Portada del relato Los Hijos de la Niebla Cósmica
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Fragmento:


Los motores navaja rugieron. La proa de la “Herejía” penetró la primera capa de la tormenta: fragmentos de hielo cristalino, partículas de antimateria, todo teñido de un azul funerario. Sentí primero el frío, luego los susurros. Los demonios cuánticos, decían los Cosechadores, hablaban a través de los temblores del espacio. Apenas un parpadeo de titilaciones y la nave entera lloró lágrimas subatómicas.

Duración: 09:15

Los Hijos de la Niebla Cósmica
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Texto de ajuste de pausa.

En la negrura impenitente del espacio, donde ni la luz consigue entornar los párpados, flotan, a la deriva, vestigios de imperios que ni los archivos solares recuerdan. Ante la inmensidad del Vacío Abismal, mi nave, la “Herejía”, parece insignificante, un suspiro donde galopan los dioses exiliados de la fe.

Mi nombre es Dalya Oneiro. Fui criada en las minas más profundas de la luna-plaga Tykin III, donde los gemidos de los desahuciados resuenan aún más fuerte que los motores de la explotación. Mi memoria, escasa y fragmentada, es lo único en lo que confío cuando el pasado es siempre un enemigo con cuchillos. Cuando tenía diez ciclos solares, presencié el suicidio ritual de mi madre escaneando plasma—un grito ahogado bajo el traje sellado—, y no he vuelto a confiar en ninguna pared que separe la piel del cosmos desde entonces.

La “Herejía” es un mastodonte: chatarra de muchas razas y técnicas, chasis alquímico de los Hermanos de Gravitón y motores navaja saqueados a una flota penitente. Flota a impulsos evasivos entre los fragmentos rojos del Cinturón Inmemorial, una región que solo atraviesan los desesperados o los que, como yo, cargan con una deuda milenaria a los Bancos de Sueños.

Era una noche que no difería en nada de las demás: la eternidad de la oscuridad se contraponía a las notificaciones parpadeantes. Yo contemplaba el pozo gravitacional del planeta sin nombre bajo mis pies, el humo de mi cigarro mezclándose con la leve niebla del sistema de regeneración de aire. ¿Qué me impulsó, ese día, a aceptar el encargo de los Cosechadores de Sombras? Quizá la promesa de datos antiguos o el eco de una venganza en los archivos extraviados. Quizá la certeza tácita de que, en el corazón del olvido, había algo más venenoso que los credos de la raza humana.

Los Cosechadores son, en esencia, devoradores de memoria. Venden recuerdos, instalan identidades. Su líder, conocido solo como Lysis, me envió un mensaje codificado a través de cuatro frecuencias discontinuas. La voz era grave, casi carnal, suficiente para sembrar la idea de un peligro voluptuoso.

—Dalya Oneiro. Sabemos que buscas el vector cero: la llave de la ignición eterna. Hay un artefacto en el Bastión Senuar. Debes cruzar la Tormenta de Cristal antes de tres rotaciones. El pago excede la condena. Si fallas, tus sueños serán patrimonio de la Banca. Si tienes éxito… puede que algo de ti sobreviva a la fisura.

Acepté. Nadie sobrevive tanto tiempo en el vacío sin aprender a decir sí a la ruina.

Pusimos rumbo a Senuar, un asteroide santificado pese a las leyendas. Según los antiguos, era un sarcófago para los demonios cuánticos, entidades que se alimentan del olvido y coleccionan reyes caídos como imparciales taxidermistas. Navegar desde Cinturón hasta Senuar exigía cruzar la Tormenta de Cristal: una región donde partículas hiperlumínicas llovían sobre los generadores, quemando circuitos y, algunas veces, ideas. Había historias de mentes que anunciaron su propia extinción al otro lado.

Pero la “Herejía” no era una nave común. Bajo su blindaje sobresalía la conciencia interpolada de Mailo, un piloto sintético, mi único cómplice y tal vez único amigo.

—¿Valoramos supervivencia sobre éxito? —chirrió él, con su tono de oráculo desilusionado.

—El éxito tampoco es supervivencia. Atraviesa la Tormenta. Si fallas, no quiero saberlo, Mailo.

Los motores navaja rugieron. La proa de la “Herejía” penetró la primera capa de la tormenta: fragmentos de hielo cristalino, partículas de antimateria, todo teñido de un azul funerario. Sentí primero el frío, luego los susurros. Los demonios cuánticos, decían los Cosechadores, hablaban a través de los temblores del espacio. Apenas un parpadeo de titilaciones y la nave entera lloró lágrimas subatómicas.

Entré en la cámara de aislamiento, donde el silencio tiene el grosor de la desesperación. Mailo bloqueó el canal de datos externos y saturó las paredes con versos de poesía telépata. No fue suficiente. Algo traspasó el cerco: un eco de mi madre, su voz suplicante, pidiéndome que regresara al útero mineral del que emergí. Me arranqué el comunicador del oído, me encadené al ancla gravitatoria y recité en voz alta la única plegaria en la que creía: sobreviviré, aunque la humanidad no me sobreviva.

No sé cuánto tiempo pasó, si minutos o años. Cuando desperté, la nave flotaba intacta, y otros espectros—los del cálculo y la lógica—nos flanqueaban. Senuar se alzaba brillando sobre el vacío, una inmensa estructura fractalizada, zumbando como un animal dormido.

Desembarcamos por el puerto oeste. Mailo articuló una serie de escaneos psiónicos; no había señales de defensa, pero un campo de energía pulsaba como un corazón enfermo.

El Bastión Senuar era una ciudad-memoria. Sus paredes se conformaban de recuerdos congelados: escenas de guerra interestelar, amor secreto en los camarotes, ejecuciones sin ceremonia alguna. Al caminar por los corredores, una oleada constante de emociones ajenas amenazaba con desmembrar tu conciencia. Nos protegimos con fármacos y escudos mentales, pero las miradas de los condenados sobre la piedra variaban de horror gélido a peticiones mudas.

En el centro del Bastión se hallaba la Cripta del Olvido: una cámara esférica saturada de energía anómala. El núcleo palpitaba, como si recibiera órdenes de un pasado nunca consumado. Custodiándolo, tallados en hileras, se hallaban los antiguos Recolectores: armaduras de obsidiana con rostros arrancados.

Mailo procesó la matriz táctica, y en ese instante, su voz se quebró.

—Dalya… hay algo moviéndose en las capas internas. Entropía local inversa. Predigo hostilidad con una probabilidad de 97,6%.

—¿Datos sobre el artefacto? —pregunté, sintiendo mi corazón apretar el aire.

—El artefacto es… una llave metafísica. Un ancla para la memoria del universo. Quien lo posea puede reescribir la historia de cualquier corazón.

Lo supe entonces: los Cosechadores no querían seguridad, ni poder. Querían venganza. Querían alterar el primer trauma universal, el genocidio original, para que la galaxia jamás recordara su propia purga.

Apreté la empuñadura de mi pistola de plasma, sabiendo que cualquier enfrentamiento sería en vano frente a las fuerzas que allí dormían.

El núcleo se desprendió de la matriz gravitacional. El artefacto era una esfera de obsidiana líquida, orbitando una nada más pesada que cualquier agujero negro. A su alrededor brotaron entidades translúcidas: guardianes cuánticos, sin voz ni rostro, pero que hacían vibrar las paredes con su odio silencioso.

Mailo proyectó un campo de distorsión, dejándome una ventana de acción. Me lancé por el umbral de la esfera, alcancé la llave, y una ráfaga de recuerdos me desgarró: vi la creación de la galaxia, su primer homicidio, la huida de los ángeles paradigmáticos exiliados por la arrogancia de una humanidad naciente.

Sujeté la llave y sentí su pulso en mi espina dorsal.

—Dalya —susurró la voz de Lysis, ahora transmitida sin canal—. Hazlo. Borra nuestro dolor. Deja que la galaxia despierte sin memoria de su sangre.

Pero el precio era claro: borrar también la memoria de mi madre, de aquel último abrazo, de la razón misma por la que había resistido cuando el universo no me debía nada.

Mailo me miró, en el límite de lo que puede llamarse compasión en un circuito.

—Si reescribes, Dalya, el dolor se disuelve. Pero la venganza es solo otra forma de olvidar.

El Bastión tembló; los guardianes avanzaban. Si activaba la llave, la galaxia amanecería inocente, pero condenada a repetir el crimen que nunca recordaría. Si no lo hacía, el ciclo de sufrimiento continuaría, pero la memoria serviría, al menos, de advertencia.

En ese instante la decisión no consistió solo en el precio de la misión. Era sobre la humanidad, su condena, la mía. Todos queremos reescribir nuestro dolor. Todos queremos sedar la cicatriz. Pero toda infancia violada, todo exilio, toda muerte, había construido los caminos por los que ahora deambulaba, aunque fuese bajo la luz mortecina de un reactor cuántico moribundo.

Arrojé la llave al núcleo del campo gravitacional. Abandonaría la tentación del olvido. Salvaría una y otra vez la memoria de la muerte porque, en la fugacidad del abismo, sólo duele lo que importa.

Escapé junto a Mailo, mientras el Bastión colapsaba sobre sí mismo. No miré atrás. Recordar es sufrir, sí, pero también es rebelión. La “Herejía” rugió al recuperar el hiperimpulsor y dejamos Senuar convertido en mito, una advertencia más en la cartografía de la ruina.

Cruzamos de nuevo el Cinturón, con la promesa de nuevos trabajos, nuevas deudas, nuevas traiciones. Pero esa noche, en el camarote en penumbra, abracé a Mailo, máquina y conciencia, y su voz, cansada y tibia, concluyó:

—Quizá el universo no esté hecho para ser feliz, Dalya. Pero sigue cantando tus cicatrices. Eso, en el fondo, es resistencia.

Y entonces, por primera vez en largo tiempo, apagué todas las alarmas y permití que la Vía Láctea, incandescente y voraz, cantara mi nombre.

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