***
El cigarro chisporroteó suavemente entre los labios de Eliza, su punta incandescente arrojando al aire nocturno una voluta perezosa de humo azul. Alrededor de ella, la ciudad bulliciosa de Gearsden giraba como el engranaje de una maquinaria imparable: ruedas dentadas de bronce, vapor siseante escapando de conductos oxidados, autómatas zancudos con sombreros de copa repartiendo periódicos al ritmo de una marcha de carraca. El crepúsculo derramaba chorros bermellones y violetas sobre los altos ventanales de los ministerios, y la niebla olía a aceite quemado y ladrillo húmedo.
Eliza Bajotornillo encendió su segundo cigarro de la noche y consultó su reloj de bolsillo, admirando cómo los delicados engranajes internos bailaban como diminutas bailarinas de circo. Faltaban diez minutos para la medianoche y el trabajo: uno de esos encargos privados de los que nunca se habla en los salones, pero que te mantienen alejada del asilo de los desahuciados. Caminaba con paso seguro, tacones reforzados de tungsteno, pistola oculta en muslo derecho, una llave inglesa tallada con iniciales propias, y el auricular de código Morse ajustado con cuidado a la oreja izquierda.
Calle Durrington 9, segunda planta, apartamento de puertas negras. Así de escueto había sido el mensaje de su contacto. Claro que el resto de los detalles —el pago, el motivo, los riesgos— no suelen figurar en un telegrama. La reputación de Eliza ya atraía suficiente atención de los funcionarios como para andar pidiendo detalles. Su trabajo era conseguir cosas imposibles a costa de retorcer las leyes de la física y la diplomacia diplomáticamente.
Cuando tocó a la puerta, la mirilla del ojo mecánico se abrió, parpadeando tres veces con luz verdosa.
—Señorita Bajotornillo —dijo una voz modulada, ronca. Un hombre con una fina prótesis de latón por mandíbula, la voz vibrando como si toda la garganta fuera un cuerno de gramófono—. Pase. Deje todas las armas en la bandeja, por favor.
Armas. En plural. Siempre sabían con quién trataban aquí. Dejó la pistola, la daga-llave y el florete telescópico sobre una bandeja de plata. La puerta la engulló en el interior, y los engranajes internos de la cerradura giraron como una orquesta de grillos borrachos.
La estancia era pequeña, con un ventanal circular repleto de manchas de óxido y hollín. El hombre, con su mandíbula mecánica, lucía bigote encerado, levitaba humo a través de una pipa de ébano y sostenía un pequeño autómata con apariencia de cuervo, apenas del tamaño de un gato.
—Eliza —dijo—, discúlpeme por la informalidad. Mi nombre es Augustus Rettgen. Pero me conocen como "el Carnicero de las Neblinas".
Eliza arqueó una ceja. Las leyendas urbanas contaban historias terribles de ese apodo, todas bañadas de sangre y vapor hirviente.
—No suelo trabajar para gente con apodos. Pero mientras el dinero sea real, los nombres no importan.
El hombre sonrió, un rechinar de engranajes.
—Quiero que robes algo de la ciudadela flotante de la Baronesa Richt. Esta noche.
Eliza dio una calada profunda.
—¿La ciudadela flotante? Donde está la élite reunida para el baile de la Luna Roja.
—Correcto. Y no pretendo el robo de joyas, sino algo más valioso: una caja fuerte con experimentos etéreos.
El autómata cuervo posó sus ojos de rubí sobre ella, emitiendo un trino distorsionado.
—¿Y por qué no lo hace usted?
Augustus agachó la mirada.
—Dicen que me buscan allí. Y digamos que mi... presencia sería poco conveniente, en especial tras lo ocurrido la última vez.
Tras un suspiro resignado, Eliza extendió la mano.
—Condiciones.
Augustus trasteó bajo la mesa, extrayendo un rollo de pergamino.
—La ciudadela está protegida por un campo de éter. Llevarás este colgante. —Le tendió un pequeño objeto bañado en plata, con un cilindro relleno de vapor fosforescente—. Te camuflará de los sensores, mientras no dejes que el condensador se recaliente. También tendrás este pase para el baile. En cuanto a la caja fuerte… tendrás que improvisar.
Eliza sintió la familiar presión en el pecho: esa mezcla de adrenalina enfermiza y excitación que sólo el trabajo peligroso podía causar. Cogió el pase, guardó el colgante en el cuello, y no miró atrás al salir del apartamento. La noche era joven, y los engranajes de Gearsden nunca descansaban.
En la base de la ciudadela flotante, una monstruosa nave anclada por cables etéreos al cielo, Eliza se unió al desfile de aristócratas, artistas excéntricos y magnates cubiertos de relojes de bolsillo de oro. De cerca, la nave parecía un castillo de cuento fusionado con una caldera de locomotora: torretas góticas en los extremos, ventanas hexagonales emitiendo destellos iridiscentes, y descomunales tubos de escape que vomitaban vapor color violeta.
La entrada era custodiada por autómatas guardianes. El pase funcionaba: los ojos de ágata de los guardias destellaron azul y la dejaran pasar. Ascendió por una escalera en espiral de hierro forjado, saludada por el aroma de vino eléctrico, canapés de anguila y perfume de menta ultramarina.
El baile comenzaba. Eliza se escabulló entre invitados con máscaras de mariposa, eludiendo charlas vacías sobre mineralogía y apuestas de carreras de ciempiés mecánicos. Sus movimientos eran ágiles, sus ojos, dos faroles atentos a cada entrada secreta. Sabía que una caja fuerte experimental jamás estaría al alcance de cualquiera, ni siquiera en el despacho privado de la Baronesa.
Siguiendo el plano mental de la nave proporcionado por Augustus, Eliza se deslizó hacia un ala secundaria, donde los criados y autómatas-camareros iban y venían con bandejas de plata. La puerta a las habitaciones privadas requería una combinación: leyó las marcas de huella y descubrió, oculta bajo una fina capa de hollín, una pequeña placa con inscripciones numéricas. Su llave inglesa tallada hizo saltar el mecanismo con un clic sordo.
Dentro, la cámara era oscura, iluminada por tubos incandescentes adosados a los muros. En el centro, la caja fuerte: un mastodonte blindado con runas protectoras, respirando como una bestia encerrada. De ella emanaba un fuerte palpitar, como si retuviera un corazón vivo.
Eliza extrajo su extractor de éter. Introdujo uno de los generadores en la cerradura, escuchando cómo el metal vibraba mientras el aparato extraía diminutas partículas de energía del mecanismo. El sudor le perleaba las sienes. Si fallaba, los sistemas lanzarían el protocolo de autodestrucción —y una explosión de éter podía evaporar medio barrio flotante.
Tres tensos minutos. El corazón de Eliza latía al compás del acero.
Click.
La caja fuerte cedió. Dentro, en vez de lingotes o papeles, encontró un vial con líquido azul girando sobre sí, y unas instrucciones selladas en cera roja.
De repente, tras ella, la sombra de la Baronesa se recortó en la puerta. Una mujer de rostro afilado y vestidos de engranaje negro, ojos fríos armados con una pistola lanzarrayos.
—No tan rápido, Bajotornillo.
Eliza giró sobre los talones, el vial oculto en el dobladillo.
—Me temo que llegué primero.
La Baronesa sonrió con frialdad clínica.
—Deja la muestra. Y puedo dejarte marchar entera.
—¿Y confiar en su palabra, Baronesa?
La Baronesa accionó el seguro del lanzarrayos. Eliza sabía que tenía a su favor la rapidez: dos pasos, una patada giratoria. El disparo surcó el aire y un haz de luz azulada rebanó el tapiz de la pared. Eliza rodó al suelo, levantó la escopeta cortada del guardia caído, y disparó a las juntas hidráulicas del techo.
Giró todo el ambiente, con vapor y gritos. La Baronesa chilló, disparando a ciegas, pero Eliza ya estaba en el corredor, corriendo con el vial apretado contra su pecho.
Las alarmas chillaron como sirenas de banshee. El pasadizo de servicio vibró bajo sus pies; la nave flotante perdió estabilidad, inclinándose peligrosamente. A través de un ventanal, un enjambre de autómatas voladores desplegaron sus alas de bronce tras ella. Disparos. Chispas de energía cruzando los corredores.
Eliza saltó a la plataforma exterior, descendiendo por un cable improvisado usando el gancho retráctil de la muñeca. Atrás quedaba la ciudadela, envuelta en un caos de luces y vapor. Llegando a la cubierta inferior, el dirigible que Augustus había dejado amarrado la esperaba, flotando a media altura.
Subió, maldiciendo, con la caja fuerte oculta entre los pliegues del abrigo. Augustus la recibió con una sonrisa desquiciada.
—¿Lo tienes?
Eliza asintió, arrojándole el vial mensurable. Augustus lo alzó hacia la mortecina luz de las lámparas a vapor.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó.
Augustus miró el líquido azul con una devoción malsana.
—El principio del éter puro. El primer paso hacia una maquinaria perpetua, autosuficiente. El final de la tiranía del vapor y el coste de energía. ¿Te imaginas? Un mundo sin humo, sin ruinas industriales. Un paraíso mecánico.
Eliza lo observó, sintiendo la helada sospecha correrle por la columna.
—¿Y quién tendrá el control de ese paraíso? ¿Usted?
Augustus no respondió. Eliza sintió el peso de la pistola en la espalda de uno de los esbirros del Carnicero.
Sabía que los finales felices eran solo para los cuentos infantiles.
Con la destreza de años, Eliza giró, desarmó al esbirro y se lanzó a cubierta. Saltó a través del vapor, arrojando el vial lejos de la nave, hacia un conducto de residuos industriales. Un estallido azul iluminó el cielo de Gearsden.
Augustus aulló, pero Eliza ya corría entre las sombras, sin mirar atrás, mientras el alba desmenuzaba el último humo de la noche.
Mañana regresaría el ciclo de vapor y engranajes, pero esta vez, la maquinaria del poder no cambiaría de manos tan fácilmente. Porque, en la ciudad de los autómatas y el éter, Eliza Bajotornillo seguía siendo la única pieza imposible de controlar.
Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.