El anochecer caía sobre Lúmina, la ciudad que respiraba vapor y exhalaba un silbido metálico a cada hora, cuando Emrys ajustó las válvulas de su exoesqueleto prostético y descendió las escaleras retorcidas de la taberna “El Fuelle Dorado”. Los muelles y engranajes de sus piernas zumbaban con ese ritmo cadencioso, mecánico, que se confundía con la sinfonía del distrito obrero, donde las chimeneas expiraban nubes doradas y azuladas y los niños jugaban con autómatas rotos bajo los faroles.
Emrys rara vez salía a esa hora. Sabía que la niebla densa, impregnada de vapor y aceite, hacía que las calles fueran territorio de los Engranados, las marionetas metálicas de los vigilantes municipales. Pero lo apremiaba la llamada urgente de Sira, su amiga y, en muchas ocasiones, némesis en el arte de la alquimia mecánica. Su mensaje había sido simple: “Ven al ala sur del taller de Hemlar. Trae tu chispeador y todo el éter que consigas. Vidas dependen de ello.”
El chispeador reposaba en su cinturón, temblor sutil de energía blanca aún contenida; el éter palpitaba tras su pecho, escondido en viales ocultos bajo placas de latón. Emrys caminaba erguido —lo que su pierna de engranajes le permitía— y cargaba la espalda con la confianza rota de quien ha visto a la magia y la maquinaria hacerse trizas mutuamente. Así era Lúmina, después de todo: donde la alquimia convivía con la tecnología y ambas reclamaban posesión del alma humana.
La noche estaba infestada de Proyectistas: hombres y mujeres dedicados a cartografiar la realidad visible, negando la tendencia del éter a alterar el curso de la lógica. Según ellos, la pura fuerza del vapor y el hierro era cuanto necesitaba la ciudad para prosperar; repudiaban la alquimia como una superstición rural. Sira nunca había temido a los Proyectistas, ni a la policía maquinizada, porque siempre tenía algo letal —y brillante— en su bolsillo. Pero la urgencia de su carta despertó en Emrys una inquietud más antigua: el mito de la Gran Parada, ese instante apócrifo en que el corazón etéreo de la ciudad podría dejar de latir y reducir todo a silencio y polvo.
Al doblar la esquina, la fábrica Hemlar surgió ante él como un coloso dormido, con bocas de horno encendidas y hélices lentas. Cruzó el umbral a trompicones y fue recibido por el olor de la trementina caliente y el repiqueteo de herramientas. Un par de autómatas limpiaban los suelos, y uno de ellos lo saludó con la mano. Emrys respondió torpemente, preguntándose si el alma de ese artilugio estaría hecha de éter puro o de simple lógica de engranajes.
Sira lo esperaba en el sótano, junto a una puerta oculta tras una cortina de vapor. En cuanto la vio, Emrys notó lo tensionada que estaba, la piel bajo los ojos tirante y la trenza deshecha: no era la habitual Sira ingeniosa y altiva, sino una mujer perseguida por las sombras.
—Llegaste —dijo ella sin preámbulo—. ¿Cuánto éter trajiste?
Emrys le tendió su alijo. Un fulgor verde-dorado destelló en sus viales.
—¿Qué ocurre? —inquirió, bajando la voz, aunque estaba seguro de que ningún oído humano los escucharía bajo el rugido de los generadores.
Sira le indicó que se sentara. Con movimientos febriles, vació los viales en una copa de cobre y el vidrio pareció cantar. El chispeador tembló en el cinturón de Emrys.
—Alguien, o algo, está robando el tiempo —dijo Sira en voz baja—. Los relojes del barrio sur avanzan a saltos irregulares. La gente enferma de repente, como si décadas pasaran en instantes y luego retrocedieran. Los Engranados no detectan anomalía alguna; los Proyectistas creen que es un simple fallo en los relojes. Pero yo vi a una sombra extraer la luz de un reloj solar esta mañana. No era humana.
Emrys sintió la piel erizarse bajo la placa de latón que cubría su corazón. El tiempo, el último baluarte de la ciudad, estaba siendo drenado.
—¿Has consultado a la Matrona del Tiempo? —preguntó, temiendo la respuesta.
Sira negó con la cabeza.
—La Matrona está inerte. Murió... o se desactivó... hace tres días. No me atreví a anunciarlo. Si los Proyectistas se enteran, aprovecharán para erradicar todo vestigio de éter. Si los artefactores lo saben, podría cundir el pánico y la ciudad colapsaría.
Entonces, Emrys vio la figura detrás de la cortina de vapor: un niño de rasgos difusos, casi translúcido, que en vez de sombra tenía una penumbra mecánica danzando a sus pies. Los engranajes y resortes de su exoesqueleto protestaron, pero se levantó.
—No temas —dijo el espectro, con voz doble, metal y carne al unísono—. No robo el tiempo. Devuelvo lo que se llevaron.
Sira se interponía entre Emrys y el niño, con la copa de éter en la mano, lista para lanzar la esencia como un ácido mortal.
—¿Quién eres? —exigió, pulseando su ansiedad bajo el tono firme.
—Me llaman Ilio —explicó el ser—. Nací en un laboratorio de sueños y vapor, cuando la ciudad aún era joven. Hace dos semanas, vi al ladrón auténtico: el Relojero Sombrío. Usa una máquina de dividir el tiempo; toma años de una zona y los regala en otra, como monedas. Todos los experimentos se hacen en este distrito.
La historia de Ilio era imposible y, sin embargo, las líneas de su rostro fluctuaban con la misma lógica que el tiempo que robaban. Sira bajó la copa, cauta.
—¿Por qué vienes a mí? —preguntó.
—Porque tienes el último grano de éter puro. Y porque el ladrón está más cerca de lo que imaginas.
Afuera, una explosión sacudió los cimientos. Los vidrios vibraron en los marcos. Sonaron las alarmas de vapor. Emrys atrapó a Sira de la muñeca y la arrastró tras Ilio, que se deslizaba por un corredor secreto cubierto de engranajes como escamas.
Emergieron a una sala hexagonal, cuyo techo era una cúpula de cristal inglés, y en cuyo centro reposaba una máquina que latía como un corazón de cobre. Engranajes pulidos; agujas lacadas que giraban en diferentes direcciones; tuberías donde el éter chisporroteaba y lanzaba destellos azules.
Junto a la máquina, un hombre alto vestido de frac negro, rostro oculto tras una máscara de dientes y gafas ahumadas, los esperaba. Tenía en sus manos una llave inglesa, y a sus pies decenas de relojes abiertos, tripas de acero expuestas.
—Llegan tarde —dijo, con voz dental y hueca—. El ciclo debe completarse. Cuando la aguja central dé la vuelta, el tiempo de Lúmina será mío.
Sira avanzó, desafiante.
—¿Por qué drenas el tiempo de una ciudad viva?
Él se quitó la máscara revelando un rostro envejecido, ojos quemados de insomnio.
—Porque temí envejecer —susurró—. La eternidad se volvió mi obsesión y mi castigo. Lúmina me dio el secreto del éter. Yo les devuelvo la bendición de la lentitud… ¡A cambio de su tiempo!
Ilio gritó. El niño-destello se arrojó hacia la máquina mientras Sira rompía el vial de éter sobre el engranaje central. Todo se volvió luz y vapor. Las paredes parecieron doblarse hacia atrás y los segundos cayeron como cuentas sueltas entre los dedos del ladrón.
Emrys vio a Sira forcejear con el Relojero. La chispa del chispeador, liberada, explotó en una danza de relámpagos. Ilio gritó otra vez, su grito superpuesto al sonido del bronce doblado. Por un instante, el tiempo se fracturó: Emrys se sintió entrar y salir de sí mismo, anciano y niño al mismo tiempo, y el corazón de la ciudad dio un brinco.
Luego todo se detuvo.
Silencio.
Las agujas giraron hacia atrás.
El Relojero yacía desvanecido, su rostro joven otra vez, boca semiabierta. Sira, cubierta de hollín y lágrimas, abrazaba la copa vacía. Emrys comprobó su cuerpo: la prótesis de pierna había envejecido una docena de décadas más, pero aún operaba. Y Ilio… simplemente había desaparecido, como si nunca hubiese existido.
El tic-tac regresó, primero suave, luego constante, como la respiración de un ser vivo. Afuera, los relojes marcaron la hora justa por primera vez en semanas. Los Engranados volvían a patrullar en fila.
Se miraron, Sira y Emrys, exhaustos y aliviados.
—Necesitamos otro vial de éter —jadeó ella, sonriendo entre lágrimas—. Y hacer una visita a los Proyectistas.
Emrys asintió, guardando el chispeador humeante. Lúmina era una ciudad de hierro y vapor, sí; pero después de esa noche, también era un poco más de esperanza.
Al salir al aire frío, vieron la luz de un reloj solar encenderse en la torre central. Y, por un momento fugaz, les pareció escuchar la risa de un niño hecho de reflejos y sueños.
Sea de magia o maquinaria, pensó Emrys, la verdadera chispa de Lúmina seguiría viva mientras existiera quien se atreviera a defenderla.
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