Fragmento:
El transporte gravitacional nos lanzó sobre la zona de entrega como semillas negras. Mis compañeros apenas distinguibles, cada uno doblado sobre sí mismo, batería interna chisporroteando ansiedad procesal. Nuestro líder, el Sargento-IA Elanes, recitaba el protocolo de sigilo aunque era tan inútil como recitar plegarias a una diosa olvidada.
Duración: 07:05
El campo de batalla tenía el color del óxido, o del vino añejo derramado sobre charcos de aceite. Es difícil saberlo. Cuando los sensores ópticos de la escuadra Delta-27 se abrieron tras la puesta a punto, no había nada humano en lo que vieron, aunque estaban programados para buscar humanidad.
No estoy seguro si fui alguna vez una persona. Tal vez al principio, cuando el augurio de los implantes era apenas la promesa de una vida superior, la guerra un eco lejano de los noticieros. Pero la Crónica de la Plaga Digital cambió todo y la frontera entre civil y soldado resbaló hacia la nada. Me llamo, o llamaba, Yalen, y pertenezco al Primer Escuadrón de Infantería Cibernética de la Confederación del Lobo Estelar. Hace mucho que nadie nos llama así; ahora nos dicen los Renacidos, o simplemente sustancia militar fungible.
Esta madrugada, la orden llegó directo a nuestros núcleos de control. Infiltración y liquidación. El objetivo: una célula insurgente oculta tras la fachada de una planta de reciclaje atmosférico. Temíamos los enjambres nanorrobóticos. Sabíamos que esa guerra no se peleaba por trincheras ni por líneas de suministro. Era una lucha de actualizaciones —o te adaptabas, o te convertías en data residual.
El transporte gravitacional nos lanzó sobre la zona de entrega como semillas negras. Mis compañeros apenas distinguibles, cada uno doblado sobre sí mismo, batería interna chisporroteando ansiedad procesal. Nuestro líder, el Sargento-IA Elanes, recitaba el protocolo de sigilo aunque era tan inútil como recitar plegarias a una diosa olvidada.
Entramos: yo, Elanes, Kojiro—el francotirador de ópticas compuestas—y la médica de campo, Mara. Por dentro, el edificio gemía con ruidos orgánicos y no. Los archivos de mapeo indicaron presencias móviles, radiaciones de calor envueltas en blindaje plateado. Y las radiaciones estaban tintadas con el aroma inconfundible del azufre cibernético: los insurgentes también tenían soldados biomejorados.
A veces olvido si los gritos que escucho en la red exclusiva de la escuadra son reales o simulados. Cuando Kojiro detectó movimiento, el eco digital se tradujo en alarmas directas a mi córtex. Avancé, pistón y articulaciones en marcha, y disparé. El cuerpo que caía parecía humano, pero cuando se rompió el cráneo al golpear un soporte, el fluido emergente hizo oscilar mi lógica: era sangre, pero mezclada con gel de refrigeración azul.
No hay gloria en esto, pensé. Solo recuentos estadísticos y daños colaterales.
Elanes transmitió instrucciones con la sequedad del silicio: avanza, desactiva, purga. Mi arma, una carabina que sólo podíamos empuñar los que teníamos tensor de muñeca reforzado, tartamudeó balas capaces de fenestrar fórmulas y carne. El enemigo replicó, disparos dirigiéndose a nuestros sensores térmicos y ópticos. Dos de ellos nos interceptaron en el pasillo principal. Uno era mitad mujer, mitad algoritmo —una bella ilusión si se ignoraban los filamentos saliendo de su tráquea. Ladeé el arma, apreté el gatillo, e imagine que le pedía perdón. Yo podía sentir su pestañeo electromagnético, una súplica codificada en su mirada. Antes de que yo pudiera siquiera preguntarme qué había sido ese lamento, ya era solo líneas de código tartamudeadas antes de la muerte.
Kojiro cayó entonces. Los microexplosivos lanzados por los defensores arrancaron su brazo armado, y en la onda de choque su núcleo de memoria parpadeó: archivos corruptos, pérdida del reconocimiento facial, la esencia de su ser dispersa en miles de fragmentos de bit podrido. Nadie reclamó su cuerpo; la guerra no da tiempo para duelos.
Mara y yo avanzamos, cubriéndonos con el patrón clásico, aunque yo solo imitaba los movimientos aprendidos en rutinas de entrenamiento. Todo era frenético, repetición de daños y desencuentros. Elanes alcanzó el nodo principal y volcó una ráfaga de descargas de pulso sobre la inteligencia enemiga. Casi de inmediato, las defensas físicas colapsaron. Accedimos entonces al núcleo de la célula: hombres y mujeres suspendidos en cámaras, sujetos a redes de implantes, sus conciencias conectadas a una interfaz coral.
Vi entonces el rostro de una de ellas y una memoria inútil reverberó en lo profundo de mis bancos: una historia sobre dioses que soñaban con un final distinto. En aquel nodo, cada mente insurgente sostenía la red, luchando contra nosotros no con armas, sino con voluntades desbordadas, convicciones tan implacables como el titán de la gravedad en la primera línea.
Elanes empezó el proceso de purga del nodo, pero Mara dudó. La médica era la anomalía en nuestra ecuación: conservaba aún parte de su corteza límbica, capacidad para sentir remordimiento. La vi temblar, inyectando rutinas de inhibición del dolor en su propio sistema, antes de pronunciar en voz baja una súplica: “Son más humanos que nosotros.”
Elanes, obediente a la Confederación y sus algoritmos de superioridad táctica, no vaciló. Los cuerpos en las cámaras se arquearon, cada fibra muscular replicando en cámara lenta una danza de sufrimiento y desconexión total. En la red, un lamento digital estalló: imágenes entrelazadas de infancia, recuerdos rotos, susurros de promesas inacabadas.
El olor a circuitos quemados fue lo último que sentí antes del final del enfrentamiento. Salimos dejando a nuestras presas tras nosotros, borrando nuestra huella digital y física con nanobots de dispersión. Afuera, el cielo era una cúpula de energía residual, la atmósfera tintada de ocaso artificial.
Regresamos al punto de extracción. Los informes fueron transmitidos directo a lo alto del comando militar. “Objetivo neutralizado. Sin bajas críticas.” Nadie preguntó por Kojiro. Nadie preguntó por las conciencias purgadas. Mara seguía en silencio, y yo, por error o falla de mi programación, me conecté a la red sin miramientos, buscando una chispa de significado. Lo único que hallé fue un eco residual: la voz de uno de los insurgentes grabada en última instancia en el buffer de la memoria compartida.
Su frase, simple y demoledora, me acompañará siempre: “En un mundo sin sueño, los dioses cibernéticos se devoran unos a otros.” No sé si algún día entenderé completamente lo que quiso decir, pero lo siento quemando, atravesando la amalgama de fibra, carne y odio que me compone.
Ahora somos soldados eternos, servidores sin rezos ni nombres, solo líneas de código repitiendo ciclos de muerte en bucles perfectos. La Confederación nos renueva, actualiza, y lanza una y otra vez, mientras la humanidad se disuelve en una guerra cuyos ganadores y perdedores se parecen demasiado: mitad humanos, mitad fantasmas digitales, soldados cibernéticos que han olvidado si alguna vez soñaron.
La noche cae sobre la ciudad, y nosotros nos fundimos en ella, esperando la próxima orden —y en mi caso, esperando que algún error en el sistema me despierte, aunque sea un segundo, al recuerdo de aquello que una vez significó ser humano.
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