El humo se arremolinaba en el amanecer carmesí de la vieja ciudad, impregnando las callejuelas con un olor a almizcle, tabaco y magia. Los canales de Urdrahn hervían lentamente: las aguas turbias repiqueteaban contra la piedra, pesadas por siglos de alquimia y corrupción. Balthazar ascendió los peldaños gastados de la posada del Velo Turquesa, su capa de estambre empapada hasta la rodilla, y alzó la cabeza para oler el aire: olía a presagio.
La ciudad siempre se guardaba secretos, pero en el cuadragésimo ciclo de la luna cautiva, todo parecía conspirar para derramarlos. A lo largo de los muelles, los encapuchados del Gremio Silente alimentaban braseros de fuego azul, ritual antiguo que apaciguaba a las bestias del lago y a los espectros que reptaban desde los sótanos inundados. El mismo Balthazar era un secreto andante, aunque prefería pensarse un exiliado, un fugitivo cuya huida se volvía menos urgente con cada cicatriz nueva.
En los salones del piso alto, bajo lámparas de vidrios verdes y candelabros de oro falso, la posadera Máritha daba la bienvenida a quienes aún creían que el destino podía cambiarse a base de risas y vino rojo. Pero entre la clientela, aquella noche, se hallaba un invitado inesperado: alto, calmo, cubierto por una túnica de piel de grifo, con ojos que centelleaban como el añil más profundo.
—Busco a Balthazar de los Códices —anunció la figura, y el murmullo decreció hasta extinguirse.
El aludido, al escuchar su nombre, dejó la sombra que le cobijaba y avanzó hacia el centro, deslizando la mano por la empuñadura del puñal de hueso de narval que llevaba en el cinto. Reina Máritha inclinó la cabeza, la tensión escurriéndose como óleo por su rostro redondo.
—¿Quién pregunta? —cortó Balthazar, manteniéndose a distancia.
—Ven, viajero —dijo la figura—. Soy Ethelus, heraldo del círculo de la púrpura. Ven a la terraza.
La terraza miraba hacia el sur, donde las torres de vigía se trepaban a los vientos salinos, y ondeaban banderines en una lengua que ni los más viejos recordaban. Al borde de la balaustrada, Ethelus alzó la mano. Vistiendo la túnica de grifo, se parecía a una sombra tallada sobre el amanecer.
—¿Cuánto tiempo crees que puede resistir Urdrahn? —preguntó.
Balthazar se tensó; esta era la conversación que había temido desde la víspera. Sabía contar los indicios: el agua de los canales virando a violeta; los gritos nocturnos que subían del pozo de la plaza; y la llegada paulatina de viajeros que evitaban el contacto visual y ocultaban las manos en la túnica. Todo presagio arrastraba consigo una profecía más antigua.
—¿Qué quieres de mí? —replicó Balthazar.
—El códice del ocaso. El libro que escribiste al borde de la locura. No finjas ignorancia; sólo queda un ejemplar, y sólo tú sabes dónde.
Balthazar bufó. Había escrito ese libro durante su tercera prisión, bajo la mirada blasfema del carcelero sin rostro: líneas llenas de símbolos, palabras que podían tergiversar el metabolismo mismo de la ciudad, convertir la piedra en carne, el agua en fuego, la voluntad en esclavitud. Ese libro no debía usarse jamás.
—El círculo de la púrpura lo perdió hace trece años —respondió Balthazar—. ¿Ahora que la ciudad hiede a fin del mundo lo necesitan otra vez? ¿Por qué iba a ayudarlos?
Ethelus dio un paso más cerca; el viento levantó una ráfaga que casi apagó los faroles. La tierra parecía palpitar bajo sus pies.
—Porque ya has jugado a dios. Porque conoces el precio de la negación. Y porque si no lo recuperas tú, otros lo harán, y no tendrán tus escrúpulos.
El exiliado escudriñó el gesto de Ethelus: la emoción era apenas detectable, pero estaba allí, como una discordancia sutil en el canto de una flauta encantada. En los ojos del heraldo vibraba una súplica, o miedo.
—¿Qué se avecina? —preguntó Balthazar, la voz ahora un susurro.
—La liberación del licántropo.
No necesitaba explicaciones. Cualquier escolar de la vieja ciudad había oído las fábulas: una bestia enjaulada bajo las islas del oeste, cuyo despertar podría devorar los sueños de los vivos, fabricar pesadillas a voluntad y corromper el alma en cuestión de susurros. Pero había más, mucho más, oculto tras la metáfora de la bestia: algo que atañía no sólo al fin, sino a la memoria misma de Urdrahn. Algo digno de temer.
Balthazar cerró los ojos. Recordó a Othienne: sus dedos largos deslizándose sobre páginas prohibidas, el aroma de las hierbas que apartaban la locura, la promesa silenciosa de que todo podía olvidarse con suficiente tiempo y distancia. Pero ahora los recuerdos punzaban, como clavijas incrustadas bajo la uña.
—No encontrarás el códice sin mí —admitió—, y yo no pienso ayudar al círculo de la púrpura.
—No ayudes al círculo, entonces —dijo Ethelus, extendiendo la mano—. Hazlo por la ciudad. Por tus muertos. Por ti.
Balthazar sopesó el frío inusual que impregnaba la terraza. Había quienes pensaban que la salvación era, en el fondo, una forma de cobardía. No él. Pero la condena de todos no podía ser el precio de su honor.
—Es un pacto —dijo finalmente—. Pero una vez que lo entregué, nada me atará a vuestras causas ni profecías.
—Así será —prometió la figura, y la ciudad pareció exhalar con alivio.
Partieron al anochecer hacia los bajos fondos, cruzando canales en góndolas de bronce, seguidos a distancia por barqueros sin rostro. Los portones verdes del barrio ancestral tropezaban con el limo, y los callejones hedían a almizcle y grasa de dragón frito. El sonido lejano de cantos prohibidos flotaba sobre las aguas, y Balthazar sentía el peso del tiempo acumulándose sobre sus hombros.
Llegaron al osario de Nargh, ruina de una civilización anterior, lugar que sólo evocaba miedo o incredulidad en la nueva generación de habitantes. Allí, entre estalagmitas de enhuesados y mosaicos consumidos por la humedad, Balthazar se arrodilló. Sabía que cada paso tenía un eco: recordaba la contraseña, balbuceándola como quien reza a un dios olvidado.
El muro se abrió, revelando una cámara donde el códice del ocaso yacía sobre un pedestal tallado en hueso blanquecino. El libro tenía vida propia: las letras reptaban como gusanos dorados por la tapa, y la cerradura de obsidiana palpitaba con el pulso de una criatura atrapada.
Ethelus se acuclilló, reverenciando el volumen. Balthazar retiró el códice con manos temblorosas; sólo él podía tocarlo sin ser consumido.
—Ahora, antes de sacarlo de aquí —advirtió—, debes oírme.
El eco repitió sus palabras por los túneles, como si la ciudad misma esperase la advertencia.
—El códice no vence al licántropo —susurró—. Solo lo ata a nuevos amos. Si lo instrumentalizas, Urdrahn quedará marcada. Todo poder exige lealtades; toda atadura engendra un nuevo ciclo de servidumbre.
Ethelus asintió, la sombra de duda anclada en sus labios.
—¿Crees que tienes elección, Balthazar?
Lo pensó. ¿Acaso alguien la tenía, en Urdrahn? Trece jefes de barrio gobernaban bajo la ilusión del libre albedrío, mientras en las catacumbas los custodios del círculo tejían pactos con lo invisible.
Emergieron a la superficie justo cuando la luna apuntó sobre el canal mayor. Los fuegos de los encapuchados ardían ahora en verde, y desde la torre más lejana se escuchó un aullido desgarrador. El licántropo había percibido el movimiento del códice; su anhelo flotaba en la brisa húmeda, un arrullo de terror.
Pero los susurros venían de otro lugar: del borde mismo de la consciencia, donde la ciudad era todos y nadie, memoria y castigo. Balthazar comprendió, por primera vez, el precio terrible de su don.
Al lado de Ethelus, abrió el códice. Palabras de color zafiro saltaron de la página, retorciéndose, modelando las formas mismas del mundo. “Por mi sangre y mi miedo”, entonó Balthazar, “que las cadenas sean de misericordia, no de dominio.”
El licántropo, criatura de los sueños rotos, emergió sobre la torre más lejana, perfilado en un crepúsculo imposible. Ante el poder del códice, vaciló. Los lazos invisibles se extendieron, pero esta vez no para someter sino para apaciguar: misericordia, no esclavitud. El círculo se cerraba, pero no desde el miedo o la ira, sino desde la compasión. Un milagro, en una ciudad que había olvidado esa palabra.
Ethelus cayó de rodillas, lágrimas corriendo por su rostro cetrino.
—Nos has salvado.
Balthazar negó con un gesto.
—He salvado un solo ciclo. Mañana, la ciudad encontrará nuevas bestias. Sólo la memoria es eterna, y aún así se desvanece.
La luna viró a púrpura y bañó los tejados en su resplandor. A lo lejos sonaron campanas: era la señal de que Urdrahn, pese a todo, había sobrevivido una noche más.
Empapado hasta los huesos, exhausto hasta la médula, Balthazar comenzó a caminar en dirección contraria a la ciudad. No era exiliado ya: era memoria, era legado, era advertencia. Y en el aire flotaba una súplica silenciosa: que nadie, nunca más, tuviera que abrir un códice como ese.
Pero Urdrahn, voraz y eterna, ya buscaba con qué alimentar el próximo ciclo de su hambre.
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