Fragmento:
Evangeline LaRue, sentada en un compartimento privado, observaba cómo sus guantes de cuero opalescente apenas contenían la ansiedad en sus dedos. Tras la ventana de cristal romano, el paisaje grisáceo era surcado por siluetas recortadas: árboles muertos, torres de vigilancia, y el titilante resplandor de balizas eléctricas. Cada vez que el tren se detenía para repostar carbón, una cuadrilla de hombres, piel tiznada y terror a flor de boca, llenaba la caldera en silencio. El ferrocarril marcaba su dominio, y aunque la elegante señora LaRue lucía impertérrita en su corsé de seda y gorra con engranajes incrustados en el ala, por dentro sentía la marea de la incertidumbre crecer.
Duración: 08:34
El tren cruzaba los páramos cubiertos de musgo bajo una cúpula de nubes cobrizas, escupiendo vapor y hollín como un animal herido. El expreso de Arkwright no era para aquellos de alma frágil: se decía que quien subía sin una voluntad de acero, bajaba encogido y demente, si llegaba a bajar en absoluto. La máquina, armada de cientos de válvulas y cilindros incansables, rechinaba y bufaba como si su existencia dependiera de que cada uno escuchara su furia.
Evangeline LaRue, sentada en un compartimento privado, observaba cómo sus guantes de cuero opalescente apenas contenían la ansiedad en sus dedos. Tras la ventana de cristal romano, el paisaje grisáceo era surcado por siluetas recortadas: árboles muertos, torres de vigilancia, y el titilante resplandor de balizas eléctricas. Cada vez que el tren se detenía para repostar carbón, una cuadrilla de hombres, piel tiznada y terror a flor de boca, llenaba la caldera en silencio. El ferrocarril marcaba su dominio, y aunque la elegante señora LaRue lucía impertérrita en su corsé de seda y gorra con engranajes incrustados en el ala, por dentro sentía la marea de la incertidumbre crecer.
En la estación de Tyburn, última parada antes del viaducto que sobrevolaba el Canal de Azoth, subió Lord Kempthorne. Era un hombre delgado y pálido con bigote encerado y monoculo oscilante, envuelto en una capa de terciopelo y un aire tan gélido y oscuro como la medianoche en los túneles de la ciudad baja. Evangeline sabía quién era, incluso antes de que la brisa mecánica trajera el aroma a aceite máquina y tabaco caro: el director de la Royal Aetheric Company, la mano que cerraba el puño sobre todos los recursos del continente. Nadie ignoraba que Lord Kempthorne era el tipo de hombre que pagaba gustosamente por nuevas formas de sufrimiento.
Evangeline desvió la mirada hacia el maletín de chapa negra junto a sus botas. Dentro, entre capas de arpillera y seda, dormía el artefacto que, según algunos filósofos locos y predicadores arruinados, podría cambiar el destino de Lóndinium: una llave de vapor –no una llave común, sino una pieza maestra capaz de reconfigurar cualquier mecanismo, abrir puertas cerradas por alquimia, e incluso alterar la voluntad de los Autómatas Regentes que protegían los secretos más oscuros del reino. Había robado la llave de las cámaras del Almirantazgo, destruyendo cinco autómatas y dejando a tres guardias entre la vida y la muerte, pero Evangeline sabía que el saqueo era la parte más fácil del golpe. Escapar con vida sería la verdadera proeza.
Kempthorne entró en su compartimento sin ceremonia, dejando que la puerta corrediza chirriara y el olor a ozono se disolviera en el aire viciado. Tenía una sonrisa cortante como la hoja de un astil de bronce.
—Señora LaRue —dijo—, ¿me permite el honor de acompañarla?
—Los honores son rara vez gratuitos, milord —replicó Evangeline, su acento de las Tierras Altas sibilando entre los dientes.
—Cierto. La etiqueta es la forma más agradable de preparar una traición.
Ambos sabían que las armas estaban prohibidas en los compartimentos privados, pero la ausencia de acero no era garantía de seguridad. Kempthorne posó su bastón (conocido entre los asesinos como la Picadora de Vapor) entre las rodillas. El silbido del tren ocultó cualquier susurro y cualquier latido apresurado.
—Una plegaria para los condenados —dijo él, los ojos grises como una tormenta de ceniza—. El Canal de Azoth no es seguro. Siguen llamando al expreso el “Tren de las Viudas”.
Evangeline sostuvo la mirada.
—He sobrevivido a peores noches en la ciudad baja.
—Nadie sobrevive por siempre, querida señora. ¿Qué sabe de los Caminantes de Niebla?
Antes de que Evangeline replicara, una sacudida violenta recorrió el vagón. Una de las lámparas de filamento tintineó y centelleó, proyectando el reflejo de la inquietud sobre las caras pálidas de ambos. Un rugido sordo ascendió desde los bajos del tren: no era el rumor calmo de las ruedas, sino algo más primal y turbulento.
Kempthorne se puso de pie, un resorte contenido en su gestualidad.
—Debemos movernos —sentenció—. El expreso no frena por protocolos ni pasajeros.
Evangeline asió el maletín, sintiendo cómo la llave vibraba con vida propia. Salieron al pasillo, donde el susurro trémulo de los viajeros y el aroma a cobre derretido componían una sinfonía de miedo. Justo entonces, la puerta del último vagón se abrió con una explosión. Una figura encapuchada, alta y erguida, emergió envuelta en vapor negro. Los Caminantes de Niebla. No eran leyenda, eran la encarnación del desastre: humanos transformados en abominaciones, con tubos de metal fusionados a su carne, ojos de vidrio y pulmones balando humo.
La criatura alzó la mano, y de sus dedos surgieron cables enroscados como víboras, cegando y arrastrando a un pasajero desafortunado. Clamores y oraciones llenaron el aire. El Camino de Azoth exigía su tributo.
Kempthorne reaccionó con una rapidez insólita para su edad, presionando un botón en su bastón y liberando una descarga de vapor sobrecalentado. El Caminante rugió, pero siguió avanzando, impertérrito. Evangeline llevó la mano libre hasta el dobladillo de su falda y accionó su ingenioso revólver de relojero, dispuesto a disparar una ráfaga de minúsculos engranajes cortantes.
La batalla desató el caos en el pasillo. Los cristales se resquebraron, la madera tallada se tiñó de sangre oxidada, y el tren, lejos de frenar, aceleró como poseído por un demonio de carbón. Más Caminantes irrumpieron, devorando el espacio y la cordura de los pasajeros. Era un Pandemónium mecánico en movimiento.
Evangeline y Kempthorne retrocedieron hasta el vagón de la máquina, donde el maquinista, un hombre con piel de latón y mandíbula reforzada, sostenía su palanca como si fuera el último vestigio de control.
—¡Estamos perdiendo presión! —gritó, apuntando a las válvulas moteadas de sangre.
—Reducid velocidad —ordenó Kempthorne—, destapad el compresor auxiliar.
El maquinista se volvió, pánico y obediencia mezclándose en su rostro de engranajes.
—Una palabra más y reviento los pistones —jadeó, pero Kempthorne ya no escuchaba. Su atención se centró en el maletín que Evangeline protegía con fiereza.
Una ráfaga atravesó el compartimento: uno de los Caminantes saltó sobre el maquinista y crujió la carne revestida de metal. El tren soltó un bufido terminal y viró sobre el viaducto: un ruido grave, imposible de comparar a nada anterior, llenó el aire.
—Dame la llave —reclamó Kempthorne suavemente—. O te abandono a ellos.
Evangeline no sonrió ni tembló. Sabía que el momento era ahora o nunca.
—La llave no te pertenece, ni a ti ni a nadie. Sirve un propósito mayor.
—¿Y cuál es ese propósito?
—Varía según el portador —susurró ella—. Pero todos llegamos al mismo final.
Con un movimiento fluido, Evangeline arrojó el maletín al piso y pisó una palanca oculta en su bota. El suelo se partió en dos, y la presión acumulada lanzó a Kempthorne al exterior del tren como si lo escupiera la máquina misma. En el instante siguiente, la máquina perdió fuerza, y la totalidad del ferrocarril descendió un nivel dentro de los túneles del viaducto, sumergiéndose en la niebla donde los Caminantes titilaban como luciérnagas perversas.
Evangeline tuvo apenas segundos. Abrió el maletín, insertó la llave en el panel secreto bajo el tablero del maquinista, y giró. Las tuberías gimieron, los pistones temblaron como los huesos de un anciano con fiebre. El tren entero titiló, contorsionándose sobre sus ejes como si fuera de goma metálica. Por un instante, la realidad misma tambaleó.
La niebla envolvió el mundo. Evangeline tuvo una visión extraña y estremecedora: las ciudades flotantes en el horizonte, los hombres y mujeres con alas de bronce, las bestias mecánicas arando los cielos y las aguas profundas. Múltiples futuros, todos danzando en torno a una misma pieza: la llave de vapor.
Cuando parpadeó, la máquina se había detenido. No había Caminantes a la vista. Kempthorne era solo un eco lejano en la memoria del tren. En el exterior, una ciudad nunca vista abría sus puertas con avenidas de cobre y mercados relucientes de vidrio y acero límpido.
Un nuevo destino. Un nuevo comienzo, forjado a golpe de vapor, sangre y voluntad indomable. La llave palpitaba en su mano.
El expreso de Arkwright ya no era el tren de las viudas, sino el umbral hacia otro mundo. Y Evangeline LaRue, la ladrona de las ciudades bajas, guardó la llave con una sonrisa voraz, dispuesta a abrir todas las puertas de ese feroz y brillante porvenir.
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