Portada del relato La Última Llave de Contratiempos
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Fragmento:


El Custodio no contestó enseguida. Sus ojos danzaban en sus órbitas como relojes sin manecillas. Finalmente, sus palabras salieron, hechas de engranajes y rezumando promesas de locura:

Duración: 06:35

La Última Llave de Contratiempos
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Texto de ajuste de pausa.

Ritual para un Reloj sin Agujas

El sonido de los relojes —ese constante, diminuto goteo del tiempo— ya no era audible en la ciudad elevada de Volundr. Bajo sus cúpulas de obsidiana y luz neón congelada, tan solo el silencio resonaba, un eco de eras en las que los segundos importaban. Aquella era la urbe de los Contratiempos, y su ley suprema era el arte de perderse. Lo comprendían bien ciertas clases: los habitantes más antiguos, los llamados Cronistas, y los exiliados, cuyo único modo de vivir era pasando desapercibidos, siendo devorados por los intersticios entre los minutos robados.

Helena Verc—directora del Invernadero de Contratiempos—esperaba en su despacho, una estancia angulosa y desnuda, carente de adornos; tan solo un gran ventanal abierto a los infinitos canales de energía que surcaban la ciudad como venas de un monstruo ebrio de sí mismo. Aquella tarde —o lo que fuera, cuando los días habían dejado de medirse con convencionalismos— debía recibir al Custodio. Hoy, decían los susurros de los Callejones, se decidiría el futuro entero del Eón.

El Custodio apareció envuelto en una gabardina de tela fractal, trastocando la vista como un agujero en el aire. Brazos largos, dedos que parecían crisálidas a medio romper, y la cara gloriosa de un bufón agónico, sonriente por deformidad más que por gozo. Su sombra era una herida, negra y piramidal.

—¿Y bien? —preguntó Helena, dejando la cortesía para otro plano—. ¿Qué haces aquí, hoy, exactamente hoy?

El Custodio no contestó enseguida. Sus ojos danzaban en sus órbitas como relojes sin manecillas. Finalmente, sus palabras salieron, hechas de engranajes y rezumando promesas de locura:

—He traído la llave. La que todos temen. La Última —extendió una mano transparente y la ofreció sin rituales, sin desafíos.

La llave era negra, diminuta, y mordía el aire a su alrededor. Helena la estudió, no atreviéndose a tocarla.

—¿Para qué sirve esto? —inquirió, probando el peso de cada palabra.

—Para abrir, o para perder. Para destruir toda certeza de tiempo —replicó el Custodio, como si no pudiera decidir si reírse o llorar—. Con ella, el reloj supremo se detiene. O simplemente sigue. No puedo recordarlo, ni siquiera yo.

Helena sopesó la situación. Se había preparado toda su carrera para aquel momento, aunque temía que la ironía la devorara viva: ¿cómo prepararse, realmente, para decidir si el universo debía seguir existiendo?

—¿Dónde está el ritual? —preguntó. Pues no se trataba solo de la llave.

El Custodio sonrió, mostrando toda una fila de dientes gráficos, cada uno una imagen fija de algún crimen antiguo.

—El ritual está escrito en las Puertas, y tú tienes el derecho de leerlas. Pero te advierto: nunca se sale igual del umbral.

Bajaron juntos a las catacumbas del Invernadero, donde la piedra flotaba y la gravedad era solo una sugerencia. Las paredes, grabadas con fórmulas fractales, temblaban ante sus pasos. Allí, en el fondo absoluto, dormían las Puertas: diecisiete arcos de marfil y ébano, cada uno un acceso a todos los pasados posibles.

Helena, sudando frío pero obstinada, leyó los símbolos dispuestos como runas diseñadas por un dios geométrico. El ritual era sencillo en apariencia: colocar la llave en el cerrojo del arco mayor y pronunciar el nombre verdadero del Tiempo. La complicación, por supuesto, radicaba en saberlo.

—¿Y si me equivoco? —musitó.

—El Eón se deshilacha —dijo el Custodio, casi divertido—. Y tú, quizás, serás el único hilo que reste, entretejido con tu error para siempre.

La presión en la cabeza de Helena era ahora un tambor salvaje: ni siquiera se atrevía a cerrar los ojos. Los nombres del Tiempo nadaban en su conciencia: segundos corrientes, relojes verticales, días que se enroscaban como serpientes, eras hechas de polvo nuclear y eternidades ofrendadas a las deidades que ahora dormían bajo Volundr.

Pausó y miró al Custodio. Este aguardaba, sonriente y expectante.

—¿Por qué yo? —susurró, luchando contra el vértigo del pánico metafísico.

El Custodio no contestó, pero la respuesta estaba tatuada en el aire: porque era su turno, porque nadie más quedaba cuerdo, porque alguien debía plegar la realidad sobre sí misma para conservarla, o para terminarla.

Tomando aire, Helena introdujo la llave en el cerrojo. Los símbolos de la puerta mayor centellearon, vivos. Despacio, recitó el nombre: un gruñido de sílabas llenas de historia, esperanza, ceniza.

Volundr entera tembló. Los canales de energía en los cielos vibraron como cuerdas gigantes rasgadas por el Viento de los Primeros Tiempos. Se escuchó, a través de siglos acumulados, un alarido múltiple: ranas del futuro, niños antaño, relojeros borrachos, todos mezclando su pánico.

Pero nada sucedió. La puerta no se abrió ni se cerró. El universo pareció aguantar la respiración.

Helena, jadeante, retrocedió. El Custodio la miró, ahora sin rostro —simplemente un remolino, un hueco donde antes hubo presencia.

—Has osado, y fallado a la vez —le susurraron miles de voces a través de la trama de la estancia, silbando y apretando—. De ahora en adelante, querida, te has convertido en el Ritual sin reloj, en la duda cartesiana, en el latido previo al apocalipsis.

Helena sintió cómo el pasado empezaba a derramarse por los ojos del Custodio (o el hueco que ocupaba ahora esa figura). A su alrededor, las catacumbas ya no sostenían la gravedad ni la indiferencia. Los nombres del tiempo se deslizaban en forma de polvo dorado. La realidad se replegaba como un origami en manos de una criatura ciega.

Helena salió tambaleante, abrazando la llave maldita. Ahora era parte de la propia ciudad: un conducto para las bifurcaciones eternas, una guardiana de todo lo que pudo y no pudo haber sucedido.

Desde entonces, las noches sin horas de Volundr están habitadas por la sombra de una mujer que lleva una pequeña llave negra. Algunos la ven deambular entre los puentes de energía, hablando sola o rezando con voz de esquirla cortante. Dicen que busca el nombre correcto, el que falta en la ecuación. Otros opinan que busca, en realidad, una manera de olvidar ese nombre.

Así termina el relato y así comienza de nuevo, en la ciudad donde los relojes ya no importan, donde ser dueño del tiempo es la condena máxima y el único placer permitido, donde el arte de perderse es la única forma de sobrevivir al Ritual para un reloj sin agujas.

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