Portada del relato La Sinfonía de los Autómatas
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Fragmento:


Aylin apretó la bolsita y asintió. Gaël tendió la mano nerviosa, invitándolos a seguirlo.

Duración: 08:40

La Sinfonía de los Autómatas
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Texto de ajuste de pausa.

El vapor rodaba por las calles como una niebla espesa, discurriendo entre los adoquines del distrito mecánico de Veynor. Más arriba, penachos blancos de humo escapaban de gigantescas chimeneas y se mezclaban con la luz de un sol ámbar, siempre luchando por emerger entre las nubes. Edificios de hierro forjado y cristal tintado rasgaban el horizonte. Todo vibraba con el zumbido perpetuo de pistones y poleas. La ciudad toda era una sinfonía de engranajes encajando unos en otros, tan precisa que parecía casi viva.

Era el año 119 después del Alzamiento; así medían el tiempo desde que el vapor desbancó a la magia –o, al menos, eso proclamaban los ministros de la Razón–. Aylin caminaba con paso firme, la bota de cuero repiqueteando, su gabardina lustrada agitándose en torno a las piernas. El sombrero de ala ancha le resguardaba de la lluvia fina que perpetuamente empapaba la ciudad. A su lado, Orsen, un autómata de porte casi humano, le seguía enviando pequeñas nubes de chispas azules desde sus junturas.

"¿La llave?" Orsen le preguntó en su monótono modo, voz como pozo profundo resonando entre dos placas de cobre.

"Seguro", dijo Aylin, palmeando la bolsita de terciopelo a su cinto. "Pero recuerda lo que prometimos, no la usaremos hasta que llegue la señal. Ni antes ni después."

Orsen asintió, su rostro de porcelana fracturada inmutable. Era el resto de lo que quedaba de la elegancia de antaño: una mezcla incómoda de belleza y artificio, músculos simulados bajo capas de latón.

Se internaron en el mercado de válvulas, donde las carpas bullían con vendedores gritando piezas, engranajes, dispositivos de control de presión y hasta delicados brazos mecánicos hábilmente forrados en seda para los aristócratas más extravagantes. El aire olía a aceite quemado y azúcar caramelizada. La multitud era tan densa que pronto perdieron la rastro de las farolas y se sumergieron en un mar de luces de tungsteno cálidas y frías. Aylin llevó la mano a la empuñadura plateada de su revolver de éter, alerta.

Bajo el toldo azul de la tienda “Engranajes del destino”, una anciana vendía relojes de cuerda extrañamente precisos que, aseguraba, podían marcarte la fecha de tu muerte. Orsen abrió un compartimento en su pecho y mostró unos ducados bruñidos, pero Aylin lo detuvo; no era tiempo para distracciones.

—Debemos ir más al fondo, cerca del muelle seis —dijo Aylin en voz baja—. Allí nos aguarda Gaël, con el mapa.

El muelle seis era una zona prohibida, sellada tras la gran Rebelión de los Magos. Las leyendas decían que allí dormían grietas aún activas de la Vieja Magia, capaces de engullir a quien osara profanarlas. En realidad, el puerto era ahora un cementerio de zepelines caídos y exiliados socialmente inadaptados: ladrones, herejes, ingenieros locos y algún que otro artista.

Al llegar a la compuerta, un hombre de baja estatura, encapuchado, se separó de la sombra de una grúa petrificada. Tenía las uñas y, por lo poco que se le veía, los labios, pintados de cobre oxidado. Iba armado con un bastón eléctrico, chisporroteante en la oscuridad.

—Aylin. Orsen —dijo el hombre, retirando la capucha. Unos ojos de un azul imposible brillaron, penetrantes—. ¿Traes la llave?

Aylin apretó la bolsita y asintió. Gaël tendió la mano nerviosa, invitándolos a seguirlo.

Echaron a andar entre los restos de una barcaza cubierta de letreros lívidos y tubos retorcidos. Gaël abrió una trampilla disfrazada tras un velero anclado en el olvido. Descendieron.

El subsuelo era un vórtice de ruinas de la época mágica anterior al Alzamiento. Había columnas donde mariposas mecánicas se enredaban con tentáculos etéreos, runas antiguas parpadeando bajo capas de mugre. Los tres avanzaban entre murmullos de vapor y extraños ecos.

—El mapa —dijo Gaël, extendiendo una hoja amarillenta cubierto de símbolos.

Aylin lo sostuvo bajo la luz temblorosa del filamento. “La cámara debería estar cerca”, indicó, señalando una X roja. “Aquí, la intersección de la Via del Carbón y el canal dos.”

—¿Has visto guardianes? —musitó Orsen—. Algunos de los autómatas antiguos no son… conscientes de la caída.

Gaël negó con la cabeza, una sombra cruzando su mirada.

—Solo quedaba uno, la Gorgona. Pero su núcleo de vapor se apagó hace ya treinta años. Ahora solo hay espectros de maquinaria.

Avanzaron entre corredores colapsados y trampas oxidadas. El aire se volvía cada vez más mohoso, el nivel de la niebla ascendente. Finalmente, llegaron a una gran sala abovedada. En su centro, una estructura de cristal con ribetes de latón, varios tubos todavía pulsando con energía azulina.

Aylin extrajo la llave: un filamento de bronce retorcido, con inscripciones que oscilaban entre runas y circuitos. La colocó en el receptáculo al pie de la estructura. Un zumbido la recorrió, como el suspiro de un gigante moribundo.

De pronto, las sombras se agitaron. Un chisporroteo enorme resonó en la bóveda. Un ojo de obsidiana se encendió en lo alto: la Gorgona no estaba muerta.

Sus segmentos metálicos formaron un cuerpo serpentino que descendió las paredes, desgarrando tubos y cables. La cola, armada con sierras y ganchos, silbaba de un lado a otro. Pero lo más terrible era su rostro, una amalgama de engranajes y fibras que giraban para formar la semblanza de una mujer enmascarada.

Orsen se plantó frente a la criatura, sus puños abiertos, dispuesto a luchar. Pero Aylin recordó las historias: ninguna violencia serviría. La magia vieja todavía dormía en los circuitos de esa bestia.

—Dejadme a mí —musitó Gaël. Caminó hacia la Gorgona con los brazos por delante, y una melodía empezó a salir de su garganta. Era un arrullo antiguo, aprendido antes del Alzamiento, una de las pocas herencias mágicas que sobrevivían aún en la sangre oculta de ciertos humanos.

La Gorgona titubeó, su ojo parpadeó con un dejo de reconocimiento. Por un instante, todo el vapor se detuvo en la sala.

Aylin aprovechó y giró la llave. El recinto se llenó de luz. El cristal se partió en mil pedazos y, del centro, emergió flotando una esfera metálica rodeada de anillos y glifos.

—El Corazón del Amanecer —susurró Orsen—. El generador primigenio, el primer motor de vapor. Con esto podrías devolver el poder a toda la vieja ciudad… o enterrarla.

Pero la Gorgona lanzó un grito mecánico que vibró en las costillas de los presentes. Aunque quería lanzarse contra ellos, la melodía de Gaël la frenaba. Aylin comprendió que aquello solo duraría un instante. Si querían sobrevivir y cumplir su misión, tendrían que actuar ahora.

—¡Orsen, el campo de contención! —ordenó Aylin.

El autómata pulsó una secuencia en su pecho y liberó un halo azul que encapsuló la esfera. Gaël jadeó, perdiendo el ritmo de su canto: las fuerzas antinaturales luchaban en su interior, entre la magia dormida y el vapor renaciente. La Gorgona rugió y, de un coletazo, rompió parte del campo, abriendo una grieta que tragó toda la bóveda en una polvareda de vapor luminoso.

El mundo dio vueltas. Aylin, Orsen y Gaël cayeron entre cables suspendidos y columnas caídas en un vértigo de gritos y chillidos metálicos.

Despertaron horas después en el muelle, somnolientos, cubiertos de cenizas brillantes. El Corazón palpitaba, entero, entre las manos de Orsen. Alrededor, la ciudad seguía funcionando, ignorante de la batalla bajo sus pies.

—Ahora ¿qué hacemos? —preguntó Gaël, la voz hueca, con los ojos cansados.

Aylin miró el horizonte, donde los zepelines navegaban perezosamente entre torres lobregas.

—Podemos venderlo al mejor postor, restaurar la magia, o… —Sonrió; su mirada era tan afilada como la cuchilla de un relojero—. O podemos usarlo para crear algo nuevo, donde ni el vapor ni la magia sean tiranas, donde ambos sirvan al pueblo, no a quienes los esclavizan.

Orsen asintió, por primera vez con genuino entusiasmo. Su rostro-placa esbozó una sonrisa improbable.

Juntos, emergieron de nuevo al mundo vaporizado, la clave del próximo renacimiento oculta bajo el abrigo. No sabían si los buscarían como salvadores o criminales, pero eso ya no importaba. La ciudad, dormida y atenta, pulsaba bajo sus pies. Contra el ruido del vapor, el eco de la magia y la promesa de un horizonte aún sin conquistar, la noche parecía menos densa que nunca. Tal vez el mundo, pensó Aylin, se forjaba justo en ese instante, martillado y bañado por la luz tibia que chisporroteaba entre los engranajes y las sombras.

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