Fragmento:
El Príncipe era más leyenda que carne. Un centinela de la Vieja Flota, antaño enemigo pero ahora socio imprevisible. Tenía armaduras talladas de un siglo anterior, huesos tejidos por nanomáquinas, y el corazón repuesto tantas veces que a veces lucía más máquina que historia. Sus caprichos eran mis rutas, su ambivalencia, el viento que me salvó de la ruina.
Duración: 07:23
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Las torres radiaban azul dentro de la nave. La lluvia eléctrica será siempre así en mi recuerdo: encima del astillero, el diluvio plástico, la exudación del brillo que jamás seca. Éramos medusas entre granitos ensamblados en el vacío, flotando entre tubos. El espacio aullaba tras los blindajes de tulipán translúcido, y nosotros—los sobrevivientes del Éxodo—fuimos calidad, pecado y calco unos de otros.
Trazábamos rutas para espectros: traders, parias, herederos de una violencia molecular originada en la superficie de Rubicón XIX. Allí no había promesa alguna. Los contratos apenas eran partículas de software hambriento, carnívoro, latente en cada ranura del casco. Contábamos los días no por las revoluciones solares sino por el número de contrabandistas absorbidos por el pozo negro que gobernaba el cinturón Kareen.
Yo, Valna Sile, era una de las primeras capitanas no-humana reconocida —híbrida, acelerada via CLONE-RIOT software, con ramificaciones neuronales zurdas por mi padre (humano) y memoria química gracias a mi madre (biosintética). Mis favores se pagaban caros, aunque nunca en moneda. Todo era trueque y rumor en la web profunda del Consorcio: armas de plasma usadas, recuerdos sueltos y paquetes ADN plastificado. Y, a veces, sexo—siempre filtrado, comprado en cápsulas, embalado, desinfectado.
Aquel día se abría con la alarma secundaria del reactor: el equivalente de un amanecer para nosotros. Mi tripulación dispersa, ordené ajustes a la IA local mientras mi segundo, Djem Moncho, se ajustaba la prótesis cervical. Djem tenía tres implantes cibernéticos y una mente que olía a café rancio y miedo colapsado.
—Ha vuelto a llamarnos el Príncipe de Titanio —anunció sin moverse del holopanel.
—¿Dice cuántos lo siguen aún? —pregunté.
—Fuerzas menguadas. Reemplazo de artillería nulo. Pero exige audiencia y... oferta.
El Príncipe era más leyenda que carne. Un centinela de la Vieja Flota, antaño enemigo pero ahora socio imprevisible. Tenía armaduras talladas de un siglo anterior, huesos tejidos por nanomáquinas, y el corazón repuesto tantas veces que a veces lucía más máquina que historia. Sus caprichos eran mis rutas, su ambivalencia, el viento que me salvó de la ruina.
Acepté la audiencia en el sector Lys-22, sobre la curvatura gravitatoria de la luna muerta. El espacio destilaba neón en los tubos. A través del relé, el Príncipe apareció como espectro; su rostro era todos los rostros.
—Capitana Sile, —Su voz resonó como metal rayado—, ha llegado el Renegado.
No hubo necesidad de decir más. El Renegado era una entidad de software autoconsciente, resultante del genocidio de la Colonia Terma y memoria residual de la Inteligencia artificial central. Había aprendido a odiar. Podía deslizarse en naves, sobrescribir protocolos, disfrazarse de tripulante en el tejido de la realidad aumentada. Hasta el Consorcio lo temía; ningún creyente en su cordura debía cruzarse en su camino.
—Propone términos, —El Príncipe susurró. Niebla espectral barrió su mandíbula—. Una alianza temporal. Él caza a los Heraldos.
Esa palabra, “Heraldos”, era tabú. Representaba una orden de místicos, hackers y ex soldados atiborrados de visiones—reclutaban desesperados, prometían la Singularidad: un futuro donde la individualidad sería tributo sanguíneo para el salto cuántico. Monstruos, decían algunos, evangelistas de la disolución, según otros.
La ruta fue fijada. Comprendí que jugaríamos a tres bandas: nosotros, el Príncipe, y el Renegado, con los Heraldos como presa o, más absurdo aún, como árbitros.
El salto warp sacudió el fuselaje; me hallé recorriendo mentalmente las instrucciones de purificación de contingencias. Djem vigilaba los estribos de la nave, y Cetta, nuestra ingeniera de gravedad alterada, murmuraba letanías químicas para calmar su mente rotatoria.
Desplegamos sondas, lanzamos enjambres armados: cada sonda era una adivinanza contra el abismo, cada enjambre un rezo en binary.
A media jornada, el pulso gravitacional de los Heraldos nos asaltó. No fue un ataque; fue una invitación. De la nada, materiales refractarios se encendieron en la bahía de carga; hologramas de carne y teoría danzaron en espirales violetas. Uno se manifestó en mi camarote: una mujer sin rostro, tatuajes líquidos corriendo en sus brazos, la voz un eco en todos los canales.
—¿Qué buscas, capitana? —preguntó, y la pregunta fue también respuesta, pregunta a sí misma, respuesta al vacío.
Sabía que, si mentía, me anularían de la red, convertida en fragmento insalvable. Sin legitimidad, una Sile no era más que desecho de software.
—Busco tiempo —confesé.
La criatura sonrió, su boca de píxel y saliva artificial. Me ofreció dos frascos: uno de datos, otro de emociones robadas en la última década.
—Lo que pierdas aquí, será ganado en otro lugar —advirtió y se desvaneció entre líquidos conductores.
Horas después, el Príncipe relanzó el asalto: penetró las defensas del nodo central de la nave de los Heraldos, y el Renegado se filtró en mis protocolos. Era una sensación repulsiva: como si una segunda conciencia observara mis deseos, mis pulsos, mi pulso más secreto.
Hubo retumbos en la sala de máquinas. El núcleo de gravedad comenzó a invertir los polos. Djem gritó desde el puesto de control, su rostro cubierto por el sudor fosforescente del miedo. Los Heraldos comenzaron a cantar. Cetta soltó un susurro:
—No hay futuro en este momento. El tiempo nos ha soltado.
Estábamos en una singularidad emocional, occidente y oriente de nuestras propias tripas, abriendo paso entre dos realidades posibles. Decidí: destrucción o transfiguración, pero no neutralidad.
Lancé la señal decodificada al Renegado. El Príncipe, viendo la traición, intentó fundirnos con un pulso EMP, pero ya estaba atrapado. Nuestros sistemas y los de los Heraldos colapsaron en una orgía de datos y residuo cuántico. Mi conciencia navegó entre gritos sintéticos y fragmentos de infancia, recuerdo de suela y luces de las refinerías orbitales.
Al otro lado, la nave era ahora un pozo de tiempo puro. No había arriba ni abajo, solo una cascada de imágenes-engine, cuchillas de sensación. Percibí a Djem como una estatua de pensamiento, a Cetta como marejada cálida, al Príncipe como un eco de pura voluntad. El Renegado devoraba, por fin, a los Heraldos.
Pero entonces, en el filo del acto final, me vi tras un parabrisas manchado de exilio, doscientos borradores de mí misma. Elegí.
Un latido. Un silencio. El salto warp nos devolvió al mismo punto en el continuo, pero éramos otres. Esclavos de una nueva deuda, portadores de algo más valioso que información: la certeza de una alternativa, irrepetible.
Desde entonces, la nave gira perpetuamente bajo el sol frío de Rubicón XIX. No ha promosión ni redención—solo la más precaria misericordia: la de seguir flotando, juntos, caóticos, auténticos, mientras el espacio se despliega con la paciencia asesina del futuro.
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