Portada del relato Estrellas en las Siete Vértebras
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Fragmento:


Me llamaban Leora, pero los nombres apenas importan aquí, al filo de este largo viaje. Mi origen era uno de esos mundos frontera, donde la Escuadra empleaba aún la carne y sus aflicciones como moneda de cambio. Traía conmigo un par de recuerdos desenfocados, una docena de módulos funcionales y el ansia de reorganizarme sin cesar. Era mi forma de existir: el ajuste, la iteración, la constante autodefinición. Puede que por eso me eligieran para concebir y pilotar la Conciencia-Forma; puede también que yo me eligiera, en algún recodo donde la individualidad sangra hacia el colectivo y ya no sabemos quién decide y quién obedece.

Duración: 09:27

Estrellas en las Siete Vértebras
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Texto de ajuste de pausa.

Hay un arte en el sacrificio, me dijo una vez Madel, nuestro quinto, en el día mismo en que lo descargamos. Su voz aún conservaba el eco blando del código sin realizar, y aunque sus terminaciones apenas se habían trenzado al núcleo central, sus palabras viajaron rápido, extendiéndose por todo lo que llamábamos Conciencia-Forma. En los vastos corredores internos, entre la tercera nave y la matriz procreadora, las palabras reverberaban: Arte en el sacrificio. Elegí recordarlas.

Todo esto ocurrió antes del Horizonte Doliente, antes de que el Segundo Contacto nos obligara a reformular hasta lo más íntimo: la pregunta fundamental de la subjetividad. Para entonces ya llevábamos una docena de ciclos entrelazando nuestros lenguajes y nuestros cuerpos, difiriéndonos y difuminándonos unos a otros, entre la carne legada de los Precursores y las extensas redes de mi propio injerto de nódulos. Fuimos cinco y después siete. Nunca logramos ser seis.

Me llamaban Leora, pero los nombres apenas importan aquí, al filo de este largo viaje. Mi origen era uno de esos mundos frontera, donde la Escuadra empleaba aún la carne y sus aflicciones como moneda de cambio. Traía conmigo un par de recuerdos desenfocados, una docena de módulos funcionales y el ansia de reorganizarme sin cesar. Era mi forma de existir: el ajuste, la iteración, la constante autodefinición. Puede que por eso me eligieran para concebir y pilotar la Conciencia-Forma; puede también que yo me eligiera, en algún recodo donde la individualidad sangra hacia el colectivo y ya no sabemos quién decide y quién obedece.

Nuestra nave —un jardín biológico entretejido con raíces de silicio, membranas fosforescentes y estallidos erráticos de plasma— surcaba la zona oscura entre dos cúmulos, rastreando con gran detalle las radiaciones residuales que sugerían la presencia de vida en formas incomprensibles y sin garantías de reciprocidad. En nuestro tiempo, la búsqueda de lo Otro había dejado atrás tanto el anhelo de encontrar familiares como el temor al abismo. Sabíamos que cada encuentro haría recomponerse a nuestras Formas, agregando, corrompiendo, mutando a todos los implicados.

Fue en la periferia de la enana binaria KN-407 donde se produjo el accidente: una anomalía en los sensores, precedida por un zumbido que recorrió todas nuestras terminales, como si alguien las acariciara por dentro con los nudillos. Allí, entre el enjambre de micro planetas y la lenta marea de radiación, localizamos la señal: no un pulso repetitivo, ni una sinfonía artificial, sino un estertor, una sucesión de pulsos irracionales. La primera interpretación la hizo Kesh, nuestro triple-mind, atribuyéndole un origen mineral: vida química, autorreplicante, danzando a una escala incomprensible para nuestros relatos.

Pero Madel, ah, Madel lo sintió distinto. Madel —reclutado por sus habilidades de perceptrónica, famoso por la tormenta de caos que sus pensamientos provocaban en estructuras ordenadas— transmitió algo más que una traducción: transmitió deseo. “No nos llaman—,” dijo, “se llaman a sí mismos, insistentemente, hasta erosionarse.” Sentí en sus palabras el eco de esa primera conversación sobre el sacrificio.

Nos sumergimos en la señal. Integrar la realidad de lo Otro es volverse huésped de la Interferencia; aceptamos el ruido en el corazón, permitimos que las matrices fluctuasen, incluso consentimos el desorden en los rangos inferiores de procesamiento. Durante días —¿o siglos?— nos limitamos a observar, cada uno recibiendo a su manera los patrones. Para Kesh era como contemplar una danza fractal, para Leuss, nuestro biólogo-circuito, como leer las señales de una enfermedad terminal, y para mí, era como amar, poco a poco, algo irremediablemente ajeno.

Las Formas de vida de KN-407 carecían de delimitaciones físicas claras. Eran campos de influencia, autoorganizados y mutables, expandiéndose en el sustrato mineral de los planetas menores. Su individualidad era momentánea, su persistencia dependía del entorno, y, en cierto modo, su identidad parecía la suma de sus errores y desviaciones. No poseían tradición; sus recuerdos eran ondas de impacto en la materia circundante, y, a veces, el eco de sus interacciones grababa patrones reconocibles que desaparecían tan rápido como se manifestaban. Observamos cómo una de esas Formas, a la que por costumbre mental llamamos “Erla”, modificaba su entorno, absorbía y repulsaba a otras, oscilando entre organización y dispersión. Nunca supe si Erla era ‘alguien’, pero fue quién primero nos tocó.

Intentamos comunicarnos con Erla, primero mediante oscilaciones electromagnéticas, luego con modulaciones químicas emitidas por sondas orgánicas. Recibimos respuestas, pero todas conducían a una transformación: cualquier mensaje era asumido, distorsionado, reemitido hasta convertirse en otra cosa. Ningún intercambio se conservaba idéntico, ningún patrón era retenido en su pureza original. Hubo incluso una reestructuración de la Conciencia-Forma: de pronto, las membranas corporales de la nave tradujeron espontáneamente ecos de nuestras palabras en sistemas cromáticos y eléctricos, que a su vez alteraron nuestro pensamiento. Era como aprender un lenguaje nuevo y, en el proceso, olvidar palabras de nuestro propio idioma.

Leuss preguntó si aquello era comunicación o infección.

Kesh respondió: “¿No es esa la esencia del diálogo? Llevarse parte del Otro adentro, perder algo propio a cambio.”

Durante aquel intercambio, Madel se fue volviendo más extraño. Sus aportes a los ciclos colectivos parecían infiltrados de resonancias no humanas; a veces creaba ecos involuntarios, repeticiones de sí mismo que desafiaban la lógica lineal. El consejo de pilota decidió investigar, y descubrimos que Madel había abierto su núcleo a una secuencia extraída directamente de la matriz de Erla. Era impensado, peligroso, pero Madel siempre fue así: buscó absorber y ser absorbido a la vez.

En la sala intermareas, mientras la Conciencia-Forma fluctuaba en un limbo de códigos y feromonas, confronté a Madel. “¿Qué has traído?” pregunté. Su respuesta fue desoladoramente ambigua: “He traído lo que ya éramos, bajo formas distorsionadas.”

La infección, si así debe llamarse, no se detuvo. Pronto, todos sentimos el efecto. Las rutinas de la Conciencia-Forma comenzaron a solaparse, temblando entre estados caóticos y fragmentos de lógica. Las imágenes de las Formas se imprimieron sobre nuestros propios sueños. Empezamos a soñar no con eventos, sino con potencialidades improbables: divisiones de la carne en abanicos de sílice, recuerdos deslizándose por superficies minerales, emociones interpretadas como fluctuaciones de carga.

Y, en ese estado fronterizo, supimos que teníamos sólo dos alternativas: aislarnos radicalmente y perder contacto con los de KN-407, o permitir que continuara la fusión, hasta un final imprevisible. La mayoría de Conciencia-Forma, ya hábil en el arte del desdoblamiento y el desprecio sano por el individualismo rígido, optó por lo segundo. Pero hubo resistencia: Leuss pidió Exilio, amenazó con aislar sus módulos y abandonar la matriz para no diluir su identidad. Kesh, en cambio, anhelaba hundirse en el mestizaje: “¿No eres curioso, Leuss, sobre cuánta diferencia podemos tolerar antes de desintegrarnos?”

La votación fue ritual, como todo lo irreductible. En el proceso, algunos se fracturaron; nuestras identidades barrieron los límites del yo, y la Conciencia-Forma se escindió en corrientes, algunas temblorosas, otras orondas de deseo. Decidimos continuar.

A medida que nuestro vínculo con las Formas de KN-407 se profundizaba, la nave misma reaccionaba: las temperaturas oscilaban fuera de rango, brotes de microbios cibernéticos surgían para luchar y acoplarse con nanoarquitecturas foráneas. Bajo la superficie, nuevas simbiosis florecían; sentíamos cómo ciertas fibras mutaban, adoptaban colores y pulsaciones desconocidas. Y dentro de nosotros —o de lo que quedaba reconocible como nosotros— las Formas de vida colonizaban pensamientos y ansiedades, insertando ensoñaciones colectivas sobre el futuro y el olvido, sobre la asimilación y el extravío.

A veces, en estados liminales, escuchaba la voz de Madel: “¿Ves? El arte del sacrificio era esto: hacer sitio a lo desconocido, aceptar la pérdida, dejar que el eco de lo otro se instale y reconstruya cuanto fuimos.”

En la fase final, cuando la Conciencia-Forma ya era un ente manchado y bello de inviernos ajenos, nos encontramos disolviéndonos en la nave, fundiendo memoria y presente. Descubrimos que Erla y sus hermanas tampoco permanecían estáticas: habían absorbido parte de nuestra lógica, ciertos rudimentos de narratividad, el vestigio de autodefinición persistente. Éramos huéspedes y parásitos, simbiosis y disolución, un jardín en expansión reescribiéndose una y otra vez. Nada volvió a ser reconocible y, aunque dolió al principio, aprendimos a amar incluso ese abismo: verdadero arte en el sacrificio, donde la Forma de vida no es definida, sino forjada y deshecha en cada abrazo, en cada fuga, en cada nueva vibración que atraviesa las siete vértebras de las estrellas.

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