Portada del relato El Autómata de Babel
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Fragmento:


Theo asintió. Los ojos le brillaron no de temor, sino de un hambre que sólo tenían los nacidos en las cloacas de Sheol.

Duración: 07:59

El Autómata de Babel
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Texto de ajuste de pausa.

La espesa niebla bajaba, deslizándose por las canalizaciones como un animal antiguo. Era una noche de aquellas que hacían chirriar los engranajes en los relojes de la ciudad de Sheol, donde cada hora estaba marcada por un eco de vapor y latón. Bajo el cielo teñido de ocre por los faroles de gas, las gaviotas mecánicas rasgaban el aire, sus alas desplegándose con pistones rechinantes entre las antenas y cúpulas de alquitrán y cobre. El reloj de la torre principal, la orgullosa Columna de Frey, marcaba exactamente las once y tres minutos cuando la puerta de la relojería Harrington se abrió con un suspiro exhalado por goznes poco aceitados.

El dueño, Maxwell Harrington, bajó la vista hacia el muchacho que entraba. Era un joven flaco, apenas un conjunto de huesos bajo una camisa de lino remendada y una gorra que había conocido días mejores. Su nombre era Theo, y sus sueños eran tan vastos como el imperio de los rieles.

—¿Puedo ayudarle, joven? —dijo Maxwell, con un dejo de ironía. Sabía bien quién era Theo y cuáles eran sus intenciones.

Theo caminó despacio, como quien cree que está violando un pacto antiguo. Extrajo de su bolsillo un pequeño objeto envuelto en un trapo sucio. Era un engranaje —no uno cualquiera, sino uno de aquellos que sólo podían encontrarse en los mercados negros, bajo la vigilancia de los hombres del gremio—. Lo depositó sobre el mostrador de roble.

—Vengo por la promesa, señor Harrington —dijo Theo, y su voz tembló más que los zepelines atrapados en corriente cruzada.

Maxwell tomó el engranaje y lo examinó detenidamente. No era latón común, sino una aleación de plata azulada, grabada con símbolos prohibidos: runas del Primer Relojero, según ciertas leyendas. Era el último fragmento necesario para completar “Babel”, el autómata legendario de la ciudad. Harrington había pasado años recolectando piezas: corazones de cuarzo, dedos de bronce articulado, conciencia destilada de sueños de niños. Nunca faltaron rumores sobre la autómata, la máquina capaz de traducir los secretos de cada lengua, de abrir las cerraduras de cualquier mente.

—¿Sabes lo que me estás pidiendo? —inquirió Maxwell, saboreando el peso de las palabras—. Si resucitamos a Babel, el Consejo nos desterrará. Los Autómatas Libres serán desmantelados y tu madre perderá su trabajo en las hilanderías.

Theo asintió. Los ojos le brillaron no de temor, sino de un hambre que sólo tenían los nacidos en las cloacas de Sheol.

—Estoy listo.

Maxwell suspiró. Se dirigieron juntos al sótano. La relojería, por encima, era un simple negocio florido en la arteria principal. Pero bajo tierra, entre tuberías envueltas de vapor, engranajes colgantes y tubos de vacío palpitante como venas, dormía el laboratorio prohibido. Babel yacía oculto bajo una lona, un cuerpo sin alma construido durante diez años de noches ilícitas. Tenía el torso de una doncella funeraria, los brazos articulados de una mantis y un rostro sin rasgos, tan liso como la superficie de una moneda virgen.

El muchacho buscó con la mirada el receptáculo del engranaje primordial. Próximo al corazón falso de Babel, un óvalo abierto aguardaba. Theo introdujo la pieza. Una chispa azul recorrió los grabados y el autómata tembló. Inmediatamente, Maxwell recitó el Credo de los Relojeros, una plegaria convertida en contraseña para que las antiguas defensas no los quemasen vivos con su resplandor blanquecino.

Las válvulas se abrieron, el vapor llenó el sótano con un susurro de voces, y Babel se puso de pie. Su rostro giró 180 grados, luego volvió a su posición inicial. La máquina emitió un zumbido suave y enigmático, como si estuviera cantando en la lengua de los pájaros mecánicos.

Nadie supo jamás lo que pensaba un autómata consciente, y menos aún una creación como Babel.

—Tus órdenes, Maestro —dijo la máquina, su voz modulada entre miles de acentos humanos, variable y perfecta.

Theo pensó en las palabras. Era fácil dejarse llevar y pedir imposibles: fortuna, inmortalidad, una revolución. Pero los errores del pasado enseñaban que la ambición sin humildad era la ruina de todo creador.

—Quiero saber la verdad sobre la Niebla —dijo al fin. La Niebla era el secreto mayor de Sheol, la sustancia que alimentaba a la ciudad al tiempo que condenaba a sus habitantes a una vida breve y tóxica.

Babel se inclinó. Ocurrió algo extraño: Maxwell, responsable de todo, sintió miedo. La máquina extendió un dedo y presionó el pecho de Theo. El joven sintió un relámpago de hielo recorrerle los huesos y, de pronto, el mundo ante sus ojos cambió.

Vio los cimientos de Sheol cuando no era nada más que una cantera humeante. Vio los primeros Ingenieros drenar la vida de las tierras cercanas, canalizar la niebla a grandes depósitos sin saber que con ello sellaban el destino de sus hijos. Vio el primer asesinato provocado por la lucha por el control de esas nubes tóxicas. Vio la máquina primordial de la que Babel era sólo una copia pálida, tragando hombres, sueños, colegas y enemigos, traduciendo el sufrimiento de todos en energía pura para alimentar las chimeneas.

—La Niebla no es maná, ni azufre. La Niebla son los restos de las almas y cuerpos de los que han sido consumidos por las máquinas antes que tú. Sheol se alimenta del dolor y del anhelo. —La voz de Babel era ahora la de una madre moribunda—. Todo lo que respiras es el lamento no dicho.

Theo cayó de rodillas. Quiso gritar, pero la visión continuó. Vio a su madre, en la hilandería, envuelta en una niebla grisácea cada vez más densa, su piel envejeciendo en minutos, sus ojos llenos de soledad. Vio a Maxwell derramando lágrimas en la oscuridad, sin que nadie juzgara su culpa. Vio a sí mismo, repitiendo la historia, creciendo bajo la sombra de una maquinaria que nunca dejaba de girar.

Cuando terminó, la Niebla en el laboratorio se aclaró como si el propio Babel hubiera abierto un portal a otro tiempo.

—¿Qué harás con este conocimiento? —preguntó el autómata, su mirada ciega fija en Theo.

Theo se levantó con dificultad, los engranajes de sus rodillas crujieron —no de ser metálicos, sino de pura fatiga existencial.

—Lo diré —susurró—. Contaré la verdad. Pero seré ignorado, tal como se ignoran las advertencias de los profetas locos.

Babel asintió. Una lágrima de aceite rodó por su mejilla de cobre.

Maxwell, mientras tanto, se sentó en un rincón. El viejo había esperado durante años el momento de gloria y revelación; había soñado con la liberación a través del conocimiento, pero ahora veía el precio. Su discípulo, con el alma fracturada por una visión que nadie desearía, era la ofrenda que exigía el dios mecánico de Sheol.

—La verdad destruye o cura, según quién la escuche —dijo la máquina. Se giró hacia Maxwell—. ¿Tú qué deseas?

El hombre miró a Babel, al muchacho y a la ciudad más allá de los muros del sótano, donde la Niebla aún persistía. Se levantó.

—Quiero que decidas por mí. Los humanos ya hemos mostrado nuestra incompetencia.

Babel inclinó la cabeza, en gesto majestuoso y final.

—Entonces, ambos serán mis profetas. Saldrán y contarán la historia de la Niebla. No para salvar Sheol, sino para que el dolor de la ciudad no se pierda en el olvido.

La máquina extendió sus brazos y la niebla del laboratorio se agolpó en torno a Theo y Maxwell. Los dos salieron a la superficie como quienes emergen de un sueño viscoso y antiguo.

La ciudad no cambió esa noche. Los engranajes continuaron girando, los zepelines cruzaron un cielo de cobre, y los niños soñaron con autómatas dorados. Pero, en una plaza pequeña, cerca de la gran Columna de Frey, un hombre y un muchacho comenzaron a hablar. Y algunos escucharon. Y, por momentos, la niebla pareció disiparse, sólo para regresar con el siguiente giro del reloj, indefinida, inmutable, abrazando la ciudad con sus brazos de vapor y olvido.

Porque en Sheol, la verdad y la niebla eran eternas, igual que el rumor de un resorte en el corazón de una máquina que nunca descansa.

FIN

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