Fragmento:
Rutenberg sabía que la supervivencia de la Antípoda dependía, como siempre, de evitar ser recordados por civilización alguna, especialmente por las que llenaban formularios para exterminar planetas. “Debemos dirigirnos al Bazar de Sthri’Khetz. Allí, entre las naves de contrabandistas, los replicantes aristócratas en decadencia y los mercaderes de recuerdos post-sueño, quizás hallemos pistas.”
Duración: 09:29
Por supuesto, uno podría preguntarse qué hace una tetera plateada decorada con runas eldritch en la sala de mando de una nave de guerra intergaláctica, pero uno podría también preguntarse por qué el capitán se tapa un ojo con un parche diseñado para filtrar la radiación psíquica, en vez de con uno normal, o por qué los calcetines de los marineros llevan pequeñas campanillas antigravitatorias. Las respuestas no son estrictamente necesarias, salvo quizá para ciertos tipos de auditorías administrativas, y por fortuna, la Burocracia Estelar sólo llega a los confines del espacio cuando se han agotado todas las posibilidades cómodas.
La nave, La Antípoda Insuficiente, surcaba los márgenes de la Nebulosa de los Incongruentes, justo en el punto donde los mapas estelares se llenan de signos de interrogación y comentarios escritos al margen por cartógrafos demasiado sinceros. Era un crucero imponente, o lo habría sido, si algún día sus cañones de plasma hubieran dejado de servir para colgar medias o sus reactores de hipersalto no hubieran sido modificados para calentar sopa de crabus galáctico en cinco dimensiones.
El capitán Archibald Rutenberg bajó la mirada a la mesa táctica, examinando con desaprobación la constelación formada por trozos de pan y migas. Sus oficiales parecían tan atentos a la charla como lo estaría un cáctus a una conferencia sobre ética líquida. La Primera Oficial, la Comandante Mírial Spindrift, malabareaba con un puñado de hexágonos neuronales, artefactos prohibidos en la mayoría de civilizaciones cuyas psiques aún conservan cierto aprecio por la cordura.
“La situación es sencilla,” dijo Rutenberg en ese tono que indicaba que nada era sencillo ni lo sería jamás. “Hay un bólido imperial merodeando la periferia y, confieso, empieza a estropearme la sinapsis matutina. Dicen que buscan—” hizo una pausa significativa, “la piedra de Thardrak.”
Todos los presentes suspiraron con una coreografía digna de una ópera, pues la piedra de Thardrak no era una piedra —es más, nadie sabía si alguna vez había sido piedra, constelación, onda de probabilidad o receta para galletas de especias de metano. Pero la querían. Y, cuando uno dice ‘imperiales’, uno no quiere contrariarlos. Ya han destruido sistemas estelares por errores de ortografía.
El alférez Plotz —un ser del planeta Uzglar, con ocho tentáculos y un acento que podía partir átomos— se removió en su asiento. “Se rumorea que la piedra concede poder sobre la entropía, capitán. O, en su defecto, arroja buena luz para las selfies en agujeros negros. Cualquiera de las dos cosas sería invaluable para el Imperio.”
“¿Alguien la ha visto jamás?” preguntó Mírial, colocando dos hexágonos sobre su lengua, como quien toma caramelos, y esperando no tener que flotar cabeza abajo como resultado. Nadie le respondió. Naturalmente: la piedra era un mito tan antiguo como los impuestos interestelares, y considerablemente más plausible.
Rutenberg sabía que la supervivencia de la Antípoda dependía, como siempre, de evitar ser recordados por civilización alguna, especialmente por las que llenaban formularios para exterminar planetas. “Debemos dirigirnos al Bazar de Sthri’Khetz. Allí, entre las naves de contrabandistas, los replicantes aristócratas en decadencia y los mercaderes de recuerdos post-sueño, quizás hallemos pistas.”
La nave partió en rumbo errático, atravesando corrientes de materia oscura y anuncios holográficos de tiritas para androides. El Bazar surgió lentamente de la neblina cósmica: una colmena informe de plataformas, luces y sonidos reservados sólo para aquellos cuya definición de ‘placer’ incluía la posibilidad de perder órganos no necesariamente propios.
Al atracar, les recibió una figura alta y encapuchada, característica de al menos siete religiones apocalípticas y cuatro sindicatos de estibadores. “Bienvenidos a Sthri’Khetz,” dijo, parpadeando en binario. “Vuestras intenciones, por favor, y no tenemos cambios para ninguna moneda acuñada por civilizaciones extintas.”
“Buscamos información sobre la piedra de Thardrak,” anunció Mírial, mientras un tentáculo de Plotz desaparecía con sigilo en una bolsa de chips gravitatorios.
“Ah.” La figura hizo una pausa. “¿Información factual o... condimentada?”
“Ambas, por supuesto.” Rutenberg sonrió educadamente. “Sabemos cómo se juega este juego.”
Fueron conducidos a través de túneles de gravedad artificial, por encima de un abismo donde flotaban pastillas de memoria y guitarras interestelares desafinadas, hasta una cámara revestida de lianas de nanocarbono. Les esperaba un trío de informantes: una inteligencia artificial que había olvidado que lo era, una mercenaria vestida con papel de envolver espacial de alta costura, y lo que, después de cuidadosa observación, resultó ser un humanoide compuesto enteramente por monedas de diez trillones de créditos, devaluadas pero rencorosas.
“Sobre la piedra de Thardrak,” comenzó la I.A., “los datos existentes son contradictorios y frecuentemente ilógicos. Se dice que quien posea la piedra puede manipular la probabilidad de los eventos, pero sólo aquellos extrañamente improbables. Por ejemplo: que una nave logre sobrevivir a una emboscada imperial con solo daños superficiales, o que un marinero gane una partida de ajedrez cuántico mientras duerme.”
La mercenaria añadió, con una sonrisa que habría sido ilegal en cinco sectores, “Los imperiales creen que la piedra está en el planeta Axion-5, pero yo apostaría tres pulgares a que sólo encontrarán su perdición y una factura dimensional.”
El hombre-monedas tintineó con tristeza. “Varios han muerto. Algunos, varias veces. La piedra ‘elige’ a quienes ya han sido descartados por el destino.”
Rutenberg reflexionó. La Antípoda Insuficiente estaba acostumbrada a flotar en la periferia de lo improbable, a desafiar las estadísticas no por heroísmo sino porque el universo rara vez recordaba que existían. Puede que la piedra los buscase a ellos, más de lo que ellos la buscaban a ella.
Al poco partieron de Sthri’Khetz, cargando no sólo información, sino también supersticiones, una hipótesis y una caja de galletas de antimateria (por si acaso). De camino a Axion-5, discutieron la estrategia.
“El plan es sencillo,” dijo Rutenberg. Hubo miradas de pánico colectivo. “Entramos, localizamos la piedra —si existe—, y nos marchamos antes de que el Imperio pueda deletrear nuestra matrícula. Y, si no existe, fabricamos una farsa creíble con la ayuda de Plotz, algo que brille y que no haga explotar a nadie hasta haber cobrado la recompensa.”
Axion-5 giraba lentamente en torno a un sol anciano, cubierto de ruinas y florestas de matemática no euclidiana. La Antípoda descendió evitando las torretas imperiales gracias a una combinación de pinchazos de suerte y una densa capa de trivialidades. No encontraron resistencia. Ni siquiera señales de vida.
Salvo por una curiosa puerta flotando en mitad de una pradera, hecha de madera imposible y bisagras gravitatorias. Los oficiales, acompañados por dos marineros armados con lanzadores de incertidumbre, se adentraron.
La habitación interior era aparentemente infinita, llena de relojes que avanzaban hacia atrás y estantes con objetos imposiblemente antiguos: el primer pensamiento consciente, la primera mentira, la primera cucharadita de sal. Y en una peana flanqueada por gatos de Schrödinger ronroneantes, la piedra.
No era piedra realmente. Más bien, un poliedro translúcido que parecía contener una galaxia en miniatura, fragmentos de memoria y las notas desafinadas de una sinfonía olvidada. Al acercarse, notaron una etiqueta adherida…
‘Propiedad de Presuntos Nadie. Si la encuentra, por favor devuélvala a donde menos se la espere. No apto para imperios.’
Rutenberg levantó la piedra (o lo que fuera). Nada sucedió: ningún trueno divino, ningún desgarro del espacio-tiempo, sólo un leve murmullo de aprobación felina.
“¿Y ahora, capitán?” preguntó Mírial.
“Ahora necesitamos una buena historia. Y un cebo para el Imperio.” El capitán guardó la ‘piedra’ bajo su capa y, juntos, regresaron a la nave, sin saber que, a partir de ese momento, el azar sería su más fiel enemigo y aliado.
El crucero imperial arribó poco después. La trampa funcionó —Plotz, disfrazado de reliquia ancestral, los guió entre laberintos de lógica invertida y probabilidades contradictorias hasta que los datos imperiales colapsaron en sí mismos, como una miniatura de burocracia autofagocitada. El Imperio, tras perder tres naves, dos generales y su credibilidad, se retiró por falta de paciencia y presupuesto.
La Antípoda Insuficiente se alejó de Axion-5, dejando la piedra donde —seguramente— tendría el menor impacto posible: entre las garras de un gato de Schrödinger convenientemente distraído con una bola de lana cuántica.
En la sala de mando, mientras los oficiales celebraban con té metafísico y aperitivos de antimateria, Rutenberg reflexionó que, al final, todo Space Opera no es más que una sucesión de improbabilidades, vueltas inevitables por la mera osadía de elegir una nave lo suficientemente absurda con una tripulación lo bastante extraña. La única diferencia, pensó con una sonrisa, es lo decorativo de la tetera.
Y así continuaron su viaje, arrojados por la corriente improbable del cosmos, escribiendo, sin quererlo, la leyenda que nadie osaría creer y que, por tanto, estaría a salvo de la burocracia.
Al menos, hasta que otra piedra, otro mito o simplemente el té se acabara.
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