Portada del relato La ciudad de los engranajes descarriados
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Fragmento:


—¿Puedes replicarlo?

Duración: 09:19

La ciudad de los engranajes descarriados
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando llegó la noche, Galvaria era una nube de vapor sobre un océano de cobre. Las calles vibraban con zumbidos eléctricos entre losas mal encajadas, y las farolas competían por deslumbrar la niebla con ojos de carburo. Sobre las terrazas y pasarelas, enroscadas como serpientes de hierro, el mundo se dividía minuciosamente en tres niveles: los ricos que nunca tocaban el suelo, los ingenieros que residían en el primer piso y los demás... los demás que escarbaban entre los desperdicios y el hollín de los talleres más bajos.

Esta noche, sin embargo, la niebla competía con algo más: el olor a ozono y a peligro. Las campanas de la Universidad Mecanística repicaban con eco oscuro, como si advirtieran: cuidado. Pero Delphine no prestaba atención a las campanas. Caminaba con el ritmo trepidante de quien tiene los minutos contados y un secreto candente en el corazón. Su abrigo gris, raído y demasiado corto para la temporada, no la protegía del frío ni de las sospechas que delataban sus ojos bañados en humo.

Llevaba un paquete envuelto en cuero y empeñaba todas sus fuerzas en que nadie lo notara. Las manos de Delphine eran largas, diestros tentáculos de una ladrona o una técnica avezada. Su rostro, pálido y angular, se escondía tras una capucha. Tenía los labios ceñidos en una línea, como la costura de una bolsa bien protegida.

Cruzar la Plaza de la Persuasión le llevó más tiempo del previsto. La plaza hervía, con sus autómatas talladores, sus negocios de órganos de repuesto—algunos en bronce, otros en carne—y clientes desesperados por comprar y vender pedazos de sí mismos. Los ventiladores zumbaban, batían el vapor en legrías erizadas en los muelles y lanzaban esquirlas de luz contra el adoquinado mugriento. Delphine esquivó un grupo de polis autómatas, con sus rostros inexpresivos y su marcha tartamuda. Toda la ciudad estaba en alerta desde el incidente de la noche pasada, una explosión en un laboratorio del distrito norte.

Sabía que la buscaban. Y sabía, lo que era peor, que, si la encontraban, no le preguntarían antes de romperle los dedos hasta encontrar el secreto en sus uñas. Así que apretó el paso, se internó por una puerta sin letrero y bajó corriendo una escalera serpentina. El olor a aceite rancio y a papel quemado saludaba a cualquiera que descendiera en busca de Gin, el mejor reparador ilegal de Galvaria.

Gin tenía manos de orfebre y ojos de cuervo. Sus gafas redondas parecían cristales de linterna, pero detrás de ellas se afilaban pupilas capaces de ver a través de un engranaje o del alma de una persona. Cuando Delphine entró, Gin no alzó la vista de su banco de trabajo donde desmontaba pacientemente el interior de un autómata cantor.

—¿Lo tienes? —preguntó Gin, sin mirar—. Dijiste que hoy.

Delphine tragó saliva y le entregó el paquete, que Gin abrió como quien deshoja una carta de amor prohibida.

Del interior emergió un corazón. No un corazón humano, sino una maravilla de latón y cobre, con conductos de bronce reluciente, rubíes diminutos en la válvula y una armadura de malla minúscula que latía débilmente, como el pecho de un animal pequeño.

Gin silbó entre dientes.

—Así que era verdad.

Delphine sonrió con cansancio.

—¿Puedes replicarlo?

Gin sacó un bisturí minúsculo y comenzó a examinar los bordes.

—Esto no es un simple autómata. Lleva un marcador de sangre artificial. ¿Lo has usado?

Delphine bajó la vista. Sabía a qué se refería Gin: ese corazón tenía la capacidad de sostener una vida humana, de hacer que un cuerpo humano resistiese el veneno, la enfermedad, incluso, en teoría, la muerte. Lo codiciaban tanto los poderosos de la ciudad como los rebeldes del subsuelo. Un corazón capaz de dar forzadamente vida allí donde la ruina y el vapor se la habían arrebatado a tantos.

Gin se detuvo.

—¿Lo has usado?

Delphine negó despacio.

—No. Pero he visto lo que hace. Mi hermana…

No terminó la frase. La hermana de Delphine ya no tenía corazón, solo el hueco de una esperanza muerta.

Gin comprendió, pese a los años de ocultar emociones. Dejó el corazón sobre el banco y llenó dos vasos con ginebra. No era costumbre celebrarlo todo, pero esta noche se sentía justo y necesario.

—Hay quienes matarían por esto —dijo Gin.

Delphine apuró la copa de un trago.

—Es exactamente lo que han hecho.

El silencio se llenó de crujidos eléctricos. Delphine notó un zumbido en las paredes, un temblor en las cañerías. Afuera, los pasos metálicos de los polis se volvieron urgentes, marcando un ritmo de guerra. De pronto, Gin apagó las luces; apenas quedaron iluminados por el leve resplandor del corazón mecánico.

—No pueden encontrarlo aquí —dijo Gin—. Nos quemarán vivos.

Delphine asintió.

—¿Tienes un duplicador aún funcional?

Gin rió.

—Nadie tiene duplicadores funcionales desde los disturbios de Santo Válvulo. Pero la vieja máquina de copias ópticas aún puede servir.

Trabajaron entonces juntos, codo con codo, mientras afuera la ciudad contenía el aliento, sabiendo que una chispa podía prender toda Galvaria como una antorcha. Gin disecaba el corazón, lo analizaba con lentes de aumento, leía los patrones de conexión. Delphine le pasaba herramientas, limpiaba piezas, sostenía el temblor de su propio miedo entre respiraciones.

El duplicador era un armario ancestral que olía a ozono y a madera quemada. Cuando la luz interior se encendió, patrones de líneas danzaron alrededor. Gin ajustó el corazón dentro, sujetándolo con ternura, y pulsó el interruptor. La máquina gimió, chirrió; durante un minuto eterno pareció a punto de romperse en mil pedazos. Cuando finalmente se abrió, había dos corazones, ambos latiendo suavemente.

Delphine lloró. Lloró en silencio, lágrimas de alivio y furia.

—Tienes que irte —susurró Gin—. Les distraeré. Tú cruza el túnel del este; la resistencia te está esperando.

Pero los pasos de los polis se acercaban. Era tarde. Gin, siempre práctico, metió un corazón en el bolsillo de Delphine y le deslizó por la trampilla de la basura, hacia el subsuelo.

Una vez fuera, Delphine se hundió en la oscuridad húmeda del foso de vapor, donde las tuberías exhalaban vida y muerte en igual medida. Corrió, resbaló, notó la vibración de los pasos metálicos sobre su cabeza. Una sombra se movía delante de ella: era Nils, el contacto de la resistencia, reconocible por el ojo de cristal amarillento.

—¿Lo tienes?

Delphine asintió, jadeando.

—Sólo uno. Gin intentará salvar el otro.

—Será suficiente. Aquí —Nils le tendió una máscara de porcelana y cobre, igual que las que usaban los anónimos en las revueltas—. Sígueme.

Avanzaron por túneles que olían tanto a miseria como a esperanza. Detrás, la ciudad era un pulso de electricidad y violencia; delante, la promesa de otro corazón, de una segunda oportunidad para quienes lo habían perdido todo.

Delphine no confiaba del todo en la resistencia. Era demasiado consciente de lo que la desesperación podía torcer incluso los sueños más nobles. Pero dónde más podía ir, ella—una ladrona con los pies sucios, con la soledad bailando detrás de los párpados, con las manos soñando reparar lo que nadie más quería tocar.

Entraron en una sala de ladrillo curvado, oculta tras un conducto de humo. Había una decena de seres humanos: seis tenían piezas de bronce injertadas bajo la piel. Todos miraron a Delphine con la devoción de quien presencia la lluvia tras meses de sequía.

El líder, una mujer de pecho lleno de injertos y pelo de alambre, se acercó.

—Dices que esto puede salvar una vida —dijo.

Delphine sostuvo el corazón entre las palmas temblorosas.

—Lo sé porque he visto morir a demasiados sin él.

Silencio. Luego la mujer asintió y la sala se animó: limpiar las mesas, preparar las válvulas, afilar el bisturí quirúrgico.

Alguien trajo a una joven pálida, aún con sangre fresca en el pecho abierto. Su vida se escapaba, goteando en el suelo. Delphine sintió que el pasado la golpeaba con la fuerza de una locomotora desbocada: era como ver de nuevo a su hermana, solo que esta vez el final no estaba escrito.

—Tú lo haces —ordenó la mujer—. Este corazón es tu precio. Hazlo tú.

Delphine no era doctora, pero había aprendido lo suficiente desmontando relojes, reparando almas quebradas a base de puro ingenio. Se arrodilló junto a la joven, deslizó el corazón bajo el esternón, conectó tubos y cables, recalcó las costuras. Un brillo, metálico y cálido, encendió el pecho de la moribunda.

El silencio fue total; solo el tictac del nuevo corazón llenó el aire.

La joven respiró. Lenta, profunda, imposible.

Todos la miraron. Alguno lloró. Delphine se apoyó en una pared, el sudor y el miedo resbalándole por el cuello.

—Hay más por salvar —susurró alguien—. Hay cientos.

Contempló ese corazón—latón, cobre y esperanza—y decidió, en ese instante, que sería ingeniera de los portentosos y los miserables, de los criminales y los santos. Que buscaría corazones, y ensamblaría otros, y nunca dejaría que la muerte ganara otra vez en Galvaria. Bajo el vapor y las sombras, con la ciudad rugiendo encima, Delphine comprendió que los verdaderos engranajes de la revolución no eran de acero, sino de carne, valentía y sueños imposibles.

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