Portada del relato Caminos de Sangre Estelar
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Duración: 07:00

Caminos de Sangre Estelar
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Adara Lekha, capitana de la nave Aseth, contempló por sexta vez la constelación de Kerython desplegada en la pantalla de proa. Las líneas de navegación luminiscente trazaban rutas entre las estrellas, y como venas en una criatura antigua, vibraban con la tensión de la guerra. En el espacio interestelar, no había fronteras tangibles, pero Adara sentía cada una de ellas pesando sobre su conciencia: los Kelen han ocupado el corredor Beryth. Los altos de las estaciones mineras caen una a una, como perlas arrancadas de un collar de valor incalculable.

La voz áspera de su primer oficial, Mirvim, le devolvió al presente. “Interceptamos la transmisión zennath. Otra llamada de socorro. Estación Itaru. No sobrevivirá la noche, según el informe.”

Adara asintió, casi sin escucharle. Afuera, el espacio era una tela negra, tejida con gotas de luz mortecinas: recuerdos de civilizaciones ahora extintas. La guerra, tan vasta como fría, apenas parecía perturbar la quietud cósmica. Sin embargo, su tripulación sentía cada muerte, cada planeta consumido por los enjambres de asalto Kelen.

El orden llegó a sus pantallas: “Nave Aseth, tomarán rumbo a Itaru. Defenderán la carga. Evacuación prioritaria: científicos de la bóveda de memoria.”

Protegiendo la bóveda otra vez, pensó Adara. Hacía quince días, en Erynia, habían visto cómo los Kelen despedazaban a sangre y fuego la séptima biblioteca de conexiones neuronales. Antes, en Bedoreh, la estación entera desapareció bajo el estallido de materia oscura provocada por comandos desesperados. Solo fragmentos alcanzaron la nave. Gritos y pensamientos sueltos, fundidos en las redes. Los recuerdos de miles de generaciones reducidos a ceniza digital.

“¿Están listos para otro rescate imposible?” preguntó Adara, dirigiéndose a su tripulación reunida en el puente. Nadie respondió. Nadie dejó de trabajar.

Mirvim desvió la vista a su consola. Su tono bajó. “Las rutas alternativas están bloqueadas. El enjambre de Sareth se mueve hacia nuestro vector. Hay cinco naves de clase Radam. Podemos burlar dos. Más sería entrar directo en garganta de Tiburon Beryth.”

Adara se rió sin humor. “¿Temes a los tiburones, Mirvim?”

“No. Pero temo perder lo último que los humanos poseemos: nuestra memoria.”

La nave aceleró por el oscurecido corredor de Beryth. Aseth era venerable, una reliquia adaptada de las viejas guerras Jorid. Sus placas azules y plateadas chisporroteaban irregularmente; el escudo, aunque reforzado, había sido traspasado cinco veces en los últimos días. Adara sintió cada vibración de la estructura, cada microfractura, como si fuera su propio cuerpo.

En la bodega criogénica, los rescatados dormían en filas, pulso apenas perceptible. Adara recordaba sus rostros, borrándose poco a poco. La bóveda de memoria a bordo de la Aseth era un cubo blindado de datos mentales, la suma de todas las historias, culturas y esperanzas de los exiliados: una pequeña Arca en un mar de olvido.

La nave descendió a la órbita de Itaru. Fuera de la pantalla, chorros de luz azul—cañones de plasma Kelen—surcaban el espacio, explosiones flagrantes en la nada. Las defensas planetarias colapsaban. En la superficie, los humanos se apiñaban en pasillos de evacuación: piel gris por la falta de sol, ojos enrojecidos por la fatiga de generaciones cautivas bajo tierra.

“Dos minutos para punto de extracción,” murmuró Mirvim.

La transferencia fue un infierno breve. Soldados Kelen, viscosos y segmentados, emergieron a través de los muros, inyectando toxinas de desconexión que corrompían mentes. El escuadrón de asalto de la Aseth derribó a cuatro antes de que Adara misma se encontrara de rodillas ante la bóveda de la memoria, su rifle automático vacío. Un embajador de los Kelen, traslúcido, con tentáculos vibrando en secuencias de mensajes químicos, pronunció el veredicto:

“Ríndanse. Entreguen el pasado. Eviten la extensión del conflicto.”

Adara levantó el mentón y escupió sangre sobre el casco brillante. “Ya estuvimos aquí antes. Siempre intentan borrar lo que no comprenden.”

Disparó su última carga. El suelo gravitacional rugió: la bomba de transferencia explotó a un lado. La bóveda se fracturó, pero no colapsó. Ella y cuarenta supervivientes—humanos y zennath—fueron arrancados por el rayo de extracción, cruzando a la Aseth en el último halo de energía.

La nave saltó al hiperespacio. El tiempo pareció deslizarse, viscoso; por momentos, Adara solo oyó ecos de voces, retazos de oraciones. Cuando emergieron, solo silencio.

En la sala de mando permaneció de pie, sudorosa, la barba incipiente brillando por la luz líquida del panel central. “¿Estado de la bóveda?” preguntó.

“Dañada, pero íntegra,” respondió Mirvim aliviado. “Al menos el núcleo está intacto.”

Por los corredores, los nuevos rescatados se adaptaban al olor rancio y metálico de la nave, preguntando por seres queridos que nunca subirían a bordo. En la sala de recuperación, los técnicos extraían fragmentos de la bóveda, reconstruyendo recuerdos virtuales y biografías mutiladas. Una niña zennath lloraba en una esquina, mientras una holografía de su abuela—distorsionada pero reconocible—le susurraba canciones de su mundo natal.

Tudo ese dolor, pensó Adara, pero también furia, memoria encarnada. Los Kelen querían borrar la historia de la humanidad, reducirles a nada, pero lo que no comprendían era que la memoria no era solo datos: era resistencia viva, una ambición ancestral que los haría luchar hasta las últimas consecuencias.

En su camarote, Adara ajustó el implante de memoria en su sien. Sintió, en un pequeño fragmento recuperado, la voz de su madre: “Nuestro tiempo será contado no por lo que recordamos, sino por lo que nos negamos a olvidar.”

Mirvim la encontró allí, sabiendo que la guerra apenas comenzaba. “Trajimos un mensaje cifrado de la red de sabios de Yular. Parecen haber encontrado otro corredor: una huida, o una trampa. Están pidiendo a la Aseth como escolta.”

Adara se puso de pie. “No podemos seguir huyendo por siempre.”

“¿Y entonces?”

“Resistiremos donde nos toque. Seguiremos recolectando lo que queda de nosotros cada vez que caiga una estación. La memoria vive legado a legado.”

Salieron del camarote juntos. La nave se preparaba para el siguiente salto, el cielo del hiperespacio rugía a su alrededor con colores imposibles, como antesala de un futuro incierto.

Por las rendijas de la realidad, asomaban las voces e imágenes de todas las civilizaciones que habían pasado por allí, de los mundos muertos y los aún por nacer, como un eco interminable que retumbaba en las conciencias de la tripulación.

Mientras la Aseth enfilaba hacia el corredor desconocido, Adara y su gente supieron, aunque fuera solo en un instante suspendido, que mientras alguien pudiera recordar, la derrota seguiría siendo solo una posibilidad transitoria en la infinita noche del espacio.

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