Portada del relato Naves de Salmuera
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El trayecto hasta la bahía de embarque fue lento, marcado por el crujir de la estructura bajo la fuerza artificial de gravedad. Ingrid percibía los nódulos de biotecnología instalados a intervalos regulares: íconos biométricos colgados como residuo de las antiguas culturas que habían habitado la estación antes de la ocupación. Los verdaderos habitantes de Mantarraya se ocultaban tras paredes mucosas y conductos repletos de sensores.

Duración: 08:11

Naves de Salmuera
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El olor salado de la condensación impregnaba la estación orbital Mantarraya cuando la capitana Ingrid Soren bajó del túnel de transporte. Los paneles que cubrían las paredes, viejos, combados y manchados de óxido, vibraban con el pulso lejano de los motores cuánticos. Ella no se había acostumbrado aún al zumbido eléctrico. Era demasiado nuevo, demasiado limpio, como una herida en el tiempo.

Atrás, los corredores silueteados por verdes neones llevaban a los centros de carga, donde las criaturas permanecían aletargadas dentro de sus cámaras de agua salina. El contrato era claro: debía entregar un lote de polifagos bináricos a la colonia Bernalina antes de la próxima conjunción. Las criaturas, una rareza biotecnológica diseñada por la Carrera de los Cegna, prometían limpiar toxinas del agua en tiempo récord, y su demanda sólo crecía. Pero no era el lucrativo comercio lo que la había traído hasta aquí.

Ingrid pensó en la carta, todavía fresca en su memoria, que rezaba simplemente: <> Pasó tres dedos por el borde de la hombrera de su chaqueta de trabajo mientras miraba el logo gastado, una mantarraya estilizada, antiguo símbolo de su madre. El recuerdo la apretó por dentro.

—Capitana Soren —llamó la voz aflautada de un enano de la tripulación administrativa—. Sus documentos, por favor.

Su cara, surcada de cicatrices, la miró con suspicacia. Ingrid transmitió el permiso encriptado y esperó la señal aprobatoria en su implante ótico. Todo parecía normal, incluso cuando el pequeño le dio paso. Pero de reojo, captó a un grupo de operarios de mantenimiento, todos en trajes plásticos, estudiando su nave. Más allá, desde las cámaras de vigilancia, varias luces parpadearon en la penumbra azul.

La estación Mantarraya había sido puerto franco, refugio para outsiders y contrabandistas, pero ahora era una fortaleza científica. Aquí, bajo la apariencia de simple mantenimiento, los operarios perfumaban el aire con un sutil aroma a limpieza industrial: amoníaco y ozono, para cubrir lo que de verdad estaba fermentando en las entrañas de la instalación.

El trayecto hasta la bahía de embarque fue lento, marcado por el crujir de la estructura bajo la fuerza artificial de gravedad. Ingrid percibía los nódulos de biotecnología instalados a intervalos regulares: íconos biométricos colgados como residuo de las antiguas culturas que habían habitado la estación antes de la ocupación. Los verdaderos habitantes de Mantarraya se ocultaban tras paredes mucosas y conductos repletos de sensores.

Al llegar a su nave, alguien la esperaba. Era Kian, el ingeniero-jefe, un hombre cuya piel imitaba la textura de los moluscos por el exceso de injertos genéticos. Tenía ojos muy pequeños y una sonrisa de dientes rosados.

—Capitana —susurró, la voz transformada en burbujas blancuzcas—. La tripulación está inquieta.

Ella asintió. El almacén biológico rebosaba de polifagos bináricos, cada uno una amalgama de ostras y bacterias inteligentes, capaces de comunicarse en baja frecuencia dentro del agua. Pero los sensores habían detectado algo más: patrones irregulares, mensajes en clave.

—¿Qué noticias hay de Bernalina?

Kian torció su labio inferior. —La colonia está cerrada. Nadie entra, nadie sale. Pero insisten en recibir la mercancía.

Ingrid examinó la consola incrustada en la palma de su guante. Un nuevo mensaje encriptado titilaba en rojo carmesí: <> Era, a todas luces, una amenaza.

Durante el salto subespacial a Bernalina, Ingrid hizo inventario de sus miedos. No era el fracaso lo que temía, sino el eco de un nombre prohibido: Kalena, su hermana, a quien creía muerta bajo las aguas ácidas de Refugio-2. Si ella estaba tras los mensajes... ¿qué pretendían los nuevos colonos?

Bernalina flotaba como una burbuja fractal sobre su océano, imponente burdel biotecnológico autosuficiente. A través de los visores, la estructura parecía más un ser vivo que una base: membranas palpables, órganos traslúcidos latiendo al ritmo de las mareas. Al atracar, una solo voz surgió en el canal común:

—Bienvenida, Ingrid Soren. Te esperábamos.

Sin su tripulación, armada apenas con su traje de interface neuronal y una barra de energía, Ingrid penetró la esclusa de marina. El aire dentro tenía una densidad inusitada, viscoso, como si las partículas suspendidas portaran memoria ajena. Se sintió observada.

La guía, una réplica bioluminiscente del antiguo modelo humano, la condujo entre corredores donde pulsaban venas cargadas de nutriente. Ingrid reconoció los viejos himnos del culto Belanis, grabados en relieve sobre la mucosa: “El agua es consciencia. La concha, memoria. Quien bebe, recuerda.”

En la cámara central aguardaba Kalena. Era más alta de lo que Ingrid recordaba, y su piel mutaba a tonos de alga según la luz oscilante. Los ojos conservaban el mismo azul mareado, perdido entre lo humano y lo alterado.

—Has traído lo que prometiste—dijo. No era una pregunta, sino un juicio.

—Como siempre—replicó Ingrid, tensando los nudillos.

Kalena contempló la carga, aletargada tras el vidrio. —Pero lo que exiges a cambio ha cambiado. Ya no somos colonos. Ahora, somos el ecosistema.

Ingrid tragó saliva. —Me advirtieron que no viniera. Que aquí nada es igual.

Kalena sonrió, pero los músculos de su rostro parecían velas agitadas por un viento interno. —Entrégame los polifagos. Te mostraremos lo que hemos hecho. Cómo la memoria y el hambre pueden fusionarse.

El intercambio fue rápido. Un enjambre de interfaces biotecnológicas engulló las cámaras de transporte, procesando cada polifago en una red coralina que se extendía bajo la colonia. Ingrid, en cambio, recibió una ampolla de cetroquina, un compuesto capaz de alterar la percepción temporal durante minutos, y el pase a la cámara-memoria.

Allí, el agua era un espejo convexo, y la superficie vibraba bajo el zumbido de las mentes conjuntas. El consejo aguardaba: docenas de ex-humanos, todos alterados en mayor o menor medida, sus figuras desdibujadas bajo la refracción líquida.

—Aquí, memoria y deseo son uno —explicó Kalena, hundiéndose de rodillas junto a Ingrid—. Si bebes, recordarás la verdad de Mantarraya y Bernalina.

Ingrid aceptó, más por impulso que por convicción. El trago fue denso, salado, letalmente real. Un segundo después, la mente de Ingrid colapsó en una cascada de imágenes. Vio a su madre, fundiendo los primeros polifagos bajo una tormenta de datos, pero también vio el futuro probable de Bernalina: una colonia viva unida por una conciencia coral, capaz de devorar y digerir todo aquello que la amenazara.

Entonces, en la ínfima distancia de un pensamiento, Ingrid entendió. La carga que entregaba era el último eslabón para sellar la unión. Aquellos seres, mitad molusco, mitad máquina, transformarían Bernalina en una mente devoradora, capaz de reescribir los océanos —y posiblemente, a la humanidad misma— para sobrevivir.

—¿Por qué me llamaste? —balbuceó Ingrid, mientras su mente luchaba por mantener la fragmentada línea temporal.

—Porque sólo confiábamos en ti—susurró Kalena, mientras el agua le ascendía la garganta—. Eres de lo nuestro: carne, memoria y hambre. Así sobreviviremos a los que nos persiguen.

Fuera, a través de las ventanas membranosas, la nave Mantarraya flotaba en la órbita opalina, ajena a las fuerzas que bullían en el fondo del océano. Desde lo profundo, una vibración tectónica trepó la estructura, como si algo gigantesco se removiera en el lecho salino.

—Debes decidir —dijo Kalena. El consejo aguardaba, sus rostros indistintos—. Si conectas tu nave al núcleo, seremos juntos. Pero si rehúsas... no quedará nada.

Ingrid pensó en la soledad de sus años vagando, en el hambre antigua que había en cada célula de Bernalina, y apretó la ampolla de cetroquina entre los dedos. Afuera, el gran mollusco orbital latió de nuevo, sintiendo la decisión antes de que ella la tomara.

Y en ese instante, Ingrid supo que ya no existía marcha atrás. Ella, como Bernalina, era más hambre que memoria, y el océano aguardaba su respuesta.

FIN

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.