Fragmento:
Habían dichos sobre aquellos que escuchaban el canto de las estrellas negras. Algunos lo tomaban por superstición, eco de una humanidad incapaz de asumir su propio lugar en un cosmos descomunal. Otros, los instruidos, los paranoicos, sabían que el multiverso es un tapiz hilado por manos invisibles, y que cada ruptura —cada pliegue provocado en el tejido— crecía y se deformaba como lo haría un ojo sin párpado atrapando luz y oscuridad por igual.
Duración: 09:01
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Habían dichos sobre aquellos que escuchaban el canto de las estrellas negras. Algunos lo tomaban por superstición, eco de una humanidad incapaz de asumir su propio lugar en un cosmos descomunal. Otros, los instruidos, los paranoicos, sabían que el multiverso es un tapiz hilado por manos invisibles, y que cada ruptura —cada pliegue provocado en el tejido— crecía y se deformaba como lo haría un ojo sin párpado atrapando luz y oscuridad por igual.
Brael Voss no era supersticioso, aunque la afición por las máscaras de metal y las túnicas de óxido en Sínt’Hera VII bien pudiera decir otra cosa de él. Había trabajado años como agente para la Confraternidad Cronoplástica, desmantelando sectas, rescatando colonias atrapadas en paradojas. Conocía, de primera mano, la amarga seducción del poder absoluto y la crueldad insignificante de los dioses menores. Sin embargo, hasta esa noche no había experimentado la silente desesperación de quienes miran el centro de un agujero negro… y sienten cómo las otras realidades les rozan la piel.
La sala de mando de La Carcasa del Insomne era una joya de la ingeniería multiversal; cada superficie, cada pulsador y membrana, reaccionaba contradictoriamente a los cálculos probabilísticos más esotéricos. La nave, de hecho, no atravesaba el espacio como se entiende comúnmente: asentaba tentáculos disposicionales en varios ejes de realidad, navegando por caminos que sólo tenían sentido en la mente de los gemelos Vyn —entes autómatas que alguna vez fueron humanos, pero habían sacrificado sus límites biológicos para poder visualizar el código basal del multiverso. Voss nunca les preguntó si aquello era doloroso. Temía la respuesta.
—Destino alcanzado: Uleah-3A, Horizonte de Eventos. Activando dispositivos cronométricos— anunció la voz de Ona, la IA de abordo, con algo parecido a resignación.
En la cartografía multiversal de la Confraternidad, Uleah-3A no era una zona, sino un límite: el último borde de realidad antes de una amenaza apocalíptica. En muchos universos, ese agujero negro era solo una singularidad común, madre voraz de radiación y frontera natural. Pero aquí, la anomalía poseía un rasgo imposible de ignorar. Allí, las voces de los difuntos —de los “yacentes”, como los llamaban los metafísicos de la Senda— no dejaban de hablar.
Voss consultó su holodisper, recuperando la imagen espectral de Jeen-Kar, su contacto: un rostro sin labios, repleto de ojos diminutos, como si su propia máscara fuera carne latente.
—Debes recordar—dijo Jeen-Kar, con voz telúrica—. Uleah-3A no devora la información; devuelve lo que creía perdido. Su horizonte está vivo. Busca algo.
La nave se abría paso a través del piélago resplandeciente cercano al horizonte del agujero. Invisibles, las dimensiones adyacentes circulaban en torno, testigos funestos de la prueba a la que Voss se dirigía. Su misión era clara: interceptar a los Contrabandistas del Sueño, una célula mercenaria conocida por atravesar realidades para extraer y vender las memorias de universos colapsados.
La amenaza, sin embargo, era mayor y más íntima: alguien, o algo, negociaba con esas voces. Lo intercambiado no era sólo conocimiento —era destino.
Un zumbido sordo lo atraviesa justo antes de cruzar la última frontera de la percepción visual. Brael parpadeó, y su consciencia fue arrastrada a través de un tubo de luz fría. Todo se volvió viscosa ausencia y, por un instante, creyó desmembrarse —velos de sí mismo flotando en el mar gris de otros Voss, otros yoes, todos convergiendo en el mismo acto suicidal de aproximarse al borde.
La Carcasa del Insomne emitió un gemido: su mitad posterior se había convertido en galaxia, la delantera en nudo temporal. Voss observó, atónito, a través del visor: cada estrella en la distancia era una alternativa, un recuerdo posible. Su máscara de oficial comenzó a gotear por la humedad del miedo.
La radio parpadeaba, y Ona tradujo los espectros:
—Detecto patrones: fragmentos de secuencias límbicas. Memorias exiliadas. Son… identidades.—
Brael, atractivo en el vacío, se conectó al canal ubícuo. Un alud de voces lo envolvió; sentía palabras en su lengua natal, pero también latidos transdimensionales y zumbidos, confesiones en lenguas sin alfabeto. Por un segundo, Voss percibió la razón misma tambalearse. Comprendió de inmediato: el agujero negro era un vórtice de narrativas, un sumidero donde converge el sentido de existir. Y estaba siendo vaciado por los Contrabandistas.
—Nivel de realidad inestable. Iniciando redundancias identitarias— anunció Ona, y las matrices de la nave replicaron el patrón cognitivo de Voss en ocho realidades paralelas, resguardando su sentido del yo como una joya preciosísima.
En el núcleo de la anomalía, sin embargo, aguardaba un infierno de máscaras: una ciudad flotante, urdida de esqueletos de naves y promesas fallidas. Los Contrabandistas, sostenidos por exoesqueletos opalinos, cosechaban recuerdos —los suyos, los de sus víctimas, los de toda civilización perdida— y los empacaban en filamentos custodiados por druidas-mecánicos.
Lo que ningún informe mencionaba era la figura entre ellos: un ente doblado hacia sí mismo, rostro desfigurado por todas las posibilidades que jamás existieron. Empuñaba un cetro, no de poder, sino de desesperación: la llave de acceso absoluto a todos los posibles Voss.
Ona superpuso datos. La entidad, señaló, era la Sombra de Horizonte, una manifestación consciente del agujero negro, modelada por la voluntad de los que habían intentado penetrar demasiado cerca a la frontera. Su talón era una paradoja: existía, pero no tenía derecho a hacerlo.
—Has venido por tus “memorias”, sí —murmuró la Sombra, con voz que era torrente y vacío—. Pero las que guardo aquí no te pertenecen: son todos los tú que no fuiste, los que temiste ser.
El pulso gravitacional tironeaba de la nave, tensando los sistemas de emergencia. Voss sentía dobles de sí mismo —el asesino, el amante, el traidor, el errante— luchando por salir a la superficie de su mente. Era una carnicería elegante, una danzarina perversa en la que sus decisiones estaban programadas para fracasar, una y otra vez, en otros mundos que apenas podía intuir.
Recordó la advertencia de Jeen-Kar: “Aquello que se lleva el agujero negro no desaparece. Torna como pregunta o promesa.” Las máscaras rituales harían poco aquí; sólo la sinceridad brutal podría quebrar ese ciclo de saqueo y parasitismo.
Avanzó por la ciudad flotante, sintiendo el mar de identidades rozando como sedas afiladas su conciencia. Cada Contrabandista le ofrecía un recuerdo alternativo, a precio de realidad: “¿Quieres saber si ella te amó en aquella vida donde te marchaste antes de tiempo?”; “¿Te atreves a cargar con el fardo de todos los hijos que no concebiste?”
Brael resistió. En lugar de negociar con las sombras, se dirigió a la entidad suprema:
—Vengo a rendir cuentas, no a huir. Si he de pagar, que sea por aquello que decido recordar.— Extendió la mano, caliente de determinación, y su pulso gravitacional se sintonizó con el monstruoso núcleo.
La Sombra vaciló; por un instante parecía menos segura, menos horrorosa en su infinito.
—Puedes tomar lo que quieras —dijo con un matiz de alivio—. Pero cada recuerdo será una soga al cuello de uno de los tuyos, en alguna vertiente del tiempo.—
Brael comprendió, de pronto, el precio real de su acto. Sacrificó las dudas, las traiciones de sus otros yos, y en su lugar tejió un hilo de autenticidad, una identidad que no dependía del saqueo ni del parásito, sino de la elección consciente.
Las máscaras, una a una, cayeron al suelo astral de la ciudad flotante. Cada Voss que no fue, se retiró respetuoso a los intersticios de la memoria cósmica.
La nave gimió, pero retrocedió desde el borde del agujero negro. Voss, exhausto, se desplomó en el sillón gravitacional, y desde los confines del horizonte de eventos sintió el agradecimiento reverberando a través de todas sus versiones.
La Carcasa del Insomne había rescatado a la mayor parte de las memorias cautivas, pero muchas quedaron en la ciudad de los cosechadores, ligadas a la Sombra —una promesa de que aún habría que rendir cuentas, otro día, en otro universo. Jeen-Kar saludó desde la distancia, su rostro abriéndose en fractales de satisfacción amarga.
Mientras la nave emergía de vuelta al mar conocido del espacio, Brael Voss supo que allí, en el horizonte retorcido, no se decide el fin de las cosas: sólo su continuo replanteamiento.
En el multiverso, cada canción es eco, cada máscara un intento, cada viaje un acto de temeraria confesión. Y cada agujero negro, finalmente, un umbral.
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