que alguien active la grabadora de memoria, dejarán algo más que recuerdos de miedo y violencia.

Por ahora, solo queda el pulso suave de la información viajando a través de las redes eternas, esperando —tal vez— una redención que nunca llegue.

Allí, en la luz ciega de los sistemas desiertos, los ecos de metal siguen conversando, inciertos pero vivos, soñando con cuerpos que tal vez nunca serán suyos.

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